Prefacio
Felipe Melanchton al lector: Salud.
[1] Después de haberse leído en público la Confesión de nuestros príncipes, algunos teólogos y monjes elaboraron una Refutación1 de nuestra obra. Habiendo dispuesto Su Majestad Imperial que dicha Refutación se leyese también en la asamblea de los príncipes, exigió a nuestros príncipes que diesen su asentimiento a la misma.
[2] Sin embargo, enterados los nuestros de que se habían rechazado muchos artículos de los que no podían abjurar sin agravio de su conciencia, solicitaron que se les mostrase un ejemplar de la Refutación, para poder examinar lo que habían condenado los adversarios y rebatir sus argumentos.
En un asunto de tanta importancia tocante a la religión y a la instrucción de las conciencias, suponían que los adversarios exhibirían su documento sin titubeos.
Sin embargo, los nuestros no pudieron conseguirlo sino bajo unas condiciones de sumo riesgo que no podían aceptar.2
[3] Iniciáronse entonces negociaciones de paz, y en ellas se puso de manifiesto que los nuestros no esquivaban ningún contratiempo, por penoso que fuera, siempre que no agravara su conciencia.
[4] Pero los adversarios insistían obstinadamente en que aprobáramos abusos y errores manifiestos. Como no nos fue posible hacerlo, Su Majestad Imperial pidió de nuevo a nuestros príncipes que aceptaran la Refutación, a lo que éstos se negaron. ¿Cómo iban a dar su aprobación, en materia de religión, a un documento sin haberlo examinado? Además se habían enterado de la condenación de algunos artículos respecto de los cuales no podían asentir a la opinión de los adversarios sin violentar la propia conciencia.
Entre tanto, nos habían encomendado3 a mí y a otros que preparásemos [5] una apología de la Confesión, para exponer ante Su Majestad Imperial las causas por las cuales no habíamos aceptado la Refutación, y para rebatir las objeciones de los adversarios. En efecto, durante la lectura pública de la [6] Refutación, algunos de los nuestros habían tomado nota de los puntos principales de sus argumentos.4 Finalmente, hicieron llegar esta Apología a Su [7] Majestad Imperial, para que supiese que por razones de extrema importancia y gravedad nos era imposible aceptar la Refutación. Pero Su Majestad Imperial se negó a recibir el documento que se le presentó.
Posteriormente, se publicó cierto decreto en el que los adversarios se [8] jactan de haber refutado nuestra Confesión por medio de las Escrituras.
Aquí tienes, pues, estimado lector, nuestra Apología, en la cual verás, [9] por una parte, lo que dictaminaron los adversarios (pues lo referimos de buena fe), y por la otra que, lejos de haber derribado nuestros argumentos por medio de las Escrituras, han condenado algunos artículos en franca oposición a la clara Escritura del Espíritu Santo.
Aun cuando al principio emprendimos la composición de la Apología [10] deliberando unos con otros, yo añadí algunas cosas mientras se estaba imprimiendo. Hago, pues, declaración de mi nombre, para que nadie se queje de que el libro se publicó en forma anónima.
En estas controversias siempre he tenido por costumbre conservar, en la [11] medida de lo posible, las tradicionales formulaciones doctrinales, para que haya mayor probabilidad de llegar a un acuerdo. También ahora procedo de manera más o menos igual, aunque tendría razones suficientes para apartar a nuestros contemporáneos aún más de las opiniones de los adversarios.
Sin embargo, nuestros adversarios llevan la discusión de un modo tal [12] que no parecen buscar ni la verdad ni la concordia, sino más bien chuparnos la sangre.
Ahora bien: He escrito con la mayor moderación posible. Si alguna [13] expresión parece demasiado fuerte, advierto de antemano que pleiteo con los teólogos y monjes que han redactado la Refutación, y no con el emperador o con los príncipes, a quienes respeto como es debido. Pero hace poco vi la [14] Refutación, y pude notar que está escrita en términos tan insidiosos y calumniosos, que en algunos lugares podría engañar aun a los lectores cautos.
[15] Sin embargo, no he discutido todos sus sofismas porque sería un trabajo interminable; en cambio, he reunido las cuestiones principales, para que conste ante todas las naciones nuestro testimonio, es decir, lo que pensamos, en [16] forma correcta y fiel al Señor, acerca del evangelio de Cristo. No nos agrada la discordia, ni tampoco ignoramos el peligro que corremos, porque bien sabemos hasta dónde llega la saña y el odio en que arden nuestros adversarios. Pero no podemos echar a un lado la verdad manifiesta y tan necesaria para la iglesia.
Creemos, pues, que el arrostrar dificultades y peligros por la gloria de Cristo y el bien de la iglesia es un deber que no puede eludirse. Esperamos que Dios aprobará nuestra conducta, y abrigamos la esperanza de que el juicio de la posteridad acerca de nosotros sea más ecuánime.
[17] Es sabido también que muchos temas de la doctrina cristiana, cuya pervivencia en la iglesia es de la mayor importancia, han sido ya puestos de manifiesto y aclarados por nuestros teólogos; no es preciso recordar aquí las opiniones peligrosas bajo las cuales yacían enterrados en los escritos de los monjes, de los canonistas y de los teólogos sofistas.
[18] Tenemos las declaraciones públicas de muchas personas de bien que dan gracias a Dios por el gran beneficio de que en muchos puntos necesarios, las enseñanzas de nuestra Confesión son mejores que las que por doquier pueden leerse en las obras de nuestros adversarios.
[19] Encomendaremos, pues, nuestra causa a Cristo, pues él ha de juzgar en su día estas controversias, y le pedimos que se apiade de las iglesias afligidas y dispersas, y las haga volver a una piadosa y perpetua concordia.
1. Dirigidos por el legado papal Campegio, participaron en la elaboración de la Confutatio Pontificia cerca de viente teólogos, entre los que se destacaron Eck, Faber, Cochläus, Dietenberger y Wimpina.
2. Ya de antemano—el día 5 de agosto—el emperador recusó una respuesta escrita de los luteranos, y exigió una colación con los antiguos padres ortodoxos a base de la Refutación. Además puso como condiciones que los luteranos no entregaran la Refutación en manos de otras personas ni imprimieran su Confesión, ni tampoco la respuesta pontificia.
3. Los príncipes luteranos.
4. Ante todo, el humanista nuremberguense Joaquín Camerario, amigo de Melanchton.