del
Dr. Martín Lutero2
Prefacio del Dr. Martín Lutero
[1] No es por insignificantes razones que tratemos el catecismo con tanta insistencia y que deseemos y roguemos que otros lo hagan igualmente, puesto que vemos que muchos predicadores y pastores son por desgracia muy negligentes en este sentido, despreciando tanto su oficio como esta doctrina. Algunos proceden de esa manera debido a su grande y alta erudición, pero otros por mera pereza y preocupación por el estómago, como si no debieran hacer otra cosa que aprovecharse de los bienes mientras vivieran, tal como [2] acostumbraban a hacerlo bajo el papado. No obstante, todo lo que han de enseñar y predicar lo tienen ahora a mano en forma sumamente clara y fácil en tantos libros saludables que son—como se llamaban en tiempos anteriores—los verdaderos Sermones per se loquentes, Dormi secure, Paratos, y Thesauros. Sin embargo, no son tan justos y honestos para comprar tales libros o bien, si los poseen, no los miran ni los leen. ¡Ah, todos son vergonzosos glotones y servidores de sus vientres que mejor estarían como cuidadores de cerdos3 o de perros4 en vez de directores de almas o pastores!
[3] Como quedaron libres de la inútil y fastidiosa batología de las siete horas, en su lugar bien podrían leer en la mañana, al mediodía y en la noche, una hoja o dos del catecismo, del Librito de las oraciones, del Nuevo Testamento o de otra parte de la Biblia y rezar un Padrenuestro para ellos mismos y para los de su grey. De este modo a su vez honrarían el evangelio y mostrarían su agradecimiento por haber quedado libres por él de tantas cargas y gravámenes, avergonzándose un tanto por no haber aprendido del evangelio más que esa libertad ociosa, nociva, infamante y carnal, como si fuesen puercos [4] y perros. Por desgracia, sin esto, el vulgo estima muy poco el evangelio y no conseguimos mucho, aunque nos afanemos con toda diligencia. ¿Qué pasará, si somos negligentes y perezosos como lo hemos sido bajo el papado?
[5] A esto se suman el abyecto vicio y la mala y latente peste de la seguridad y de la saciedad, de modo que muchos consideran el catecismo doctrina sencilla y de poca monta. Después de recorrerlo con una sola lectura, creen saberlo todo y arrojan el libro al rincón, como si se avergonzasen de releerlo. [6] Incluso entre la nobleza hay algunos alcornoques y tacaños que pretextan que en adelante no se necesitan ni pastores ni predicadores por constar todo en libros donde uno mismo puede bien aprenderlo por propia cuenta. Por ello, sin preocupación alguna, dejan que decaigan y se arruinen las parroquias, y los párrocos y predicadores sufran gran miseria y hambre. Es así como proceden por orden natural los insanos alemanes; pues nosotros los alemanes tenemos un pueblo abyecto y hemos de soportarlo.
Pero hablaré de mi propia persona. Soy también doctor y predicador y [7] tengo tanta erudición y experiencia como los que muestran tanta arrogancia y seguridad. A pesar de ello, hago como un niño a quien se le enseña el catecismo. De mañana y cuando tengo tiempo leo y recito el Padrenuestro palabra por palabra, los Diez Mandamientos, el Credo, algunos Salmos, etc. Todos los días tengo que leer y estudiar algo más. Sin embargo, no puedo [8] llegar a ser como quisiera y debo continuar siendo niño y alumno del catecismo y permaneceré siéndolo de buen grado. Y esos hombres delicados y engreídos, con una sola lectura pretenden ser en un instante más que doctores, saberlo todo y no necesitar más. Por cierto, esto es una indicación clara de que desprecian tanto su oficio como las almas de la grey y hasta a Dios y su palabra. Ya no es menester que caigan; han caído horriblemente. Sería necesario que volviesen a ser niños y comenzasen a estudiar el abecedario, aunque les parezca ya muy trillado.5
Por ello, ruego a estos vientres haraganes6 y santos presuntuosos que por [9] Dios se dejen persuadir y acepten que en verdad no son tan instruidos y doctores tan eruditos como ellos se lo imaginan; que jamás opinen haber terminado de estudiar estos artículos7 o saberlo todo suficientemente por más que se figuren conocerlo demasiado bien. Aun cuando lo supieran y lo dominaran de la mejor manera—lo que en esta vida resulta imposible—hay en eso, no obstante, mucho provecho y fruto, cuando uno lo lee todos los días y lo practica en pensamientos y discursos, puesto que en semejantes lecturas, discursos y reflexiones está presente el Espíritu Santo que da siempre nueva y más abundante luz y devoción para ello, de modo que cada vez nos gusta y nos penetra más, como Cristo también lo promete en el capítulo 18 de Mateo: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18:20).
Además, coadyuva poderosamente y sobremanera contra el diablo, el [10] mundo, la carne y toda suerte de malos pensamientos que uno se ocupe en la palabra de Dios, hable de ella y reflexione sobre la misma, ya que también el primer Salmo llama bienaventurados a los que «meditan en la ley de Dios de día y de noche» (Sal. 1:2). Sin duda, no podrás usar incienso y otros sahumerios más eficaces contra el diablo que familiarizarte con los mandamientos y palabras de Dios, hablar y cantar de ellos y meditar sobre los mismos. En realidad, es la verdadera agua bendita y el signo ante el cual huye y con que uno puede ahuyentarlo.
[11] Ya por esta sola razón deberías leer con agrado estos artículos, hablar, pensar y tratar, aunque de esto no tuvieses otro fruto y provecho que ahuyentar al diablo y a los malos pensamientos, puesto que no puede oír ni soportar la palabra de Dios. Y ésta no es como otras meras invenciones, por ejemplo, la de Dietrich de Bem,8 sino, como dice San Pablo en el primer capítulo de la epístola a los Romanos: «Un poder de Dios» (Ro. 1:16). Por cierto es un poder de Dios que causa terribles sufrimientos al diablo9 y que a nosotros nos fortalece, nos consuela y nos ayuda sin límites.
[12] Y, ¿para qué tengo que hablar más? Si quisiera enumerar toda la utilidad y el fruto que obra la palabra de Dios, ¿de dónde tomaría el papel y el tiempo suficientes? Se dice que el diablo dispone de mil artes. ¿Qué nombre daremos a la palabra de Dios capaz de ahuyentar a semejante encantador con todo su [13] arte y su poder y de anonadarlo? Debe poseer más de cien mil artes. ¿Debemos desdeñar con tanta ligereza semejante potencia, utilidad, fuerza y fruto, máxime nosotros, que queremos ser pastores y predicadores? No sólo no deberían darnos de comer, sino echarnos también con perros y expulsarnos con bosta de caballo, porque no solamente necesitamos del catecismo todos los días como del pan cotidiano, sino que lo precisamos a cada momento contra las diarias e incesantes tentaciones y asechanzas del diablo de mil artimañas.
[14] Si esto no nos basta para leer el catecismo todos los días, habría de obligamos suficientemente el solo mandamiento de Dios quien nos ordena con severidad en el capítulo 6 del Deuteronomio: «Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos …» (Dt. 6:6–8). Sin duda, no ordenará esto en vano ni lo exigirá con tanta rigurosidad, sino que, conociendo nuestros peligros y necesidades y, además, las furiosas e incesantes tentaciones y ataques de los diablos, quiere prevenimos, armamos y protegemos con buena «armadura» contra sus «dardos de fuego» (Ef. 6:11 y 16) y con buena medicina contra [15] su venenosa y maligna peste y el contagio.10 ¡Oh, qué dementes e insensatos necios somos! Siempre hemos de vivir o habitar entre semejantes enemigos poderosos, como son los diablos. Y, sin embargo, despreciamos nuestras armas y medios de defensa y somos perezosos para mirarlos y pensar en ellos.
¿Qué hacen esos santos hartados y presuntuosos? No quieren ni les [16] place leer y aprender el catecismo todos los días. ¿Creen ser más doctos que Dios mismo con todos sus santos ángeles, profetas, apóstoles y todos los cristianos? Porque, si Dios mismo no se avergüenza de instruirnos en ello diariamente, como si no supiera enseñar nada mejor y siempre nos alecciona de la misma manera en esto, sin exponer algo nuevo ni cosa distinta y todos los santos no saben nada mejor que aprenderlo—no obstante, no acabando jamás de adoctrinarse—si es así, ¿no somos personas verdaderamente egregias, si nos imaginamos saberlo todo después de leerlo y oírlo una sola vez, sin necesidad de seguir leyéndolo y aprendiéndolo? Nos parece que en una sola hora somos capaces de aprender a la perfección lo que Dios mismo jamás deja de enseñar, puesto que no cesa de enseñarlo desde el principio hasta el fin del mundo. Y todos los profetas con todos los santos tuvieron que aprender de ahí sin cesar y, no obstante, seguían siendo siempre discípulos y aún lo son.
Y esto es indubitable: Quien tiene un conocimiento cabal11 de los Diez [17] Mandamientos, ha de entender toda la Escritura para que en todos los asuntos y situaciones pueda aconsejar, ayudar, consolar, apreciar y juzgar tanto sobre cosas espirituales como seculares, y ser juez en lo que concierne a todas las doctrinas, a los estados, los espíritus, el derecho y lo que haya en el mundo.12 ¿No consiste todo el Salterio en reflexionar meramente y en ejercitarse [18] en el Primer Mandamiento? Estoy convencido de que esos haraganes y espíritus presuntuosos no entienden ni un solo salmo y menos aún toda la Sagrada Escritura. Sin embargo, pretender conocer el catecismo y lo menosprecian, el cual es en verdad el compendio y el resumen13 de toda la Sagrada Escritura.
Por lo tanto, vuelvo a rogar a todos los cristianos, sobre todo a los pastores [19] y predicadores, que no pretendan ser doctores demasiado temprano y no se imaginen conocerlo todo. (La presunción está destinada a achicarse, como se encoge el paño estirado.14) Más bien deben ejercitarse día tras día en él y practicarlo de continuo. Además, con todo cuidado y empeño han de precaverse de la ponzoñosa peste de tal seguridad o de semejantes maestros presumidos. Además, siempre continuarán leyendo, enseñando, aprendiendo, pensando y meditando y no cesarán hasta que se den cuenta y estén ciertos de haber aniquilado al diablo y de haber llegado a ser más doctos que Dios [20] mismo y todos sus santos. Si se empeñan de esta manera, les prometo que también ellos advertirán qué frutos lograrán y que Dios hará de ellos personas excelentes. Con el tiempo ellos mismos confesarán espontáneamente que cuanto más lugar y trabajo dedican al estudio del catecismo, tanto menos saben de él y tanto más tienen que aprender. Como a gente hambrienta y sedienta, les gustará entonces más que nunca lo que ahora por gran abundancia y hartazgo no pueden ver. ¡Qué Dios dé su gracia para ello! Amén.
2. El Libro de Concordia alemán de 1580 agrega después del título (Der grosse Katechismus deutsch Dokt. Mart. Luth.): «Eine christliche, heilsame und nötige Vorrede uns treue, ernstliche Vermahnung D. M. L. an alle Christen, sonderlich aber an alle Pfarrherrn un Prediger, dass sie sich täglich im Katechismo, so der ganzen heiligen Schrift eine kurze Summa und Auszug ist, wohl uben und den immer treiben sollen etc.» («Prefacio cristiano, provechoso y necesario, y exhortación sincera y encarecida del Dr. Martín Lutero a todos los cristianos, y en especial a todos los pastores y predicadores, a que se ejerciten exhaustiva y diariamente en el Catecismo, que es un breve resumen y extracto de toda la Sagrada Escritura, y que lo enseñen constantemente».) En aquella edición del Libro de Concordia, este prefacio mayor, que data del año 1530, sigue después del prefacio menor, de 1529, de acuerdo con el orden observado en el volumen IV de la edición alemana de Jena de la obras de Lutero (1556).
3. Säuhirten.
4. Hundeknechte.
5. Das sie meinen, langest an den Schuhen zurissen haben. Espresión proverbial que significa: «Haber superado ya en los años de la niñez».
6. Faule Wänste (vientres indolentes). Texto lat.: ignavos ventres.
7. I.e. estas partes del Catecismo.
8. Lutero cita a menudo la leyenda de Dietrich von Bern (cantar de gesta que tiene como figura central a Teodorico el Grande, rey ostrogodo) como ejemplo de mentiras y fábulas.
9. Die dem Teufel das gebrannte Leid antut; otra de las expresiones proverbiales de uso frecuente en las obras de Lutero. El sigificado original es: Causarle a uno un grave daño mediante incendio intencionado.
10. En el original: Geschmeiss un Eingeben. BSLK (p. 551, nota 3): Ansteckung und Vergiftung («Infección y envenenamiento»). W. Metzger, Ed. de Calw: Eingebung.
11. Wer die zehen Gebot wohl uns gar kann. W. Metzger lo interpreta así: Wer die Zehn Gebote recht und ganz verstehen will («El que quiera comprender los Diez Mandamientos correcta y cabalmente»). Calwer Luther-Ausgabe, vol. I, 1964, p. 15.
12. Erdmann Schott (Rechtfertigung und Zehn Gobote nach Luther, serie I, cuaderno 44 de Arbeiten zur Theologie, editadas por Theodor Schlatter, con Alfred Jepsen y Otto Michel, Stuttgart, 1971, p. 25) observa que semejante manifestación de estima por los Diez Mandamientos aparece no pocas veces en los escritos de Lutero, y menciona lo que éste escribió en 1530, desde el castillo de Coburgo, a Justus Jonas (WA, Cartas, 5,409, 26): Ego hicfactus sum novus discipulus decalogi, ilium iam repueras cens ad verbum edisco, et video verum esse, quad sapientiae eius non est numerus … («Aquí me hice nuevamente alumno del Decálogo; volviendo a la niñez, lo aprendo de memoria palabra por palabra, y me doy cuenta de que en verdad es una fuente inagotable de sabiduría»).
13. En el original: kurzer Auszug uns Abschrift. En el alemán moderno, Abschrift es «copia». Pero aquí tiene el significado de «compendio». Así lo entiende también W. Metzger, op. cit., p. 16.—Texto latino:… qui totius scripturae quasi quoddam compendium est brevemque illius atque summariam descriptionem continet («que es una especie de compendio de la Escritura entera, y contiene una breve y sumaria descripción de la misma»).
14. Es gehet an Dünken und gespannen Tuch viel ab, expresión proverbial cuyo sentido es: Así como una pieza de género encoge con el lavado, así los planes de los hombres sufren mengua al ser ejecutados.