Artículo XX La Fe y las Buenas Obras
[1] Se acusa falsamente a los nuestros de prohibir las buenas obras. Pues [2] sus escritos acerca de los Diez Mandamientos y otros escritos ponen de manifiesto que han proporcionado buenas y útiles exposiciones y exhortaciones [3] respecto a las profesiones y obras verdaderamente cristianas. Acerca de esto se enseñó poco anteriormente; al contrario, mayormente se recalcaban en todos los sermones obras pueriles e innecesarias, como el rezo del rosario, el culto a los santos, el monacato, peregrinaciones, ayunos, fiestas, cofradías, etc. [4] Nuestros adversarios ya no alaban tales obras innecesarias con tanta exageración [5] como antes. Además, han aprendido ahora a hablar de la fe, sobre la [6] cual en tiempos pasados no predicaban absolutamente nada. Ahora enseñan que no somos justificados ante Dios solamente por las obras, sino que añaden [7] a ello la fe en Cristo. Dicen que la fe y las obras nos hacen justos delante de Dios. Tal enseñanza posiblemente proporcione algo más de consuelo que la enseñanza de que confíe únicamente en las obras.
[8] Ya que la doctrina de la fe, que es la principal de la existencia cristiana, dejó de recalcarse por tanto tiempo (como es forzoso admitir), y sólo se predicaba en todas partes la doctrina de las obras, los nuestros han enseñado lo siguiente respecto a estas cosas:
Primeramente, nuestras obras no pueden reconciliarnos con Dios ni merecer [9] la gracia, sino que esto sucede sólo mediante la fe al creer que se nos perdonan los pecados por causa de Cristo, quien sólo es el mediador que reconcilia al Padre. Ahora bien, quien piense realizar esto mediante las obras [10] y merecer la gracia, desprecia a Cristo y busca su propio camino a Dios en contra del evangelio.
Sobre esta enseñanza acerca de la fe discurre Pablo abierta y claramente [11] en muchos textos, especialmente en Efesios 2:8: «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe», etc.
Y que con esto no se introduce ninguna interpretación nueva se puede [12] demostrar con los escritos de Agustín, quien trata este asunto esmeradamente [13] y enseña que por medio de la fe en Cristo obtenemos la gracia y somos [14] justificados delante de Dios y no mediante las obras, como pone de manifiesto todo su libro intitulado El Espíritu y la Letra.41
Si bien es cierto que esta doctrina es muy despreciada entre personas [15] que no han sido puestas a prueba, no obstante, es harto consolatoria y benéfica para las conciencias tímidas y aterrorizadas. Porque la conciencia no puede hallar paz y sosiego por medio de las obras, sino sólo por la fe que se persuade con seguridad de que a causa de Cristo tiene un Dios lleno de gracia, como [16] Pablo dice en Romanos 5:1: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios».
En tiempos pasados no se enseñaba este consuelo en los sermones; al [17] contrario, las pobres conciencias eran estimuladas a apoyarse en sus propias obras, de modo que emprendían obras de diversas clases. La conciencia impulsó [18] a algunos a entrar en los monasterios con la esperanza de merecer la gracia por medio de la vida monástica. Otros idearon otras obras con el fin [19] de merecer la gracia y hacer satisfacción por los pecados. Muchos de ellos [20] experimentaron que no se lograba la paz por estos medios. Por lo tanto, era necesario predicar y recalcar diligentemente esta doctrina de la fe en Cristo para que los hombres supieran que se consigue la gracia de Dios únicamente por la fe y sin el mérito propio.
Se enseña también que en este contexto no se trata de aquella fe que [21] también los diablos y los impíos tienen (Stg. 2:19), los cuales también creen la historia de que Cristo sufrió y resucitó de los muertos. Al contrario, se trata de la verdadera fe que cree que mediante Cristo obtenemos la gracia y el perdón del pecado.
Ahora bien, el que sabe que por medio de Cristo tiene un Dios lleno de [22] gracia, éste conoce a Dios, le invoca y no vive sin Dios a semejanza de los [23] paganos. Pues el diablo y los incrédulos no creen en este artículo del perdón del pecado; por consiguiente, son hostiles a Dios, no pueden invocarle y nada bueno esperan de él. Por lo tanto, la Escritura se refiere a la fe, como acabamos de indicar, pero no llama fe al conocimiento que poseen el diablo y los hombres impíos. En Hebreos 11:1 se enseña que la fe no consiste solamente en conocer los relatos, sino en tener la confidente certeza de que Dios cumplirá con sus [24] promesas. También Agustín nos recuerda que debemos entender que en la Escritura la palabra «fe» significa la confianza en Dios, la certeza de que él nos da su gracia, y no sólo el conocimiento de los sucesos históricos que también poseen los diablos.42
[25] Además, se enseña que las buenas obras deben realizarse necesariamente, no con el objeto de que uno confíe en ellas para merecer la gracia; sino que [26] han de hacerse por causa de Dios y para alabanza de él. La fe se apodera [27] siempre sólo de la gracia y del perdón del pecado. Y ya que mediante la fe se concede el Espíritu Santo, también se capacita el corazón para hacer buenas [28] obras. Pues antes de creer, mientras no tiene el Espíritu Santo, el corazón es [29] demasiado débil. Además, está bajo el poder del diablo, que impulsa a la [30] pobre naturaleza humana a cometer muchos pecados. Esto lo vemos en el caso de los filósofos quienes se propusieron vivir honrada e irreprochablemente. Sin embargo, no pudieron llevarlo a cabo, sino que cayeron en muchos [31] graves pecados manifiestos. Así acontece cuando el hombre no tiene la verdadera fe ni el Espíritu Santo y se gobierna sólo con sus propias fuerzas humanas.
[32] Por consiguiente, no se le ha de recriminar a esta doctrina de la fe que prohíba las buenas obras; al contrario, antes bien ha de ser alabada por enseñar que se deben hacer buenas obras y por ofrecer la ayuda con la cual realizarlas. [33] Porque fuera de la fe y aparte de Cristo la naturaleza y el poder humanos son [34] demasiado débiles como para hacer buenas obras, invocar a Dios, tener paciencia en medio del sufrimiento, amar al prójimo, llevar a cabo con diligencia los oficios que han sido ordenados, ser obediente, evitar los malos deseos, [35] etc. Tales grandes y genuinas obras no pueden hacerse sin la ayuda de Cristo, [36] como él mismo dice en Juan 15:5: «Separados de mí nada podéis hacer».
41. De spiritu et litera, 19, 34.
42. Tract. in Ep. Joh. ad Parth. (Homilías sobre la Epístola de Juan a los Partios), X, 2. Seudo–Agustín, De cognitione verae vitae, 37.