Artículo XX Las Buenas Obras
Respecto del artículo veinte, nuestros adversarios dicen claramente que [1] rechazan y desaprueban nuestra declaración de que los hombres no merecen remisión de pecados con sus buenas obras. Lo proclaman con entera claridad: Este artículo lo rechazan y lo desaprueban.326 Siendo tan manifiesto el asunto, ¿qué se puede decir al respecto? Aquí los arquitectos de la Refutación muestran [2] abiertamente qué espíritu los anima. Pues, ¿qué cosa más cierta puede haber en la iglesia que ésta: Que la remisión de pecados nos llega en forma gratuita, por causa de Cristo, y que Cristo, y no nuestras obras, es la propiciación por nuestros pecados, como lo dice Pedro (Hch. 10:43): «De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre»? Demos entonces nuestro asentimiento a esta iglesia de los profetas, y no a esos infames autores de la Refutación, que tan impúdicamente blasfeman de Cristo. Porque si bien hubo algunos escritores a [3] cuyo juicio los hombres, después de remitidos sus pecados, son justos ante Dios no por la fe, sino por las obras mismas, sin embargo no llegaron al extremo de creer que la remisión misma de pecados se consigue en virtud de nuestras obras, y no gratuitamente, por causa de Cristo.
No debe tolerarse, por tanto, la blasfemia de atribuir a nuestras obras el [4] honor que se debe a Cristo. Ya no se avergüenzan de nada estos teólogos, si se atreven a introducir en la iglesia semejante opinión. Y no dudamos de que si nuestro excelentísimo emperador y muchos de los príncipes hubieran estado sobre aviso, de ningún modo habrían permitido que este pasaje quedase en la Refutación. Podríamos citar aquí una infinidad de testimonios de la Escritura [5] y de los Padres. Pero en párrafos anteriores ya hemos dicho lo suficiente acerca de este asunto. Y ninguna necesidad hay de testimonios para aquel que sabe para qué nos ha sido dado Cristo, y que sabe que Cristo es la propiciación por nuestros pecados. Isaías (53:6) dice: «El Señor cargó en él el pecado de todos nosotros». Nuestros adversarios en cambio enseñan que Dios carga nuestras iniquidades no en Cristo, sino en nuestras obras. Y no [6] tenemos ningún deseo de mencionar aquí qué obras enseñan. Vemos que se ha compuesto un decreto terrible en contra de nosotros, decreto que nos espantaría más si estuviésemos discutiendo acerca de cosas de poca monta o ambiguas. Pero como nuestra conciencia nos dice claramente que nuestros adversarios están condenando una verdad manifiesta, y que el defender esta verdad es necesario para la iglesia y aumenta la gloria de Cristo, desdeñamos sin más los terrores del mundo, y si algo tuviéremos que sufrir, lo sufriremos [7] con buen ánimo, por la gloria de Cristo y para bien de la iglesia. ¿Quién no se gozará si muere confesando estos artículos, de que conseguimos remisión de pecados gratuitamente, por la fe, por causa de Cristo, y no la merecemos [8] por nuestras obras? Ningún consuelo lo suficientemente firme tendrán las conciencias de los piadosos contra los terrores del pecado y de la muerte, y contra el diablo que los incita a caer en desesperación, a menos que sepan esto: Que deben creer que tienen perdón de pecados gratuitamente, por causa de Cristo. Esta fe sustenta y vivifica los corazones en aquella durísima lucha [9] contra la desesperación. Se trata pues de una causa digna, y en su defensa no debemos rehuir desechar todo peligro. «No cedas a los malos, sigue adelante con más audacia»,327 cualquiera que seas que asientes a lo que nosotros confesamos, cuando nuestros adversarios intenten arrebatarte mediante terrores, torturas y suplicios un consuelo tan grande como el que ha sido presentado, [10] en este nuestro artículo, a la iglesia toda. No faltarán, a quien los busque, testimonios de la Escritura que confirmarán su ánimo. Porque Pablo, en Romanos 3:24 y 4:16, exclama «a voz en cuello», como suele decirse, que los pecados son remitidos gratuitamente, por causa de Cristo. Y por eso dice que «es por la fe que somos justificados, y por gracia; para que la promesa sea firme». Esto es: Si la promesa dependiese de nuestras obras, no sería firme. Si se nos diese remisión de pecados en virtud de nuestras obras, ¿cuándo sabríamos que la hemos alcanzado, cuándo encontraría la conciencia atemorizada una obra de la cual podría estar segura de que es suficiente para aplacar la ira de Dios? Pero ya hemos hablado anteriormente de todo este [11] asunto.328 Válgase el lector de los testimonios allá expuestos. Porque lo indigno de la cuestión nos indujo a acusar a nuestros adversarios, más que a discutir con ellos, por cuanto con respecto a este punto dijeron tan abiertamente que desaprueban nuestro artículo de que conseguimos remisión de pecados no en virtud de nuestras obras, sino por la fe, gratuitamente, por causa de Cristo.
Nuestros adversarios añaden también algunos testimonios en apoyo de su condena. Y vale la pena examinar uno que otro. Citan a Pedro (2 P. 1:10): [12] «Procurad hacer firme vuestra vocación», etc. Ya ves, lector, que nuestros adversarios no han gastado su dinero en vano al estudiar lógica, sino que dominan el arte de inferir de las Escrituras absolutamente todo cuanto se les antoja. Procurad hacer firme vuestra vocación por medio de buenas obras: Luego, las obras merecen remisión de pecados. Brillante argumentación, por cierto, si alguien razonase de este modo respecto de un condenado a la pena capital al que se le ha indultado la pena: El magistrado te ordena que en lo sucesivo te abstengas de robar. Con esto, pues, has merecido la condonación de tu pena, porque ahora te abstienes de robar. Argumentar así es usar como fundamento un fundamento inexistente. Porque Pedro habla de obras que [13] siguen a la remisión de pecados, y enseña por qué han de hacerse, estas obras, a saber, para que la vocación sea firme, esto es, para que no se aparten de su vocación si pecan de nuevo. Haced buenas obras, para que perseveréis en la vocación y no perdáis los dones de la vocación que habéis alcanzado, pero no en virtud de las obras que han de seguir, sino que dichos dones son retenidos por la fe. La fe no permanece en quienes pierden el Espíritu Santo, que rechazan el arrepentimiento, según lo que dijimos antes: La fe existe en el arrepentimiento.
Añaden otros testimonios, no más coherentes que los ya mencionados. [14] Por último, dicen que esta opinión329 ya fue condenada hace más de mil años, en tiempos de Agustín.330 Lo cual también es totalmente falso. Porque la iglesia de Cristo siempre sostuvo que la remisión de pecados se consigue gratuitamente. Es más: Se condenó a los pelagianos porque declaraban que la gracia se concedía en virtud de nuestras obras. Por lo demás, en párrafos [15] anteriores ya hicimos constar con suficiente claridad nuestra convicción de que donde hay fe, deben seguir también las buenas obras. «No invalidamos la ley», dice Pablo (Ro. 3:31), «sino que confirmamos la ley». Pues como por la fe recibimos el Espíritu Santo, sigue necesariamente el cumplimiento de la ley, y así crecen poco a poco el amor, la paciencia, la castidad y otros frutos del Espíritu.
326. Confutatio, CR 27, 121: In articulo vigesimo … unum duntaxat est quod ad Principes et civitates pertinet, de bonis scilicet operibus, quod non mereantur remissionem peccatorum, quod, ut superius reiectum et improbatum est, ita et nunc reiicitur et improbatur («En el artículo vigésimo … hay una sola cosa, en lo que a los Príncipes y a las ciudades se refiere, a saber: Respecto de las buenas obras, que éstas no lo hacen a uno acreedor a la remisión de los pecados. Esto lo hemos rechazado y desaprobado antes, y lo rechazamos y desaprobamos también ahora»).
327. Virgilio, Eneida, VI, 95.
328. Vid. art. IV, 40 y sigtes. (De la Justificación.)
329. I.e. la «opinión» acerca de las buenas obras expresada en la Confesión de Augsburgo.
330. Confutatio, CR 27, 123: Haec autem de bonis operibus opinio etiam ante mille centum annos, tempore Augustini, damnata fuit et reprobata («Pero esta opinión en cuanto a las buenas obras fue condenada y reprobada ya hace mil cien años, en tiempos de Agustín»).