Libro de Concordia
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La Apología de la Confesión de Augsburgo Índice
La Apología de la Confesión de Augsburgo

Artículo XXVII Los Votos Monásticos

[1] En nuestro medio, en la ciudad de Eisenach, en Turingia, vivía hace treinta años un monje franciscano, llamado Juan Hilten,453 que fue arrojado a un calabozo por los de su orden por haber reprendido algunos abusos muy notorios. Hemos visto sus escritos, que permiten ver con suficiente claridad en qué consistía su doctrina. Los que lo conocieron, atestiguan que era un [2] anciano apacible, serio y respetuoso. Anunció muchas cosas, que en parte ya han ocurrido hace poco, y en parte parecen estar a punto de ocurrir, cosas que aquí no queremos mencionar, para que nadie piense que las narramos por odio a fulano o para favorecer a mengano. Al fin, cuando cayó enfermo por la edad o por la mísera vida de encarcelado, mandó por el guardián, para notificarle el estado de su salud. Como el guardián, encendido en odio farisaico, empezara a recriminar duramente al pobre hombre por causa de la índole de su doctrina, que parecía perjudicar a la cocina, éste ya no habló más de su enfermedad y dijo, suspirando, que por causa de Cristo toleraba con ánimo sereno semejantes injurias, porque él no había escrito o enseñado nada que pudiera menoscabar el estado de los monjes, sino que sólo había [3] reprendido algunos abusos manifiestos. «Pero», dijo, «en el año del Señor de 1516 vendrá otro, que os destruirá, y no le podréis resistir». Esta misma convicción respecto del derrumbe del dominio monacal, y este mismo número de años, sus amigos los encontraron después también escritos en los comentarios suyos, entre las anotaciones que había dejado acerca de determinados [4] pasajes del libro de Daniel. El resultado dirá cuánta importancia se le debe atribuir a esta declaración; sin embargo, hay otras señales que amenazan con un cambio en el dominio monacal, no menos ciertas que los oráculos. Pues todo el mundo sabe cuánta hipocresía, ambición y avaricia hay en los monasterios, cuánta ignorancia, cuánta crueldad precisamente entre los más indoctos, cuánta vanidad en los sermones, y cuánto afán de inventar cada tanto nuevos métodos para conseguir dinero. Y hay también otros vicios, que no queremos mencionar. Esos monasterios, que en tiempos antiguos fueron escuelas [5] de instrucción cristiana, ahora han degenerado, como si de oro se hubieran convertido en hierro, o como si de cubo platónico se hubiesen convertido en armonías malas que, según Platón, acarrean la ruina.454 Los monasterios más ricos tan sólo mantienen a una ociosa turba que so pretexto de religión, devora allí las limosnas públicas de la iglesia. Pero Cristo advierte [6] (Mt. 5:13) que «la sal desvanecida será echada fuera y hollada». Por esta razón los monjes, con semejantes costumbres, pregonan su propio destino. Y a esto se agrega ahora otra señal: Que en muchos lugares, los monjes son [7] los autores de la muerte de hombres honrados. No hay duda de que en breve, Dios vengará estas matanzas. Pero no acusamos a todos, porque estimamos [8] que en los monasterios existen, aquí y allá, algunos hombres de bien que piensan con la debida mesura acerca de los cultos humanos y artificiosos,455 como los llaman algunos escritores, y que no aprueban la crueldad que practican los hipócritas de entre ellos. Pero lo que está en discusión es el género [9] de doctrina que ahora defienden los artífices de la Refutación, y no si se han de observar los votos. Pues tenemos entendido que los votos lícitos deben observarse. Lo que estamos discutiendo son las cuestiones siguientes: Si esos cultos merecen remisión de pecados y justificación; si son satisfacciones por los pecados, si son iguales al bautismo; si son observancia de preceptos y de consejos evangélicos; si son la perfección evangélica; si tienen méritos de supererogación;456 si esos méritos, aplicados a otros, los salvan; si los votos hechos a base de tales opiniones son lícitos; si son lícitos los votos que so pretexto de religión se hacen tan sólo en pro del estómago y de la holganza; si en verdad son votos los que han sido arrancados ya sea contra la voluntad de la persona, ya sea a quienes por su edad todavía no se pudieron formar un juicio acerca de ese género de vida, y que fueron encerrados en los monasterios por sus padres o sus amigos para ser mantenidos por los fondos públicos, y no ser una carga para el patrimonio privado; si son lícitos los votos que llevan abiertamente a un mal resultado, ya porque a causa de la debilidad no se guardan, ya porque quienes están en esas comunidades, se ven obligados a aprobar, y apoyar mediante su ayuda, los abusos de la misa, los cultos impíos a los santos y el ensañamiento dirigido contra gente de bien. Y aun cuando en nuestra Confesión hemos dicho muchas cosas acerca de esta clase de votos,457 desaprobados incluso por los cánones pontificios, los adversarios ordenan, no obstante, que se rechace todo cuanto hemos presentado. Éstas han sido, en efecto, sus palabras.458

[10] Y vale la pena oír cómo falsean nuestras razones y qué argumentos traen para cimentar su causa. Por eso repasaremos brevemente algunos pocos argumentos nuestros, y de paso desharemos con ellos los sofismas de nuestros adversarios. Pero como todo este asunto ha sido tratado diligente y copiosamente por Lutero en un libro que tituló «De votos monasticis»,459 nos remitimos, a título de repetición, a lo que allí queda expuesto.

[11] Primero, está fuera de toda duda que no es lícito el voto de quien al hacerlo, piensa que merece remisión de pecados ante de Dios, o que está dando satisfacción ante Dios por los pecados. Porque esta opinión es un manifiesto agravio al evangelio, que enseña que la remisión de pecados se nos concede gratuitamente, por causa de Cristo, como ya lo hemos dicho tantas veces. Por consiguiente, fue acertada nuestra cita de las palabras que Pablo dirigió a los gálatas, 5:4: «De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído». Los que buscan el perdón de pecados no por la fe en Cristo, sino por las obras monásticas, menoscaban la honra de Cristo y lo crucifican de nuevo. Pero oíd, oíd cómo tratan de zafarse aquí [12] los que elaboraron la Refutación. Explican el pasaje de Pablo relacionándolo sólo con la ley de Moisés, y añaden que los monjes lo observan todo por causa de Cristo, y se esfuerzan por vivir más cerca del evangelio, para merecer así la vida eterna. Y agregan un horrible epílogo, del siguiente tenor: «Es por [13] lo tanto impío lo que aquí se alega en contra del monasticismo».460 Oh Cristo, ¿hasta cuándo tolerarás estas injurias con las que nuestros enemigos afrentan tu evangelio? Hemos dicho en nuestra Confesión que el perdón de pecados se consigue gratuitamente, por la fe, por causa de Cristo. Si ésta no es la voz misma del evangelio, si no es el pensar del Padre eterno el que tú, que estás en el seno del Padre, has revelado al mundo, entonces sí se nos censura con sobrada razón. Pero tu muerte es testigo, tu resurrección es testigo, el Espíritu Santo es testigo, y tu iglesia entera es testigo de que esto es de veras lo que nos quiere decir el evangelio: Que obtenemos el perdón de los pecados no en virtud de nuestros méritos, sino por causa de ti, por medio de la fe.

Pablo, al negar que los hombres merecen el perdón de pecados por la [14] ley de Moisés, les resta tanto más prestigio a las tradiciones humanas, y así lo atestigua abiertamente en la carta a los Colosenses (2:16). Si la observancia de la ley de Moisés, que había sido revelada por Dios, no daba méritos para obtener remisión de pecados, ¡cuánto menos meritorias para alcanzar la remisión de pecados serán esas observancias fatuas, contrarias a lo que es la práctica de la vida civil!

Los adversarios imaginan que Pablo declara abolida la ley de Moisés, y [15] que el lugar de ésta lo ocupa ahora Cristo, pero no en el sentido de que conceda el perdón de pecados, en forma gratuita sino en virtud de la obras de otras leyes, que van siendo inventadas ahora. Con esta idea impía y fanática [16] entierran el beneficio de Cristo. Y después fantasean que entre los que observan esta ley de Cristo, los monjes la observan de un modo más estricto que los demás, por su hipócrita pobreza, obediencia y castidad, cuando en realidad, todas estas cosas están plagadas de simulaciones. Se jactan de pobreza en medio de la mayor opulencia. Se jactan de obediencia, cuando ninguna clase de hombres goza de mayor libertad que los monjes. Del celibato preferimos no hablar; lo puro que es en la mayoría de los que procuran ser continentes, nos lo muestra Gerson.461 Pero, ¿cuántos hay que realmente procuran ser continentes?

Ya se ve cómo, con semejante simulación, los monjes viven más cerca [17] del evangelio. Cristo no vino a suceder a Moisés en el sentido de que nos perdona los pecados en virtud de nuestras obras, sino para oponer a la ira de Dios sus méritos y su propiciación, en favor nuestro, para que seamos perdonados gratuitamente. Por tanto, el que opone a la ira de Dios sus méritos propios, al margen de la propiciación de Cristo, y se empeña en conseguir perdón de pecados en virtud de sus propios méritos, sea que presente obras de la ley de Moisés, o del Decálogo, o de la regla de San Benito,462 o de la regla de San Agustín,463 o de otras reglas, el tal anula la promesa de Cristo, rechaza a Cristo y ha caído de la gracia. Esto es lo que afirma Pablo.

[18] ¡Aquí veis, clementísimo Emperador Carlos, aquí veis, Príncipes, Estados todos del Imperio, cuán grande es la impudencia de los adversarios! A pesar de que nosotros citamos el pasaje de Pablo respecto del punto en cuestión, ellos agregaron en su escrito: «Es impío lo que aquí se alega en contra [19] del monasticismo».464 Pero ¿puede haber algo más seguro que esto: Que los hombres alcanzan perdón de pecados por la fe, por causa de Cristo? ¡Y esos embusteros se atreven a decir que esta declaración de Pablo es impía! No cabe duda de que si os hubieran llamado la atención sobre este párrafo, habríais procurado sacar de la Refutación semejante blasfemia.

[20] Pero como ya hemos demostrado antes, en forma extensa, que la declaración de que conseguimos perdón de pecados en virtud de nuestras obras es una opinión impía, seremos aquí más breves. Pues de lo que va dicho, el buen entendedor podrá deducir fácilmente que no merecemos perdón de pecados por medio de las obras monásticas. Por consiguiente, tampoco se ha de tolerar la blasfemia que se lee en Tomás, que la profesión monástica es igual al bautismo.465 Es una locura equiparar una tradición humana, que no tiene mandamiento ni promesa de Dios, con una ordenación de Cristo, que sí tiene mandamiento y promesa de Dios, y que contiene el pacto de gracia y de vida eterna.

[21] Segundo. La obediencia, la pobreza y el celibato, siempre que no sea impuro, son ejercicios indiferentes,466 y por tanto los santos pueden practicarlos sin incurrir por ello en impiedad, tal como lo hicieron Bernardo, Francisco467 y otros santos varones. Y éstos los practicaron en beneficio de su estado físico, para estar más expeditos para enseñar y para otros quehaceres piadosos, y no porque esas mismas obras de por sí fuesen cultos que justifican o merezcan vida eterna. En fin, estas cosas pertenecen al género del que Pablo dice (1 Ti. 4:8): «El ejercicio corporal para poco es provechoso». Y es muy [22] posible que aun hoy día haya aquí y allá, en los monasterios, hombres sinceros ocupados en el ministerio de la palabra, que siguen esas observancias sin abrigar opiniones impías. Pero pensar que esas observancias son cultos en [23] virtud de los cuales el hombre es considerado justo a los ojos de Dios, y por los cuales merece vida eterna, esto pugna con el evangelio de la justicia de la fe, que enseña que la justicia y la vida eterna nos son concedidas por causa de Cristo. Pugna también con el dicho de Cristo (Mt. 15:9): «En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres. Y pugna asimismo con este veredicto (de Ro. 14:23): «Todo lo que no proviene de fe, es pecado». ¿Cómo pueden afirmar entonces que son cultos que Dios aprueba como justicia delante de él, si no tienen ningún testimonio de la palabra de Dios?

Pero, ¡véase la impudencia de los adversarios! No sólo enseñan que esas [24] observancias son cultos que otorgan justicia, sino que añaden que son cultos más perfectos, esto es, que son más merecedores de remisión de pecados y justificación que otros géneros de vida. Y aquí concurren muchas opiniones falsas y perniciosas. Fingen guardar los mandamientos y los consejos evangélicos. Y luego, estos hombres dadivosos, soñando que tienen méritos de supererogación, se los venden a otros. Todo esto rebosa de vanidad farisaica. Porque es una impiedad extrema creer que satisfacen al Decálogo hasta un [25] punto tal, que incluso les sobran méritos, cuando en realidad, estos preceptos acusan a todos los santos: «Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón» (Dt. 6:5), y además «No codiciarás» (Ro. 7:7). El profeta dice (en el Salmo 16:11): «Todo hombre es mentiroso», esto es, no tiene un concepto correcto de Dios, ni tampoco tiene el suficiente temor ni la suficiente confianza que se le deben a Dios. Es falsa, por tanto, la jactancia de los monjes de que con la observación de la vida monástica están satisfaciendo los preceptos, y haciendo más de lo que los preceptos exigen.

Además, también es falso que las observancias monásticas sean obras [26] encuadradas dentro de los consejos evangélicos. Porque el evangelio no da consejos respecto de la diferencia en las vestiduras, las comidas, la renunciación a la propiedad. Estas son tradiciones humanas, para todas las cuales vale el dicho, (1 Co. 8:8): «La vianda no nos hace más aceptos ante Dios». Por lo cual, ni son cultos que otorgan justicia, ni son perfección, sino al contrario cuando se las presenta adornadas con estos títulos, son meras doctrinas de demonios.

La virginidad es aconsejable, según Pablo, pero sólo para quienes tienen [27] el don de la continencia, como ya se ha dicho antes. En cambio, es un error muy pernicioso creer que la perfección evangélica estriba en las tradiciones humanas. Pues entonces, hasta los monjes mahometanos podrían jactarse de poseer la perfección evangélica. Ni tampoco consiste en la observancia de las otras cosas, denominadas indiferentes;468 antes bien siendo el reino de Dios «justicia y vida en los corazones» (Ro. 14:17), la perfección consiste en que crezca el temor de Dios, la confianza en la misericordia prometida en Cristo, y el afán de vivir conforme a nuestro llamado, como dice Pablo al describir la perfección (2 Co. 3:18): «Somos transformados de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor». No dice: Estamos recibiendo continuamente otra cogulla, otras sandalias y otros cíngulos.469 Es verdaderamente deplorable que en la iglesia se lean y oigan tales expresiones farisaicas y hasta mahometanas, a saber, que la perfección evangélica, la perfección del reino de Cristo, que es vida eterna, consiste en esas tontas observancias en cuanto a vestiduras y bagatelas semejantes.

[28] Escuchad ahora a nuestros areopagitas:470 ¡qué frase más indignante han puesto en su Refutación! Dicen así:471 «En las Sagradas Escrituras se declara expresamente que la vida monástica, guardada con la debida observación— cosa que con la gracia de Dios, cualquier monje puede hacer—consigue vida eterna, y por cierto en una medida mucho más abundante. Cristo la prometió a quienes hubieren dejado casa, hermanos, etc.»472 Éstas son palabras de los [29] adversarios. En ellas se dice primero, con increíble descaro, que en las Sagradas Escrituras se declara que la vida monástica merece vida eterna. ¿Dónde hablan las Sagradas Escrituras de la vida monástica? Así es como los adversarios defienden su causa, así es como citan las Escrituras esos ignorantes inútiles. Aunque todo el mundo sabe que el monasticismo es un invento reciente, alegan la autoridad de la palabra de Dios y añaden que ese decreto suyo figura en las Escrituras.

[30] Además, injurian a Cristo al decir que por medio de la vida monástica, los hombres merecen la vida eterna. Ni a su propia ley, Dios ha concedido esa honra de otorgar méritos para la vida eterna, como se dice claramente en Ezequiel 20:25: «Por eso yo también les di estatutos que no eran buenos, y [31] decretos por los cuales no podrían vivir». Primero: Es un hecho cierto que la vida monástica no merece remisión de pecados, sino que ésta la conseguimos por la fe, gratuitamente, como ya dejamos dicho. En segundo lugar, [32] la vida eterna se da como regalo, por causa de Cristo, por misericordia, a quienes por la fe aceptan el perdón y no oponen sus propios méritos al juicio de Dios, como lo dice también Bernardo en tono muy enérgico: «Es necesario ante todo creer que no puedes tener perdón de pecados sino por la indulgencia de Dios. Después, que de ningún modo puedes tener en tu haber una obra buena, a menos que también ésta te la dé Dios. Por último, que no puedes merecer la vida eterna por obra alguna si no es que también ésta te es dada gratuitamente.»473 Las demás cosas que dice en este sentido ya las hemos citado antes. Y al fin, Bernardo agrega: «Nadie se engañe, porque, si lo piensa bien, sin duda se dará cuenta de que con diez mil no podrá salir al encuentro del que viene con viente mil»474 Por consiguiente: Si ni por las [33] obras de la ley divina merecemos remisión de pecados o vida eterna, sino que es necesario recurrir a la misericordia prometida en Cristo, mucho menos se habrá de conceder a las observancias monásticas, que son meras tradiciones humanas, esta honra de que otorgan méritos para obtener remisión de pecados o vida eterna.

De esta manera, quienes enseñan que la vida monástica merece [34] remisión de pecados o vida eterna y transfieren a esas necias observancias la confianza que debemos a Cristo, sencillamente entierran el evangelio de la remisión gratuita de pecados y de la misericordia que debe aprehenderse por la promesa en Cristo. En vez de dar culto a Cristo, lo dan a sus cogullas y a su avaricia.475 Pese a que ellos mismos tienen mucha necesidad de misericordia; obran como gente impía, inventando méritos de supererogación y vendiéndoselos a otros.

Hablamos de este asunto en forma más bien sucinta, porque lo que [35] hemos dicho antes acerca de la justificación, del arrepentimiento y de las tradiciones humanas ya deja bien en claro que la vida monástica no es el precio en virtud del cual se concede remisión de pecados y vida eterna. Y como Cristo llama cultos inútiles a las tradiciones, no pueden de ningún modo constituir la perfección evangélica.

Pero los adversarios, en un intento por aparecer como quienes dan a la [36] idea popular acerca de la perfección un carácter más moderado, recurren al ardid de decir que es un estado para adquirir la perfección.476 ¡Bien dicho! Recordamos que esta corrección se encuentra en un escrito de Gerson.477 Pues es evidente que algunos hombres sensatos, ofendidos por las desmedidas alabanzas de la vida monástica, y no atreviéndose a restarle del todo la honra de la perfección, añadieron esta corrección: Que es un estado para adquirir [37] la perfección. Si aceptamos esto, la vida monástica no será mejor estado de perfección que la vida del labrador o del artesano. Pues esos también son estados para adquirir perfección. En efecto, todos los hombres, sea cual fuere su vocación, deben aspirar a la perfección, esto es, crecer en el temor de Dios, en la fe, en el amor al prójimo, y en similares virtudes espirituales.

[38] En las historias de los ermitaños, la de Antonio y otros, se hallan ejemplos que demuestran que todos los géneros de vida son iguales en cuanto a méritos. Se dice allí que cuando Antonio pidió a Dios que le mostrara el progreso que hacía en su manera de vivir, se le indicó en sueños, a un zapatero de la ciudad de Alejandría, para que se comparase con él. Al día diguiente, Antonio llegó a la ciudad y se acercó al zapatero para observar sus ejercicios y dones. Hablando con el hombre, lo único que pudo averiguar fue esto: Que por la mañana oraba brevemente por el bien de la ciudad, y que después se dedicaba a su trabajo.478 Esto le enseñó a Antonio que no se debe atribuir la justificación al género de vida que él había escogido.

[39] Pero aunque los adversarios son ahora un poco más moderados en sus alabanzas de la perfección monástica, en realidad no cambiaron su modo de pensar. Porque siguen vendiendo sus méritos, y los aplican a otros so pretexto de que observan los preceptos y los consejos evangélicos; por tanto, de hecho están convencidos de que les sobran méritos. Si esto no es arrogarse la perfección, ¿qué lo será? Además, en la misma Refutación está escrito que los monjes se esfuerzan por vivir más de acuerdo con el evangelio.479 Por tanto, allí se atribuye la perfección a la observancia de tradiciones humanas, si dicen que los frailes viven más de acuerdo con el evangelio porque no tienen propiedad, son célibes, obedecen a su regla en cuanto a las vestiduras, comidas y otras fruslerías semejantes.

[40] Por otra parte, la Refutación dice que los monjes tienen méritos más abundantes para alcanzar la vida eterna y alega el texto de la Escritura (Mt. 19:29): «Cualquiera que haya dejado casas», etc. Se ve que también aquí atribuye perfección a actos de una religiosidad ficticia.480 Pero este pasaje de la Escritura no tiene nada que ver con la vida monástica.481 Porque Cristo no quiere que el abandonar a los padres, al cónyuge y a los hermanos sea una obra que deba hacerse porque merece remisión de pecados y vida eterna. Es más: Ese abandono se maldice. Pues el que abandona a los padres o a su cónyuge con la intención de merecer con esa obra la remisión de pecados y la vida eterna; insulta a Cristo.

Hay, sin embargo, dos clases de renuncia. Una se hace sin llamado, sin [41] mandamiento de Dios. Ésta no cuenta con la aprobación de Cristo (Mt. 15:9). Porque las obras que nosotros mismos elegimos, son cultos inútiles. Pero que Cristo no aprueba esta huida se ve aún más claramente a la luz del hecho de que él habla de abandonar a la esposa y a los hijos. Sabemos, en efecto, que el mandamiento de Dios prohíbe abandonar a la esposa y a los hijos. Diferente es la renuncia que se hace por mandato de Dios, a saber, cuando un poder tiránico nos pone ante la alternativa: Abandonar a la esposa, etc., o negar el Evangelio. En este caso rige el mandamiento: Antes que negar el evangelio, es preferible soportar la injuria, y sufrir que se nos despoje no sólo de nuestros bienes, del cónyuge, de los hijos, sino también de la vida. Tal renuncia es la que Cristo aprueba y por eso añade (Mr. 10:29): «Por causa del evangelio», para dar a entender que está hablando, no de quienes cometen una injuria contra su cónyuge e hijos, sino de quienes sufren la injuria a causa de la confesión del evangelio. Por causa del evangelio debemos renunciar hasta a [42] nuestro cuerpo. Sería ridículo creer que es un culto a Dios el suicidarse y «abandonar el cuerpo», sin mandamiento de Dios. Pero no menos ridículo es creer que es un culto a Dios el renunciar a los bienes, a los amigos, a la esposa, a los hijos, sin mandamiento de Dios.

Resulta evidente, pues, que se le hace violencia a ese dicho de Cristo si [43] se lo aplica a la vida monástica—a no ser que cuadre aquí aquello otro que en esta vida «recibirán cien veces más» (Mt. 19:29). Porque muchos se hacen monjes, no por causa del evangelio, sino por causa de la buena cocina y del ocio; son aquellos que a cambio de pequeños patrimonios se hacen poseedores de las más grandes riquezas.482 Pero como todo lo relacionado con el monasticismo [44] está lleno de simulación, así ocurre también aquí: Con falsos pretextos citan testimonios de la Escritura, y pecan doblemente, esto es: Engañan a los hombres, y los engañan escudándose en el nombre de Dios.

Acerca de esa perfección se trae a colación también el pasaje (de Mt. [45] 19:21): «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y ven, sígueme». Este texto causó malos ratos a muchos que se imaginaron que «perfección» era renunciar a la propiedad y al dominio sobre bienes [46] materiales. Dejemos a los filósofos ensalzar a Aristipo,483 que arrojó al mar una gran cantidad de oro. Tales ejemplos nada tienen que ver con la perfección cristiana. La distribución, el dominio y la posesión de propiedades son ordenanzas civiles, aprobadas por la palabra de Dios en el mandamiento (Éx. 20:15): «No hurtarás». Para el renunciamiento a los bienes no hay mandamiento ni consejo en la Escritura. Pues la pobreza evangélica no consiste en el abandono de lo que uno posee, sino en no ser avaro, en no confiar en las riquezas, así como David era pobre, aun como rey de un país riquísimo.

[47] Por tanto, el renunciar a los bienes es un culto inútil, ya que es una mera tradición humana. Y son desmedidos los encomios expresados en el Extravagante,484 que dice que la renuncia a la posesión de todo bien por causa de Dios es meritoria y santa, y una vía de perfección. Y es peligrosísimo ensalzar en forma tan exagerada una actitud que pugna con una costumbre de la vida [48] civil. Cristo empero habla aquí de la perfección cristiana. Es más: Violentan el pasaje quienes lo citan sólo a medias. La perfección está en lo que Cristo [49] añade: «Sígueme». Con esto se nos propone un ejemplo de obediencia en nuestro llamado. Y como los llamados no son iguales, este llamado no es para todos, sino que se dirige específicamente a la persona con que Cristo está hablando en este momento, así como el llamado de David para reinar y el que recibe Abraham de matar a su hijo no son para que nosotros los imitemos. Los llamados son personales, así como las incumbencias individuales varían según los tiempos y las personas; pero el ejemplo de obediencia [50] es general. Aquel joven habría alcanzado la perfección si hubiera creído y obedecido a este llamado. Y así, la perfección consiste, para nosotros, en que cada uno obedezca con verdadera fe a su llamado.

[51] Tercero. En los votos monásticos se hace promesa de castidad. Sin embargo, al referirnos al matrimonio de los sacerdotes, ya dijimos que ni con votos ni con leyes se les puede arrebatar a los hombres un derecho natural.485 Y como no todos tienen el don de continencia, muchos se contienen de un modo deplorable, a causa de su debilidad. Pero tampoco hay votos o leyes que puedan abolir el mandamiento del Espíritu Santo (1 Co. 7:2): «A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer». Por lo tanto, este voto no es lícito en quienes no tienen el don de continencia, y por debilidad caen en pecado.486 De toda esta cuestión se ha hablado ya lo suficiente, y en verdad [52] sorprende que, estando a la vista los peligros y los escándalos que encierra, los adversarios defiendan sus tradiciones en contra de un claro precepto de Dios. Ni siquiera los conmueve la palabra de Cristo, quien condena a los fariseos (Mt. 23:13 y sig.) por haber implantado tradiciones contrarias al mandamiento de Dios.

Cuarto. Los que viven en los monasterios se libran de sus votos con [53] ceremonias impías, como la profanación de la misa ofrecida con fines de lucro en favor de los muertos, la adoración de los santos, en que la falta es doble, porque se coloca a los santos en el lugar de Cristo, y se los invoca y adora de una manera impía como lo han hecho los dominicos al inventar el rosario de la bienaventurada Virgen, que es una palabrería487 no menos necia que impía y que alienta una confianza totalmente infundada. Además, todas estas prácticas impías van destinadas a un solo fin: El lucro. Por otra parte, ni oyen [54] ni enseñan el evangelio de la remisión gratuita de los pecados por causa de Cristo, de la justicia de la fe, del verdadero arrepentimiento, de las obras que tienen mandamiento de Dios. En cambio, se dedican o a discusiones filosóficas, o a tradiciones relacionadas con sus ceremonias que eclipsan la obra de Cristo.

No hablaremos aquí de todo ese culto de ceremonias, de lecciones, de [55] cánticos488 y otras cosas semejantes, que podrían tolerarse si se tuviesen por ejercicios, como las lecciones en las escuelas, cuyo fin es instruir a lo oyentes, y, en el transcurso de la instrucción, conducir a algunos al temor y a la fe. Pero ahora imaginan que esas ceremonias son cultos a Dios que merecen perdón de pecados para quienes los practican y para los demás. Y como consecuencia van agregando más y más ceremonias. Si se valiesen de ellas para instruir y exhortar a los oyentes, en forma de lecciones breves y precisas, obtendrían mucho más provecho que con esas interminables palabrerías. Y así, toda la vida monástica es un cúmulo de hipocresía y opiniones erróneas. [56] A todo esto se añade aún otro peligro: Que quienes viven en esas comunidades, se ven forzados a asentir a los que persiguen a la verdad. Hay muchas razones, pues, y de mucho peso, para que las personas piadosas se liberen de ese género de vida.

Por último, los mismos cánones dispensan de su voto a muchos que lo [57] hicieran antes de haber llegado a la edad de discreción, inducidos por las artimañas de los monjes, o que los hicieron obligados por sus allegados.489 A votos de esta índole, ni aun los cánones los llaman votos. De todo esto se desprende que son muchas las causas que indican claramente que los votos monásticos, tal como se venían haciendo hasta ahora no son votos. Por consiguiente, un género de vida como éste, lleno de hipocresía y de opiniones falsas, se puede abandonar sin ningún cargo de conciencia.

[58] Aquí nos presentan una objeción sacada de la ley de los nazareos.490 Pero éstos no hacían sus votos con esas ideas que acabamos de censurar en los votos de los monjes. El rito de los nazareos era un ejercicio o una profesión de fe ante los hombres; no se cumplía para merecer perdón de pecados ante Dios, ni para alcanzar justicia ante él. Además, así como hoy día la circuncisión y el sacrificio de víctimas no sería considerado un culto, así tampoco el rito de los nazareos debe presentarse hoy como un culto, sino que simplemente se lo ha de considerar un adiáphoron.491 No es correcto, pues, comparar el monasticismo, que no tiene ningún fundamento en la palabra de Dios, y que fue inventado para ser un culto merecedor de remisión de pecados y justificación, con el rito de los nazareos, que sí tenía a su favor una palabra de Dios, y que no había sido instituido para merecer perdón de pecados, sino para que fuese un ejercicio externo, como las demás ceremonias de la ley. Lo mismo podría decirse de otros votos radicados en la ley de Moisés.

[59] También alegan el caso de los recabitas, que no tenían posesión alguna, ni bebían vino, como escribe Jeremías, capítulo 35:6 y sigtes. ¡Qué bien les cuadra el ejemplo de los recabitas a nuestros monjes, cuyos monasterios superan a los palacios de los reyes, y que viven en la mayor opulencia! Además, aquellos recabitas, con toda su austeridad extrema, se casaban. Nuestros monjes aunque disfrutan de toda suerte de deleites, profesan el celibato.

[60] Por otra parte, los ejemplos deben interpretarse de acuerdo con la [61] norma, es decir, de acuerdo con pasajes seguros y claros de la Escritura, y no en contra de la norma, es decir, en desacuerdo con las Escrituras. Ahora bien: No cabe ninguna duda de que nuestras observancias no merecen remisión de pecados o justificación. Por ende, cuando en la Escritura se alaba a los recabitas, esto no puede sino significar que éstos observaban su manera de vivir sin pretensión alguna de que por medio de ella merecerían remisión de pecados, o que esa obra sería de por sí un culto que justificaba y en virtud de la cual alcanzarían vida eterna en vez de alcanzarla por medio de la misericordia de Dios, por causa de la simiente prometida. Se alaba su obediencia por cuanto cumplieron el mandamiento de sus padres, y acerca de esta obediencia sí hay un mandamiento de Dios: «Honra a tu padre y a tu madre».

Además, esta costumbre tenía un fin específico: Por cuanto eran extranjeros [62] y no israelitas, parece que su padre había querido distinguirlos, mediante ciertas señales, de los demás habitantes del país, a fin de que no recayeran en la impiedad de éstos. Con dichas señales quería mantener viva en ellos la doctrina de la fe y de la inmortalidad—un fin enteramente lícito. Pero los fines que atribuyen a la vida monástica son muy distintos. Dicen que las [63] obras propias de la vida monástica son cultos; dicen que merecen remisión de pecados y justificación. Está visto, pues, que hay una gran diferencia entre el monasticismo y el género de vida de los recabitas. Y no queremos hablar de otros males que trae consigo el monasticismo de nuestro tiempo actual.

Citan también el pasaje de 1 Timoteo (1 Ti. 5:11 y sigtes.), acerca de las [64] viudas que, sirviendo a la iglesia, recibían su sostén de fondos públicos. Dice allí: «Quieren casarse, incurriendo así en condenación, por haber quebrantado su primera fe». Supongamos, para comenzar, que el apóstol esté [65] hablando aquí de votos. Pero ni aun así este pasaje favorecerá los votos monásticos que se hacen acerca de cultos impíos y con la idea de que merecen remisión de pecados y justificación. Porque Pablo condena en tono muy enérgico todos los cultos, todas las leyes, todas las obras, si con ellos se intenta merecer remisión de pecados, o si se trata de obtener la vida eterna en virtud de ellos, y no por causa de Cristo y su misericordia. Por eso los votos de las viudas, si los hubo, necesariamente tenían que ser de otro tipo que los votos monásticos.

Además, si los adversarios insisten en su error de aplicar aquel pasaje a [66] los votos, tendrán que hacer lo mismo con otro pasaje (1 Ti. 5:9), que prohíbe «que sea puesta en la lista la viuda menor de sesenta años». De este modo, los votos hechos antes de esa edad serán nulos. Pero la iglesia todavía [67] no conocía estos votos. Por tanto, si Pablo condena a las viudas, no es porque se casan, dado que a las más jóvenes les ordena (1 Ti. 5:14) casarse, sino porque, mantenidas con el dinero público, se entregaban a una vida disoluta, abandonando así la fe. En esto piensa el apóstol al hablar de «primera fe»: No en los votos del monastacismo, sino en los del cristianismo. Y en igual sentido entiende también la palabra «fe» en el mismo capítulo, versículo 8: «Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe». Es evidente que tiene otro concepto de la fe que los sofistas. Para él, quienes viven en pecado mortal no tienen fe. Por eso dice: [68] Los que no tienen cuidado de los suyos, abandonan la fe. Y del mismo modo dice que las mujercillas casquivanas abandonan la fe.

Hemos recorrido algunos de nuestros argumentos, de paso hemos desbaratado [69] las objeciones de los adversarios. Y todo este material lo hemos reunido no sólo por causa de los adversarios, sino mucho más por causa de las mentes piadosas, para que tengan a la vista las razones por qué deben rechazar la hipocresía y los cultos ficticios del monasticismo—cultos que, por otra parte, son anulados en su totalidad por esta palabra de Cristo (Mt. 15:9): «En vano me honran, con mandamientos de hombres». En consecuencia, los votos mismos y las observancias en cuanto a comidas, lecciones, cánticos, vestiduras, calzados y cíngulos492 son cultos inútiles a los ojos de Dios. Y sepan con certeza todas las mentes piadosas que es una opinión sencillamente farisaica y condenada aquella de que esas observancias merecen perdón de pecados, que en virtud de ellas somos considerados justos, y que por causa de ellas, y no por misericordia, por causa de Cristo, alcanzamos [70] vida eterna. Y los santos varones que vivieron en tal género de vida, cuenta necesariamente tuvieron que darse, una vez abandonada la confianza en esas observancias, de que conseguían remisión de pecados gratuitamente, por causa de Cristo, y de que por causa de Cristo, por misericordia, habrían de conseguir vida eterna, y no en virtud de esos cultos, porque Dios aprueba tan sólo los cultos instituidos por su palabra, cultos cuya eficacia radica en la fe.

453. En una nota marginal en su ejemplar de la edición príncipe, Lutero observa: Hunc virum arbitror adhuc vivum aut recens mortuum fuisse, cum ego Isenaci litteris primis erudirer. Memini enim eius factam mentionem ab hospite meo Henrico Schalben cum compassione quasi vincti in carcere. Eram autem 15 aut 14 annos natus. Erat autem Henricus Schalben intimus istis Minoritis paene captivus et servus eorum cum tota familia sua. («Me parece que este hombre vivía aún, o había fallecido hace poco, cuando yo ingresé en la escuela primaria de Eisenach. Pues recuerdo que mi hospedador Enrique Schalben lo mencionó, con mucha compasión, como hombre al que habían encadenado y arrojado a la cárcel. Yo tenía en aquel entonces unos 15 ó 14 años. Ese Enrique Schalben era íntimo amigo de aquellos minoritas. Tanto él como toda su familia eran casi algo así como cautivos y siervos de ellos».)—Johannes Hilten, probablemente Johannes Herwich, de Hilten, cerca de Hannover, fue condenado por los franciscanos («minoritas») a cadena perpetua, a pan y agua, en la prisión del convento, quizás por causa de herejía apocalíptica.

454. Probablemente Pseudo–Platón, Timaeus Locrus, 98 C.

455. De humanis cultibus et factitiis.

456. En el original: merita supererogationis. Justus Jonas: «Si los monjes tienen merita supererogationis, esto es, tanto mérito superfluo y tantas obras santas, que ni siquiera tienen necesidad de todas ellas». Vid. también CA XXVII, 61; Apología XXVII, secciones 25 y 29.

457. Vid. CA XXVII.

458. CR 27, col. 171: Quamobrem reiicienda sunt omnia, quae in hoc articulo contra monasticen producta sunt («Por lo tanto debe rechazarse todo lo que se dice en este artículo en contra del monasticismo»).

459. De votis monasticis iudicium, 1521, WA VIII, 575 y sigtes. (Cf. Obras de Martín Lutero, Ed. Paidós, Bs. Aires, Vol. III, p. 85 y sigtes., «Juicio sobre los votos monásticos».)

460. Los autores de la Confutatio rechazan la afirmación de que la vida monástica es una invención humana, y sostienen que tal género de vida está fundada sobre las Letras Sagradas (sacris literis, no sacris liberis, como transcribe BSLK, p. 381, nota 1), inspiradas a los piadosos Padres por el Espíritu Santo. Después agregan (CR 27, col. 175 y sigte.): Neque detrahit honori Christi, quoniam monastici omnia propter Christum observant, et Christum imitantur. Falsaest ergo sententia, qua cultum monasticum damnant ut impium, qui est christianissimus. Non enim evacuantur monachi a gratia Dei, sicut Iudaei, de quibus S. Paulus loquitur Gal. V., cum iustificationem adhuc in lege Mosis quaerebant; sed monastici contendunt propius secundum evangelium vivere, ut mereantur vitam aeternam. Quare impia sunt, quae hic contra monasticam allegantur («Tampoco se le quita nada a la honra de Cristo, por cuanto todo lo que los monjes observan, lo observan por causa de Cristo y en imitación de él. Falsa es, por ende, la sentencia con que condenan como impío el servicio monástico, que en realidad es del todo cristiano. En efecto: Los monjes no han caído de la gracia de Dios, como fue el caso de los judíos de quienes habla S. Pablo en Gálatas 5, debido a que aún buscaban adquirir la justificación mediante obras hechas a base de la ley de Moisés. Los monjes en cambio tratan de ceñir su vida más estrechamente al evangelio, para así merecer la vida eterna. Es por tanto impío lo que aquí se alega en contra del monasticismo»).

461. J. Gerson, De caelibatu, III. 629 C.

462. Regla de San Benito de Nursia (entre 480 y 553), organizador del monasticismo occidental.

463. Regla fundamental para la vida canónica del clero secular. Se trata de una remodelación a base de un escrito de Agustín dirigido a las monjas de Hipona (Ep. 211, MSL 33, 211 y sigtes.; CSEL 57).

464. CR 27, col. 176.

465. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, 2a. 2ae., q. 189, art. 3, ad 3 (texto lat. cura et studio Sac. Petri Caramello, p. 852): Rationabiliter autem dici potest quod etiam per ingressum religionis aliquis consequatur remissionem omnium peccatorum («Hay razones empero para poder decir que también mediante el ingreso en una orden religiosa, una persona obtiene la remisión de todos sus pecados»). Lutero, edición príncipe D, nota marginal: Blasphemia b. Thomae («Blasfemia de santo Tomás»).

466. En el original exercitia adiáphora. Respecto de adiáphoron vid Apología II, 41, nota 32.

467. Respecto de Bernardo de Claraval y Francisco de Asís vid. Apología IV, notas 98 y 100.

468. Vid. Apología II, 41, nota 32.

469. Cíngulo: Cordón con que el sacerdote ciñe el alba a su cintura.

470. Aquí en el sentido de jueces, sabios o maestros. Justus Jonas: trefflichen Lehrer («eximios maestros»). Los areopagitas eran los miembros del Areópago, célebre tribunal superior de la antigua Atenas.

471. Cr. 27, col. 172.

472. Mt. 19:29.

473. Sermo I. in annunciat. b. Mariae virginis 1. MSL 183, 383.

474. Ibidem, 2. 383 D.

475. En el original: sordes – suciedad, inmundicia, avaricia, mezquindad, deshonor. J. Jonas: ihre mönchische tolle Werke—sus insensatas obras monásticas.

476. CR 27, colt 176: Religiosi enim sibi non arrogant perfectionem, sed statum perfectionis acquirendae, quia eorum instituta sunt instrumenta perfectionis, non ipsa perfectio («Pues los religiosos no presumen de perfectos, sino que sostienen que se hallan en un estado en que se adquiere la perfección, por cuanto sus estatutos son instrumentos que conducen a la perfección, pero no son la perfección misma»).

477. Gersón, De consiliis evangelicis et statu perfectionis, II 679 B/C 680 A Du Pin.

478. De vitis patrum III. Verba seniorum 130. MSL, 785.

479. CR 27, col. 176. Vid. Apología XXVII, nota 460.

480. Factitiis religionibus. CR 27, col. 172.

481. Nihil facit ad vitam monasticam. Justus Jonas: Redet nichts von. H. G. Pöhlmann, Apología, p. 234: Besagt nichts über (ambos: «No dice nada en cuanto a … »); J. Pelikan, Tappert, p. 276: Has nothing to do with («no tiene nada que ver con»).

482. En la traducción de Justus Jonas: «Siendo mendigos, entran no obstante en ricos conventos».

483. El filósofo griego Aristipo, de Cirene (n. h. 435 a. de C.), fundador de la escuela hedonista o cirenaica, lo hizo para evitar que su oro cayese en manos de piratas. Cf. Diógenes Laercio (biógrafo de los filósofos griegos), II, 77. Justus Jonas omite la referencia a Aristipo y escribe: «Que este tipo de santidad lo alaben los cínicos como Diógenes, que rehusaba poseer casa y yacía en un tonel».

484. Extravagantes, tit. 14, c. 5 II, 1232, Friedberg. Cita de una constitución de Nicolás III. —Llámanse Extravagantes las constituciones pontificias posteriores a las clementinas, y por lo tanto fuera del primer cuerpo de Derecho canónico.

485. Vid. Apología XXIII, nota 370.

486. En el original contaminantur, voz pasiva de contaminare = contaminar, manchar, corromper.

487. En el original: Battologia. Cf. Mt. 6:7—Batología: Repetición de vocablos inmotivada (Dicc. Durvan de la Lengua Española).

488. I.e. las lecciones, los salmos, los cánticos, las antífonas, los responsorios etc. del breviario.

489. En el orig. lat. amicis, «amigos». J. Jonas traduce Freunde, «amigos», pero también «parientes».

490. Nm. 6:2 y sigtes. Vid. CR 27, 169.

491. Vid. nota en Apología II, 41.

492. A partir de los distintos cíngulos de las órdenes monásticas se formó una serie de «comunidades cingulares» que mediante el uso del cíngulo facilitaban indulgencias.