Libro de Concordia
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La Fórmula de Concordia, Declaración Sólida Índice
La Fórmula de Concordia, Declaración Sólida

VIII. La Persona de Cristo

[1] Entre los teólogos que se adhirieron a la Confesión de Augsburgo surgió también una disensión acerca de la persona de Cristo. Sin embargo, en realidad no fueron ellos los que iniciaron esa controversia, sino que la misma tuvo su origen entre los sacramentarios.288

[2] En efecto: Después que el Dr. Lutero había reafirmado, en contra de lo que sostenían los sacramentarios, la presencia real y esencial del cuerpo y de la sangre de Cristo en la santa cena, aportando para ello sólidos argumentos basados en las palabras con que el Señor la instituyó, los zuinglianos le objetaron: Si en la santa cena, el cuerpo de Cristo está presente simultáneamente en el cielo y en la tierra, no puede ser un cuerpo humano real y verdadero; pues tal majestad, decían, es propia de Dios solamente; al cuerpo de Cristo le falta la capacidad para ello.

El Dr. Lutero rechazó esta objeción y la refutó en forma terminante, [3] como lo evidencian sus escritos didácticos y polémicos,289 a los cuales, al igual que a sus escritos doctrinales, damos aquí nuestra aprobación pública. No obstante, después de la muerte de Lutero, algunos teólogos de confesión [4] augsburguiana, si bien aún no querían dar el paso de declararse abierta y expresamente de acuerdo con lo que los sacramintarios enseñaban en cuanto a la santa cena del Señor, sin embargo adujeron y usaron los mismos argumentos básicos respecto de la persona de Cristo con que los sacramentarios intentaron remover de la cena del Señor la presencia real y esencial de Cristo, a saber: Que a la naturaleza humana en la persona de Cristo no se le debía atribuir nada que sobrepasara sus propiedades naturales y esenciales, o que fuera contrario a ellas. Además de esto, achacaron a la doctrina del Dr. Lutero y a todos los que se adhieren a ella como expresión fiel de la palabra de Dios, la casi totalidad de las monstruosas herejías de antaño.

Con el objeto de aclarar esta disensión de una manera cristiana, conforme [5] a la palabra de Dios, y guiándonos por el Credo Apostólico, y para zanjarla completamente, por la gracia de Dios, expondremos a continuación nuestra unánime enseñanza, fe y confesión:

1. Creemos, enseñamos y confesamos que si bien el Hijo de Dios ha [6] sido desde la eternidad una persona divina particular, distinta e íntegra, y por ende Dios verdadero, esencial y perfecto junto con el Padre y el Espíritu Santo; no obstante, cuando vino el cumplimiento del tiempo, asumió también la naturaleza humana en la unidad de su persona, no de manera que ahora existieran dos personas o dos Cristos, sino de manera tal que Cristo Jesús es ahora, en una sola persona y simultáneamente, verdadero y eterno Dios, engendrado del Padre en la eternidad, y verdadero hombre, nacido de la muy bendita virgen María, como está escrito en Romanos 9:5: «De los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos».290

[7] 2. Creemos, enseñamos y confesamos que en esta única e indivisa persona de Cristo hay ahora dos naturalezas distintas, a saber: La naturaleza divina, que existe desde la eternidad, y la naturaleza humana, que fue asumida en el tiempo en la unidad de la persona del Hijo de Dios. Estas dos naturalezas en la persona de Cristo jamás se separan una de otra ni se mezclan una con otra, ni tampoco se transmutan la una en la otra, sino que por toda la eternidad, cada una permanece con su naturaleza y esencia dentro de la persona de Cristo.

[8] 3. Creemos, enseñamos y confesamos además que las dos naturalezas mencionadas subsisten sin mezclarse y sin abolirse mutuamente, cada una en su naturaleza y esencia, de modo que cada una de ellas retiene sus propiedades naturales y esenciales y no las depone por toda la eternidad; ni tampoco las propiedades esenciales de la una naturaleza se convertirán jamás en propiedades esenciales de la otra.

[9] 4. Asimismo creemos, enseñamos y confesamos que las siguientes propiedades: El ser todopoderoso, eterno, infinito, ubicuo; el estar presente por sí mismo naturalemente, es decir, según las propiedades de la naturaleza y su esencia natural, y el saber todas las cosas: Que éstas son propiedades esenciales de la naturaleza divina, que no llegarán a ser por siempre jamás propiedades esenciales de la naturaleza humana;

[10] 5. Y que por otra parte: El ser una criatura corporal, el ser carne y sangre, finito y circunscrito, padecer, morir, ascender y descender, desplazarse de un lugar a otro, padecer hambre, sed, frío, calor y cosas semejantes, son propiedades de la naturaleza humana, que jamás se hacen propiedades de la naturaleza divina.

[11] 6. También creemos, enseñamos y confesamos que una vez ocurrida la encamación, no es que cada naturaleza en Cristo subsista por sí misma de suerte que cada una sea o constituya una persona por separado, sino que están unidas de un modo tal que forman una persona sola en la cual existen y subsisten simultánea y personalmente tanto la naturaleza divina como la asumida naturaleza humana. Esto quiere decir que ahora, después de la encarnación, pertenecen a la persona íntegra de Cristo no sólo su naturaleza divina, sino también la naturaleza humana que él asumió; y quiere decir además que así como la persona de Cristo o del Hijo de Dios encarnado, es decir, la persona del Hijo de Dios que asumió la carne y se hizo hombre–así como esta persona no es completa sin su divinidad, así tampoco lo es sin su humanidad. Por lo tanto, Cristo no está constituido por dos personas distintas, sino que es una persona sola, no obstante el hecho de que en él se encuentren dos naturalezas distintas, no mezcladas en su esencia y propiedades naturales.

7. Igualmente creemos, enseñamos y confesamos que la naturaleza [12] humana que Cristo asumió no sólo posee y retiene sus propiedades naturales y esenciales, sino que más allá de ello, en virtud de la unión personal con la divinidad, luego mediante la glorificación, ha sido exaltada a la diestra de la majestad, poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero. (Cf. Ef. 1:21.)

8. A propósito de la majestad a la cual Cristo ha sido exaltado según su [13] humanidad: Tal exaltación y majestad la recibió no a partir de su resurrección de entre los muertos y ascensión al cielo, sino en el instante en que fue concebido en el seno materno y hecho hombre, o sea, cuando se produjo la unión personal entre la naturaleza divina y la humana.

9. Sin embargo, dicha unión personal no debe entenderse en el sentido [14] como la malinterpretan algunos,291 a saber, que la unión de las dos naturalezas, la divina y la humana, es como la de dos tablas unidas con cola, de modo que realiter, es decir, de hecho y en verdad, no existe absolutamente ninguna comunión entre ellas.292 Pues éste ha sido el error y la herejía de Nestorio y de [15] Pablo de Samosata,293 los cuales, como lo atestiguan Suidas y Teodoro, presbítero de Rhaitu,294 enseñaron y sostuvieron que las dos naturalezas no tienen ninguna clase de comunión entre sí. Con esto se separa la una naturaleza de la otra y se crean dos Cristos, de manera que Cristo es uno, y el Verbo de Dios que habita en Cristo, es otro.

[16] Así, en efecto, escribe el presbítero295 Teodoro: «En los mismos tiempos en que vivió también el hereje Manes, un tal Pablo, oriundo de Samosata, pero a la sazón obispo de Antioquía en Siria, enseñó que el Señor Cristo no era más que un mero hombre en el cual habitaba Dios el Verbo tal como lo hacía en cualquiera de los profetas—lo cual es una enseñanza del todo impía. Consecuentemente, aquel obispo Pablo sostenía también que la naturaleza divina y la humana están separadas y apartadas una de otra, y que no tienen intercomunión alguna en Cristo, tal como si Cristo fuese uno, y Dios el Verbo que habita en él, fuese otro».296

[17] En contra de esta herejía condenada, la iglesia cristiana ha creído y sostenido con toda sencillez, siempre y en todo tiempo, que la unión de la naturaleza divina y la humana en la persona de Cristo es de índole tal que ambas tienen una comunión verdadera entre sí, a raíz de la cual las dos naturalezas se mezclan297 no en una esencia sino (como escribe298 el Dr. Lutero) [18] en una persona. En atención a esta unión y comunión personal, los antiguos doctores de la iglesia, tanto antes del Concilio de Calcedonia como también después del mismo, han hecho uso frecuente del término «mezcla», en buen sentido y con diferenciación correcta. Si fuere necesario, se pueden aducir en prueba de ello muchos testimonios de los Padres, que figuran también profusamente en los escritos de los autores nuestros. En dichos testimonios se explica la unión y comunión personal mediante la ilustración del cuerpo [19] y del alma y de un hierro candente. Pues el cuerpo y el alma, al igual que el fuego y el hierro, tienen entre sí una comunión no como un modo de hablar, o de palabra, sino de hecho y en verdad. Y sin embargo, con esto no se introduce una mezcla o igualación de las naturalezas, como cuando de agua y miel se hace hidromel que ya no es agua y miel por separado sino una bebida mezclada; con tales procesos, la comunión de la naturaleza divina y la humana en la persona de Cristo no tiene parecido alguno.

Pues la unión y comunión entre la naturaleza divina y la humana en la persona de Cristo es una unión y comunión muy diferente, mucho más sublime, y enteramente inefable. A causa de esta unión y comunión, Dios es hombre, y el hombre es Dios, sin que por ello resulten mezcladas ni las dos naturalezas ni sus propiedades, sino que cada una retiene su esencia y sus propiedades.

A esta unión personal, que no puede ser concebida ni existir sin aquella [20] comunión verdadera de las dos naturalezas, se debe el hecho de que la que padeció por los pecados de todo el mundo no fue la mera naturaleza humana, a la cual le es propio el padecer y morir, sino que fue verdaderamente el Hijo de Dios mismo, si bien según su asumida naturaleza humana, quien padeció y quien (como lo confesamos en el Credo Apostólico) murió verdaderamente, aunque la naturaleza divina no puede padecer ni morir. Así lo explicó en [21] forma detallada el Dr. Lutero en su «Confesión Mayor Acerca de la Santa Cena» refutando la blasfema alloeosis de Zuinglio, quien había enseñado que una naturaleza debe tomarse y entenderse por la otra, enseñanza que Lutero condenó a lo más hondo del infierno por tratarse de un artificio del diablo.299

Es por esta razón que los antiguos doctores de la iglesia, a los efectos [22] de aclarar este misterio, combinaron los dos términos, «comunión» y «unión», y explicaron lo uno por medio de lo otro. Ireneo, Libro 4, cap. 3; Atanasio, en su Carta a Epicteto; Hilario, Sobre la Trinidad, libro 9; Basilio y Gregorio de Nisa, en Teodoreto; Juan Damasceno, Libro III, cap. 19.

A base de esta unión y comunión de la naturaleza divina y la humana [23] en Cristo confesamos, enseñamos y creemos también, conforme al Credo Apostólico, lo que se dice respecto de la majestad que posee Cristo a la diestra del omnipotente poder de Dios,300 y que es inherente a dicha majestad, todo lo cual no existiría ni podría existir si a su vez esa unión y comunión de las naturalezas en la persona de Cristo no existiera de hecho y en verdad.

Y es por causa de esta unión y comunión de las naturalezas que la muy [24] bendita virgen María dio a luz no a un mero hombre, sino a un hombre tal que es verdaderamente el Hijo del Dios altísimo, según el testimonio dado por el ángel. Este Hijo de Dios manifestó su majestad divina incluso en el seno de su madre, al nacer de una virgen sin que por ello quedara violada la virginidad de la misma,301 por lo cual María es verdaderamente la madre de Dios,302 y no obstante permaneció virgen.

[25] En virtud de aquella unión y comunión de las naturalezas, Cristo obró también todos sus milagros y manifestó esa su majestad divina según su beneplácito, cuándo y como quería, y por ende no sólo después de su resurrección y ascensión al cielo, sino aun en su estado de humillación, como por ejemplo en las bodas en Caná de Galilea (Jn. 2:1–11), y a los doce años de edad en medio de los doctores de la ley (Lc. 2:41–52); igualmente, en el huerto donde con una sola palabra hizo caer a tierra a sus adversarios (Jn. 18:6), lo mismo que en su muerte, pues no simplemente murió como otro hombre cualquiera, sino que con su muerte y en ella derrotó al pecado, a la muerte, al diablo, al infierno y a la condenación eterna, cosa que la naturaleza humana sola no habría sido capaz de hacer si no hubiera tenido esa unión y comunión personal con la naturaleza divina.

[26] De ahí le viene también a la naturaleza humana, después de la resurrección de entre los muertos, esa exaltación por sobre todo lo creado en el cielo y en la tierra, la cual no es otra cosa que esto: Que Cristo depuso totalmente la forma de siervo, sin deponer, no obstante, su naturaleza humana, la cual él retiene por toda la eternidad; y que además fue puesto en posesión y uso plenos de la majestad divina según la naturaleza humana que asumió, majestad que sin embargo poseía ya en el mismo instante de su concepción en el seno materno, despojándose empero de la misma según el testimonio del apóstol (Fil. 2:7), y, como expone el Dr. Lutero,303 manteniéndola oculta en su estado de humillación, usándola no en todo momento sino solamente [27] cuando quería. Mas ahora, después de haber ascendido al cielo, no simplemente como otro santo cualquiera, sino por encima de todos los cielos para llenarlo todo en forma verdadera, como lo atestigua el apóstol (Ef. 4:10)— ahora él gobierna también, presente en todas partes, no sólo como Dios sino también como hombre, de un mar al otro y hasta los confines de la tierra, como lo predijeron los profetas y lo atestiguan los apóstoles (Sal. 8:1, 6; 93:1; Zac. 9:10), quienes declaran que el Señor les ayudó en todas partes confirmando la palabra de ellos con las señales que la seguían (Mr. 16:20).

Esto no ocurrió empero como un modo de actuar terrenal, sino–y así [28] lo explicó el Dr. Lutero–como un modo de actuar de la diestra de Dios, que no es un lugar determinado en el cielo, como alegan los sacramintarios sin poder aducir para ello ninguna prueba de la Sagrada Escritura; antes bien, no es otra cosa que el poder omnipotente de Dios que llena el cielo y la tierra, poder en el cual Cristo fue instalado de hecho y en verdad, en cuanto a su humanidad, sin mezcla ni igualación de las dos naturalezas respecto de su esencia y de sus propiedades esenciales. En virtud de este poder que le fue [29] comunicado, según las palabras de su testamento, él puede estar y en efecto está verdaderamente presente con su cuerpo y sangre en la santa cena a la cual él nos remite, presencia que no es posible para hombre alguno, dado que ningún hombre fue unido de tal modo con la naturaleza divina ni instalado en tal omnipotente y divina majestad y poder mediante y en la unión personal de las dos naturalezas en Cristo, sino sola y únicamente Jesús, el Hijo de María, en el cual están unidas personalmente la naturaleza divina [30] con la humana, de modo que «en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col. 2:9). Ni tampoco puede hombre alguno tener en tal unión personal una tan sublime, íntima e inefable comunión, de la cual se asombran incluso los ángeles, quienes, como asevera San Pedro, anhelan mirarla con gozo y alegría (1 P. 1:12). En un párrafo ulterior se presentará de todo esto una aclaración por orden y algo más detallada.

De esta verdad fundamental que acabamos de mencionar al explicar la [31] unión personal, vale decir, de esta manera como están unidas en la persona de Cristo la naturaleza divina con la humana, de modo tal que no sólo comparten el nombre, sino que también tienen comunión entre sí, de hecho y en verdad, sin que una se mezcle con la otra ni se iguale en su esencia con la otra–de esta manera como están unidas en la persona de Cristo las dos naturalezas, emana también la doctrina de communicatione idiomatum, esto es, la doctrina acerca de la comunión verdadera de las propiedades de las dos naturalezas, como se expondrá con mayor amplitud en párrafos posteriores.

En efecto: Puesto que es un hecho indubitable que cada naturaleza [32] retiene las propiedades que le son esenciales, y que estas propiedades no son separadas de la naturaleza y volcadas en la otra naturaleza, como se vuelca agua de un recipiente en otro: Así tampoco podría existir ni subsistir comunión alguna de propiedades si no existiera verdaderamente la antes mencionada unión o comunión personal de las dos naturalezas en la persona de Cristo. Después del artículo de la Santa Trinidad304 es éste el más grande misterio en [33] el cielo y en la tierra, según las palabras de Pablo: «Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne» (1 Ti. 3:16). Y si el [34] apóstol Pedro por su parte testifica con palabras claras que también nosotros, en quienes habita Cristo solamente por su gracia, somos «participantes con Cristo de la naturaleza divina» (2 P. 1:4) por causa de aquel sublime misterio, ¿qué comunión con la naturaleza divina no habrá de ser aquella de que habla el apóstol diciendo que «en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col. 2:9) de modo que Dios y hombre son una sola persona?

[35] Es de suma importancia empero que a esta doctrina de la comunión de las propiedades, se la trate y explique con las diferenciaciones correspondientes, puesto que las propositiones o praedicationes, vale decir, los modos de hablar acerca de la persona de Cristo, sus naturalezas y propiedades, no son todos uniformes, y si se habla de ello en forma indiscriminada, la doctrina se toma confusa, y el lector simple fácilmente es inducido a error. Por esto conviene tomar buena nota de la siguiente exposición, que para facilitar el entendimiento puede resumirse en tres puntos principales.

[36] Primero: Consta que en Cristo existen y permanecen dos naturalezas distintas, no transmutadas ni mezcladas en cuanto a su esencia y propiedades naturales, y consta también, por otra parte, que ambas naturalezas conforman una sola persona. Por lo tanto, aquello que de hecho es propiedad de una sola naturaleza, no se atribuye a esta naturaleza sola, como por separado, sino a la persona íntegra, que es a la vez Dios y hombre (sea que se le llame Dios, u hombre).

[37] Pero de esta forma de hablar no se sigue que lo que se atribuye a la persona, sea al mismo tiempo propiedad de ambas naturalezas por igual, sino que se hace una aclaración discriminatoria en la que se explica según cuál de las naturalezas se atribuye a la persona una determinada propiedad. De ahí que se diga: «El Hijo de Dios nació de la simiente de David según la carne» (Ro. 1:3), y «Cristo fue muerto en la carne y ha padecido por nosotros en la [38] carne» (1P. 3:18 y 4:1). Mas como las palabras, en que se dice que lo que es propio de una de las dos naturalezas se atribuye a la persona entera, son usadas por los sacramentarios encubiertos y manifiestos para ocultar bajo ellas su pernicioso error consistente en que si bien nombran a la persona entera, no obstante entienden con ello una sola de las naturalezas con exclusión total de la otra, como si hubiera sido la mera naturaleza humana la que padeció por nosotros—tal como lo expuso el Dr. Lutero en su «Confesión mayor acerca de la santa cena» al referirse a al alloeosis de Zuinglio—citaremos a continuación las propias palabras del Dr. Lutero, a fin de que la iglesia de Dios quede preservada de la mejor manera posible de dicho error. Estas son sus palabras:305

[39] «Zuinglio llama alloeosis si se afirma de la divinidad de Cristo algo que corresponde a su naturaleza humana, o viceversa, por ejemplo, en el capítulo 24 de Lucas:306 ‘¿No era necesario que el Cristo padeciera, y que entrara en su gloria?’ Cuídate, cuídate, digo, de la alloeosis; es la máscara del diablo [40] porque construye finalmente un Cristo según el cual yo no quisiera ser un cristiano, es decir, que Cristo no es ni hace más con su pasión y vida que otro simple santo. Pues si creo que sólo la naturaleza humana ha padecido por mí, entonces Cristo es para mí un mal salvador que necesitaría él mismo también de un salvador. En breve, es indescriptible lo que el diablo busca con la alloeosis».

Y un poco más adelante:307 «Si la vieja bruja,308 doña Razón, la abuela [41] de la alloeosis, dijera que la divinidad no puede padecer ni morir, debes contestar: Es cierto; pero, sin embargo, por ser la divinidad y la humanidad en Cristo una sola persona, la Escritura a causa de tal unidad personal atribuye también a la divinidad todo lo que sucede a la humanidad, y viceversa. Y en realidad es así. En efecto, esto lo debes admitir: La persona (señalando a [42] Cristo) padece y muere. Ahora la persona es Dios verdadero, por ello es correcto decir: El Hijo de Dios padece. Aunque la una parte (por decir así) como divinidad no sufre, no obstante padece la persona que es Dios, en la otra parte, es decir, en la humanidad».

«En realidad el Hijo de Dios es crucificado por nosotros, es decir, la persona, que es Dios; pues ella, digo, ella, la persona, es crucificada según la humanidad». Y nuevamente, en uno de los párrafos siguientes:309 «Pues si [43] es que la alloeosis existe, como aduce Zuinglio, Cristo tendrá que ser dos personas, una divina y una humana, ya que los pasajes de la pasión los refiere solamente a la naturaleza humana excluyéndolos completamente de la divinidad. Donde las obras son divididas y separadas, también la persona ha de ser dividida, porque toda obra o pasión es atribuida no a las naturalezas sino a la persona. Es la persona que todo lo obra y sufre, una vez según esta naturaleza y la otra, según aquélla, cosas todas que las personas doctas bien las saben. Por consiguiente, consideramos a nuestro Señor Cristo como Dios y hombre en una persona: No mezclando las naturalezas y no dividiendo la persona».

En el mismo sentido se expresa el Dr. Lutero en su obra «Los Concilios [44] y la Iglesia»:310 «Esto hemos de saberlo los cristianos: Cuando Dios no está en la balanza para hacer peso, nos hundimos con nuestro platillo. Con esto quiero decir lo siguiente: Si no es verdad la afirmación de que Dios murió por nosotros, sino sólo un hombre, estamos perdidos. Mas si la muerte de Dios y ‘Dios sufrió la muerte’ está en el platillo, éste baja y nosotros subimos como un platillo liviano y vacío. Mas él puede volver a subir o saltar de su platillo. Pero no podría estar en el platillo a menos que se hiciera un hombre igual a nosotros, de modo que se pueda afirmar que Dios murió, y hablar de la pasión de Dios, su sangre y muerte. Pues Dios en su naturaleza no puede morir, pero estando unidos Dios y hombre en una sola persona, bien puede hablarse de la muerte de Dios cuando muere el hombre que con Dios es una [45] sola cosa o una persona». Hasta aquí llega la cita de Lutero. De ella se desprende que es un error decir o escribir que las locuciones precedentes (Dios padeció, Dios murió) sean simples palabras que no expresan una realidad concreta. Pues el Credo Apostólico que confesamos es prueba de que el Hijo de Dios, hecho hombre, padeció y murió por nosotros y nos redimió con su sangre.

[46] Segundo: En lo concerniente al ejercicio de su oficio por parte de Cristo, la verdad es la siguiente: La persona actúa y opera no en, con, mediante o según una naturaleza sola, sino en, según, con y mediante ambas naturalezas, o como lo expresa el Concilio de Calcedonia: Una naturaleza obra en comunión [47] con la otra lo que es propiedad individual de cada una.311 Consecuentemente, Cristo es nuestro Mediador, Redentor, Rey, Sumo Sacerdote, Cabeza, Pastor, etc., no según una naturaleza sola, ya sea la divina o la humana, sino según ambas naturalezas—doctrina ésta que se expone con más detalles en otro lugar.312

[48] Tercero: Un asunto muy distinto es, sin embargo, cuando se pregunta, habla o trata acerca de si entonces, las dos naturalezas unidas en la persona de Cristo no poseen algo diferente o algo más que sus propiedades naturales y esenciales únicamente; (pues que las poseen y las retienen, ya fue mencionado antes).

[49] Comencemos por la naturaleza divina de Cristo: Puesto que en Dios «no hay mudanza», como afirma Santiago (Stg. 1:17), nada se quitó ni se añadió a su naturaleza divina en cuanto a su esencia y propiedades mediante la encamación; a raíz de ésta, la naturaleza divina experimentó en sí o de por sí ni mengua ni aumento. Mas en lo tocante a la naturaleza humana asumida [50] en la persona de Cristo, hubo, sí, quienes313 querían argüir que ésta, aun en la unión personal con la divinidad, no posee nada diferente ni nada más que sus solas propiedades naturales y esenciales, por las cuales es igual en todo a sus hermanos; y que por tal razón, no se debe ni se puede atribuir a la naturaleza humana en Cristo nada que sea superior o contrario a sus propiedades naturales, pese a los testimonios en tal sentido que se hallan en la Escritura.

Sin embargo, la falsedad e incorrección de esta opinión314 resulta tan [51] evidente a base de lo que dice la palabra de Dios, que los mismos secuaces315 de quienes la sostuvieron, ahora censuran y rechazan este error. Pues tanto la Sagrada Escritura como los antiguos Padres, basándose en ella, atestiguan en forma incontrastable que la naturaleza humana en Cristo, a causa y por el hecho de haber sido unida personalmente con la naturaleza divina de Cristo, y glorificada y exaltada a la diestra de la majestad y el poder de Dios una vez depuestos su forma de siervo y su estado de humillación, recibió también ciertas prerrogativas y excelencias adicionales, y que sobrepasaban sus propiedades naturales, esenciales y permanentes, a saber: Prerrogativas y excelencias especiales, sublimes, grandes, sobrenaturales, inescrutables y celestiales de majestad, gloria, poder y señorío sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo sino también en el venidero (Ef. 1:21). De ahí resulta que en el ejercicio del oficio de Cristo, la naturaleza humana en Cristo es usada juntamente con la divina, en su medida y a su manera, teniendo también su poder y eficacia, no sólo a base de y conforme a sus propiedades naturales y esenciales o sólo hasta donde alcanza la capacidad de las mismas, sino ante todo a base de y conforme a la majestad, gloria, poder y señorío que recibió por medio de la unión, glorificación y exaltación personales. Y [52] todo esto, hoy día ni siquiera los adversarios pueden o deben negarlo. Lo único que les queda es entregarse a discusiones y contiendas afirmando que no se trata más que de dones creados o propiedades finitas como en el caso de los santos, que la naturaleza humana en Cristo recibió como donación y adorno. Además, partiendo de sus propios pensamientos y empleando sus propios razonamientos y demostraciones, intentan medir y calcular de qué puede o debe ser capaz o incapaz la naturaleza humana en Cristo sin quedar aniquilada.

Pero la mejor, más acertada y más segura vía a seguir en esta controversia [53] es admitir lo siguiente: Nadie puede saber mejor o más a fondo que el Señor Cristo mismo qué es lo que Cristo recibió, según la asumida naturaleza humana, por medio de la unión, glorificación y exaltación personales, ni de qué es capaz su asumida naturaleza humana más allá de las propiedades naturales de la misma, y sin quedar aniquilada. El mismo Cristo empero nos lo ha revelado en su palabra hasta donde nos es necesario saberlo en esta vida. Aquello, pues, para lo cual la Escritura nos da testimonios claros y seguros respecto del caso que nos ocupa, hemos de creerlo con toda sencillez y de ningún modo presentar argumentos en contra, como si la naturaleza humana en Cristo no fuese capaz de ello.

[54] Ahora bien: Es correcto y cierto lo que se dice con respecto a los dones creados que fueron dados y comunicados a la naturaleza humana en Cristo, a saber: Que la naturaleza humana posee estos dones en sí o de por sí. Sin embargo, dichos dones aún no alcanzan para explicar y obtener la majestad que la Escritura, y los antiguos Padres que se basaron en la Escritura, atribuyen a la naturaleza humana asumida en la persona de Cristo.

[55] En efecto: Dar vida, tener toda potestad para juzgar y gobernar en el cielo y en la tierra, tenerlo todo en sus manos, tenerlo todo sometido bajo sus pies, limpiar de pecados, etc., no son dones creados, sino propiedades divinas, infinitas, que no obstante fueron dadas y comunicadas al hombre Cristo, según declaraciones de la Escritura316 (Jn. 5:21, 27; 6:39–40; Mt. 28:18; Dn. 7:14; Jn. 3:13, 35; 13:3; Mt. 11:27; Ef. 1:22; He. 2:8; 1 Co. 15:27; Jn. 1:3, 10).

[56] Y que tales declaraciones han de entenderse no como una frase o modo de hablar, es decir, como meras palabras, aplicables a la persona de Cristo según la naturaleza divina solamente, sino según la naturaleza humana que asumió, lo comprueban los tres argumentos y razones concluyentes e irrefutables que siguen a continuación.

[57] 1. En primer lugar, es una regla aceptada unánimemente por la antigua iglesia ortodoxa entera que lo que Cristo recibió en el tiempo, lo recibió— así lo atestigua la Sagrada Escritura—no según la naturaleza divina (pues según ésta, lo posee todo desde la eternidad), sino que la persona lo recibió en el tiempo según la naturaleza humana que asumió.

2. En segundo lugar, la Escritura afirma claramente (Jn. 5:21, 27; 6:39–40), [58] que el poder de dar vida y la autoridad de hacer juicio, le fueron dados a Cristo por cuanto es el Hijo del Hombre y en cuanto tiene carne y sangre.

3. En tercer lugar, la Escritura no habla sólo en términos generales de [59] la persona del Hijo del Hombre, sino que apunta expresamente a la naturaleza humana que asumió al decir en 1 Jn. 1:7 que «la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado», no sólo a raíz del mérito obtenido por una vez en la cruz, sino que en el pasaje mencionado, Juan habla de que en la obra o el proceso de la justificación, nos limpia de todos los pecados no sólo la naturaleza divina en Cristo sino también su sangre de un modo eficaz, es decir, efectivamente. Asimismo, según Jn. 6:48–58, la carne de Cristo es una comida que confiere vida, declaración que a su vez llevó al Concilio de Éfeso a la conclusión de que la carne de Cristo tiene el poder de dar vida. Respecto de este artículo hay muchos excelentes testimonios más de la antigua iglesia ortodoxa, citados en otras partes por los autores nuestros.317

Es nuestro deber y obligación, pues, creer a base de la Escritura que [60] Cristo recibió este poder de dar vida según su naturaleza humana, y que a esa naturaleza humana asumida en Cristo le fue dado y comunicado tal poder. Pero como ya se dijo antes: Por cuanto las dos naturalezas en Cristo están unidas de modo tal que la una no está mezclada con la otra ni transmutada en la otra, y que además, cada una retiene sus propiedades naturales y esenciales de manera que las propiedades de una naturaleza jamás llegan a ser las de la otra: Siendo esto así, es preciso también aclarar esta doctrina en forma correcta y resguardarla diligentemente contra todo tipo de herejías.

Pues bien: En esta materia no ideamos nada nuevo por cuenta propia, [61] sino que aceptamos y reiteramos las declaraciones hechas por la antigua iglesia ortodoxa, basadas sólidamente en la Escritura,318 a saber: Verdad es que aquel poder, vida, señorío, majestad y gloria divinos fueron conferidos a la naturaleza humana asumida en Cristo. Mas no le fueron conferidas a la manera como desde la eternidad el Padre comunicó al Hijo según su naturaleza divina su esencia y todas las propiedades divinas, por lo cual el Hijo es de una misma esencia con el Padre e igual a Dios (pues Cristo es igual al Padre sólo según la naturaleza divina; según la asumida naturaleza humana es menor que el Padre, de lo cual resulta evidente que nosotros no hacemos ninguna mezcla, igualación o abolición de las naturalezas en Cristo). Igualmente, tampoco el poder de dar vida está en la carne de Cristo del mismo modo como está en su naturaleza divina, a saber, como una propiedad esencial.

[62] Esa comunión o participación tampoco se produjo en forma tal que las propiedades esenciales o naturales de la naturaleza divina hayan sido infun-didas en la naturaleza humana, lo que significaría que la humanidad de Cristo ahora posee tales propiedades por sí misma y separadas de la esencia divina, o que a raíz de ello la naturaleza humana en Cristo depuso del todo sus propiedades naturales y esenciales y se convirtió ahora en la divinidad o llegó a ser en y de por sí, y gracias a aquellas propiedades comunicadas, igual a la divinidad; o que ahora, las propiedades y operaciones naturales y esenciales de ambas naturalezas son del mismo tipo, o incluso iguales. Pues estas enseñanzas erróneas y otras similares a ellas han sido rechazadas y condenadas con justa razón, a base de las declaraciones de la Escritura, por los antiguos Concilios reconocidos. De ningún modo debe sostenerse (lat. hacerse) o admitirse conversión ni mezcla ni igualación alguna de las naturalezas en Cristo o de las propiedades esenciales de las mismas.

[63] Asimismo, las palabras «comunicación o comunión que ocurre de hecho y en verdad», jamás la entendimos como referencia a ningún tipo de comunión o transfusión en cuanto a esencia y naturaleza, que diera por resultado una mezcla de las naturalezas en su esencia y en las propiedades esenciales de las mismas –en efecto, hubo quienes tergiversaron estas palabras y expresiones artera y maliciosamente, y en contra de su propio saber y entender, con el propósito de hacer aparecer como sospechosa a la doctrina correcta. Lo único que hicimos fue oponer aquellas expresiones a la enseñanza de personas que alegaban que la comunión de las propiedades no es más que meras palabras, títulos y nombres, en lo cual insistieron con tal tenacidad que no querían admitir ningún otro tipo de comunión. En contra de esto, y para explicar correctamente la majestad de Cristo, es que hemos usado estos términos para indicar que esta comunión ocurrió de hecho y en verdad, pero sin ninguna mezcla de las naturalezas y sus propiedades esenciales.

[64] Sostenemos, pues, y enseñamos, junto con la antigua iglesia ortodoxa y de acuerdo con la manera como ésta explicó dicha doctrina a base de la Escritura, que la naturaleza humana en Cristo recibió aquella majestad por vía de la unión personal, a saber, por cuanto «en Cristo habita toda la plenitud de la Deidad» (Col. 2:9), no como en otros hombres santos o en los ángeles, sino «corporalmente», como en su propio cuerpo, de modo que brilla con toda su majestad, poder, gloria y eficacia en la asumida naturaleza humana, espontáneamente, cuándo y como Cristo quiere, ejerciendo, mostrando y ejecutando en, con y mediante ella su poder, gloria y eficacia como el alma en el cuerpo y el fuego en un hierro candente (pues de tales ilustraciones319 se valió la iglesia antigua entera para aclarar esta doctrina, como ya se puntualizó anteriormente). En el tiempo de la humillación, esto fue en su mayor parte [65] ocultado y contenido. Ahora en cambio, depuesta ya la forma de siervo, ocurre plena, poderosa y públicamente ante todos los santos en el cielo y en la tierra; y en la otra vida, también nosotros veremos su gloria cara a cara (Jn. 17:24).

Por consiguiente, en Cristo hay y permanece una única omnipotencia, [66] poder, majestad y gloria que es propia de la naturaleza divina solamente, pero que brilla, es ejercida y mostrada en forma plena pero espontánea en, con y mediante la naturaleza humana exaltada que Cristo asumió. Es como en el caso del hierro candente: Allí no hay dos fuerzas distintas, una para brillar y otra para arder, sino que la fuerza tanto para brillar como para arder es la propiedad del fuego. Pero como el fuego está unido con el hierro, su fuerza para brillar y arder la ejerce y la muestra en, con y mediante el hierro candente, de modo que de ahí y por medio de esa unión también el hierro candente posee la fuerza para brillar y para arder, sin mutación de la esencia y de las propiedades naturales del fuego y del hierro.320

Por eso, aquellos testimonios de la Escritura que hablan de la majestad [67] a que fue exaltada la naturaleza humana en Cristo los entendemos no en el sentido de que esa majestad divina, que es propia de la naturaleza divina del Hijo de Dios, haya que atribuírsela a Cristo, en la persona del Hijo del Hombre, simple y solamente según su naturaleza divina; o que esa majestad en la naturaleza humana de Cristo haya de ser de índole tal que la naturaleza humana de Cristo posee de ella el mero título y nombre de palabra solamente, mas sin tener de hecho y en verdad comunión alguna con ella. Pues de esta [68] manera (dado que Dios es una esencia espiritual indivisible y por ende, presente en todas partes y en todas las criaturas; y en las que está presente, particularmente empero en los creyentes y en los santos en quienes habita, allí tiene también consigo y junto a sí aquella su majestad)—de esta manera se podría decir también con justa razón que en todas las criaturas y santos en quienes Dios habita, «habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente» (Col. 2:9), «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col. 2:3), y «les es dada toda potestad en el cielo y en la tierra» (Mt. 28:18) por el hecho de que les es dado el Espíritu Santo que tiene toda [69] potestad. De este modo no se haría entonces ninguna diferencia entre Cristo según su naturaleza humana y otros hombres santos, con lo que Cristo quedaría despojado de su majestad que él recibió como hombre o según su naturaleza [70] humana, a diferencia de todas las demás criaturas. En efecto: Ninguna otra criatura, sea hombre o ángel, puede o debe decir: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mt. 28:18), pese a que Dios está presente en los santos con «toda la plenitud de la Deidad» que tiene consigo en todas partes, ya que no habita «corporalmente» (Col. 2:9) en ellos ni está unido personalmente con ellos como lo está en Cristo. Pues esta unión personal es la causa por qué Cristo dice también según su naturaleza humana (Mt. 28:18): «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra». Otros pasajes similares son: «Sabiendo Cristo que el Padre le había dado todas las cosas en su mano» (Jn. 13:3); «En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col. 2:9); «Le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él» (He. 2:7–8), «Excepto aquel que sujetó a él todas las cosas» (1 Co. 15:27).

[71] Sin embargo, en modo alguno creemos, enseñamos y confesamos un derramamiento de la majestad de Dios y de todas las propiedades de esa majestad sobre la naturaleza humana de Cristo que implique un debilitamiento de la naturaleza divina, o que signifique que la naturaleza divina transfiere algo de lo suyo a otro sin retenerlo para sí, o que la naturaleza humana haya recibido en su substancia y esencia una majestad igual, pero separada de la naturaleza y esencia del Hijo de Dios, o distinta, como cuando se transvasa agua, vino o aceite de un recipiente a otro. Pues la naturaleza humana no es capaz, así como tampoco lo es ninguna otra criatura ni en el cielo ni en la tierra, de ser investida de la omnipotencia de Dios hasta el punto de convertirse a su vez en una esencia omnipotente o de poseer en y de por sí propiedades omnipotentes; porque esto sería negar la naturaleza humana en Cristo y transmutarla enteramente en la divinidad, cosa que es contraria a nuestra fe cristiana así como también a lo que enseñaron todos los profetas y apóstoles.

[72] En cambio creemos, enseñamos y confesamos que cuando Dios Padre dio su Espíritu a Cristo, su Hijo amado, según la asumida naturaleza humana (por lo cual se lo llama también el Mesías, el Ungido) éste no recibió dicho Espíritu en la medida en que los demás santos recibieron los dones espirituales. Pues sobre Cristo el Señor reposa, según la naturaleza humana que asumió (ya que según la divinidad él es coesencial con el Espíritu Santo), «el Espíritu de sabiduría y de inteligencia, de consejo y de poder y de conocimiento» (Is. [73] 11:2, comp. 61:1). De ese «reposar» no resulta empero que Cristo, como hombre, sepa y sea capaz de hacer sólo algunas cosas, como saben y son capaces de hacer algunas cosas otros santos por virtud del Espíritu de Dios que obra en ellos sólo dones creados. Antes bien: Por cuanto Cristo es, según su divinidad, la Segunda Persona de la Santa Trinidad; y por cuanto de él no menos que del Padre procede el Espíritu Santo, el cual por ende es y permanece el propio Espíritu de Cristo y del Padre por toda la eternidad, jamás separado del Hijo de Dios: Por tanto, a Cristo le fue comunicada, según la carne que está unida personalmente con el Hijo de Dios, toda la plenitud del Espíritu (como dicen los Padres) por medio de aquella unión personal. Esta plenitud [74] del Espíritu se muestra y actúa, espontáneamente, con todas las fuerzas que le son inherentes, en y mediante el hecho de que Cristo no sólo sabe algunas cosas y otras no, y que es capaz de hacer algunas cosas y otras no, sino que lo sabe y lo puede hacer todo.

Y esto porque el Padre derramó sobre él sin medida el Espíritu de sabiduría y de poder, de modo que Cristo recibió como hombre, a raíz de aquella unión personal, toda inteligencia y toda potestad, de hecho y en verdad. De ahí que «en él estén escondidos todos los tesoros de la sabiduría» (Col. 2:3), de ahí también que «le haya sido dada toda potestad» (Mt. 28:18) y que «se le haya sentado a la diestra de la majestad» y del poder de Dios (He. 1:3). Por otra parte, las historias dan cuenta de que en tiempos del emperador [75] Valente hubo entre los arríanos una secta particular llamada Agnoetas, por la doctrina que habían inventado de que el Hijo, el Verbo del Padre, por cierto lo sabe todo, pero que la naturaleza humana por él asumida ignora muchas cosas. Contra esta herejía se dirigió también Gregorio Magno321 en alguno de sus escritos.

A causa de esta unión personal y la consiguiente comunión que de hecho [76] y en verdad tienen entre sí la naturaleza divina y la humana en la persona de Cristo, se le atribuye a Cristo según la carne algo que su carne de por sí no puede ser según su naturaleza y esencia, y tampoco puede poseer aparte de esa unión, a saber: Que su carne y su sangre son verdaderamente una comida y una bebida que dan vida, como lo atestiguaron los 200 Padres reunidos en el Concilio de Éfeso que la carne de Cristo es una carne vivificadora. De ahí que este hombre sólo, y fuera de él ningún otro ni en el cielo ni en la tierra, pueda decir en verdad: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18:20) y «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt. 28:20).

Y estos testimonios tampoco los entendemos en el sentido de que en [77] nuestra iglesia y congregación cristiana esté presente únicamente la divinidad de Cristo, y que tal presencia no tenga nada que ver con Cristo según su humanidad, porque entonces, de tener algo que ver, también Pedro, Pablo y todos los santos del cielo estarían con nosotros en la tierra, dado que en ellos habita la Deidad que está presente en todas partes—pese a que esta presencia, la Escritura la atestigua en el solo caso de Cristo, y de ningún otro hombre [78] más. Lo que sí creemos y sostenemos es que con estas antes citadas palabras de la Escritura se hace una declaración respecto de la majestad del hombre Cristo que él recibió a la diestra de la majestad y el poder de Dios según su humanidad, a saber, que también según su asumida naturaleza humana, y con ella, Cristo puede estar y en efecto está presente donde le plazca,322 y ante todo, que él está presente con su iglesia y congregación en la tierra como su Mediador, Cabeza, Rey y Sumo Sacerdote, presente no a medias ni medio Cristo solamente, sino su persona entera, a la cual pertenecen ambas naturalezas, la divina y la humana, y presente no sólo según su divinidad sino también según y con su asumida humanidad en virtud de la cual él es nuestro [79] hermano, y nosotros, carne de su carne y hueso de sus huesos.323 Para esto instituyó también su santa cena: Para darnos la plena seguridad y certeza de que quiere estar con nosotros, habitar en nosotros, obrar y ser eficaz entre nosotros también según la naturaleza conforme a la cual él tiene carne y sangre.324

[80] Sobre este sólido fundamento se basó también el Dr. Lutero, de feliz memoria, en lo que escribió acerca de la majestad de Cristo según su naturaleza humana.

[81] En la «Confesión Mayor Acerca de la Santa Cena de Cristo» se expresa así en cuanto a la persona de Cristo:325 «Empero ya que es un hombre tal que sobrenaturalmente es una persona con Dios y que fuera de este hombre no hay Dios, tiene que deducirse que también de acuerdo con el tercer modo sobrenatural, él está y puede estar en todos los lugares donde está Dios, y que todo enteramente está lleno de Cristo también por su naturaleza humana, no de acuerdo con el primer modo corporal y palpable sino según el modo sobrenatural y divino. En efecto, aquí debes tomar una posición firme y decir [82] que Cristo según su divinidad, dondequiera que esté, es una persona natural y divina y se encuentra ahí también de un modo natural y personal, como lo demuestra en forma concluyente su concepción en el seno de su madre. Si debía ser Hijo de Dios, tenía que estar en forma natural y personal en el seno materno y hacerse hombre. Si está de un modo natural y personal dondequiera que esté, tendrá que ser allí también hombre, puesto que no hay dos personas divididas sino una sola persona. Dondequiera que esté, es la persona singular e indivisa, y donde puedes decir ‘aquí está Dios’, debes decir también ‘Cristo el hombre está presente también’. Y cuando me mostrases un lugar donde estuviera Dios y no el hombre, la persona ya estaría dividida, porque entonces yo podría decir con toda veracidad ‘aquí está Dios que no es hombre y nunca se hizo hombre’. Pero no me vengan con tal Dios. Pues de esto seguiría que [83] el espacio y el lugar separan las dos naturalezas la una de la otra y dividen la persona que ni la muerte ni todos los diablos podían dividir ni separar. Con esto quedaría un pobre Cristo. Sería sólo en un lugar singular a la vez [84] persona divina y humana, y en todos los demás lugares sólo Dios y persona divina, separados sin humanidad. No, compañero, donde me colocas a Dios, me debes poner también la humanidad. No se pueden separar ni dividir uno de la otra. Se han hecho una persona que no separa de sí la humanidad».

En el breve escrito «Acerca de las Últimas Palabras de David» que el [85] Dr. Lutero compuso poco antes de su muerte, hallamos el siguiente pasaje:326 «Según su otro nacimiento, el temporal y humano, le fue dado a Cristo también el poder eterno de Dios, pero en el tiempo, y no desde la eternidad. Pues la humanidad de Cristo no existe desde la eternidad, como la divinidad, sino que según nuestra cronología, Jesús, el Hijo de María, tiene actualmente 1543 años de edad. Pero a partir del instante en que fueron unidas en una persona la divinidad y la humanidad, este hombre, Hijo de María, es y se llama Dios todopoderoso y eterno, que tiene potestad eterna y que lo ha creado y lo sostiene todo, per communicationen idiomatum, por cuanto él es con la divinidad una sola persona, y también verdadero Dios. A esto se refiere al decir: ‘Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre’ (Mt. 11:27), y ‘Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra’ (Mt. 28:18). ¿A qué ME? A mí, Jesús de Nazaret, Hijo de María y nacido hombre. La tengo del Padre, desde la eternidad, antes de llegar a ser hombre. Pero cuando me hice hombre, la recibí en el tiempo según la humanidad, y la mantuve oculta hasta mi resurrección y ascensión; éste fue el momento en que había de ser manifestada y declarada públicamente, como dice San Pablo en Romanos 1:4: ‘Fue declarado y manifestado Hijo de Dios con poder’. Juan lo llama ‘glorificado’ (Jn. 7:39; 17:10; Ro. 1:4)».

[86] Hay otros testimonios similares en los escritos del Dr. Lutero, particularmente en el libro «Que Estas Palabras Aún Permanecen Firmes» y en la «Confesión Mayor Acerca de la Santa Cena de Cristo». Conste que a dichos escritos, como a explicaciones bien fundadas del artículo acerca de la majestad de Cristo a la diestra de Dios y acerca de su testamento, hemos hecho referencia, en obsequio de la brevedad, tanto aquí como también en el capítulo la santa cena, como se mencionó en su oportunidad.

[87] Por lo tanto, consideramos un error pernicioso el intento de privar de esta majestad a Cristo según su humanidad. Pues con esto se les quita a los cristianos su más sublime consuelo que les viene de la antes mencionada promesa acerca de la presencia y morada con ellos de su Cabeza, Rey y Sacerdote, el cual les prometió que estaría con ellos no sólo su mera divinidad, que para nosotros pobres pecadores es como un fuego devorador para el rastrojo reseco, sino que él, el hombre que habló con ellos, que en su asumida naturaleza humana experimentó toda suerte de tribulaciones, que por lo tanto también puede tener compasión con nosotros como con hombres y hermanos suyos—que él estaría con nosotros en todas nuestras angustias, también según la naturaleza conforme a la cual él es nuestro hermano y nosotros, carne de su carne.

[88] Por tal motivo rechazamos y condenamos unánimemente, de boca y corazón, todas las enseñanzas erróneas que discrepan de la doctrina aquí expuesta, como contrarias a los escritos proféticos y apostólicos, a los símbolos genuinos reconocidos y aprobados y a nuestra cristiana Confesión de Augsburgo, a saber:

[89] 1. Cuando alguien cree o enseña que a raíz de la unión personal, la naturaleza humana es mezclada con la divina o transmutada en la misma.

[90] 2. Que la naturaleza humana en Cristo está presente en todas partes del mismo modo que la divinidad, como una esencia infinita, por el poder y la propiedad esenciales de su naturaleza.

[91] 3. Que la naturaleza humana en Cristo ha sido igualada y ha llegado a ser idéntica a la naturaleza divina en cuanto a su sustancia y esencia, o en cuanto a las propiedades esenciales de la misma.

[92] 4. Que la humanidad de Cristo está extendida localmente a todos los lugares del cielo y de la tierra—lo que ni siquiera se debe atribuir a la divinidad. En cambio, que en virtud de su omnipotencia divina, Cristo puede estar presente con su cuerpo que él colocó a la diestra de la majestad y del poder de Dios dondequiera que le plazca;327 especialmente allí donde con sus propias palabras prometió estar presente, como por ejemplo en la santa cena— esto sí le es enteramente posible a su omnipotencia y sabiduría sin transmutación ni abolición de su verdadera naturaleza humana.

5. Que la que padeció por nosotros y nos redimió fue la sola naturaleza [93] humana de Cristo, con la cual el Hijo de Dios no tuvo ninguna comunión en cuanto a padecimientos.

6. Que en la predicación de la palabra y en el uso correcto de los santos [94] sacramentos, Cristo está presente con nosotros en la tierra solamente según su divinidad, y que con esta presencia, su asumida naturaleza humana no tiene absolutamente nada que ver.

7. Que la asumida naturaleza humana en Cristo no tiene, de hecho y en [95] verdad, comunión alguna con el poder, señorío, sabiduría majestad y gloria divinos, sino que existe una simple comunión de título y de nombre.

8. Estos errores y todos los demás que son contrarios y opuestos a la [96] doctrina que se acaba de exponer, los rechazamos y condenamos como abiertamente discrepantes de la palabra inadulterada de Dios, de los escritos de los santos profetas y apóstoles, y de nuestra fe y confesión cristianas. Además, en atención a que la Sagrada Escritura llama a Cristo un misterio (Col. 1:27) contra el cual todos los herejes se estrellan la cabeza, exhortamos a todos los cristianos a no cavilar acerca de ese misterio con su presuntuosa y curiosa razón, sino a aceptarlo con sencilla fe con los amados apóstoles, cerrar los ojos de la razón, llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo (2 Co. 10:5), y a consolarse y por ello mismo alegrarse sin cesar por el hecho de que nuestra carne y sangre asumida por Cristo haya sido colocada en un lugar tan excelso a la diestra de la majestad y del poder omnipotente de Dios. De esta manera obtendrán con seguridad un consuelo duradero en todas las contrariedades y quedarán bien resguardados de todo pernicioso error.

288. Cf. al respecto Theodor Mahlmann, Das neue Dogma der lutherischen Christologie, 1969, p. 16 y sigte.: Denn das traditionelle Urteil ist richtig, dass die lutherische Christologie primär and der Abendmahls lehre den Anlass ihrer Durchbildung nahm («Es correcta, pues, la opinion tradicional de que la cristología luterana tuvo como principal punto de partida para su formulación definitiva la doctrina acerca de la santa cena»).

289. Cf. BSLK, p. 1018, aparato crítico, donde se mencionan los escritos a que aquí se hace referencia.

290. Original de la FC: der da ist Gott über alles, gelobet in Ewigkeit. El texto es objeto de controversia entre comentaristas autorizados. En la opinion de no pocos, la doxología del pasaje se refiere a Dios Padre. Quienes así opinan, leen el texto griego de Ro. 9:5b de la siguiente manera: image La Biblia de Jerusalén, una de las traducciones mejor conceptuadas en la actualidad, entiende lo mismo que la FC.: «De los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén». Y agrega en una nota: «El contexto y el mismo ritmo de la frase suponen que la doxología se dirige a Cristo» (ed. 1967, p. 1523). Cf. Dios Habla Hoy: «Y de su raza, en cuanto a lo humano, vino el Mesías, el cual es Dios sobre todas las cosas, alabado por siempre». En cuanto a una argumentación erudita y detallada a favor del sentido en que la FC entiende el pasaje de Ro. 9:5 vid. p. ej. The Epistle to the Romans, de John Murray, en The New International Commentary of the New Testament (ed. de F. F. Bruce), 1965, apéndice A, p. 245.

291. G. J. Planck (Geschichte der protestantischen Theologie, vol. III, p. 774) observa que con ese «algunos» se apunta indudablemente a los calvinistas, y agrega una dura crítica a la FC. El autor transcribe un párrafo de la Admonitio Neostadiensis, de 1581, obra fundamental de la crítica reformada a la cristología de la FC (la Apologia oder Verantwortung des christl. Concordienbuches, publicada en 1584, responde a la Admonitio). A juicio de Planck, en el texto por él transcrito se tiene quizás la exposición más clara de la teoría calvinista (op.cit., p. 776, nota 267). En otro pasaje, la Admonitio censura la idea de atribuir a la naturaleza humana de Cristo simultáneamente propiedades de ambas naturalezas: Dice que se trata de fábulas que hasta los niños pequeños debieran desaprobar con silbidos (Quod simul utriusque proprietates, humanas et divinas, humanae Christi naturae volimt tribuere, fabulae sunt, vel pueris exsibilandae. Nulla enim natura in se ipsam recipit contradictoria. Apud G. J. Planck, op. cit., vol. III, p. 272, nota 270).

292. La ilustración de las dos tablas unidas con cola es criticada acerbamente en la Admonitio Neostadiensis. Cf. texto citado en Planck, op.cit., vol. III, p. 777, nota 268.

293. En el original: Nestorii uns Samosatenii. Acerca de Nestorio vid. Epítome, VIII, 18, nota 50. En cuanto a Pablo de Samosata vid. Confesión de Augsburgo I, 6, traducción del texto alemán, nota en «samosatenos».

294. En el original: Suidas unt Theodorus presbyter Rhetenensis. Suidas fue un lexicógrafo griego del siglo 10. Su léxico fue publicado por primera vez en el siglo 16. Theodoro de Raithu, del siglo 6, fue monje y presbítero de un monasterio de Raithu, en la península del Sinaí. La única obra que se le puede atribuir con certeza es la Proparaskue (Praeparatio). La obra defiende la teología calcedonense y de Cirilo de Alejandría, y ataca a los monofisitas Juliano de Halicamaso y Severo de Antioquía. Además intenta refutar los puntos de vista de Manes, Nestorio, Eutiques, Apolinario, Pablo de Samosata y Teodoro de Mopsuestia.

295. En el original: Theodorus presbyter. MSG XCI, 1496 D. Cita libre.

296. Traducción de la traducción alemana.

297. Gemenget. Texto lat.: conveniunt et commiscentur.

298. Cf. WA XXVI 324.

299. Cf. WA XXVI, 319, 14–326, 28; 341, 39–342, 27; H. Zwinglis Sämtliche Werke 5, 654, 23 sigtes., 679, 6 sigtes., 922, 1 sigtes., ZSW 6 II, 126, 1 sigtes.; vid. Decl. Sól. VIII, 39 sigtes. E. F. K. Müller, Symbolik, 1896, nota 16 (Alloiosis): «nach Zwingli einGegenwechsel’, eine Vertauschung derprädikate’ beider Naturen in der Einheit der Person, nicht aber der Idiome selbst, thatsächlich etwa den beiden ersten genera der lutherischen communicatio idiomatum entsprechend» («según Zuinglio, un cambio recíproco, es decir, una permuta de los ‘predicados’ de ambas naturalezas en la unidad de la persona, pero no de las propiedades mismas, un proceder que de hecho corresponde en algo a los primeros dos géneros de la comunicación de atributos o propiedades enseñada por los luteranos»). La Concordia Triglotta (p. 1022) traduce el término con Bedeutungsverwechslung (permuta de significado).

300. Zur Rechten der allmächtigen Kraft Gottes. Texto lat.: ad dextram omnipotentiae et virtutis Dei.

301. Texto alemán: unvorletzt ihrer Jungfrauschaft. Cf. texto lat.: quod de virgine inviolata ipsius virginitate natus est. Vid. Artículos de Esmalcalda, Parte I, 4, nota en «pura y santa virgen María».

302. Gottes Mutter. El texto lat. trae el término griego Theotokos, además de Dei genitrix («Deípara»). La documentación antigua más segura del uso del título Theotokos data de 325, en una obra de Alejandro de Alejandría, obispo de 313 a 327; durante su episcopado estalló la controversia arriana. Si el término ya fue usado por Hipólito de Roma y Orígenes, todavía es materia de controversia (cf. Religion in Geschichte und Gegenwart, vol. IV, p. 768, 3. ed., 1960).

303. WA LIV, 50.

304. «Este»: A saber, la unión personal.

305. WA XXVI, 319.

306. Lc. 24:26.

307. WA XXVI, 321.

308. Wettermacherin.

309. WA XXVI, 324.

310. WA L, 590.

311. En el original: Eine Natur wirket mit Gemeinschaft der andern, was einer jeden Eigenschaft ist. Texto lat.: Una natura agit seu operatur cum communicatione alterius quod cuiusque proprium est. Se trata de una sentencia de León I (el Grande), en el célebre Tomus ad Falvianum del 1 de junio de 449, y que fue aprobada por el Concilio de Calcedonia. En el Catalogus Testimoniorum, publicado como apéndice de la FC, la sentencia es transcrita en la forma en que aparece en ediciones recientes: agit enim utraque forma cum alterius communione, quod proprium est («pues cada forma [i.e. naturaleza] hace lo que le es propio, en comunión con la otra»). Cf. Concordia Triglotta, p. 1108; BSLK, p. 1105.

312. Vid. Decl. Sól., III, 56.

313. Los criptocalvinistas de Wittenberg, en su Grundfest de 1573.

314. Wenn gleichwohl der Schrift Zeugnus dahin lauten. Texto lat.: Etiamsi scripturae testimonia humanae Christi naturae talia tribuant («a pesar de que los testimonios de la Escritura atribuyen tales cosas a la naturaleza humana de Cristo»).

315. Mitvorwandten. Lat.: consortes.

316. Respecto de esta doctrina controvertida, Werner Elert observa (Der christliche Glaube, 3. edición, de Ernest Kinder, 1956, p. 330): «Mann kann das selbstverständlich für absurd, man kann diese Lehre für Mythologie erklären. Christliche Theologen sollten sich aber darüber klar sein, dass sie mit diesem Urteil nicht nur die verhasste Konkordienformel, sondern auch den Schriftbeweis treffen, den sie dafür erbringt, ja, dass sich dieses Urteil zuletzt gegen den richtet, der in Menschengestalt dies alles für sich in Anspruch genommen hat». («Por supuesto, se puede calificar de absurdo todo eso, se puede afirmar que esta doctrina es pura mitología. Pero los teólogos cristianos debieran tener en claro que este juicio suyo va no sólo contra la odiada Fórmula de Concordia, sino también contra las pruebas escriturales que ésta aporta en favor de dicha doctrina, y que en última instancia, su juicio se dirige contra Aquel que en forma de hombre revindicó para sí todo esto».) En cuanto a una crítica contemporánea desfavorable a la cristología de la FC vid. p. ej. P. Althaus, Die christliche Wahrheit (Dogmatik, IV, párr. 44, p. 450): «Das Geheimnis der Person Jesu wird rationalisiert in einer metaphysischen Konstruktion, welche die wahre Menschheit zerstört» («Se racionaliza el misterio de la persona de Jesús mediante una construcción metafísica que destruye la verdadera humanidad»).

317. P. ej. en el Catalogus Testimoniorum, testimonios de la literatura patrística, publicados como apéndice a la Fórmula de Concordia, de la cual, sin embargo, oficialmente no son parte integrante.

318. Rechtgläubige, literalmente: «Que profesa la doctrina correcta».

319. VIII, 18.

320. La Admonitio Neostadiensis critica el ejemplo del hierro candente diciendo que al hierro se le comunican solamente aquellas propiedades del fuego que no destruyen su naturaleza. Del mismo modo se le comunican a la humanidad (de Cristo) muchos dones inefables por parte de la Divinidad, pero ninguno que destruya esa humanidad: … Sed non vident, aut dissimulant se videre, non omnes proprietates ignis, sed eas dintaxat ferro communicari, quae naturam ferri non destruuntSic multa ineffabilia dona communicantur humanitati a Deitate sed nulla ipsam destruentia (cit. en G. J. Planck, op. cit., vol. II, p. 781, nota 296).

321. Gregorio Magno, Epistula, I, X 35 y 39, MSL LXXVII, 1019 sigte., 1096 y sigtes.

322. Vid. Decl. Sól. VII, 106, nota 270.

323. Ef. 5:30. El Fleisch von seinem Fleisch und Beine von seinen Beinen es de la version de Lutero, quien incorporó el agregado: ek tēs sarkòs autoū kaì ek tōn ostéon autoū. Como la Vulgata: de carne ejus et de ossibus ejus.

324. Respecto de las secciones 77, 78 y 79, cf. el informe enviado por Chemnitz, Selneccer y Kirchner, en 1581, desde Erfurt donde estuvieron reunidos para elaborar una apología de la FC, a los príncipes electores del Palatinado, de Sajonia y de Brandenburgo. Se lee allí: Was die Ubiquitat betrifft, so lassen wir es in diesem Leben dabey bewenden, dass wir ‘ex verbo Deiwissen, dass Christus mit seinem Leib sey und seyn könne, wo, wie und an welchem Ort er will, und zugleich mehr denn an einem Ort. Den er hat es in seinem Wort und Testament gesagt, wie dann auch das christliche Konkordien–Buch eigentlich allein und nicht weiter, denn auf die ‘praesentiam Christi in ecclesiaund ‘in Sacra Coena’ geht. Lassen uns desswegen des Gegentheils Zetergeschrey von der ‘ubiquitate generali’, welche sie dem Konkondien–Buch andichten, nicht irren. («En lo tocante a la ubicuidad, nos conformaremos en esta vida presente con saber, por lo que nos dice la palabra de Dios, que Cristo puede estar, y en efecto está, con su cuerpo dónde, cómo y en el lugar que quisiere, incluso en más de un lugar a la vez. Pues esto es lo que él mismo dijo en su palabra y testamento. Consecuentemente, también el Libro de Concordia se concentra en lo esencial sin ir más allá, es decir, en la presencia de Cristo en la iglesia y en la santa cena. No nos dejemos confundir, pues, por la tritería del bando contrario respecto de la «ubicuidad general» supuestamente defendida por el Libro de Concordia cit. en Gottlieb Jakob Planck, Geschichte der protestantischen Theologie von Luthers Tode bis zu der Einführung der Konkordienformel, vol. III, p. 799, Leipzig, 1800.)

325. WA XXVI, 332 sigte.

326. WA LIV, 49 sigte.

327. Vid. Decl. Sól., VII, sección 106, nota 270.