II. El Libre Albedrío, o las Facultades Humanas
[1] Ya que respecto al libre albedrío o las facultades humanas ha surgido una controversia no sólo entre los papistas y nosotros, sino también entre algunos teólogos mismos de la Confesión de Augsburgo, en primer lugar, demostraremos exactamente en qué puntos hay controversia.
[2] Pues ya que el hombre, en lo que atañe a su libre albedrío se encuentra y puede ser considerado en cuatro estados distintos y desemejantes, no ha de tratarse aquí en qué estado se encontraba antes de la Caída, o qué puede hacer desde la Caída y antes de su conversión en asuntos externos pertinentes a esta vida temporal; ni tampoco qué clase de libre albedrío tendrá en asuntos espirituales después de haber sido regenerado por el Espíritu Santo y ser dirigido por él, o cuando resucita de entre los muertos; sino que se trata única y exclusivamente de qué pueden hacer el intelecto y la voluntad del hombre no regenerado para obtener su conversión y regeneración mediante las propias facultades que le han quedado después de la Caída; esto es, si es capaz, cuando se le predica la palabra de Dios y se le ofrece la gracia divina, de aplicarse y prepararse a sí mismo para recibir esa gracia y aceptarla. Éste es el asunto sobre el cual, por muchos años, ha habido controversia118 entre algunos teólogos en las iglesias de la Confesión de Augsburgo.
Pues algunos han sostenido y enseñado que, si bien es verdad que el [3] hombre por su propio poder no puede cumplir los mandamientos de Dios, o realmente confiar en Dios, temerle y amarle sin la gracia que le concede el Espíritu Santo, no obstante, le ha quedado porción tal de las facultades naturales que poseía antes de la regeneración, que es capaz, hasta cierto punto, de prepararse a sí mismo para recibir la gracia divina y aceptarla, aunque débilmente; pero que no puede realizar nada por medio de esas facultades, sino que tiene que sucumbir en la lucha, a menos que se les añada la gracia del Espíritu Santo.
Por otro lado, tanto los entusiastas iluminados antiguos como los [4] modernos119 han enseñado que Dios convierte a los hombres y los conduce al conocimiento salvador de Cristo mediante su Espíritu, sin ningún medio e instrumento creado, esto es, sin necesidad de la predicación y el oír externo de la palabra de Dios.
A fin de combatir ambos lados, los teólogos verdaderos de la Confesión [5] de Augsburgo han enseñado y sostenido que debido a la caída de nuestros primeros padres el hombre quedó tan corrupto que por naturaleza es ciego en las cosas divinas concernientes a la conversión y salvación de su alma, de manera que cuando se le predica la palabra de Dios, ni quiere ni puede entenderla, sino que le es insensatez; tampoco se acerca a Dios por sí mismo, sino que es y permanece enemigo de Dios hasta que se convierte, recibe el don de la fe, se regenera y se hace nueva criatura por el poder del Espíritu Santo mediante la palabra que lee u oye—todo de pura gracia, sin ninguna cooperación de su parte.
A fin de explicar esta controversia de una manera cristiana según la guía [6] de la palabra de Dios, y decidirla mediante la gracia divina, nuestra doctrina, [7] fe y confesión es la siguiente: En las cosas espirituales y divinas el intelecto, el corazón y la voluntad del hombre son completamente incapaces, mediante sus propias facultades naturales, de entender, creer, aceptar, pensar, desear, empezar, efectuar, hacer u obrar alguna cosa o cooperar en ella; sino que son corruptos y están enteramente muertos a lo bueno; de manera que en la naturaleza del hombre desde la Caída, antes de la regeneración, no existe ni se observa la menor chispa de poder espiritual por la cual el hombre mismo pueda prepararse para la gracia de Dios o aceptarla cuando se le ofrece, ni ser capaz por sí mismo de poseerla (2 Co. 3:15), ni de aplicarse o acomodarse a ella, ni por sus propias facultades ayudar a hacer algo en su conversión o cooperar en lo más mínimo para obtenerla, sino que es siervo del pecado (Jn. 8:34), y cautivo del diablo, que lo manipula a su antojo (Ef. 2:2; 2 Ti. 2:26). Por consiguiente, el libre y natural albedrío del hombre, según su naturaleza y disposición pervertidas, es fuerte y activo sólo en lo que es desagradable y contrario a Dios.
[8] Esta importante declaración y respuesta a la pregunta principal de la controversia presentada en la introducción a este artículo es confirmada y respaldada por los siguientes argumentos de la palabra de Dios, y aunque éstos son contrarios a la vanidosa razón humana y la filosofía, sin embargo sabemos que la sabiduría de este mundo perverso es sólo insensatez delante de Dios (1 Co. 3 :19) y que los artículos de la fe deben ser juzgados únicamente por medio de la palabra de Dios.
[9] Pues, en primer lugar, aunque es cierto que la razón humana o el intelecto natural tiene aún una chispa débil del conocimiento de que existe un Dios, y también de la doctrina acerca de la ley (Rom. 1:19 y sigte.), no obstante es tan ignorante, ciega y perversa que, aun cuando los hombres más ingeniosos y eruditos de la tierra leen u oyen el evangelio del Hijo de Dios y la promesa de la salvación eterna, no tienen la facultad de percibirlo, comprenderlo, entenderlo o creerlo y considerarlo como verdadero, sino que cuanta más diligencia y fervor usan en su empeño de comprender estas cosas espirituales con la razón, tanto menos las entienden o creen y antes de que el Espíritu los [10] ilumine y enseñe, consideran todo esto sólo como insensato y falso. «El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura» (1 Co. 2:14). «Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Co. 1:21). «Estos [es decir, los que no han nacido otra vez por el Espíritu de Dios] … que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón» (Ef. 4:17 y sigte.). «A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan» (Mt. 13:11 y sigte.; Lc. 8:10). «No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Ro. 3:11–12). Por esta razón nos dice la Escritura categóricamente que el hombre natural, en lo que se refiere a las cosas espirituales y divinas, es tinieblas (Ef. 5:8; Hch. 26:18; Jn. 1:5): «La luz en las tinieblas resplandece [es decir, en el mundo tenebroso y ciego, que no conoce ni procura a Dios], y las tinieblas no prevalecieron contra ella». Del mismo modo enseña la Escritura que el hombre pecador no sólo es espiritualmente débil y enfermizo, sino también difunto y enteramente muerto (Ef. 2:1, 5; Col. 2:13).
Pues bien, así como un hombre que está físicamente muerto no puede [11] por su propio poder prepararse o acomodarse a sí mismo para obtener otra vez la vida temporal, así tampoco el hombre que está espiritualmente muerto en sus pecados puede por su propio poder acomodarse o aplicarse a sí mismo a la adquisición de la justicia y la vida espiritual y celestial, a menos que sea librado y vivificado de la muerte del pecado por el Hijo de Dios.
Por lo tanto, las Escrituras niegan al intelecto, corazón y voluntad del [12] hombre natural toda aptitud, destreza, capacidad y habilidad de pensar, entender, poder hacer, empezar, desear, emprender, actuar, realizar o cooperar para producir de por sí algo bueno y recto en asuntos espirituales. «No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios» (2 Co. 3:5). «Todos se hicieron inútiles» (Ro. 3:12). «Mi palabra no halla cabida en vosotros» (Jn. 8:37). «Las tinieblas no prevalecieron contra ella» (Jn. 1:5). «El hombre natural no percibe (o, según el significado literal de la palabra griega, no alcanza, no comprende, no recibe) las cosas que son del Espíritu de Dios, esto es, no puede percibir cosas espirituales, porque para él son locura, y no las puede entender» (1 Co. 2:14).120 Mucho menos puede creer verdaderamente en el evangelio, aceptarlo como la verdad. «Por cuanto la mente carnal (o la [13] mente del hombre natural) es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede» (Ro. 8:7). En resumen, permanecerá [14] eternamente verdadero lo que el Hijo de Dios dice, «Separados de mí nada podéis hacer» (Jn. 15:5). Y San Pablo, «Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Fil. 2:13). Este último pasaje es muy consolador para todos los cristianos que sienten y experimentan un pequeño destello de la gracia divina y la salvación eterna o las anhelan fervorosamente; pues saben que Dios ha encendido en su corazón este comienzo de la verdadera santidad y que además los fortalecerá y los ayudará en su gran flaqueza para preservarlos en la verdadera fe hasta el fin.
[15] Aquí pertenecen también todas las oraciones de los santos (creyentes) en las que piden que Dios los enseñe, ilumine y santifique. Con esto declaran que por sus propias facultades naturales no pueden obtener las cosas que piden a Dios. Así David, en el Salmo 119, más de diez veces pide que Dios le conceda entendimiento, a fin de poder comprender y aprender rectamente la enseñanza divina. Los escritos de San Pablo contienen muchas oraciones similares a la de David (Ef. 1:17; Col. 1:9; Fil. 1:9). Estas oraciones y estos pasajes se han escrito para beneficio nuestro; no para hacernos tardíos y remisos en la lectura, el oír y la meditación de la palabra de Dios, sino ante todo, para que demos gracias a Dios de todo corazón porque por medio de su Hijo nos ha librado de las tinieblas de la ignorancia y de la cautividad del pecado y de la muerte, y regenerado e iluminado mediante el bautismo y el Espíritu Santo.
[16] Y después que Dios mediante el Espíritu Santo en el bautismo haya concedido y obrado el comienzo del verdadero conocimiento de Dios y de la fe, debemos pedirle sin cesar que por ese mismo Espíritu (mediante el oír, la lectura y el uso diario de la palabra de Dios) conserve en nosotros la fe y los dones celestiales, nos fortalezca de día en día y nos guarde firmes hasta el fin. Pues a menos que Dios mismo sea nuestro Maestro, nada podemos estudiar y aprender que sea aceptable a él y saludable a nosotros y otros.
[17] En segundo lugar, la palabra de Dios declara que en lo que respecta a cosas divinas el intelecto, el corazón y la voluntad del hombre natural y no regenerado no sólo se han alejado de Dios por completo, sino que también se han vuelto enemistad y perversidad contra Dios y se han inclinado a todo lo malo. Además, que el hombre no sólo es débil, incapaz, inepto y está muerto a lo bueno, sino que también por causa del pecado original se halla tan terriblemente pervertido, infectado y corrompido que por disposición y naturaleza es del todo malo, perverso y hostil hacia Dios y sumamente fuerte, vivo y activo hacia todo lo que es desagradable y contrario a Dios. «El intento del corazón humano es malo desde su juventud» (Gn. 8:22). «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso: ¿Quién lo conocerá?» (Jer. 17:9). San Pablo explica este pasaje en Romanos 8:7 del modo siguiente: «La mente carnal es enemistad contra Dios». «El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; éstos se oponen entre sí» (Gá. 5:17). «Sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado» (Ro. 7:14). Y más adelante en Romanos 7:18, 22–23: «Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; … Porque según el hombre interior (el hombre que ha sido regenerado por el Espíritu Santo), me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado».
Ahora bien, si en el piadoso apóstol Pablo y en otros hombres regenerados [18] el libre albedrío carnal aun después de la regeneración lucha contra la ley de Dios, ese albedrío será aun más obstinado y hostil hacia la ley y la voluntad de Dios antes de la regeneración. Por lo tanto, es evidente (según queda dicho en el artículo acerca del pecado original, al cual nos referimos brevemente aquí) que el libre albedrío, mediante sus propias facultades naturales, de ningún modo puede obrar su propia conversión, justicia y salvación ni cooperar en ellas, ni tampoco obedecer, creer o dar asentimiento al Espíritu Santo, quien por medio del evangelio le ofrece gracia y salvación, sino que por el contrario, su rebelde y contumaz naturaleza innata resiste hostilmente a Dios y su voluntad, a menos que sea iluminada por el Espíritu Santo.
Por esta razón, la Sagrada Escritura también compara el corazón del [19] hombre no regenerado a una piedra dura que no cede al que la toca, sino que resiste, y a un bloque tosco y a una bestia salvaje. Esto no quiere decir que el hombre desde la Caída ya no sea una criatura racional, o se convierta a Dios sin oír la palabra divina y meditar sobre ella, o en asuntos externos y terrenales no pueda entender nada bueno o malo, o de su propia voluntad hacerlo o dejar de hacerlo.
Pues, según dice el Dr. Lutero en su comentario acerca del Salmo 91:121 [20] «En asuntos terrenales y externos, que pertenecen a la vida y al sustento del cuerpo, el hombre es sagaz, ingenioso y sumamente activo; pero en los asuntos espirituales y divinos, que pertenecen a la salvación del alma, el hombre es como una estatua de sal (como la estatua en que se convirtió la mujer de Lot); aun más, como un bloque o una piedra, como una figura sin vida, que no [21] usa ni ojos ni boca, ni sentido ni corazón. Pues el hombre ni ve ni reconoce la terrible ira de Dios que es causa del pecado y que trae por resultado la muerte, sino que persiste en su seguridad carnal, aun a sabiendas y voluntariamente, y así cae en mil peligros y por fin en la muerte y la condenación eterna; y de nada le valen oraciones, súplicas, amonestaciones, y ni siquiera amenazas y reprensiones; aun más, le es inútil toda enseñanza y predicación, a menos que sea iluminado, convertido y regenerado por el Espíritu Santo. [22] Para esta renovación del Espíritu Santo no fue creada por supuesto ninguna piedra ni ningún bloque, sino el hombre únicamente. Y aunque Dios, según su justo y severo juicio, ha desechado para siempre a los espíritus malos que cayeron en el pecado, no obstante, de pura misericordia ha sido su voluntad que la raza humana que cayó en el pecado vuelva a poder participar de la conversión, la gracia divina y la vida eterna; no por causa de la destreza, aptitud o capacidad natural y activa del hombre (pues la naturaleza del hombre es enemistad contra Dios), sino de pura gracia, por la obra misericordiosa y [23] eficaz del Espíritu Santo», y a esto lo llama el Dr. Lutero capacidad,122 pero no activa, sino pasiva, cosa que explica de este modo: «Cuando los padres de la iglesia defienden el libre albedrío quieren decir que éste es libre en el sentido de que por la gracia de Dios puede ser convertido a lo bueno y volverse verdaderamente libre, fin para el cual fue creado» (Tomo I, p. 236).123 De igual modo ha escrito también San Agustín en su segundo libro Contra Iulianum.124
[24] Pero el hombre, antes de ser iluminado, convertido, regenerado y atraído por el Espíritu Santo no posee más capacidad que una piedra o un bloque o un limo para de por sí mismo y por sus propias facultades empezar algo en asuntos espirituales, realizarlos o cooperar en ellos, ni de verificar su propia conversión o regeneración. Pues aunque es verdad que puede regular sus funciones externas y oír el evangelio y hasta cierto punto meditar sobre él y también hablar acerca de él, como puede observarse en los fariseos e hipócritas, sin embargo, lo considera insensatez y no puede creerlo. Y en esto procede aun peor que un bloque por cuanto es rebelde y hostil a la voluntad divina, a menos, por supuesto, que el Espíritu Santo sea eficaz con él, lo ilumine y obre en él la fe, la obediencia y otras virtudes agradables a Dios.
[25] En tercer lugar, la Sagrada Escritura atribuye la conversión, la fe en Cristo, la regeneración, la renovación y todo lo que atañe al eficaz principio y consumación de estas obras, no a las facultades humanas del libre albedrío natural, bien enteramente o a medias o en la menor parte, sino por completo a la obra divina y al Espíritu Santo, según lo enseña también la Apología.
La razón y el libre albedrío pueden, hasta cierto punto, llevar una vida [26] externamente decente; pero nacer de nuevo y obtener internamente otro corazón, otra mente y otra disposición es obra que sólo el Espíritu Santo puede realizar. Él abre el entendimiento y el corazón del hombre para que éste pueda comprender la Escritura y prestar atención a la palabra, como está escrito «Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras» (Lc. 24:45), y «Lidia … estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía» (Hch. 16:14). Y: «Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Fil. 2:13). Él da arrepentimiento (Hch. 5:31; 2 Ti. 2:25). Él obra la fe «A vosotros os es concedido a causa de Cristo … que creáis en él» (Fil. 1:29). «La fe es el don de Dios» (Ef. 2:8). «Ésta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado» (Jn. 6:29). Y: Él da corazón que entiende, ojos que ven y oídos que oyen (Dt. 29:4; Mt. 13:15). Él es Espíritu de regeneración y renovación (Tit. 3:5–6). Él quita el corazón de piedra y da un corazón de carne, para que andemos en sus mandamientos (Ez. 11:19; Dt. 30:6; Sal. 51:10). Él nos crea en Cristo Jesús para las buenas obras (Ef. 2:10), y nos hace nuevas criaturas (2 Co. 5:17; Gá. 6:15). Y, en resumen, toda buena dádiva desciende de Dios (Stg. 1:17). Nadie puede venir a Cristo, si el Padre no lo trae (Jn. 6:44). Nadie conoce al Padre sino aquel a quien el Hijo lo quiera revelar (Mt. 11:27). Nadie puede decir que Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo (1 Co. 12:3). «Separados de mí», dice Cristo, «nada podéis hacer» (Jn. 15:5). «Nuestra competencia proviene de Dios» (2 Co. 3:5). ¿Qué [27] tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Co. 4:7). De consiguiente, San Agustín declara respecto a este pasaje que por medio de él se convenció de que tenía que despojarse de su anterior opinión errónea; pues en su ensayo acerca de la predestinación había escrito lo siguiente: «Erré en esto: Que sostenía que la gracia de Dios consiste en que Dios mediante la predicación de la verdad revela su voluntad; pero que consentir a la predicación del evangelio es nuestra propia obra y facultad». San Agustín se expresa en términos similares cuando vuelve a declarar: «Erré cuando dije que es cosa nuestra el creer y querer; pero es la obra de Dios conceder a los que creen y quieren la facultad de realizar algo».
Esta doctrina tiene su sólido fundamento en la palabra de Dios y concuerda [28] con las enseñanzas de la Confesión de Augsburgo y los demás libros ya mencionados, según lo demuestran los siguientes testimonios:
[29] La Confesión de Augsburgo dice lo siguiente en el Artículo XX: «Como por la fe se recibe el Espíritu Santo, también los corazones son renovados y dotados de nuevos afectos, para poder producir buenas obras. Pues antes, puesto que no tenían el Espíritu Santo, eran demasiado débiles. Además, están bajo el poder del diablo, el cual impele a los hombres a diversos pecados».125 Y un poco más adelante: «Porque fuera de la fe y aparte de Cristo, la naturaleza y el poder del hombre son demasiado débiles como para hacer buenas obras».
[30] Estas citas testifican con toda claridad que la Confesión de Augsburgo de ningún modo reconoce la voluntad del hombre como libre en asuntos espirituales, sino que dice que el hombre se encuentra bajo el poder del diablo. ¿Cómo, pues, puede ser capaz, por su propio poder, de convertirse al evangelio o a Cristo?
[31] La Apología enseña lo siguiente respecto al libre albedrío:126 «No negamos libertad a la voluntad humana. También decimos que la razón tiene, hasta cierto punto, un libre albedrío; pues en los asuntos que la razón por sí misma ha de comprender, tenemos libertad en la elección de obras y cosas». Y más adelante: «Pues los corazones que no poseen al Espíritu Santo no tienen temor a Dios. No creen que Dios los oye, o que les perdona sus pecados, [32] o que les ayuda en las tribulaciones. Por lo tanto, son impíos. Pues sabido es que ‘no puede el árbol malo llevar frutos buenos’ y que ‘sin la fe es imposible agradar a Dios’. Por consiguiente, aunque concedemos que el libre albedrío tiene la libertad y el poder de realizar las obras externas de la ley, sin embargo, declaramos que en asuntos espirituales, tales como amar a Dios y creer en él de todo corazón, etc., el libre albedrío y la razón no tienen capacidad».127 Aquí se ve claramente que la Apología no atribuye capacidad a la voluntad del hombre ni para empezar lo bueno ni para cooperar en su realización.
[33] En los Artículos de Esmalcalda (en la parte que trata del Pecado) también se rechazan los siguientes errores respecto al libre albedrío: «El hombre es dueño de su libre albedrío para hacer el bien y apartarse del mal y viceversa».128 Y más adelante también se rechaza como error la siguiente enseñanza: «En la Sagrada Escritura no consta que para realizar una obra buena sea necesaria la gracia del Espíritu Santo».129
[34] También leemos en los Artículos de Esmalcalda (en la parte acerca del arrepentimiento) lo siguiente:130 «Este arrepentimiento dura hasta la muerte del cristiano: Porque, mientras se vive, lleva el arrepentimiento una lucha continua contra el pecado que aún mora en la carne, como el apóstol Pablo lo atestigua al afirmar que lucha contra la ley de sus miembros (Ro. 7:23), pero no valiéndose de sus propias fuerzas, sino por medio del don del Espíritu Santo, que se recibe después del perdón de los pecados. Ese don nos limpia y libra diariamente del resto del pecado y se afana por purificar y santificar al hombre.
Estas palabras no dicen absolutamente nada acerca de nuestra voluntad, [35] ni de que ésta opere también en los regenerados algo por sí misma, sino que lo atribuyen todo al don del Espíritu Santo, don que limpia al hombre y le hace cada día más bueno y más santo; con esto, una cooperación de nuestras propias fuerzas queda totalmente excluida.
En el Catecismo Mayor del Dr. Martín Lutero (en el Tercer Artículo) [36] se nos dice: «Yo soy también parte y miembro de esta comunidad y participante y codisfrutante de todos los bienes que tiene, llevado a ello por el Espíritu Santo e incorporado por el hecho de que escuché y continúo escuchando la palabra de Dios, la cual es el comienzo para ingresar en ella. Pues, antes de haber sido introducidos a ella pertenecíamos totalmente al [37] diablo, como los que no han sabido nada de Dios, ni de Cristo. Por lo tanto, el Espíritu Santo permanecerá con la santa comunidad o cristiandad hasta el día del juicio final, por la cual nos buscará, y se servirá de ella para dirigir y practicar la palabra, mediante la cual hace y multiplica la santificación, de modo que la cristiandad crezca y se fortalezca diariamente en la fe y sus frutos que él produce». En todo esto el Catecismo no menciona ni con una sola palabra [38] nuestro libre albedrío o cooperación, sino que atribuye todo al Espíritu Santo, esto es, que mediante el ministerio de la palabra de Dios nos lleva a la iglesia cristiana, en la cual nos santifica y nos hace crecer en la fe y las buenas obras.
Si bien es verdad que los regenerados aún en esta vida progresan de tal [39] modo que realmente desean, aman y hasta hacen lo bueno y crecen en la piedad, sin embargo, esto no es, como ya queda dicho, fruto de nuestra voluntad y capacidad, sino que es el Espíritu Santo quien obra tal querer y hacer, como San Pablo lo atestigua (Fil. 2:13). Y en Efesios 2:10 el apóstol atribuye esa obra a Dios, pues nos dice: «Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas».
En el Catecismo Menor, el Dr. Lutero nos dice lo siguiente: «Creo que [40] ni por mi propia razón, ni por mis propias fuerzas soy capaz de creer en Jesucristo, mi Señor, o venir a él; sino que el Espíritu Santo me ha llamado mediante el evangelio, me ha iluminado con sus dones, y me ha santificado y conservado en la verdadera fe, del mismo modo como él llama, congrega, ilumina y santifica a toda la cristiandad en la tierra, y la conserva unida a Jesucristo en la verdadera y única fe».131
Y en la explicación de la Segunda Petición del Padrenuestro se dice lo [41] siguiente: «¿Cómo sucede esto? … Cuando el Padre celestial nos da su Espíritu Santo, para que, por su gracia, creamos su santa palabra y llevemos una vida de piedad».132
[42] Estos testimonios declaran que por medio de nuestro poder no podemos allegamos a Cristo, sino que Dios tiene que damos el Espíritu Santo, por medio del cual somos iluminados, santificados y así conducidos a Cristo mediante la fe y conservados con él; y no se hace ninguna mención de nuestra voluntad o cooperación.
[43] A esto añadiremos otra cita del Dr. Martín Lutero contenida en su «Confesión Mayor Acerca de la Santa Cena». Allí el Dr. Lutero declaró más tarde, con protesta solemne, que era su intención perseverar fiel a esta doctrina hasta el fin: «Con esto rechazo y condeno como rotundo error todos los dogmas que ensalzan nuestro libre albedrío, pues están en conflicto abierto con esta ayuda y gracia de nuestro Salvador Jesucristo. Ya que fuera de Cristo, la muerte y el pecado son nuestros señores y el diablo es nuestro dios y príncipe, no puede haber jamás poder o fuerza, sabiduría o entendimiento, con los cuales podamos habilitamos o luchar para obtener la justicia y la vida; sino que tenemos que ser ciegos y siervos del pecado y pertenecer al diablo para hacer y tramar aquellas cosas que son del agrado de estos enemigos y contrarias a Dios y sus mandamientos».133
[44] Con estas palabras el piadoso e inolvidable Dr. Lutero no atribuye al libre albedrío ningún poder por el cual pueda el hombre habilitarse o luchar para obtener la justicia, sino que dice que el hombre es ciego y siervo del pecado, siempre dispuesto a hacer la voluntad del diablo y lo que es contrario a Dios. Por lo tanto, en lo que respecta a la conversión del hombre, no hay en esto cooperación alguna por parte de nuestra voluntad. El hombre tiene que ser atraído por Dios y nacer de nuevo. Si no es así, no hay en nuestro corazón pensamiento alguno que de por sí pueda acudir al evangelio para aceptarlo. De este mismo modo escribió el Dr. Lutero en su libro «El Albedrío Esclavo»,134 para combatir a Erasmo. En este libro aclaró y defendió magistral y minuciosamente esta afirmación, y más tarde la repitió y explicó en su glorioso comentario sobre el Génesis, en particular sobre el capítulo 26.135 También en este comentario se cuidó él, de la mejor manera posible y con el mayor cuidado, de que su opinión e interpretación respecto a algunos otros argumentos peculiares introducidos incidentalmente por Erasmo, tal como la necesidad absoluta, etc., fuesen tomados en sentido erróneo o pervertidos;136 cosa que nosotros repetimos aquí y recomendamos a otros.
Por lo tanto, es enseñar incorrectamente cuando se afirma que el hombre [45] no regenerado posee aún el poder necesario para desear, recibir el evangelio y ser consolado por él, y que así la voluntad natural del hombre coopera de algún modo en la conversión. Pues tal opinión errónea es contraria a las Sagradas Escrituras, la cristiana Confesión de Augsburgo, su Apología, los Artículos de Esmalcalda, el Catecismo Mayor y el Menor del Dr. Lutero, y otros escritos de este excelentísimo e ilustrísimo teólogo.
Con esta doctrina respecto de la incapacidad y maldad de nuestro libre [46] albedrío natural y respecto de nuestra conversión y regeneración, a saber, que ella es la obra de Dios únicamente y no de nuestro poder, los iluminados y los epicúreos han cometido un gran abuso; y por medio de sus arengas muchos se han vuelto desordenados e irregulares en su conducta, y remisos y negligentes en todo ejercicio cristiano en la oración, la lectura y la meditación piadosa; pues dicen que, como por su propio poder no pueden convertirse a Dios, persistirán en su contumaz oposición a Dios o esperarán hasta que Dios los convierta contra la voluntad de ellos mismos; o como no pueden hacer nada en estas cosas espirituales, ya que todo es obra de Dios y del Espíritu Santo únicamente, no usarán, oirán o leerán ni la palabra ni el sacramento, sino que esperarán hasta que Dios, sin medio alguno, les instale sus dones celestiales, de manera que realmente puedan sentir en su adentro que Dios los ha convertido.
Otras mentes débiles y perturbadas, ya que no entienden correctamente [47] nuestra cristiana doctrina acerca del libre albedrío, quizás pueden caer en pensamientos acosadores y dudas peligrosas respecto a si Dios las ha escogido y si también en ellas obrará sus dones por medio del Espíritu Santo, espe cialmente cuando no sientan una fe firme y ardiente ni obediencia sincera, sino sólo flaqueza, temor y miseria.
[48] Por esta razón ahora expondremos por medio de la palabra de Dios, cómo el hombre se convierte a Dios, cómo y por qué medios (esto es, por la predicación de la palabra y por los santos sacramentos) el Espíritu Santo quiere ser activo en nosotros, y obrar en nosotros y concedernos verdadero arrepentimiento, fe y nuevo poder espiritual y capacidad para hacer lo bueno, y cómo debemos proceder respecto a estos medios y utilizarlos.
[49] Dios no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan a él y se salven eternamente. «Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que el impío se vuelva de su camino, y que viva» (Ez. 33:11). «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn. 3:16).
[50] Por lo tanto, Dios, por su inefable bondad y misericordia, ha permitido que se predique públicamente su santa y eterna ley y su hermoso plan respecto a nuestra redención, es decir, el santo y único evangelio salvador de su Hijo eterno, nuestro único Salvador y Redentor Jesucristo; y por medio de esta predicación congrega para sí de entre la raza humana una iglesia eterna y obra en el corazón del hombre el verdadero arrepentimiento y el conocimiento del pecado y la verdadera fe en el Hijo de Dios, Jesucristo. Y por estos medios, y por ningún otro modo, esto es, por la palabra santa, cuando los hombres la oyen en la predicación o la leen, y los santos sacramentos, cuando son usados según la palabra divina, Dios desea llamar a los hombres a la salvación eterna, atraerlos a sí y convertirlos, regenerarlos y santificarlos. [51] «Pues ya que en la sabiduría de Dios el mundo no ha conocido a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Co. 1:21). «[Pedro] te dirá lo que es necesario que hagas» (Hch. 10:6). «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Ro. 10:17). «Santifícalos en tu verdad: Tu palabra es verdad. No ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos» (Jn. 17:17, 20). Por lo tanto, el Padre eterno exclama desde el cielo respecto a su Hijo amado y respecto a todos los que predican el arrepentimiento y el perdón de los pecados en su nombre: «A él oíd» (Mt. 17:5).
[52] Pues bien, todos los que desean ser salvos deben oír esta predicación de la palabra de Dios. Pues la predicación y el oír de la palabra de Dios son instrumentos del Espíritu Santo mediante los cuales él desea obrar eficazmente y convertir hombres a Dios y obrar en ellos tanto el querer como el hacer.
[53] Esta palabra el hombre la puede oír y leer externamente, aunque todavía no haya sido regenerado y convertido a Dios; pues en estas cosas externas, como queda dicho, el hombre, aun después de la Caída, tiene hasta cierto punto un libre albedrío, de manera que puede ir a la iglesia y oír el sermón o dejar de oírlo.
Por estos medios, a saber, por la predicación y el oír de la palabra, obra [54] Dios en el hombre, quebranta su corazón y lo atrae a sí mismo, de manera que mediante la predicación de la ley viene el hombre al conocimiento de sus pecados y la ira de Dios, y experimenta en su corazón verdadero terror, contrición y pesar, y mediante la predicación y consideración del santo evangelio que habla del misericordioso perdón de los pecados en Cristo, se enciende en él una chispa de fe, con la cual acepta el perdón de los pecados por causa de Cristo y se consuela a sí mismo en la promesa del evangelio; y de este modo se envía al corazón del hombre el Espíritu Santo que obra todo esto (Gá. 4:6).
Pues aunque ambas cosas, el plantar y el regar del predicador y el correr [55] y querer del oyente, serían inútiles y no realizarían ninguna conversión si no se añadiesen a ellas el poder y la eficacia del Espíritu Santo, quien ilumina y convierte los corazones por medio de la palabra predicada y oída, de modo que el hombre pueda creer en esta palabra y aceptarla, sin embargo, ni el predicador ni el oyente deben dudar de esta gracia y eficacia del Espíritu Santo, sino que deben estar seguros de que cuando la palabra de Dios se predica en toda su pureza y verdad,137 según el mandamiento y la voluntad de Dios, y los hombres la oyen y la meditan con atención y diligencia, Dios realmente está presente con su gracia y concede, como ya queda dicho, lo que el hombre no puede aceptar ni dar de su propio poder. Pues respecto a [56] la presencia, obra y don del Espíritu Santo no debemos ni podemos juzgar siempre ex sensu, es decir, según la manera como se experimentan en el corazón; sino que, como muchas veces actúan en forma encubierta y sin que nos apercibamos de ellos debido a la debilidad de nuestro ánimo, debemos estar seguros por medio de la promesa de que la palabra de Dios predicada y oída es verdaderamente oficio y obra del Espíritu Santo, por la cual él es de cierto eficaz y activo en nuestros corazones (2 Co. 2:14 y sigte.).
Pero si alguien no quiere oír la predicación ni leer la palabra de Dios, [57] sino que desprecia la palabra y la congregación138 de Dios, y así muere y perece en sus pecados, no puede ni consolarse a sí mismo con la elección eterna de Dios ni obtener su misericordia. Pues Cristo, en quien somos escogidos, ofrece su gracia a todos los hombres en la palabra y los santos sacramentos, y desea encarecidamente que su palabra sea oída, y ha prometido que donde dos o tres están congregados en su nombre y ocupados en su santa palabra, él está en medio de ellos (Mt. 18:20).
[58] Pero cuando el tal desecha la instrucción del Espíritu Santo y no quiere oír, no se le hace injusticia si el Espíritu Santo no lo ilumina, sino que lo abandona a las tinieblas de su incredulidad y lo deja perecer. Respecto a esto se nos dice en Mateo 23:37: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!»
[59] Al respecto, bien puede decirse que el hombre no es una piedra o un pedazo de madera. Pues una piedra o un pedazo de madera no resiste a la persona que lo mueve, ni entiende ni siente lo que se hace con él; no así el hombre, que con su voluntad resiste a Dios el Señor hasta que es convertido. Y sin embargo, es verdad que el hombre antes de su conversión es una criatura racional, poseedora de entendimiento y voluntad; pero no de un entendimiento con respecto a las cosas divinas, o de una voluntad que desea lo bueno y saludable. Pero no puede hacer nada en absoluto para su conversión (como ya queda dicho repetidas veces), y en este respecto es peor que una piedra o un pedazo de madera; pues resiste la palabra y la voluntad de Dios, hasta que Dios lo despierta de la muerte del pecado, lo ilumina y lo renueva.
[60] Y aunque Dios no obliga139 al hombre a la conversión (pues aquellos que siempre resisten al Espíritu Santo y persisten en oponerse a la verdad conocida, como dice Esteban de los judíos endurecidos, no serán convertidos [Hch. 7:15]), no obstante, Dios el Señor atrae al hombre al cual desea convertir, y lo atrae de tal manera que el entendimiento entenebrecido se cambia en uno iluminado, y la voluntad perversa en una obediente. Y esto es lo que la Escritura llama «crear un corazón limpio» (Sal. 51:10).
[61] Y por esta causa no se puede decir con razón que el hombre antes de su conversión posee un modus agendi, esto es, cierto modo de hacer algo bueno y saludable en lo que respecta a las cosas divinas. Pues ya que el hombre antes de su conversión está muerto en pecados (Ef. 2:5), no hay en él poder alguno para obrar algo en lo que respecta a las cosas divinas, y por consiguiente, tampoco posee un modus agendi, o cierto modo de realizar cosas divinas. Pero [62] cuando consideramos la manera como Dios obra en el hombre, es muy cierto que Dios tiene un modus agendi, o cierto modo de obrar en el hombre, como en una criatura racional, y otro modo de obrar en una criatura irracional, o en una piedra o en un pedazo de madera.140 Sin embargo, antes de su conversión no se le puede atribuir al hombre ningún modus agendi, esto es, ni la más mínima capacidad de hacer algo en cosas espirituales.
Pero después que el hombre ha sido convertido e iluminado, y renovada [63] su voluntad, entonces desea lo bueno (por cuanto ha sido regenerado o es un nuevo hombre), y según el hombre interior se deleita en la ley de Dios (Ro. 7:22), y sigue haciendo141 lo bueno hasta donde y en tanto que sea impulsado por el Espíritu Santo, según dice San Pablo «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Ro. 8:14). Este impulso del [64] Espíritu Santo no es coerción, sino que el hombre que ha sido convertido hace lo bueno espontáneamente, según dice David «Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder»142 (Sal. 110:3). Y sin embargo, la lucha entre la carne y el Espíritu sigue aún en el regenerado. Sobre esto escribe San Pablo, «Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros» (Ro. 7:21 y sigte.). Y 25: «Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado». Y en Gálatas 5:17: «El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis».
Síguese de esto, pues, que tan pronto como el Espíritu Santo, como se [65] ha dicho, mediante la palabra y los santos sacramentos, ha empezado en nosotros esta obra de la regeneración y la renovación, nosotros en efecto podemos y debemos cooperar, aunque todavía en forma débil, mediante el poder del Espíritu Santo. Pero esta cooperación no se verifica mediante núestras [66] virtudes camales y naturales, sino gracias a las nuevas virtudes y los nuevos dones que el Espíritu Santo nos ha concedido en la conversión, según lo afirma San Pablo expresamente al declarar que, como colaboradores que somos con Dios, no recibimos en vano la gracia divina (2 Co. 6;1).143 Ahora bien, esto ha de entenderse sola y únicamente del modo siguiente: El que ha sido convertido, hace el bien siempre que Dios lo rija, guíe y conduzca con su Espíritu Santo; tan pronto empero como Dios aleja de él su mano misericordiosa, no podrá perseverar ni por un momento más en la obediencia a Dios. En cambio, resulta inadmisible entenderlo en el sentido de que el convertido coopera con el Espíritu Santo a la manera como dos caballos144 tiran juntamente de un carro; pues quien así lo entiende, ignora la verdad divina. («Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios» [2 Co. 6:1]. «Porque vosotros sois el templo del Dios viviente» [2 Co. 6:16].)
[67] Por lo tanto, hay una gran diferencia entre los que han sido bautizados y los que no lo han sido. Pues ya que, según la enseñanza de San Pablo (Gá. 3:27), todos los que han sido bautizados en Cristo, de Cristo están revestidos, y así han sido verdaderamente regenerados, tienen ahora voluntad libre, o, como dice Cristo, son hechos libres de nuevo (Jn. 8:36); de donde se desprende que pueden no sólo oír la palabra, sino también dar sentimiento a ella y aceptarla, aunque en forma débil.
[68] Puesto que en esta vida recibimos solamente las primicias del Espíritu y el nuevo nacimiento no es completo, sino que sólo ha empezado en nosotros, el combate y la lucha entre la carne y el espíritu permanece aún en los que han sido elegidos y verdaderamente regenerados; pues se percibe una gran diferencia entre los cristianos, no sólo porque uno es débil y otro fuerte en el espíritu, sino también porque cada cristiano se siente gozoso en el espíritu en ciertos momentos y temeroso y alarmado en otros; en ciertos momentos siente un amor ardiente hacia Dios, al igual que una fe fuerte y una esperanza firme, y en otros momentos se siente frío y débil.
[69] Pero si los que han sido bautizados obran en contra de su conciencia y permiten que el pecado los domine y así entristecen al Espíritu Santo que mora en ellos y lo pierden, no deben osar bautizarse de nuevo, aunque es cierto que tienen que convertirse otra vez como ya hemos aseverado sobre este asunto.
[70] Pues es en sumo cierto que en una conversión genuina tiene que efectuarse un cambio, una nueva manera de sentir y un movimiento en el intelecto, la voluntad y el corazón, esto es, el corazón debe percibir el pecado, temer la ira de Dios, abandonar el pecado, y debe además percibir y aceptar la promesa de la gracia en Cristo, tener buenos pensamientos espirituales, imponerse ideales dignos, ser diligente y luchar contra la carne. Pues donde no existe ni se ejecuta nada de esto, allí no existe tampoco la verdadera conversión. Pero ya que el asunto concierne a la causa eficiente, esto es, quién obra esto [71] en nosotros, y de dónde lo recibe el hombre y cómo lo alcanza, esta doctrina nos informa que, como las virtudes naturales del hombre no pueden hacer ni ayudar a realizar nada (1 Co. 2:14; 2 Co. 3:5), Dios, en su infinita bondad y misericordia, viene primero a nosotros y hace que su santo evangelio sea predicado. Mediante este santo evangelio, el Espíritu Santo desea obrar y realizar en nosotros esta conversión y renovación, y mediante la predicación y el estudio de su palabra enciende en nosotros la fe y otras virtudes piadosas, de modo que éstas son dones y obras del Espíritu Santo únicamente. Esta [72] doctrina nos dirige, pues, al medio por el cual el Espíritu Santo desea empezar y obrar en nosotros la conversión y renovación; también desea enseñamos cómo se preservan, fortalecen y aumentan estos dones, y nos advierte que no debemos permitir que esta gracia de Dios se nos conceda en vano, sino que nos ejercitemos en ella con diligencia y pensemos cuán gran pecado es impedir y resistir esta obra del Espíritu Santo.
De esta explicación pormenorizada de toda la doctrina acerca del libre [73] albedrío ahora podemos juzgar, finalmente, las preguntas sobre las cuales ha habido controversia en las iglesias que se adhieren a la Confesión de Augsburgo. Se ha preguntado si el hombre, antes de su conversión, durante su conversión o después de ella, resiste al Espíritu Santo, y si el hombre no hace nada absolutamente, sino que sólo soporta lo que Dios obra en él, permaneciendo puramente pasivo; asimismo, si en la conversión se porta o es como un pedazo de madera; asimismo, si el Espíritu Santo es dado a los que le resisten; asimismo, si la conversión se efectúa mediante la coerción de modo que Dios por la fuerza y contra la voluntad del hombre, obliga a éste a la conversión. También podemos reconocer, combatir y rechazar todas las doctrinas falsas y todos los errores que han surgido, tales como:
1. La sandez de los estoicos y maniqueos, quienes aseveraban que todo [74] lo que sucede tiene que suceder tal como sucede; que el hombre hace todo por medio de la coerción; que aun en obras externas la voluntad del hombre no tiene libertad ni capacidad de ejercer hasta cierto punto justicia externa y conducta honorable y de evitar pecados y vicios externos; o que la voluntad es obligada a cometer maldades externas, lascivia, hurto, homicidio, etc.
2. El error de los pelagianos, consistente en que el libre albedrío, mediante [75] sus propias facultades naturales, sin el Espíritu Santo, puede convertirse a Dios, creer el evangelio, obedecer de corazón a la ley de Dios, y así merecer el perdón de los pecados y la vida eterna.
[76] 3. El error de los papistas y de los escolásticos,145 quienes han procedido de una manera algo más sutil, enseñando que el hombre, mediante sus propias facultades naturales, puede dar comienzo a lo bueno y a su propia conversión, y que entonces el Espíritu Santo, ya que el hombre es demasiado débil para completar lo bueno que ha comenzado mediante sus propias facultades naturales, viene a prestarle ayuda.
[77] 4. La doctrina de los sinergistas, quienes aseveran que en asuntos espirituales, el hombre no está absolutamente muerto a lo bueno sino malamente herido y medio muerto. Por consiguiente, aunque el libre albedrío es demasiado débil para dar el primer paso y por su propio poder convertirse a Dios y obedecer de corazón la ley de Dios, no obstante, cuando el Espíritu Santo da el primer paso y nos llama por el evangelio y nos ofrece su gracia, el perdón de los pecados y la salvación eterna, entonces el libre albedrío, de su propio poder natural, puede acercarse a Dios y hasta cierto punto, aunque débilmente, hacer algo, ayudar y cooperar para obtener su conversión; también puede hacerse apto para la gracia, buscarla con diligencia, recibirla y aceptarla, y creer el evangelio; también puede cooperar con el Espíritu Santo en la continuación y el mantenimiento de esta obra.
Para combatir este error, ya se ha demostrado ampliamente que tal poder, [78] esto es, la facultad de aplicarse la gracia divina, no procede de nuestro propio poder natural, sino que es únicamente la obra del Espíritu Santo.
5. Asimismo, la siguiente doctrina de los papas y los monjes: Que el [79] hombre, después de su regeneración, puede en esta vida observar con toda perfección la ley de Dios, y que mediante el cumplimiento de la ley se justifica delante de Dios y merece la vida eterna.146
6. En cambio, los entusiastas o iluminados deben ser reprobados con la [80] mayor severidad y no menos celo y de ningún modo ser tolerados en la iglesia cristiana, pues enseñan que Dios, sin utilizar medios, sin que se oiga la palabra divina y sin el uso de los santos sacramentos, hace que los hombres se acerquen a él, y los ilumina, justifica y salva.
7. También rechazamos los errores de aquellos que creen que en la [81] conversión y regeneración Dios crea un nuevo corazón y un nuevo hombre de tal manera que la substancia y esencia del Viejo Adán, y especialmente el alma racional, quedan exterminadas por completo, y que él crea de la nada una nueva esencia espiritual. San Agustín expresamente refuta este error en su explicación del Salmo 25, donde cita las palabras de Pablo en Efesios 4:22: «Despojaos del viejo hombre», etc. y las explica así:147 «Para que nadie piense que el hombre se despoja de su substancia o esencia, el apóstol mismo explica qué quiere decir despojarse del viejo hombre y vestirse del nuevo cuando declara en el versículo siguiente que cada uno se despoje de la mentira y hable verdad. En eso consiste despojarse del viejo hombre y vestirse del nuevo».
[82] 8. Asimismo, rechazamos el uso, sin explicación alguna, de expresiones tales como: La voluntad del hombre antes de la conversión, durante la conversión y después de ella, resiste al Espíritu Santo; y el Espíritu Santo se da a aquellos que lo resisten.
[83] De la anterior explicación es evidente que si el Espíritu Santo no produce ningún cambio a lo bueno en el intelecto, la voluntad y el corazón del hombre, y que si éste de ningún modo cree en la promesa y si Dios no lo prepara para recibir la gracia, sino que resiste por completo a la palabra de Dios, no se puede realizar ni haber en él ninguna conversión. Pues la conversión operada por el Espíritu Santo produce en el intelecto, la voluntad y el corazón del hombre un cambio tal que el pecador, mediante esta operación del Espíritu Santo, puede aceptar la gracia que se le ofrece. Y todos los que obstinada y persistentemente resisten las operaciones y actividades del Espíritu Santo, las cuales se efectúan por medio de la palabra, no reciben al Espíritu Santo, sino que lo entristecen y lo pierden.
[84] Sin embargo, también en los regenerados queda cierta rebelión, de la cual la Escritura habla así: «La carne codicia contra el Espíritu» (Gá. 5:17); «Los deseos carnales batallan contra el alma» (1 P. 2:11); «La ley en mis miembros se rebela contra la ley de mi mente» (Ro. 7:23).
[85] Por consiguiente, el hombre que no ha sido regenerado resiste a Dios por completo y es en todo sentido un esclavo del pecado (Jn. 8:34; Ro. 6:16). En cambio, el regenerado se deleita en la ley de Dios según el hombre interior, pero ve en sus miembros la ley del pecado, la cual batalla contra el alma. Por esta razón con la mente sirve a la ley de Dios, mas con la carne, a la ley de pecado (Ro. 7:25). De este modo debe explicarse y enseñarse esta doctrina en todos sus pormenores y con la mayor claridad y discreción.
[86] En lo que respecta a las siguientes expresiones de Crisostomo y Basilio: «Dios atrae, pero sólo atrae a los que quieren»148 (ser atraídos); y: «Sólo demuestra que quieres convertirte, y Dios se te anticipará»; y: «En la conversión la voluntad del hombre no es inactiva, sino que también hace algo» (expresiones que se han usado para confirmar los errores respecto a las facultades del libre albedrío y así combatir la doctrina acerca de la gracia de Dios), es evidente por lo que se acaba de explicar que ellas no concuerdan con la sana doctrina, sino que son contrarias a ella, y por lo tanto, deben evitarse cuando hablamos de la conversión del hombre a Dios.
Pues la conversión de nuestra voluntad corrupta, que no es sino la resurrección [87] de su muerte espiritual, es única y exclusivamente la obra de Dios, así como la resurrección de la carne en el postrer día hay que atribuirla sólo a Dios, según se ha declarado ya ampliamente y comprobado por los claros testimonios de la Sagrada Escritura.
Pero ya se ha explicado ampliamente cómo Dios en la conversión mediante [88] la atracción del Espíritu Santo, hace de personas obstinadas e involuntarias personas voluntarias, y que después de tal conversión, en el ejercicio diario del arrepentimiento, la voluntad regenerada del hombre no es inactiva, sino que también coopera en todas las obras del Espíritu Santo, las cuales él obra por medio de nosotros.
De manera que cuando Lutero dice que en la conversión la voluntad del [89] hombre es puramente pasiva,149 es decir, que no hace nada en absoluto, sino que sólo sufre lo que Dios obra en él, esto no quiere decir que la conversión se realiza sin que la palabra de Dios sea predicada y oída. Tampoco quiere decir que en la conversión no se encienden en nosotros nuevos impulsos por medio del Espíritu Santo ni se empieza una obra espiritual. Mas sí quiere decir que el hombre por sí mismo, o por su propio poder natural, no puede hacer nada ni ayudar nada en su conversión, y que la conversión no es sólo en parte, sino única y exclusivamente la operación, dádiva y obra del Espíritu Santo, que la ejecuta y la efectúa por su poder y fortaleza, mediante la palabra, en el intelecto, la voluntad y el corazón del hombre, en tanto que éste no hace ni obra cosa alguna, sino que sólo sufre. Pero el hombre no es como una figura que se esculpe en una piedra o un sello que se imprime en la cera, pues estas cosas no saben nada de lo que sucede ni lo perciben ni lo desean; en cambio todo sucede150 en el hombre de tal manera como ya se ha explicado.
Puesto que también la juventud escolar ha sido grandemente perturbada [90] por la doctrina que enseña cómo concurren a la conversión del hombre no regenerado las tres causas eficientes, es decir, la palabra de Dios predicada y oída, el Espíritu Santo y la voluntad del hombre, vuelve a ser evidente, por la explicación ya dada, que la conversión del hombre es única y exclusivamente la obra de Dios el Espíritu Santo, quien es el único Maestro verdadero que obra esto en nosotros, usando como medio e instrumento ordinario y legítimo la palabra de Dios predicada y oída. Pero el intelecto y la voluntad del no regenerado son sólo el sujeto que ha de ser convertido; representan el intelecto y la voluntad de un hombre espiritualmente muerto en el cual el Espíritu Santo obra la conversión y la renovación; y en esta obra el hombre con su voluntad no hace nada, sino que deja que sólo Dios obre en él, hasta que es regenerado; después de esto, a la verdad también el hombre coopera con el Espíritu Santo en las buenas obras subsecuentes, haciendo lo que agrada a Dios.
118. En 1555, Johann Pfeffinger, en aquel entonces profesor en la universidad de Leipzig, compuso una serie de tesis en latín que habría de servir de base para un debate académico. Reaccionaron Nicolaus von Amsdorf (cf. Meditationes adversus impiam Pfeffingeri disputationem) y otros (p.ej. Johann Stolz, en 1566). En 1558, Amsdorf atacó a Pfeffinger públicamente en su Offentliche Bekenntnis der reinen lere des Evangelij Vnd Confutatio der jtzigen Schwermer (Jena, 1558), a lo que Pfeffinger replicó en el mismo año con su Demonstratio Manifesti Mendacii, Qvo Infamare Conatvr Doctorem Johannem Pfeff. Libellvs Qvidam maledicus & Sycophanticus germanice editus titulo Nicolai ad Amsdorff, Necessaria propter Veritatis assertionem & auersionem Scandali, & tuendam existimationem sincerae doctrinae («Demostración de la manifiesta mentira con que intenta infamar al Dr. J. Pfeffinger cierto opúsculo maldiciente y calumniador publicado en alemán por Nicolaus von Amsdorf. Demostración necesaria para confirmar la verdad y apartar el escándalo, y para salvaguardar la estima de la doctrina correcta»), Wittenberg, 1558. En la tesis de doctorado (en Historia, Universidad de Wisconsin) titulada «Nicolaus von Amsdorf Knight of God and Exile of Christ Piety and Polemic in the Wake of Luther», presentada por Robert Allan Kolb en 1972, de la cual extrajimos casi todos los datos de esta nota, hay un capítulo sustancioso (VI) dedicado a la controversia sinergista. Kolb entiende que Amsdorf desencadenó la controversia con su réplica pública a Pfeffinger mediante el Offentliche Bekenntnis (p. 307 de la copia dactiloscópica) y que ésta estalló en pleno cuando Pfeffinger respondió a las críticas que se le hicieron en aquella réplica (op. cit. p. 311).
119. Entre los antiguos cabe mencionar a los messalianos o euquitas, secta de Mesopotamia y de Siria, siglo 4. Recalcaban las experiencias místicas y desdeñaban los medios de gracia. Entre las figuras del siglo 16 que fueron acusados de entusiastas por los luteranos se cuentan Gaspar Schwenckfeld y Ulrico Zuinglio. De este último cf. p.ej. Fidei ratio VII (Die Bekenntnisschriften der reformierten Kirche, ed. de E. F. K. Müller, p. 86, 14): Dux autem vel vehiculum spiritui non est necessarium («El Espíritu empero no tiene necesidad de un guía o de un vehículo»).
120. El verbo «percibe» de la Versión Reina–Valera es el equivalente del vernimbt del texto alemán. Otras traducciones: «capta» (Biblia de Jerusalén); «acepta» (Dios Habla Hoy). El Dicc. Griego–Latino–Español de los PP. Escolapios, Ed. Albatros, Buenos Aires, da para el verbo déjomai del texto griego los siguientes significados: en lat. capio, percipio, suscipio, admitto, y en español «tomar, recibir, admitir».
121. Hasta ahora no se ha podido verificar si Lutero realmente usó la expresión truncus et lapis (tronco y piedra), aunque muchos se la atribuyen. El dogmático católicorromano R. Tabarelli (De Bratia Christi in I-Il partem summae theologiae, ed. de Cornelio Fabro, Roma, 1962, p. 221, nota 52) dice que el similis trunco et lapidi se halla en el comentario de Lutero al Génesis, capítulo 19, y remite a la Simbólica del católico romano J. A. Möhler. Éste (cf. Symbolik, libro I, cap. III, párr. 11, p. 109) transcribe el texto e informa que es de Lutero, comentario al Génesis, capítulo 19. Sin embargo, el texto transcrito por Möhler no existe en Lutero, se encuentra, en cambio, en la Fórmula de Concordia (Decl. Sól., II, 20). La FC, a su vez, presenta el texto entre comillas y dice que figura en el comentario de Lutero sobre el Salmo 91. Pero tampoco allí es posible localizar la expresión, Lutero escribe (Enarratio psalmi XC; ed. de Erlangen, ‘exegetica opera latina’ XVIII, p. 318): Philosophi hominem definiunt esse animal rationale. Sed hoc quis dicet in theologia esse verum? Ibi enim vere homo est statua salis, sicut uxor Lot, quia illam magnam iram Dei non intelligit, et ruit imprudens in mille pericula mortis, imp saepe volens et sciens («Los filósofos definen al hombre como animal racional. Pero ¿quién dice que esto es verdad también en teología? Pues allí el hombre es, de hecho, una estatua de sal, como la mujer de Lot, porque no entiende aquella grande ira de Dios, y en su imprudencia se precipita a mil peligros mortales, muchas veces hasta a propósito y a sabiendas»). El truncus et lapis proviene de una paráfrasis (vid. Otto Ritschl, Dogmengeschichte des Protestantismus, vol. II, Leipzig, 1912, p. 444, nota 4. Allí, el autor comenta: «In der Sache freilich besagen die hier von Luther nicht gebrauchten Ausdrücke Klotz, Stein, totes Bild nichts anderes als Salzsäule und Lots Weib». (Pero en la práctica, las expresiones tronco, piedra, imagen inanimada,—que Lutero no usa en este pasaje—significan lo mismo que estatua de sal, y mujer de Lot.
122. El texto latino en BSLK trae, entre paréntesis, después de capacitatem: non activam, sed passivam. En cuanto a la omisión de dichas palabras en el texto alemán, vid. la extensa nota en BSLK, p. 880, 2.
123. Ed. de Jena, Christ, Rhodius 1556.
124. Contra Iulianum II, 8, 23–30. MSL 689–694.
125. La cita de la Confesión de Augsburgo corresponde a la edición de Wittenberg, 1531, CR XXVI, 578.
126. Apología XVIII, Wittenberg, 1531.
127. Así traduce, en forma algo parafraseante, Justus Jonas. La Fórmula de Concordia latina reproduce, con algunas variantes, el texto original de la Apología.
128. Artículos de Esmalcalda, Parte III, Artículo I, secc. 5.
129. Artículos de Esmalcalda, Parte III, Artículo I, secc. 10.
130. Artículos de Esmalcalda, Parte III, Artículo III, secc. 40.
131. Vid. Catecismo Menor, Credo, 6.
132. Vid. Catecismo Menor, Padrenuestro, 8.
133. WA XXVI, 502, 503.
134. Traducción de la traducción alemana del título adoptada por los autores (von dem gefangenen Willen). Chemnitz escribe a Hesshus, el día 23 de junio de 1576: … in hoc loco de libero arbitrio retulimus nos expresse ad servum arbitrium Lutheri et ad declarationem eius in 26. caput Genes (« … en esta cuestión del libre albedrío nos referimos expresamente al ‘De servo arbitrio’ de Lutero y a su exposición del capítulo 26 del Génesis»). Rehtmeyer III B 257, cit. en BSLK, p. 889, nota 1. Edición príncipe del original latino del ‘De servo arbitrio’: Diciembre de 1525, impreso por Joh. Lufft, Wittenberg. Texto el original latino en WA XVIII, 600–787 y O. Clemen, Luthers Werke en Auswahl, vol. III, 94–293. Además de la traducción alemana de Justus Jonas, aparecida en enero de 1526, existen las siguientes traducciones alemanas contemporáneas: Otto Scheel, Braunschweigern Lutherausgabe, Ergänzungsband 2, Berlin, 1905; Otto Schumacher, Göttingen, 2. ed. 1956; Bruno Jordahn, Münchener Luther–Ausgabe, Ergänzungsband 1, 3. ed. 1954; Kurt Aland, Luther Deutsch, vol. III, 3. ed., 1961. Traducciones al inglés: J. I. Packer y O. R. Johnston, The Bondage of the Will, Fleming H. Revell Company, Old Tappan, New Jersey, 1957; Philip S. Watson, en colaboración con B. Drewery, en Luther and Erasmus: Free Will and Salvation, vol. XVII de la Library of Christian Classics, 1969. Traducción al español: Obras de Martín Lutero, Ed. Paidós, Buenos Aires, vol. IV, 1976, con el título: La Voluntad Determinada.
135. WA XLIII, 457–63.
136. WA XLIII, 463 (renglón 5, palabras escritas en 1541): Scripsi autem inter reliqua, omnia esse absoluta et necessaria: sed simul addidi: quod adspiciendum sit Deus revelatus, sicut Psalmo canimis: Er heisst Jesus Christ, der Herr Zebaoth, und ist kein andrer Gott. («Escribí, entre otras cosas, que todo es absoluto y necesario; pero al mismo tiempo añadí que debemos dirigir nuestras miradas al Dios revelado, tal como cantamos en el Salmo: Su nombre es Jesucristo, Señor de los Ejércitos, no hay ningún otro Dios».)
137. En el original: rein und lauter.
138. Gemeinde. Texto lat.: ecclesia.
139. En ocasión de la Disputación de Weimar, V. Strigel sostuvo que si las facultades humanas se excluyen por completo de la conversión, ésta inevitablemente se transforma en un acto coercitivo. Subrayó el modus agendi del hombre, la racionalidad, que lo distingue de los brutos, e insistió en que el atender o no atender al llamado del evangelio depende del uso que el hombre hace de este modus agendi.
140. Observación dirigida en especial contra Nicolaus von Amsdorf, quien condenó la tesis de V. Strigel según la cual Dios opera, en cuanto al hombre, de un modo diferente del que emplea al obrar con las demás criaturas.
141. Forthin (hinfort), de ahí en más. Texto lat.: in posterum. Ed. Tappert, p. 533: «immediately».
142. En el original: Nach deinem Siege wird dein Volk williglich opfern («Después de tu victoria, tu pueblo traerá ofrendas voluntariamente»).
143. Algunos teólogos, disconformes con este uso impropio del texto paulino, pidieron que se hiciera una enmienda. Los sinergistas ya se habían valido de este pasaje para dar fundamento a su tesis. Opínase que éste haya sido el motivo por qué la Fórmula de Concordia hace referencia al mismo. La edición latina de 1584 agrega una nota marginal: 2 Cor. 6. Synergountes parakaloumen: Nos, qui sumus administri seu cooperarii Dei, monemus vos, ut nostrum exemplum imitemini, qui estis arvum et adeificatio Dei, 1. Cor. 3.; ne gratia Dei in vobis sit ananis, 1. Cor. 15., sed ut sitis templum Dei viventis et habitantis in vobis, 2. Cor. 6. («Synergountes [en calidad de cooperadores] parakaloumen [exhortamos]: Nosotros, que somos siervos o cooperadores de Dios, os exhortamos a que imitéis nuestro ejemplo—vosotros que sois labrantío y edificio de Dios, 1 Co. 3 [9]—para que la gracia de Dios no sea en vano en vosotros, 1 Co. 15 [10], sino a fin de que seáis templo de Dios, quien vive y habita en vosotros, 2 Co. 6 [16].) En el período inicial de la controversia sinergista, parte de uno de los textos aquí citados (1 Co. 3:9: «… Porque somos cooperadores de Dios») fue usada por Johann Pfeffinger en una tesis (elaborada en 1555, tesis 36 de la Demostratio, vid. Decl. Sól., II, 2, nota 118: Sumus enim ut gravissime dixit S. Paulus, Synergi Dei quae quidem Synergia adiuuantur a Spiritu sancto, & confirmatur. («Somos, pues, como con tanta seriedad dice San Pablo, cooperadores de Dios, cooperación que es apoyada y confirmada por el Espíritu Santo»). Amsdorf argumenta que Pablo se refiere aquí a su papel de predicador del evangelio, no a su cooperación en su conversión personal. (cf. Meditationes Nicolai Amsdorfij adversus impiam pfeffingeri disputationem, 1555, Weimar, Goethe–Schiller–Archiv, vol. 40, f.21 r.1, citado por R. A. Kolb, tesis dactilogr. p. 370, nota 71.)
144. Ilustración usada, p. ej., por V. Strigel, Disputatio Vinaria, 226, cit. em BSLK, p. 898, nota 3.
145. Vid. Epítome II, secc. 10, nota 20. BSLK (p. 903, nota 2) remite a Pedro Lombardo, Sent. II, dd. 26–28; Gabriel Biel, Collectarium ex Occamo II d. 27 concl. 4; III d. 27 a. 3 dub. 2; Erasmo, De libero arbitrio Diatribe, ed. Joh. Walter, 1910, 19 (Ib 10); Tridentium, Sessio VI cap. I y V—H. J. McSorley, C.S.P.: Luther: Right or Wrong?, p. 362, nota 346, dice que BSLK, seguida por la Ed. Tappert (p. 536, nota 7) se engaña al citar el Concilio Tridentino como una fuente del error neo–semipelagiano condenado en FC, Decl. Sól. 76 (vid. Epítome II, 10, nota 20). Según el primero de los textos del Concilio Tridentino indicados en BSLK, «los hombres eran siervos del pecado, y estaban bajo el poder del diablo y de la muerte hasta un punto tal que no sólo los gentiles no podían ser liberados de esta situación y levantarse por sus facultades naturales, sino que lo mismo acontecía con los judíos si se atenían a la ley de Moisés en su sentido literal, a pesar de que el libre albedrío, si bien debilitado en sus fuerzas y disminuido, de ningún modo estuvo extinguido en ellos» (cf. Denzinger–Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum, ed. 1965, número 1521: usque adeo ‘servi erant pecati’ et sub potestate diaboli ac mortis, ut non modo gentes per vim maturae, sed ni ludaei quidem per ipsam etiam litteram Legis Moysi inde liberari aut surgere possent, tametsi in eis liberum arbitrium minime exstinctum esset, viribus licet attenuatum et inclinatum. En el segundo texto indicado en BSLK, el Concilio «declara que en los adultos, el comienzo de la justificación (antes descrita) debe provenir de la ‘gracia predecente’ de Dios, mediante Cristo, esto es, de la vocación (invitación) de Dios, por la cual son llamados sin mérito alguno de parte de ellos, a fin de que en aquellos que a raíz de sus pecados habían quedado apartados de Dios, fuera creada, por medio de la gracia incitadora y auxiliadora de Dios, la disposición a convertirse a su propia justificación, asintiendo libremente a aquella gracia y cooperando con ella. De ese modo, cuando el corazón del hombre es tocado por la iluminación del Espíritu Santo, el caso no es que el hombre mismo no haga absolutamente nada en cuanto a la recepción de dicha iluminación, puesto que también la puede rechazar. Así y todo, lo que por otra parte no puede hacer sin la gracia de Dios, es encaminarse por su libre voluntad hacia la justicia delante de Dios». «Por eso», agrega el Concilio, «cuando en las Sagradas Escrituras se dice: ‘Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros’, se nos recuerda nuestra libertad; y cuando respondemos: ‘Conviértenos a ti, Señor, y seremos convertidos’, confesamos que la gracia de Dios se nos anticipa» (Cf. Denzinger–Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum, ed. 1965, número 1525: Declarat praeterea, ipsius iustificationis exordium in adultis a Dei per Christum Jesum praeveniente gratia sumendum esse, hoc est, ab eius vocatione, qua nullis eorum exsistentibus meritis vocantur, ut qui per peccata a Deo aversi erant, per eius excitantem atque adiuvantem gratiam ad convertendum se ad suam ipsorum iustificationem, eidem gratiae libere asentiendo et cooperando, disponantur, ita ut, tangente Deo cor hominus per Spiritus Sancti illuminationem, neque homo ipse nihil omnino agat, inspirationem illam recipiens, quippe qui illam et abicere potest, neque tamen sine gratia Dei movere se ad iustitiam coram illo libera sua voluntate possit. Unde in sacris Litteris cum dicitur: 'Convertimini ad mi, et ego convertar ad vos’, libertatis nostrae admonemur; cum respondemus: ‘Converte nos, Domine, ad te, et convertemur’, Dei nos gratia praeveniri confìtemur).
146. BSLK (p. 904, nota 5), además de remitir a Belarmino, De iustificatione impii, 1, IV, 10 y De gratia et lib. arbitrio 1, VI, lo; Tomás de Aquino, Summa Theologiae, 1, II, q. 108a 1–4 y q.114a 1–10; y a la bula Ex omnibus afflictionibus, 1567, Pío V., señala un texto en que el Concilio de Trento (Sesión VI, can. 32) anatematiza a quienes niegan que las buenas obras del hombre justificado merecen un incremento de la gracia, la vida eterna y un aumento de la gloria. Transcribimos del Enchiridion Symbolorum, Denzinger–Schönmetzer, 842: Si quis dixerit, hominis iustificati bona opera ita esse dona Dei, ut non sint etiam bona ipsius iustifìcati merita, aut ipsum iustificatum bonis operibus, quae ab eo per Dei gratiam et Jesu Cristi meritum (cuius vivum membrum est), fiunt, non vere mereri augmentum gratiae, vitam aeternam et ipsius vitae aeternae (si tamen in gratia decesserit) consecutionem, atque etiam gloriae augmentum: as.s. (Si alguien dijere que las buenas obras del hombre justificado son dones de Dios en una forma tal que no son también buenos méritos del justificado; o que el hombre que ha sido justificado por las buenas obras que hace mediante la gracia de Dios y el mérito de Cristo [cuyo miembro vivo es]—que ese hombre no merece en verdad un incremento de la gracia, la vida eterna, y, en caso de morir en la gracia, como consecuencia la vida eterna misma, y también un aumento de gloria: El tal sea anatema).
147. Enarratio in Psal XXV, II, 1, MSL XXXVI, 189.
148. Sentencias usadas por Juan Crisóstomo y Pseudo–Basilio, y citadas a menudo por Melanchton. P. ej., en sus Loci de 1543 (CR XXI, 658).
149. WA XVIII, 697: mere passive; WA II, 421. Cf. Chemnitz, Examen Concilii Tridentini, I, 5. ed. Preuss, 144.
150. Vid. Decl. Sól. II, 62.