Libro de Concordia
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La Apología de la Confesión de Augsburgo Índice
La Apología de la Confesión de Augsburgo

Artículo XXIII El Matrimonio de los Sacerdotes

[1] A pesar de toda esa infamia del tan mancillado celibato, nuestros adversarios se atreven no sólo a defender la ley pontificia con el impío y falso pretexto del «en el nombre de Dios», sino también a aconsejar al emperador y a los príncipes que no toleren para ignominia del Imperio Romano, el [2] matrimonio de los sacerdotes. Pues estos son los términos que usan.367 ¿Habráse leído jamás en la historia desvergüenza mayor que la de nuestros adversarios? Más adelante analizaremos los argumentos que emplean. Por de pronto sopese el lector avisado la desfachatez de estos hombres abyectos que dicen que el matrimonio causa infamia e ignominia al Imperio. ¡Como si de veras fuese un grande adorno para la iglesia esta pública infamia de libertinaje torpe y monstruoso que está en boga entre esos santos padres que se dan aires de Curios y viven en bacanales.368 Y mucho de lo que ellos hacen con el [3] mayor desparpajo, el simple pudor prohíbe siquiera mencionarlo. Y quieren que tú, oh Emperador Carlos, defiendas con tu castísima diestra este su impúdico actuar—tú a quien hasta algunos antiguos vaticinios llaman «rey de púdica faz», pues existe acerca de ti el dicho: «Uno de rostro púdico reinará en todas partes».369 Piden, contra la ley divina, contra el derecho de gentes, contra los cánones de los concilios, que disuelvas los matrimonios, ordenes suplicios atroces contra hombres inocentes tan sólo por causa del matrimonio, mandes matar a sacerdotes a los que aun los bárbaros tratan con la mayor reverencia, envíes al destierro a mujeres echadas de su tierra junto con sus hijos huérfanos. De este tipo son las leyes que te proponen, excelentísimo y castísimo Emperador, leyes que ninguna barbarie por inhumana y feroz que [4] fuese, podría aceptar. Pero como en tus costumbres no cabe torpeza ni crueldad alguna, esperamos que también en esta cuestión actúes para con nosotros de acuerdo con tu clemencia, sobre todo cuando sepas que para apoyar nuestra posición contamos con razones poderosísimas sacadas de la palabra de Dios, a la que nuestros adversarios oponen argumentos por demás estúpidos y vanos.

[5] Y con todo eso no logran hacer una defensa seria del celibato. Ellos mismos saben cuán pocos son los que guardan la castidad. Pero pretextan una apariencia religiosa en beneficio de su dominio, para el cual consideran provechoso el celibato—pero también para que nosotros comprendamos cuán acertadamente nos advirtió Pedro que habría falsos profetas que engañarían a los hombres con mentiras (2 P. 2:1). Pues en toda esta cuestión, nada de lo que aportan los adversarios lo dicen, escriben o hacen con veracidad, franqueza y sinceridad, sino que de hecho luchan para conservar su dominio, que erróneamente creen en peligro, y que intentan asegurar con ese impío pretexto de piedad.

Nosotros no podemos aprobar esta ley del celibato que defienden nuestros [6] adversarios, porque está en pugna con el derecho divino y natural, y disiente de los mismos cánones de los concilios.370 Consta que es contraria a la fe y llena de peligro, porque ocasiona escándalos infinitos, pecados y corrupción de la moral pública. Nuestras otras controversias necesitan de alguna discusión por parte de eruditos: En ésta, el asunto es tan claro para uno y otro bando, que no hace falta discusión alguna. Tan sólo requiere un árbitro que sea un hombre de bien y temeroso de Dios. Y aunque defendemos una verdad tan manifiesta, nuestros adversarios urdieron diversas calumnias para falsear nuestros argumentos.

Primero: Génesis enseña (Gn. 1:28) que los hombres han sido creados [7] para ser fecundos, y para que de una manera natural, un sexo atraiga al otro. Pues estamos hablando no de la concupiscencia, que es pecado, sino de aquel apetito que habría de existir en la naturaleza íntegra,371 y que llaman «amor físico». Y este amor es verdaderamente una ordenanza divina, en cuanto a la relación entre ambos sexos. Y como esta ordenanza de Dios no puede anularse sin un acto extraordinario del mismo Dios, síguese que el derecho de contraer matrimonio no puede anularse con estatutos o votos.

Nuestros adversarios hacen de esto una interpretación falsa. Dicen que [8] esta ordenanza regía para los primeros tiempos, para que se llenara la tierra; pero que ahora, cumplido este proposito, ya no existe ordenanza respecto del matrimonio.372 ¡Qué juicio más sagaz! La naturaleza del hombre debe su formación a aquella palabra de Dios. Y Dios la formó para que fuese fecunda, no sólo al principio de la creación, sino mientras perdure la naturaleza de los cuerpos; de la misma manera como la tierra se hace fecunda por esta palabra (Gn. 1:11): «Produzca la tierra hierba verde». En virtud de esta ordenanza, la tierra comenzó a producir plantas, no sólo al principio, sino que todos los años los campos se vestirán de verde mientras exista esta misma naturaleza. Por tanto, así como no se puede cambiar la naturaleza de la tierra con leyes humanas, tampoco se puede cambiar la naturaleza del hombre con votos ni con una ley humana, sin una intervención extraordinaria de Dios.

[9] Segundo: Siendo esta creación u ordenanza divina en el hombre un derecho natural, es muy sabio y correcto el veredicto de los jurisperitos de que la unión del varón y de la mujer es de derecho natural. Y como el derecho natural es inmutable, necesariamente tiene que quedar en pie el derecho de contraer matrimonio. Porque cuando la naturaleza no cambia, por fuerza tiene que perdurar aquella ordenanza que Dios puso en la naturaleza, y no puede [10] anularse con leyes humanas. Es ridículo, pues, y es una tontería lo que dicen nuestros adversarios, que al principio hubo una ordenanza respecto del matrimonio, pero que ahora ya no la hay. Como si dijeran: Los nacidos en épocas remotas traían consigo el sexo, pero ahora ya no lo traen. Antes traían consigo el derecho natural, pero ahora ya no. Ningún artífice373 podría haber ideado cosa más artificiosa que estas necedades, inventadas para eludir el derecho [11] natural. Quede, en pie, pues, en nuestra discusión, lo que enseña la Escritura y lo que dice muy sabiamente el jurisperito: Que la unión del varón y de la [12] mujer es de derecho natural. Además, el derecho natural es ciertamente divino, porque es una ordenanza que Dios mismo imprimió en la naturaleza. Y como este derecho no puede cambiarse sin una intervención extraordinaria de Dios, ha de perdurar necesariamente el derecho de contraer matrimonio, porque aquella atracción entre los sexos es una ordenanza de Dios en cuanto a la [13] naturaleza de uno y otro sexo, y por ende es un derecho. Si así no fuera, ¿por qué fueron creados ambos sexos? Y como ya queda dicho hablamos no de la concupiscencia, que es pecado, sino del apetito natural que llaman «amor físico», al cual la concupiscencia no eliminó de la naturaleza, sino que lo acrecienta, de tal manera que ahora es más necesario remediarlo; y así, el matrimonio es necesario no sólo para la procreación, sino también como remedio contra el pecado. Estas cosas son tan claras, y tienen un fundamento tan sólido, que no hay manera de desvirtuarlas.

Tercero: Pablo dice (1 Co. 7:2): «Pero a causa de las fornicaciones, cada [14] uno tenga su propia mujer». Esto ya es un mandato, que rige para todos los que no sean idóneos para el celibato. Nuestros adversarios exigen que se les [15] muestre un precepto que ordene a los sacerdotes casarse,374 como si los sacerdotes no fuesen hombres.375 Nosotros estimamos que lo que estamos discutiendo acerca de la naturaleza de los hombres en general, por cierto vale también para a los sacerdotes. ¿Acaso no tenemos en este pasaje la orden de [16] Pablo de que se casen quienes no tienen el don de la continencia? Porque Pablo se interpreta a sí mismo poco después (en el versículo 9) cuando dice: «Mejor es casarse que estarse quemando». Y Cristo dijo claramente (Mt. 19:11): «No todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es dado». Por cuanto ahora, desde la entrada del pecado en el mundo, van juntos estos dos: El apetito natural y la concupiscencia, que enardece el apetito natural, de modo que el matrimonio ahora es más necesario que cuando la naturaleza estaba todavía libre de pecado: Por tanto, Pablo habla del matrimonio como de un remedio y por causa de aquellos ardores manda casarse. Y esta expresión: «Mejor es casarse que estarse quemando» no la puede anular ninguna autoridad humana, ninguna ley, ningún voto, porque nada de esto es capaz de eliminar la naturaleza o la concupiscencia. Por tanto, tienen [17] derecho a casarse todos cuantos experimenten aquello de ‘estarse quemando’. Y el mandamiento de Pablo: «Mas a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer», es para todos los que no pueden de veras guardar continencia, asunto del que toca juzgar a la conciencia de cada uno.

Pero ya que aquí ordenan pedir a Dios el don de la continencia, y mandan [18] fatigar el cuerpo con duro trabajo y ayuno total,376 ¿por qué no se aplican a sí mismos estos magníficos preceptos? Pero, como ya hemos dicho, nuestros adversarios no hacen más que bromear; no toman nada en serio. Si la continencia [19] estuviese al alcance de todos, no requeriría un don especial. Pero Cristo nos enseña que sí necesita un don especial, y que por eso no está al alcance de todos. En cuanto a los demás, Dios quiere que sigan la ley común de la naturaleza, que él mismo estableció. Porque Dios no quiere que se desprecien sus ordenanzas, por él creadas. Y así desea que los hombres que no poseen el don de la continencia, sean castos de esta manera: Usando del remedio propuesto por ordenanza divina, del mismo modo como desea que conservemos nuestro cuerpo y nuestra vida, usando de la comida y de la bebida. [20] También Gerson atestigua que hubo muchas personas excelentes que se empeñaron en dominar el cuerpo, y que sin embargo tuvieron muy poco éxito con ello.377 Por eso bien dice Ambrosio: «La virginidad sólo puede aconsejarse, pero no imponerse: Es más cuestión de deseo que de precepto».378 Si [21] alguno objeta que Cristo alaba a quienes «se hicieron a sí mismos eunucos por causa del reino de los cielos» (Mt. 19:12), considere el tal también que Cristo alaba a quienes tienen el don de continencia, y que por eso añade: «El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba». Pues Cristo no tiene ningún [22] agrado en una continencia inmunda. También nosotros alabamos la verdadera continencia. Pero ahora estamos discutiendo acerca de la ley,379 y acerca de quienes no tienen el don de continencia. Este asunto debiera dejarse librado, al criterio de cada cual, sin poner trabas a los débiles por medio de esta ley.

[23] Cuarto: La ley pontificia disiente también de los cánones conciliares. Porque los antiguos cánones no prohíben el matrimonio, ni disuelven los matrimonios contraídos, aunque remueven de su servicio a quienes contraen enlace estando ya en el ministerio. Y en aquellos tiempos, esta remoción era más bien un favor. Pero los cánones nuevos, elaborados no en los concilios, sino por determinación privada de los pontífices, a la vez prohíben contraer matrimonio y disuelven los ya contraídos, lo cual es proceder abiertamente contra el mandamiento de Cristo (Mt. 19:6): «Lo que Dios juntó, no lo separe [24] el hombre». En la Refutación, nuestros adversarios dicen en tono muy enérgico que el celibato fue preceptuado por los concilios.380 Nosotros no impugnamos los decretos de los concilios, porque éstos permiten el matrimonio en ciertas circunstancias. Pero sí impugnamos las leyes que elaboraron los pontífices romanos, después de los concilios antiguos, y en contra de la autoridad de los mismos. Hasta tal punto los pontífices desprecian la autoridad de los concilios—autoridad que quieren que los demás la consideren sacrosantá. [25] Esta ley del celibato perpetuo es, pues, propia del nuevo despotismo pontificio. Y no sin razón, Daniel atribuye al reino del anticristo esta característica: El desprecio de las mujeres (11:37).381

Quinto: Aunque nuestros adversarios no defienden la ley del celebato [26] por superstición, ya que ven que no suele observarse, sin embargo, siembran ideas supersticiosas so pretexto de la religiosidad. Declaran que se exige el celibato porque es pureza,382 como si el matrimonio fuera inmundicia o pecado, o como si el celibato fuese más merecedor de la justificación que el matrimonio. A este respecto alegan las ceremonias de la ley mosaica, diciendo [27] que como en aquella ley, los sacerdotes debían separarse de sus esposas por el tiempo que duraba su servicio sacerdotal, así también el sacerdote del Nuevo Testamento debe ser siempre continente porque siempre debe orar.383 Esta comparación inepta se alega como prueba que obliga a los sacerdotes al celibato perpetuo; pero la verdad es que en el caso de aquellos sacerdotes se permite el matrimonio, y tan sólo se prohíben las relaciones sexuales por eltiempo que dure el servicio. Además, una cosa es orar, y otra ministrar. Los santos oraban también cuando no ejercían el ministerio público, y las relaciones conyugales no les impedían orar.

Pero responderemos en forma ordenada a estas ficciones. En primer [28] lugar, nuestros adversarios tienen que reconocer por fuerza que en los creyentes, el matrimonio no tiene nada de impuro porque es santificado por la palabra de Dios; esto es, es cosa lícita y aprobada por la palabra de Dios, como la Escritura lo atestigua con frecuencia. Cristo llama al matrimonio [29] «unión divina» al decir (Mt. 19:6): «Lo que Dios juntó». Pablo dice respecto [30] del matrimonio, los alimentos y otras cosas semejantes: «Por la palabra de Dios y por la oración es santificado» (1 Ti. 4:5), esto es, por la palabra, que da a la conciencia la garantía de que Dios aprueba el matrimonio; y por la oración, esto es, por medio de la fe, que con acciones de gracias hace uso del matrimonio como de un don de Dios. Además (1 Co. 7:14): «El marido incrédulo es santificado en la mujer», etc., esto es, el uso de las relaciones [31] conyugales es lícito y santo por causa de la fe en Cristo, como es lícito usar del alimento, etc. También (1 Ti. 2:15): «La mujer se salvará engendrando [32] hijos», etc. Si nuestros adversarios pudiesen presentar un pasaje semejante acerca del celibato, en verdad podrían cantar victoria en alta voz. Pablo dice que la mujer se salva engendrando hijos. ¿Qué podía decirse de más honroso contra la hipocresía del celibato, que aquello de que la mujer se salva por las mismas obras conyugales, por el uso del matrimonio, por dar a luz y por los demás quehaceres domésticos? ¿Pero qué quiere decir Pablo con esto? Observe el lector que se añade la fe, y que estos deberes no se alaban si no hay fe: «Si permanecieren», dice, «en la fe». Habla, en efecto, de todas las madres en general. Por eso, insiste ante todo en la fe, por la cual la mujer consigue remisión de pecados y justificación. Después agrega una determinada obra de su vocación, así como en cada hombre, a la fe le tiene que seguir una obra buena, propia de su vocación especifica. Y esta obra agrada a Dios por causa de la fe. Así, los deberes de la mujer agradan a Dios, en virtud de la fe; y la mujer fiel que sirve piadosamente en tales quehaceres de su vocación esta mujer se salva.

[33] Estos testimonios enseñan que el matrimonio es cosa lícita. Por lo tanto, si el término «pureza» significa lo que ante Dios es limpio y aprobado, el estado matrimonial es puro, porque fue aprobado por la palabra de Dios. Y [34] Pablo dice acerca de las cosas lícitas (Tit. 1:15): «Todas las cosas son puras para los puros», esto es, para aquellos que creen en Cristo y que son justos por la fe. Por consiguiente, como la virginidad en los impíos es inmunda, así el matrimonio en los piadosos es puro, por causa de la palabra de Dios y por la fe.

[35] En segundo lugar: Si se usa correctamente la antítesis «pureza-concupiscencia», pureza significa limpieza de corazón, es decir, concupiscencia mortificada, porque la ley no prohíbe el matrimonio, sino la concupiscencia, el adulterio, la prostitución. Resulta entonces que el celibato no es pureza. Porque puede haber mayor pureza en un casado, como en Abraham y Jacob, que en muchos que son continentes, y lo son de verdad.

[36] Finalmente: Si entienden que el celibato es pureza porque es más merecedor de justificación que el matrimonio, nos oponemos con la mayor energía. Porque somos justificados no en virtud de la virginidad ni en virtud del matrimonio, sino gratuitamente, por causa de Cristo, cuando creemos que [37] por causa de él tenemos un Dios propicio. Aquí exclamarán tal vez que equiparamos el matrimonio con la virginidad, tal como lo hizo Joviniano.384 Pero por esos clamores no abandonaremos la verdad en cuanto a la justicia [38] de la fe que expusimos en párrafos anteriores. Y tampoco equiparamos el matrimonio con la virginidad. Porque así como un don aventaja a otro don— la profecía aventaja a la elocuencia, la ciencia militar aventaja a la agricultura, la elocuencia aventaja a la arquitectura—así también la virginidad es un don [39] más excelente que el matrimonio. Sin embargo, así como el orador no es más justo ante Dios por causa de la elocuencia que el arquitecto por causa de la arquitectura, tampoco una persona virgen es más merecedora de la justificación por su virginidad que el cónyuge por sus obligaciones conyugales, sino que cada uno debe servir fielmente con el don que le es propio y creer que obtiene remisión de pecados, por causa de Cristo, mediante la fe, y por la fe es considerado justo ante Dios.

[40] Ni Cristo ni Pablo ensalzan la virginidad porque sea causa de justificación, sino porque es más expedita y menos sujeta a distracciones con ocupaciones domésticas cuando se ora, se enseña y se sirve a Dios. Por eso dice Pablo (1 Co. 7:32): «El soltero tiene cuidado de las cosas que son del Señor». A la virginidad se la ensalza, pues, por causa de la meditación y del estudio. Y así, Cristo no alaba simplemente a quienes a sí mismos se hicieron eunucos, sino que añade: Por causa del reino de los cielos (Mt. 19:12) esto es, porque cuentan con más libertad para aprender y enseñar el evangelio. Nada dice de que la virginidad consiga remisión de pecados o salvación.

En cuanto a los ejemplos de los sacerdotes levíticos, ya hemos demostrado [41] que no constituyen prueba de que sea necesario imponer a los sacerdotes celibato perpetuo. Además, no debe transferirse a nosotros lo que motivó las ceremonias de purificación levíticas. En aquel entonces, las relaciones conyugales que se mantenían en contra de las disposiciones de la ley, se consideraban impurezas. Pero ahora no lo son, porque Pablo dice (Tit. 1:15): «Todas las cosas son puras para los puros». El evangelio nos libra por tanto de lo que para los levitas eran impurezas. Y si alguno defiende el celibato [42] con el propósito de gravar las conciencias con esas observancias levíticas, debemos oponemos a él como los apóstoles se opusieron a quienes exigían la circuncisión y se empeñaban en imponer a los cristianos la ley de Moisés, Hechos 15:10.

Sin embargo, las personas sensatas sabrán tener bajo control sus reíaciones [43] maritales, sobre todo si desempeñan cargos públicos, porque éstos a veces obligan, a quienes los desempeñan a conciencia, a una actividad tan intensa que alejan de su mente todo pensamiento en la vida del hogar. Y estas personas saben también que Pablo manda «tener su vaso en santidad y honor»385 (1 Ts. 4:4). Y saben además que a veces hay que abstenerse para consagrarse a la oración. Pero es sabido que Pablo no habla de una abstinencia permanente (1 Co. 7:5). Una continencia de esta índole es fácil para personas [44] sensatas y muy atareadas. Pero aquella multidad enorme de sacerdotes ociosos que se encuentra en las órdenes monásticas, no puede observar, en esa vida regalada, ni siquiera la continencia levítica, como queda demostrado por los hechos. Son conocidas las palabras del poeta: «El niño acostumbrado a la desidia odia a los que trabajan», etc.386

Muchos herejes, entendiendo mal la ley de Moisés, expresaron opiniones [45] injuriosas respecto del matrimonio, a la par que sintieron una admiración especial por el celibato. Y Epifanio387 se queja de que con su alabanza del celibato, los encratitas388 cautivaron las mentes de los inexpertos.389 Se abstenían del vino, aun en la cena del Señor,390 y se abstenían de toda carne de animales, en lo que superaban a los frailes dominicos, que al menos comen pescado. Se abstenían también del matrimonio, y esto fue lo que despertó la mayor admiración. Creían que estas obras y estos ritos eran más merecedores de gracia que el uso de vino y carne, y más merecedores también que el matrimonio, que era tenido por impuro y poco agradable a Dios, aun cuando no lo condenaban del todo.

[46] En su carta a los Colosenses, 2:18, Pablo discrepa totalmente de estos cultos angélicos. Pues así queda desplazado el conocimiento de Cristo, cuando los hombres creen que son puros y justos en virtud de semejante hipocresía, y queda desplazado también el conocimiento de los dones y preceptos de Dios. Porque Dios quiere que usemos de sus dones en forma piadosa. Y [47] podríamos citar ejemplos de cómo han sido severamente perturbadas algunas conciencias piadosas en virtud del uso legítimo del matrimonio. Este daño tuvo su origen en las opiniones de los frailes, que por un concepto falso de [48] religión alaban el celibato. Y no es que vituperemos la templanza o la continencia, sino que como hemos dicho antes, pensamos que los ejercicios y las mortificaciones del cuerpo son necesarios. Pero rechazamos como falsa [49] la confianza en que por ciertas observancias se llega a ser justo. Muy acertado es lo que dijo Epifanio con respecta a esas observancias: «Son loables por causa del dominio propio y de la conducta»,391 esto es, para mantener en sujeción al cuerpo o en bien de la moralidad pública, del mismo modo como se han establecido ciertos ritos para advertencia de los inexpertos, y no porque sean cultos que confieren justicia.

Sin embargo, nuestros adversarios exigen el celibato no tanto por creer [50] en su santidad,392 pues saben que la castidad no suele guardarse. Pero inventan opiniones supersticiosas para engañar a los inexpertos. Por tanto, son más dignos de reprobación que los encratitas, que parecen haber caído en error seducidos por cierta apariencia de religiosidad. Pero estos sardanápalos393 cometan abusos deliberadamente so pretexto de la religión.

Sexto: Aun cuando tenemos ya tantas razones para desaprobar la ley del [51] celibato perpetuo, cabe añadir además los peligros para las almas y los escándalos públicos que, aun cuando la ley en sí no fuese injusta, debieran disuadir a los hombres de bien de aprobar semejante carga que llevó a la perdición a innumerables almas.

Durante mucho tiempo, todas las personas honestas se han quejado de [52] esta carga, ya sea por causa de ellas mismas, o por causa de otras personas a quienes veían correr peligro, pero ningún pontífice presta oídos a estas quejas. Y no es ningún secreto lo perjudicial que es esta ley para la moralidad pública, y qué vicios, qué licencias más vergonzosas ha engendrado. Son conocidas las sátiras romanas.394 En ellas, Roma puede reconocer y leer sus propias costumbres.

De esta manera Dios venga el desprecio de su don y de su ordenanza [53] en quienes prohíben el matrimonio. Si se solían modificar otras leyes cuando resultaba evidente la utilidad de un cambio, ¿por qué no se hace lo mismo con esta ley en la cual concurren tantas razones de peso, sobre todo en estos últimos tiempos, por las que debiera ser cambiada? La naturaleza envejece y se debilita paulatinamente, los vicios aumentan: Tanta más razón habría para emplear los remedios que Dios nos ha dado. Vemos qué vicio condena Dios [54] antes del diluvio, y qué vicio censura antes de hacer caer fuego sobre las cinco ciudades.395 Vicios semejantes precedieron a la ruina de muchas otras ciudades, como Síbaris396 y Roma. En ellas se nos muestra una imagen de [55] los tiempos que anunciarán el fin del mundo. Por lo tanto, sería de suma conveniencia, en este nuestro tiempo, defender el matrimonio con leyes y ejemplos severísimos, e invitar a los hombres a que se casen. Esto incumbe a los magistrados, que deben mantener la disciplina pública. Mientras tanto, los que enseñan el evangelio deben hacer estas dos cosas: Aconsejar el matrimonio a los que no tienen el don de la continencia, y exhortar a los que lo poseen, a que no desprecien este don.

[56] Los papas conceden dispensas todos los días, todos los días cambian leyes buenísimas; sólo en esta ley del celibato son férreos e inexorables, cuando consta con toda certeza que esta ley es de derecho humano. Y esta [57] misma ley la exacerban ahora de muchas maneras. Hay un canon que ordena suspender a los sacerdotes que pecan:397 estos intérpretes, poco amistosos, los suspenden, pero no del oficio, sino de los árboles. Matan cruelmente a muchos [58] hombres intachables, tan sólo por causa del matrimonio. Y estos mismos asesinatos muestran que esta ley es doctrina de demonios. Porque el diablo, siendo homicida, defiende su ley con estos homicidios.

[59] Sabemos que existe un cierto malestar por motivo de un cisma,398 porque se piensa que nos hemos separado de aquellos a quienes se considera los obispos ordinarios. Pero tenemos la conciencia enteramente tranquila, porque sabemos que con todo el interés que tenemos en restablecer la concordia, no podemos aplacar a nuestros adversarios a menos que rechacemos la verdad manifiesta, y luego nos pongamos de acuerdo con estos hombres en el deseo de defender esta ley injusta, disolver matrimonios ya contraídos, matar a los sacerdotes que no se someten, y enviar al destierro a pobres mujeres junto con sus niños huérfanos. Pero como es seguro que esta situación no es del agrado de Dios, no nos duele para nada el no estar haciendo causa común con los adversarios en la matanza de tanta gente.

[60] Hemos expuesto las razones por las cuales no podemos, en buena conciencia, estar de acuerdo con nuestros adversarios, que defienden la ley pontificia del celibato perpetuo; pues esta ley está en pugna con el derecho natural, disiente de los mismos cánones, es supersticiosa y llena de peligro; y finalmente, porque todo ese asunto es una invención forjada por los hombres. Se trata de una ley que fue impuesta no por motivos religiosos, sino con el objeto de ejercer dominio, y para esto se vienen con el impío pretexto de la religión. Y nadie que esté en su sano juicio podrá aducir algo en contra de estas [61] solidísimas razones nuestras. El evangelio permite el matrimonio a quienes lo necesitan. Por otra parte, no obliga al matrimonio a quienes desean guardar continencia, siempre que lo hagan en verdad. Y pensamos que esta libertad debe concederse también a los sacerdotes, pues no queremos que a nadie se le obligue por la fuerza al celibato, ni que se disuelvan los matrimonios contraídos.

Al enumerar nuestros argumentos, hemos indicado también, de paso, [62] cómo los adversarios han interpretado uno y otro de ellos, y hemos deshecho sus calumnias. Ahora relataremos muy brevemente con qué razones poderosas ellos defienden esta ley. Primero, dicen que fue revelada por Dios.399 ¡Pues [63] véase el descaro de estos charlatanes! Se atreven a afirmar que la ley del celibato perpetuo fue revelada por Dios, cuando en realidad es contraria a los testimonios manifiestos de la Escritura, que ordena que «a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su mujer» (1 Co. 7:2), y que prohíbe asimismo disolver el matrimonio (cf. Mt. 5:32; 19:6; 1 Co. 7:27). Pablo nos revela quién habría de ser el autor de semejante ley cuando la llama «doctrina de demonios» (1 Ti. 4:1). Del mismo autor hablan también los frutos: Las tantas torpezas monstruosas y los tantos asesinatos que se cometen ahora so pretexto de esa ley.

El segundo argumento de nuestros adversarios es que los sacerdotes deben [64] ser puros, según aquel pasaje (de Is. 52:11): «Purificaos los que lleváis los utensilios del Señor». Y esa opinión la apoyan con una gran cantidad de citas. Dicho argumento, que ellos presentan como sumamente brillante, ya lo hemos rebatido en párrafos anteriores. Dijimos entonces que la virginidad sin fe no es pureza ante Dios, y que el matrimonio es puro en virtud de la fe, según el texto (Tit. 1:15): «Todas las cosas son puras para los puros». Dijimos también que las purezas exteriores y las ceremonias de la ley no deben transferirse a este asunto, porque el evangelio requiere pureza de corazón, pero no requiere las ceremonias de la ley. Y puede ocurrir que el corazón de un marido como Abraham y Jacob, que fueron polígamos, sea más puro y arda menos en deseos lascivos que el de muchas vírgenes, aun cuando sean verdaderamente continentes. Mas las palabras de Isaías: «Purificaos los que lleváis los utensilios del Señor», deben entenderse como referencia a la pureza de corazón, al arrepentimiento en su totalidad. Por otra parte, los santos sabrán [65] hasta dónde conviene moderar las relaciones matrimoniales, en lo que a su aspecto exterior se refiere, y sabrán también, como dice Pablo, «tener sus [66] vasos en santificación» (1 Ts. 4:4).400 Por último: Dado que el matrimonio es puro, a los que viven en celibato y no pueden guardar continencia, con toda razón se les aconseja casarse, a fin de ser puros. Así, pues, la misma ley—«Purificaos los que lleváis los utensilios del Señor»—manda que los célibes impuros se conviertan en cónyuges puros.

[67] El tercer argumento es de lo más horrible, pues afirma que el matrimonio de los sacerdotes es la herejía de Joviniano.401 ¡Magníficas palabras! El matrimonio, una herejía: ¡He aquí un crimen enteramente nuevo! En la época de Joviniano,402 el mundo todavía no conocía la ley del celibato perpetuo. Es por lo tanto una mentira desvergonzada afirmar que el matrimonio de los sacerdotes es la herejía de Joviniano, o que este matrimonio fue condenado [68] por la iglesia de aquel entonces. En pasajes como éste es donde se descubren los propósitos que tenían nuestros adversarios al escribir la Refutación. Pensaron que resultaría facilísimo atraer a los inexpertos si se los hacía escuchar con frecuencia la acusación de herejía, y si se los hacía creer que nuestra causa había sido rebatida y condenada por muchas decisiones anteriores de la iglesia. Eso de las decisiones de la iglesia es un falso alegato que ellos usan muy a menudo. Y como lo saben, se negaron a mostramos un ejemplar de su Refutación, para que no pudiésemos refutar sus desatinos y sus calumnias. [69] En cuanto al caso de Joviniano: Ya dijimos antes qué opinamos de la comparación entre el celibato y el matrimonio.403 No equiparamos el matrimonio a la virginidad, bien que ni la virginidad ni el matrimonio merecen la justificación.

[70] Con argumentos tan débiles defienden una ley impía y perniciosa para las buenas costumbres. Con semejantes razones robustecen el ánimo de los príncipes contra el juicio de Dios, en el cual Dios mismo les pedirá las razones por qué anularon el matrimonio, por qué recurrieron a torturas, por qué asesinaron a los sacerdotes. No dudéis, pues, de que así como la sangre de Abel, muerto, clamaba al cielo (Gn. 4:10), así clama también la sangre de muchos hombres buenos a quienes injustamente se los ha tratado con crueldad. Pero Dios vengará esta saña. Y entonces veréis lo vanas que son las razones de nuestros adversarios, y que en el juicio de Dios ninguna calumnia contra la palabra de Dios ha de quedar en pie, como dice Isaías 40:6: «Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo».

Pase lo que pasare, nuestros príncipes podrán consolarse con haber actuado [71] a conciencia. Pues aun en caso de que los sacerdotes hubieran procedido mal al contraer matrimonio, no obstante, aquella disolución de los matrimonios, aquellas proscripciones, aquella crueldad atentan abiertamente contra la voluntad y la palabra de Dios. Y no es que nuestros príncipes se deleiten con la innovación o la separación; sin embargo, sobre todo en una causa tan clara, correspondía dar más importancia a la palabra de Dios que a cualquier otra cosa.

367. Confutatio, CR 27, 141: Principes tolerare non debent in perpetuam Romani imperii ignominiam et infamiam, sed conforment se potius universali ecclesiae («Los príncipes no deben tolerarlo [el matrimonio de los sacerdotes], para perpetua ignominia e infamia del Imperio Romano; antes bien deben ponerse en conformidad con la iglesia universal»).

368. Qui Curios simulant et bacchanalia vivunt, Juvenal, Sat II, 3. Curius Dentatus era considerado un dechado de severidad de costumbres y hombre de gran moderación.

369. Profecía de los Oráculos Sibilinos (VIII, 169 y sigte.).

370. El Concilio de Nicea (325) rechazó la tentativa de prohibir a los sacerdotes las relaciones conyugales. Sócrates, Hist. eccl. I, 11. MSG 67, 101 y sigtes. En De Votis Monasticis (1521, O.Clemen, II, 238), Lutero escribe: Non ergo damnamus rem votorum, si quis eam cupiat sequi, sed doctrinam et praeceptum eiusdem damnamus. Actum est cum votis istis, sicut cum continentia agi cepit in Synodo Nicea, ubi, cum aliquot annis sacerdotes et episcopi vixissent coelibes sua sponte, moliebantur quidam hoc exemplum in praeceptum vertere, et deinceps ad coelibatum cogere necessitate conscientiae, adeo iam tum etiam in tam sancta Synodo fides et Evangelium defecerat et traditiones hominum invalescebant, sed restitit universo concilio unus Paphnutius, ne quicquam de coelibatu statueretur. («En resumidas cuentas, no condenamos los votos en sí, por si alguno quisiere atenerse a ellos; pero que se los prescriba y se los convierta en preceptos, esto sí lo condenamos. Se procedió con estos votos como se comenzó a proceder con la continencia en el concilio de Nicea. En aquel entonces, sacerdotes y obispos habían llevado por algunos años una vida célibe, por propia voluntad. Esto lo aprovecharon algunos para tratar de convertir este ejemplo en precepto y luego imponer el celibato ejerciendo presión sobre la conciencia. Hasta tal grado se habían desviado ya entonces, aun en un concilio tan venerable, de la fe y del evangelio; y en tal forma iban tomando incremento las tradiciones humanas. Y fue entonces que un solo hombre, Pafnucio, se opuso al concilio entero e impidió que se tomara alguna resolución respecto del celibato» trad. en Obras de Martín Lutero, vol. III, p. 147/148, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1974).

371. I.e. no mancillada por el pecado.

372. CR 27, 142.

373. Nullus Faber. H. Bornkamm observa (BSLK, p. 336, nota 1) que se trata de una alusión a Johann Faber, uno de los autores de la Confutatio, más tarde obispo de Viena. El lat. faber es en español «artesano, artífice, fabricante».

374. Confutatio, CR 27, 143: Ostendant, si possint, ubi Deus praecepit sacerdotibus, ut ducant uxores («Demuestren, si pueden, dónde Dios ordenó a los sacerdotes casarse»).

375. Observación marginal de Lutero en su ejemplar de la edición príncipe: Et vos ostendite praeceptum, quod praecipiat sacerdotibus non licere uxores habere («Y vosotros mostradnos un precepto en que se establece que a los sacerdotes no les es lícito tener esposa»).

376. Cr. 27, 144 y sigte.

377. Super coelibatu 3. II 629 C. du Pin.

378. Exhortado virginitads 3, 17. MSL 16, 356 C.

379. Acerca de la ley del celibato.

380. CR 27, 136 y sigte.

381. Dn. 11:37. Contemptum mulierum. Versión R–V. rev. 1960: «Del Dios de sus padres no hará caso, ni del amor de las mujeres». Algunas otras traducciones: Ni respetará al dios predilecto de las mujeres; ignorará al dios amado por las mujeres; no respetará a aquel en quien se deleitan las mujeres; o a aquel a quien las mujeres aman, i.e., Tamuz (cf. Ezequiel 8:14), divinidad asiriobabilónica, el Adonis de la mitología mediterránea.

382. CR 27, 140.

383. CR 27, 138 y sigte.

384. Vid. secc. 67, nota 401.

385. 1 Ts. 4:4. Texto alemán: sein Fass («su recipiente», en alem. actual Gefäß). En el original griego: tò heautou skeuos, «su propio vaso». Puede significar «cuerpo» y «mujer», cf. 1 P. 3:7 (vaso más frágil, Versión R–V). Versión Reina–Valera: «Su propia esposa».

386. Ovidio, Remedia amoris 149.

387. Alred. de 310-403, obispo de Constancia (Chipre), la antigua Salamina, la Famagusta de los cruzados. El valor de su confuso y superficial Panarion (Panarion kata pason haireseon, i.e. «Botiquín contra todas las herejías») radica en los documentos que cita, y en las exposiciones acerca de las sectas de su tiempo. En esta obra, el término «herejía» se toma en un sentido muy amplio. Son nada menos que ochenta, para corresponder al número de concubinas mencionado en Cnt. 6:8.

388. Según Ireneo, Eusebio y Epifanio, el fundador de la supuesta secta de los encratitas fue Taciano, autor del famoso Diatessaron o Armonía de los Cuatro Evangelios. Parece que no formaban lo que puede llamarse un grupo social, sino que existían más bien en todas partes, aislados unos de otros y ligados sólo por determinadas posiciones doctrinales. BSLK, p. 342, nota 3: Asketische Vegetarie in den urchristlichen Gemeinden 1 Ti. 4:3 ff, spaater z. T. Vertreter gnostischer Gedanken («Vegetarianos en las congregaciones cristianas primitivas, 1 Ti. 4:3 y sigtes., más tarde representantes, en parte, de pensamientos gnósticos»). El rechazo del matrimonio fue una de las características del gnosticismo.

389. Panarion haer. 46, 2, 2. II 205, 7, Holl.

390. De ahí la designación de «aquarianos». Se los llamó también hydroparastates, esto es, protectores (o defensores) del agua.

391. Pan. haer. 47, 1, b.

392. En el original: per superstitionem. Superstitio = superstición, falsa devoción, culto supersticioso.

393. lili Sardanapali. Según la leyenda clásica, Sardanápalo fue el último rey de Asiria, el más corrupto de los afeminados príncipes descendientes de la famosa Semíramis.

394. Referencia a los productos literarios relacionados con la fiesta de Pasquino, celebrada anualmente entre 1504 y 1518. En dicha ocasión se fijaban en el zócalo de una antigua estatua (a la cual el pueblo llamaba estatua de Pasquino, según cierto zapatero de este nombre, conocido por su humor frívolo) diversos «pasquines» que reflejaban en forma satírica las costumbres y los males de la época.

395. Cf. Gn. 14:2; Gn. 19; Vulgata, Liber Sapientiae 10:6: Haec iustum a perientibus impiis liberavit fugientem, descendente igne in Pentapolim («Ella [la Sabiduría], en el exterminio de los impíos, salvó al justo cuando escapaba del fuego que se abatía sobre las Cinco Ciudades»— vers. de la Biblia de Jerusalén).

396. Antigua ciudad en la Italia Meridional, que se hizo famosa como centro de lujuria. Fue destruida en 510 a. de C. De Síbaris viene el término «sibarita» (persona que se regala con placeres refinados).

397. El canon 11 del VI Sínodo Romano, el sínodo cuaresmal de 1079. BSLK (p. 344, nota 1) da como fecha el año 1078.

398. Respecto de «cisma» vid. Apología XXVIII, 25, nota 503.

399. Los confutadores se refieren a una supuesta revelación divina a Cipriano. Cf. Pseudo–Cipriano, De singularirate clericorum 1. CSEL 3 III, 173. Confutatio, CR 27, 140: S. Martyr, Cyprianus, testatur, sibi a Domino revelatum et cum severitate iniunctum, ut Clericos studiose admoneret, ne cum feminis commune haberent domicilium. Unde continentia sacerdotalis cum sit … a Deo revelata … («Testifica el santo mártir Cipriano que el Señor le notificó por revelación y le encargó en términos severos amonestar a los clérigos en el sentido de que no tuvieran un domicilio común con mujeres. De ahí, dado que la continencia de los sacerdotes se basa en una revelación de parte de Dios …»).

400. Vid. Apología XXIII, 43, nota 385.

401. Confutatio, CR 27, 141: Et quia constat, hanc antiquam fuisse haresin Ioviniani… («Y por cuanto consta que esta fue la antigua herejía de Joviniano … »).

402. El escritor y monje Joviniano murió a comienzos del siglo V. Su tratado, titulado Commentarioli, se ha perdido. En 392, Jerónimo se dedicó a refutarlo en sus dos libros Adversus Jovinianum. En el primer libro, Jerónimo enfoca la tesis de Joviniano que asigna al matrimonio igual valor que a la virginidad, con tal que las personas no difieran en otros aspectos. Una de las tesis que Jerónimo ataca en el segundo libro es la de que el ayunar no implica un mérito mayor que el comer con agradecimiento a Dios. Parece también que Joviniano apoyaba a Elvidio en el rechazo de la virginidad perpetua de María y en la afirmación de que Jesús tenía hermanos. Sobre Joviniano vid. también CA XXVI, 30.

403. Vid. sección 33 y sigtes.