Libro de Concordia
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La Confesión de Augsburgo Artículos en Controversia, donde se Detallan los Abusos que Han Sido Corregidos Índice
La Confesión de Augsburgo
Artículos en Controversia, donde se Detallan los Abusos que Han Sido Corregidos

Artículo XXVII Los Votos Monásticos

[1] Al hablar de los votos monásticos se hace necesario, en primer lugar, tener presentes las condiciones de los monasterios y el hecho de que en ellos sucedían muchas cosas a diario, no sólo contra la palabra de Dios, sino también [2] contra el derecho papal. En el tiempo de San Agustín la vida monástica era voluntaria; después, cuando se corrompieron la verdadera disciplina y la enseñanza, se inventaron los votos monásticos y con ello se propuso establecer nuevamente la disciplina como por medio de una cárcel.74

[3] Además de los votos se impusieron muchas otras exigencias, y mediante [4] tales lazos y cargas se oprimió a muchos aun antes de que llegaran a una edad conveniente.75

[5] También muchas personas adoptaron la vida monástica por ignorancia, porque si bien no eran demasiado jóvenes, no habían medido ni entendido [6] suficientemente su capacidad. Todas ellas, habiendo sido enredadas de esta manera, fueron obligadas a permanecer en estas ataduras, a pesar de que aun [7] el derecho papal libera a muchos.76 La práctica fue más estricta en los conventos de mujeres que en los de los hombres, aun cuando debió haberse mostrado más consideración a las mujeres por pertenecer al sexo débil. La [8] misma severidad y rigidez desagradó a mucha gente piadosa en tiempos pasados, porque bien pudieron observar que se encerraba tanto a muchachos como a muchachas en los monasterios para lograr su manutención corporal. También pudieron advertir que tal procedimiento acarreaba malos resultados y ocasionaba mucho escándalo y muchas dificultades para las conciencias. Mucha gente se quejó de que en un asunto tan importante los cánones ni [9] siquiera fueran tomados en cuenta. Además, se formó un concepto tan exagerado [10] de los votos monásticos que muchos monjes con un poco de entendimiento manifestaron su desagrado abiertamente.

Se sostenía que los votos monásticos eran iguales al bautismo y que [11] mediante la vida monástica se merecía el perdón del pecado y la justificación ante Dios.77 Además de que se merecía la justicia y la piedad mediante la [12] vida monástica, agregaban que por medio de tal vida se guardaban los «preceptos» y los «consejos» del evangelio,78 de modo que así se alababan los votos monásticos más que el bautismo. Se sostenía también que mediante la [13] vida monástica se conseguía más mérito que por medio de todos los demás estados de vida ordenados por Dios, como los de pastor y predicador, de gobernador, príncipe, señor y de otros similares, todos los cuales sirven en su vocación conforme al mandamiento, palabra y precepto de Dios y sin santidad inventada. Ninguna de estas cosas puede negarse, ya que se encuentran [14] en sus propios libros.

Además, quien así queda atrapado al entrar en el monasterio aprende [15] poco acerca de Cristo. Antaño había en los monasterios escuelas de Sagrada Escritura y de otras artes útiles a la iglesia cristiana, para que de ellas salieran pastores y obispos. Pero ahora los monasterios tienen un aspecto muy diferente. En tiempos pasados la gente se congregaba en la vida monástica con [16] el fin de aprender la Escritura. Ahora sostienen que la vida monástica es de tal índole que mediante ella se obtiene la gracia de Dios y la justicia delante de él. De hecho dicen que es un estado de perfección.79 Así la colocan muy por encima de los otros estados que Dios ha ordenado. Todo esto se aduce [17] sin ningún deseo de calumniar, para que se pueda percibir y entender mejor cómo los nuestros enseñan y predican.

En primer lugar, se enseña entre nosotros, respecto a quienes desean [18] casarse, que todos los que no están preparados para la vida célibe tienen el poder y están en todo su derecho de casarse, ya que los votos no pueden [19] anular la ordenanza y el mandamiento divinos. El mandamiento de Dios reza así en 1 Corintios 7:2: «A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia [20] mujer, y cada una tenga su propio marido». No sólo el mandamiento divino, sino también la creación y ordenanza divinas compelen e impulsan al matrimonio a todos los que no han recibido el carisma de la virginidad mediante una obra especial de Dios, conforme a esta palabra de Dios mismo en Génesis 2:18: «No es bueno que el hombre esté solo; le haremos ayuda idónea para él».

[21] Ahora bien, ¿qué es lo que puede oponerse a esto? Por mucho que se alabe y ensalce el voto y la obligación, no obstante es imposible lograr por [22] fuerza que el mandamiento divino quede invalidado. Los eruditos dicen que los votos contraídos contra el derecho papal son inválidos.80 ¡Cuánto menos deben obligar y tener vigencia y validez si se contraen contra el mandamiento de Dios!

[23] Si la obligación de los votos fuera tan rígida que no pudiese existir ningún motivo para anularlos, entonces los papas no habrían podido conceder dispensaciones de los votos; porque ningún hombre tiene la facultad de anular [24] la obligación que tenga su origen en el derecho divino. Por eso, los papas han considerado acertadamente en el caso de tal obligación que se debe usar lenidad; y con frecuencia han concedido dispensas, como en el caso del Rey [25] de Aragón81 y en muchos otros. Si se han concedido dispensas para mantener intereses temporales, con mucha más razón se deberá dispensar por causa de la necesidad de las almas.

[26] Por consiguiente, ¿por qué insiste la oposición tan categóricamente en que deben guardarse los votos, sin investigar de antemano si el voto ha [27] conservado su índole? Pues el voto debe abarcar lo que es posible, y ser voluntario y ajeno a coacción.82 Pero, bien se sabe hasta qué punto la castidad [28] perpetua está dentro de la capacidad humana. Además han sido pocos, tanto hombres como mujeres, quienes por sí mismos, voluntaria y deliberadamente, han hecho el voto monástico. Antes de que lleguen al uso debido de la razón, se les persuade a hacer el voto monástico, y a veces hasta se les obliga a [29] fuerza. Por lo tanto, no es justo que se dispute sobre la obligación del voto con tanta precipitación y vehemencia, en vista de que todos reconocen que el contraer un voto involuntariamente y sin la debida deliberación es contrario a la naturaleza misma del voto.

Algunos cánones y el derecho papal invalidan el voto contraído antes de [30] los quince años.83 Consideran que antes de alcanzar esa edad una persona no posee suficiente comprensión como para decidir sobre el estado en que vivirá [31] durante toda su vida. Otro canon concede aún más años a la debilidad humana, prohibiendo contraer el voto monástico antes de cumplir los dieciocho años.84 Así, pues, la mayoría tiene razón y justificación para salir de los monasterios, [32] porque la mayor parte entró en ellos durante la niñez, antes de llegar a tal edad.

Por último, aun cuando se pudiera censurar el rompimiento del voto [33] monástico, no se podría concluir de ello que debiera anularse el matrimonio de quienes lo rompieron. San Agustín dice en pregunta 27, capítulo I de su [34] escrito Nuptiarum que tal matrimonio no debe anularse.85 Ahora bien, la autoridad de San Agustín en la iglesia cristiana no es de poca monta, si bien es cierto que posteriormente otros opinaron de modo distinto que él.

Aunque el mandamiento de Dios respecto al estado de matrimonio libra [35] y exime a muchos de los votos monásticos, los nuestros aducen aun más motivos en favor de su nulidad e invalidez. Todo acto de culto instituido y elegido por los hombres sin mandato y precepto divino para obtener la justicia y la gracia de Dios se opone a Dios, al santo evangelio y al precepto divino. Cristo mismo dice en Mateo 15:9: «En vano me honran con mandamientos de hombres». También San Pablo enseña en todas partes que no se debe [36] buscar la justicia en nuestros preceptos ni en actos de culto ideados por los hombres, sino que la justicia y la piedad ante Dios provienen de la fe y la confianza al creer que Dios nos recibe en su gracia por causa de su único Hijo Cristo. Es evidente que los monjes han enseñado y predicado que la [37] espiritualidad inventada satisface por los pecados y obtiene la gracia y la justicia de Dios.86 Ahora bien, ¿no significa esto minimizar la gloria y la magnitud de la gracia de Cristo y negar la justicia de la fe? De esto se sigue [38] que tales votos acostumbrados eran actos de culto equivocados y falsos. Por [39] lo tanto, no son obligatorios, porque un voto impío y contraído contra el mandato de Dios es nulo. También los cánones enseñan que el juramento no debe ser un lazo de pecado.87

San Pablo dice en Gálatas 5:4: «De Cristo os desligasteis, los que por [40] [41] la ley os justificáis; de la gracia habéis caído». Por consiguiente, los que desean justificarse mediante los votos también se han desligado de Cristo y [42] caen de la gracia de Dios. Los tales despojan a Cristo de su honor, quien solo justifica, y se lo dan a sus votos y a su vida monástica.

[43] Tampoco se puede negar que los monjes han enseñado y predicado que por medio de sus votos, su vida monástica y su conducta eran justificados y merecían el perdón de los pecados. En efecto, han inventado cosas aún más ineptas y absurdas, diciendo que hacían partícipes a otros de sus buenas obras. [44] Si uno quisiera recalcar y censurar todo esto con aspereza, ¡cuántas cosas podrían traerse a colación, cosas de las cuales los monjes mismos ahora se [45] avergüenzan y quisieran no haber hecho! Además de todo esto, han persuadido al pueblo de que este inventado estado espiritual de las órdenes constituye la [46] perfección cristiana. Esto ciertamente es alabar las obras con el fin de obtener [47] la justificación por ellas. Ahora bien, no es un leve escándalo en la iglesia cristiana proponer al pueblo tal acto de culto que los hombres han inventado sin el mandamiento de Dios y enseñar que tal acto hace que los hombres aparezcan ante Dios como piadosos y justos. La justicia de la fe, la cual debe recalcarse ante todo en la iglesia cristiana, se oscurece cuando los ojos del pueblo son deslumbrados con esta extraña religiosidad angelical y con la afectación falsa de pobreza, humildad y castidad.

[48] Además, se oscurecen los mandamientos de Dios y el verdadero culto de Dios cuando el pueblo oye que solamente los monjes se encuentran en estado de perfección. Pues la perfección cristiana consiste en temer a Dios de corazón y con sinceridad, y no obstante tener una íntima confianza y fe en que por causa de Cristo tenemos un Dios lleno de gracia y de misericordia, que podemos y debemos pedir a Dios lo que nos hace falta y esperar confiadamente de él ayuda en toda tribulación, cada uno de acuerdo con su vocación y condición. Consiste también en que realicemos buenas obras diligentemente [49] y en que atendamos a nuestro oficio. En esto consiste la verdadera perfección y el verdadero culto a Dios, y no en pedir limosna ni en usar capuchas de [50] color negro o gris, etc. Pero el pueblo común deduce una opinión mucho más perjudicial de la falsa alabanza que se hace de la vida monástica, al oír que [51] se alaba desmesuradamente el estado célibe. De ello resulta que vive en el [52] matrimonio con conciencia intranquila. Cuando el hombre común oye que sólo los mendigos deben ser contados como perfectos, no puede saber que [53] se le permite tener posesiones y negociar con ellas sin pecado. Cuando el pueblo oye que no vengarse es solamente un consejo,88 resulta que algunos [54] opinan que no es pecado vengarse fuera del ejercicio de su oficio. Algunos opinan que no corresponde a los cristianos, ni aun al gobierno, castigar el mal.

Se leen muchos casos de hombres que abandonaron a esposa e hijos, e [55] incluso su oficio civil, y se recluyeron en un monasterio. Según dijeron, esto [56] es huir del mundo y buscar una vida más agradable a Dios que la de otras personas. Y no podían tampoco saber que es necesario servir a Dios observando los mandamientos que él ha dado y no guardando los mandamientos inventados por los hombres. Un estado de vida bueno y perfecto es el que se [57] apoya en el mandamiento de Dios, pero es pernicioso el estado de vida que no tenga de su lado el mandamiento divino. Fue necesario impartir al pueblo [58] instrucción apropiada respecto a tales asuntos.

En otro tiempo Gerson también censuró el error de los monjes respecto [59] a la perfección, indicando que en esa época era una novedad decir que la vida monástica constituyese un estado de perfección.89

Muchísimas opiniones y errores impíos se relacionan con los votos monásticos: [60] se alega que nos hacen justos y piadosos ante Dios, que constituyen la perfección cristiana, que mediante la vida monástica se guardan tanto los consejos como los mandamientos del evangelio y que ella produce las obras de supererogación90 que no estamos obligados a rendir a Dios. Puesto que [61] todo esto es falso, vano e inventado, los votos monásticos son nulos e inválidos.

74. Antes que se impusiera la Regla Benedictina durante los siglos VII y VIII, había en Occidente una variedad de reglas monásticas. Originalmente fue posible retirarse de la vida monástica.

75. En el Medievo temprano era común y corriente la dedicación de los niños a la vida monástica por parte de sus padres y era permitida por el derecho canónigo (Decr. Grat., II, C. 20, q. 1, c. 5). Desde el siglo XII la costumbre empezó a ir en desmedro, y fue prohibida definitivamente por el Concilio de Trento, sesión XXV, De reg., cap. 15.

76. Vid. arriba, Art. XXIII, secc. 10.

77. En el Medievo era corriente la comparación entre la profesión monástica y el bautismo; p. ej., Tomás de Aquino, Summa theologica, II, 2, q. 189, a. 3 ad 3.

78. Los teólogos medievales hicieron la distinción entre los «preceptos del evangelio», que son necesarios para la salvación, y los «consejos del evangelio», los cuales no son obligatorios pero hacen que se logre la salvación «mejor y más rápidamente». Vid., p. ej., Bonaventura,Breviloquium, V, 9; Tomás de Aquino, op. cit., II, 1, q. 108, art. 4.

79. Sobre el monacato como el «estado de perfección», vid. Tomás de Aquino, op. cit., II, 2, q. 186, a, 1, c.

80. Decr. Grat., parte II, cap. 20, q. 4, c. 2 dice que un voto contraído por un monje sin el consentimiento de su abad es inválido.

81. Ramiro II, un monje, fue dispensado de sus votos después de la muerte de su hermano que no tenía hijos, para que ascendiera al trono.

82. Tomás de Aquino, op. cit., II, 2, q. 88, art. 1, 8.

83. Decr. Grat., parte II, C. 20, q. 1, c. 10.

84. Ibidem, cap. 5.

85. Agustín, De bono viduitatis, cap. 9, según Decr. Grat., parte II, C. 27, q. 1, c. 41.

86. Vid. la referencia a Tomás de Aquino que se da arriba en Art. XXVII, nota 4.

87. Decr. Grat., II, C. 22, q. 4, c. 22; pero en esta cita no se habla de votos monásticos.

88. Es decir, un «consejo evangélico»; vid. arriba Art. XXVII, secc.5.

89. Gerson se dirigió a menudo contra el concepto del «estado de perfección», vid. p. ej., De consiliis evangelicis et statu perfectionis, Opera, II, 680.

90. Acciones ejecutadas, además de las obras que cada cristiano debe hacer.