La Última Petición
«Más líbranos del mal Amén» [112]
En griego198 esta frase reza así: «Redímenos o guárdanos del malo o del [113] maligno»,199 y se presenta como si precisamente hablara del diablo queriendo resumirlo todo, de modo que la suma de toda oración se dirija contra éste nuestro enemigo principal. Porque es él quien entre nosotros dificulta todo cuanto pedimos: El nombre y la honra de Dios, su reino y su voluntad, el pan cotidiano, una buena conciencia alegre, etcétera. Por ello, compendiando en [114] definitiva esto, diremos: «Amado Padre, ayúdanos para que quedemos libres de toda desgracia». Mas, no obstante, está incluido también lo que de malo [115] pueda sucedernos bajo el reino del diablo: Pobreza, deshonra, muerte; en resumen, toda la nefasta miseria y pena que abundan en la tierra. Pues, el diablo, ya que no sólo es mentiroso, sino también homicida, (Jn. 8:44) atenta incesantemente contra nuestra vida y se desahoga en cólera contra nosotros, causándonos accidentes y daños corporales donde puede. De ahí resulta que a algunos les rompa el pescuezo o les prive de la razón, a otros los ahogue en el agua y a muchos los impela a suicidarse, y a muchas otras desgracias horribles.200 Por eso, no tenemos otra cosa que hacer en la tierra [116] que pedir continuamente en contra de este enemigo principal. Si Dios no nos protegiese, no estaríamos ni una hora seguros ante el diablo.
Por esto, ves que Dios quiere que le roguemos también por todo lo que [117] atañe a nuestro cuerpo y que no busquemos ni esperemos auxilio alguno, sino en él. Pero puso esto en último lugar. Si queremos ser guardados de todo mal [118] y quedar libres de él, previamente debe santificarse su nombre en nosotros; ha de estar su reino entre nosotros y hacerse su voluntad. Después, finalmente, nos preservará de pecados y deshonra y, además, de todo lo que nos duele y nos daña.
[119] De esta manera, Dios nos expuso en forma brevísima toda la necesidad que jamás pueda apremiamos, a fin de que no tengamos excusa alguna para no orar. Mas, lo que importa es que aprendamos a agregar AMÉN, lo que significa: No dudar de que la oración será atendida con certeza y se cumplirá. [120] No es otra cosa que la palabra de una fe que no duda, que no ora a la buena ventura, sino que sabe que Dios no miente, porque ha prometido darlo. Donde [121] no hay tal fe, no existe tampoco oración verdadera. Por lo tanto, es un error nocivo el de algunos que oran, pero que no se atreven a agregar sí de corazón, ni concluir con certeza que Dios atenderá sus oraciones, sino que permaneciendo en la duda, dicen: «¿Cómo podría ser yo el audaz de vanagloriarme [122] de que Dios atenderá mi oración? Soy un pobre pecador», etc. Esto ocurre porque no reparan en la promisión de Dios, sino en sus obras y en su propia [123] dignidad, con lo cual menosprecian a Dios y lo tratan de mentiroso. Por eso no recibirán nada tampoco, como dice San Santiago: «Quien ora, pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga que recibirá cosa alguna del Señor» (Stg. 1:6–7). ¡Mira, tanto importa a Dios que debamos estar seguros de no pedir en vano y de ninguna manera debemos despreciar nuestras oraciones!
198. En el original: Im Ebraschen (en hebreo). Un error involuntario de Lutero, corregido en ediciones posteriores.
199.
La reciente edición de la Biblia en versión popular Dios habla hoy traduce maligno. NT de Mons. Straubinger, Ed. Desclee, de Brouwer, Bs. As. 1948: «Maligno».
200. Und zu viel anderen schrecklichen Fällen. Ed. española de las Obras de M. Lutero vol. V, p. 127: «Y a muchos otros a desgracias horribles» en vez de «y a muchas otras desgracias horribles».