XI. La Predestinación y Elección Eterna de Dios
Respecto a este artículo no hubo controversia pública entre los teólogos [1] adherentes a la Confesión de Augsburgo. Pero ya que este artículo, correctamente interpretado, proporciona gran consuelo a los creyentes, y a fin de que en lo futuro no se entablen discusiones ofensivas en torno de él, ofrecemos aquí una explicación del mismo.
AFIRMATIVA
La doctrina pura y verdadera respecto a este artículo
1. Ante todo, es necesario observar con exactitud la diferencia entre la [2] presciencia divina y la predestinación o la elección eterna de Dios.62
2. Pues la presciencia divina no es otra cosa que el conocimiento que [3] Dios tiene de todas las cosas antes de que éstas acontezcan, como está escrito en Daniel 2:28: «El Dios que está en los cielos puede revelar cosas ocultas, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer al cabo de los días».
[4] 3. Esta presciencia divina se extiende por igual sobre los buenos y los malos, pero no es la causa del mal, ni del pecado, o sea, de las malas acciones (pues éstas tienen su origen en el diablo y en la voluntad mala y perversa del hombre), ni tampoco de la perdición del hombre, de la cual es responsable el hombre mismo; sino que sólo regulariza el mal y fija límites a su duración, con el fin de que todo esto, a pesar de ser de por sí malo, sirva al eterno bien de sus escogidos.
[5] 4. En cambio, la predestinación o la elección eterna de Dios abarca únicamente a los creyentes, los hijos amados de Dios, y es una causa de su salvación. También esta salvación la provee Dios, quien asimismo dispone todo lo que atañe a ella. Sobre esta predestinación divina está cimentada nuestra salvación con tal firmeza que ni aun las puertas del infierno pueden prevalecer contra ella (Mt. 16:18; Jn. 10:28).
[6] 5. Esta predestinación divina no ha de ser escudriñada en los arcanos de Dios, sino que ha de ser buscada en la palabra de Dios, donde también ha sido revelada.
[7] 6. La palabra de Dios empero nos conduce a Cristo, quien es el «Libro de la Vida» (Fil. 4:3) en el cual están escritos y escogidos todos los que han de recibir la salvación eterna, como está escrito en Efesios 1:4: «Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo».
[8] 7. Este Cristo llama a todos los pecadores y les promete descanso, y es su serio deseo que todos los hombres vengan a él y que sean socorridos (Mt. 9:2, 9, 13, 22, 29, 35, 37). Él mismo se ofrece a ellos en su palabra, los exhorta a oírla y les dice que no cierren sus oídos ante ella ni la desechen. Además, les promete el poder efectivo del Espíritu Santo y el socorro divino a fin de que perseveren en la fe y por último obtengan la salvación eterna.
[9] 8. Por lo tanto, esta elección para la vida eterna no la debemos juzgar ni a base de lo que dice la razón ni a base de la ley de Dios, pues esto nos conduce a una vida disoluta y epicúrea o a la desesperación. También puede suscitar en el corazón del hombre pensamientos perniciosos, y por añaduría, prácticamente inevitables en tanto que uno se deja guiar por su razón; por ejemplo: «Si Dios me ha escogido para la salvación, no puedo ser condenado, no importa lo que haga»; o bien este otro: «Si no he sido escogido para la vida eterna, de nada me sirve el bien que haga; todos mis esfuerzos son inútiles».
[10] 9. La apreciación correcta de la predestinación ha de aprenderse sólo del santo evangelio que nos habla de Cristo. Allí se afirma con toda claridad que «Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos», y que él no quiere que ninguno perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento y crean en el Señor Jesucristo (Ro. 11:32; Ez. 18:23; 33:11; 1 Ti. 2:6; 2 P. 3:9; 1 Jn. 2:2).63
10. Esta doctrina acerca de la predestinación divina es, pues, útil y consoladora [11] a aquella persona que se ocupa en la voluntad revelada de Dios y procede según el orden que observó San Pablo en la Epístola a los Romanos, a saber: Primero dirige a los hombres al arrepentimiento, al conocimiento de sus pecados, a la fe en Cristo, y a la obediencia a la ley divina, y sólo entonces les habla del misterio de la elección eterna de Dios.
11. Sin embargo, el hecho de que haya «muchos llamados, y pocos [12] escogidos» (Mt. 22:14), no quiere decir que Dios no desee salvar a todos. Antes bien, la causa es, por una parte, que muchos no oyen en modo alguno la palabra de Dios, sino que obstinadamente64 la menosprecian, tapan sus oídos y endurecen su corazón, y así cierran al Espíritu Santo el camino que él comúnmente usa, impidiendo de esta manera que él realice su obra en ellos; por otra parte, también hay muchos que después de haber oído la palabra, la tratan con indiferencia o no la obedecen. Pero la culpa de esto no la tiene Dios o su elección, sino la maldad de los hombres mismos (2 P. 2:1 y sigtes.; Lc. 11:49, 52; He. 12:25 y sigtes.).
12. Hasta este punto, pues, debe el cristiano ocuparse en meditar sobre [13] el artículo de la eterna elección divina, conforme nos ha sido revelada en la palabra de Dios. Esta palabra nos presenta a Cristo como el «Libro de la Vida», abierto ante nosotros y revelado mediante la predicación del santo evangelio, como se nos dice en Romanos 8:30: «A los que predestinó, a éstos también llamó». En Cristo, pues, hemos de buscar la elección eterna del Padre, quien ha determinado en su consejo divino y eterno que sólo han de ser salvos los que conocen a su Hijo Jesucristo y creen en él de verdad. Otros pensamientos deben desaparecer por completo de la mente del creyente, ya que no proceden de Dios, sino que son sugeridos por Satanás. Con estos pensamientos el diablo trata de debilitar o de quitarnos por completo el glorioso consuelo que esta saludable doctrina nos brinda, es decir, que por medio de ella sabemos que de pura gracia, sin ningún mérito de nuestra parte, somos escogidos en Cristo para la vida eterna, y que nadie puede arrebatarnos de su mano. Y esta misericordiosa elección, Dios nos la ha prometido no sólo con meras palabras, sino que también la ha certificado con un juramento y sellado con los santos sacramentos, de los cuales podemos acordarnos en nuestras más severas tentaciones, consolarnos en ellos, y apagar con ellos los dardos encendidos del Maligno.
[14] 13. Además de esto debemos poner el mayor empeño en llevar una vida en conformidad con la voluntad divina, y en «hacer firme nuestra vocación», como nos exhorta San Pedro (2 P. 1:10). Por sobre todo debemos atenernos a la palabra revelada. Ésta no puede defraudarnos, y no nos defraudará.
[15] 14. Mediante esta breve explicación de la elección divina se le otorga a Dios toda la gloria, por cuanto se enseña que él nos salva «según el propósito de su voluntad» (Ef. 1:11), de pura misericordia, sin ningún mérito de nuestra parte. Además no se da oportunidad a nadie para que se entregue al desánimo o a una vida disoluta.65
NEGATIVA
La doctrina falsa respecto a este artículo
[16] Por consiguiente, creemos y confesamos lo siguiente: Quienes dan a la doctrina acerca de la misericordiosa elección de Dios para la vida eterna una interpretación tal que los cristianos angustiados no pueden consolarse en ella, sino que por ella son conducidos al desánimo o a la desesperación, o los incrédulos son confirmados en su vida disoluta: Los tales no están tratando esta doctrina según la palabra y la voluntad de Dios, sino según la razón humana y la instigación de Satanás. Pues el apóstol declara en Romanos 15:4: «Las cosas que fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas; para que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza». Por lo tanto, rechazamos los siguientes errores:
[17] 1. Dios no quiere que todos los hombres se arrepientan y crean el evangelio.66
[18] 2. Cuando Dios nos extiende su invitación, no desea en serio que todos los hombres vengan a él.67
[19] 3. Dios no quiere que todos se salven; antes bien, hay algunos que no por su (mayor) pecaminosidad sino por el mero consejo, propósito y voluntad de Dios, han sido predestinados a la condenación, de modo que no pueden salvarse.68
4. La causa de la elección divina no es sólo la misericordia de Dios y [20] el santísimo mérito de Cristo, sino también algo en nosotros por lo cual Dios nos ha escogido para la vida eterna.
Todas estas doctrinas son blasfemas, horribles y falsas. Con ellas se quita [21] a los cristianos todo el consuelo que el santo evangelio y el uso de los santos sacramentos les proporcionan, y por lo tanto no deben ser toleradas en la iglesia de Dios.
Esta es la explicación breve y sencilla de los artículos en controversia, [22] que por un tiempo se han debatido y enseñado en forma discrepante entre los teólogos adherentes a la Confesión de Augsburgo. Por consiguiente, todo cristiano, aun el humilde, guiado por la palabra de Dios y la clara enseñanza del Catecismo, puede percibir lo que es correcto o falso, ya que no sólo se ha expuesto la doctrina pura, sino que también se ha repudiado y rechazado69 la doctrina contraria, y así se han resuelto y compuesto las divisiones ofensivas que han surgido.
¡Que el Dios todopoderoso y el Padre de nuestro Señor Jesucristo nos [23] conceda la gracia de su Espíritu Santo a fin de que todos seamos uno en él y permanezcamos constantes en esta unidad cristiana, para complacencia de él! Amén.
62. Texto lat.: inter praescientiam et praedestinationem sive aeternam electionem Dei (entre la presciencia y la predestinación o eterna elección de Dios»). Título del artículo: De aeterna praedestinatione et electione Dei. Título del texto alemán: Von der ewigen Versehung ( = Vorsehung) und wahl Gottes.
63. La indicación del versículo 6 de 1 Ti. 2 proviene de la nota en BSLK (p. 818, nota 3). Los autores de la confesión habrán pensado también en el versículo 4. Ni BSLK ni el texto original remiten a 2 P. 3:9; sin embargo, este pasaje se cita en el texto (comp. la sección 10 con el texto bíblico en la traducción de Lutero).
64. Mutwillig, en el original, puede significar también «deliberadamente, irreflexivamente» (A. Götze, Glossar). Texto lat.: contumaciter.
65. Texto lat.: Neque tamen hac doctrina vel gravioribus illis animi perturbationibus et pusillanimitati vel Epicureismo ansa praebetur («Ni tampoco se da con esta doctrina asidero para aquellas más graves perturbaciones del alma y para la pusilanimidad, ni tampoco para el epicureismo»).
66. Contra la vocatio specialis de la teología reformada. Cf. Institutio III 21, 5; CR XXX 682 sigtes., 686.
67. Vid. FC, Deci. Sól., XI, 35, nota 370.
68. Contra la praedestinatio gemina de la teología reformada. Cf. Confessio Gallicana, art. XII (texto francés de Die Bekenntnisschriften der reformierten Kirche, ed. de E. F. K. Müller, p. 224. La Confession de Foy llamada también Confession de la Rochelle desde 1571, fue elaborada en 1559 a base de un bosquejo de Calvino, con sólo unas pocas modificaciones. Cf. Reformierte Bekenntnisschriften und Kirchenordnungen, ed. de Paul Jacobs, 1949, p. 110): «Creemos que de esta corrupción y condenación general en que están sumergidos todos los hombres, Dios arranca a aquellos a quienes eligió según su plan eterno e inmutable, únicamente por su bondad y misericordia en Cristo Jesús nuestro Señor, sin tomar en consideración las obras de aquellas personas. A los demás empero los deja en aquella misma corrupción y condenación, para demostrar por medio de ellos su justicia, así como en los primeros hace brillar las riquezas de su misericordia. Pues los unos no son mejores que los otros, hasta el momento en que Dios los discierna conforme a su plan inmutable determinado por él en Jesucristo antes de la creación del mundo. Y nadie podría introducirse en el goce de semejante bien a base de su propia virtud, ya que por naturaleza no somos capaces de tener un solo buen impulso ni afecto ni pensamiento, hasta que Dios no se nos haya adelantado y nos haya dispuesto para ello» (trad. de la nota 165 en Livro de Concordia, Ed. Sinodal/Concordia Edit., Ltda, Sao Leopoldo/Porto Alegra, p. 535).
69. Ausgesetzt, verworfen. «Aussezen» (grafía en A. Götze, Glossar) puede significar también «darlegen» = explicar. Texto lat.: repudiata et reiecta.