Libro de Concordia
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La Apología de la Confesión de Augsburgo Índice
La Apología de la Confesión de Augsburgo

Artículos VII y VIII La Iglesia

[1] Condenaron asimismo el artículo séptimo de nuestra Confesión, en el que declaramos que la iglesia es la congregación de los santos.169 Añadieron una extensa exposición en que decían que los malos no han de ser separados de la iglesia, pues Juan el Bautista comparó a la iglesia a una era en la que son amontonados juntos el trigo y la paja (Mt. 3:12), y Cristo la comparó a la red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces (Mt. 13:47), etc. Es verdad lo que se dice, que no hay remedio contra la mordedura del calumniador. [2] Por circunspecto que sea lo que uno diga—la calumnia es algo inevitable. Fue por esta razón que nosotros añadimos el artículo octavo,170 [3] para que nadie pensara que separábamos a los malos e hipócritas de la comunidad exterior de la iglesia, o que les negábamos eficacia de los sacramentos administrados por hombres malos o hipócritas. Por eso no hay necesidad aquí de larga defensa contra esta calumnia. El artículo octavo basta para justificamos. Admitimos, en efecto, que en esta vida hay hipócritas y malos mezclados con el pueblo que constituye la iglesia, e incluso son miembros de ella, según la comunidad exterior determinada por señales de la iglesia, es decir, la palabra, la profesión y los sacramentos, sobre todo si no han sido excomulgados. Admitimos asimismo que los sacramentos no dejan de ser eficaces porque sean administrados por hombres malos: Es más, podemos hacer uso correcto de los sacramentos administrados por hombres malos. Porque también Pablo declara (2 Ts. 2:4) que el anticristo se sentará en el [4] templo de Dios, esto es, gobernará la iglesia y desempeñará cargos en ella. Pero la iglesia no es sólo una comunidad que se caracteriza por ciertos factores [5] exteriores y ritos, como otros gobiernos, sino que es sobre todo la comunidad de la fe y del Espíritu Santo en los corazones, aunque posee señales exteriores para que se la pueda conocer: La doctrina pura del evangelio, y la administración de los sacramentos conforme al evangelio de Cristo. Esta sola es la iglesia que se llama cuerpo de Cristo, cuerpo al cual Cristo renueva con su Espíritu, lo santifica y lo gobierna, como afirma Pablo en Efesios 1:22 y sigte., al decir: «Y lo dio (a Cristo) por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo». Por tanto, aquellos en quienes no se evidencia para nada la obra de Cristo, no son miembros de Cristo. Y aun nuestros adversarios reconocen que los malos son miembros muertos de la iglesia.171 Nos asombra, por tanto, que [6] rechacen la descripción nuestra, que habla de los miembros vivos. Por otra parte, con esto no dijimos nada nuevo. Pablo definió a la iglesia exactamente [7] de la misma manera, Efesios 5:25 y sigte., diciendo que debe ser purificada, para que sea santa. A esto el apóstol añade las señales exteriores: La palabra y los sacramentos. Porque dice así: «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante sino que fuese santa y sin mancha». En nuestra Confesión hicimos figurar este texto casi palabra por palabra. Esta es también la definición de la iglesia que se nos da en el artículo del Símbolo172 que nos ordena creer que es «una iglesia santa y católica». [8] Pero los impíos no son iglesia santa. Y lo que sigue: «La comunión de los santos», parece haber sido añadido para explicar qué significa la iglesia, a saber, la congregación de los santos que tienen entre sí la comunidad de un mismo evangelio o doctrina, y de un mismo Espíritu Santo que renueva sus corazones, los santifica y los gobierna.

[9] Este artículo173 fue propuesto por un motivo ineludible. Vemos un sinfín de peligros que amenazan con arruinar a la iglesia. Y en la iglesia misma es infinita la muchedumbre de impíos que la oprimen. Por lo cual, para que no desesperemos, sino que sepamos que a pesar de todo, la iglesia habrá de perdurar, y para que sepamos también que por grande que sea la multitud de impíos, la iglesia existe y Cristo le concede lo que le prometió—perdonar sus pecados, escucharla, concederle el Espíritu Santo—para que sepamos todo [10] esto, aquel artículo del Símbolo nos da este rico consuelo. Y dice «iglesia católica» para que entendamos que la iglesia no es un conjunto, con determinados caracteres exteriores, de ciertas naciones, sino antes bien el conjunto de hombres esparcidos por todo el mundo que están acordes en cuanto al evangelio y que poseen el mismo Cristo, el mismo Espíritu Santo y los mismos sacramentos, ora tengan las mismas tradiciones humanas, ora las [11] tengan distintas. Y hay una glosa en los Decretos que dice que la iglesia en un sentido amplio abarca a buenos y malos, también dice que los malos son miembros sólo nominales pero no reales de la iglesia, mientras que los buenos son miembros tanto reales como nominales.174 También en los escritos de los Padres se pueden leer muchas afirmaciones en este sentido. Jerónimo dice: «Por lo tanto, al pecador que está manchado con alguna inmundicia, no se le puede llamar miembro de la iglesia de Cristo, ni puede decirse de él que está sujeto a Cristo».175

[12] Así pues, aunque haya hombres hipócritas y malos que son miembros de esta iglesia verdadera según los ritos exteriores, sin embargo, cuando se da una definición de la iglesia, es necesario definir a aquella que es el cuerpo vivo de Cristo, a aquella que es iglesia de nombre y de hecho. Las causas son muchas. Porque es menester saber qué es ante todo lo que nos hace [13] miembros, y miembros vivos, de la iglesia. Si definimos la iglesia tan sólo como un régimen exterior de buenos y malos, los hombres no entenderán que el reino de Cristo es la justicia del corazón y don del Espíritu Santo, sino que creerán que es sólo la observancia exterior de ciertos cultos y ritos. Además, [14] ¿qué diferencia habría entre el pueblo de la ley176 y la iglesia, si esta última es sólo un régimen exterior? Pero Pablo hace una clara distinción entre la iglesia y el pueblo de la ley, diciendo que la iglesia es un pueblo espiritual, es decir, un pueblo que se distingue de los gentiles no por ciertos ritos civiles, sino porque es el verdadero pueblo de Dios, regenerado por el Espíritu Santo. En el pueblo de la ley, aparte de las promesas acerca de Cristo, también la descendencia camal tenía promesas de beneficios materiales, del reino, etc. Y por causa de estas promesas, también los malos se llamaban pueblo de Dios, porque Dios había separado esta semilla camal de las demás naciones por ciertas ordenanzas y promesas referentes a cosas exteriores, y, no obstante, aquellos malos no eran del agrado de Dios. Pero el evangelio nos brinda no [15] la sombra de las cosas eternas, sino las cosas eternas mismas, el Espíritu Santo y la justicia por la que somos justos ante Dios.

Por tanto, según el evangelio son pueblo de Dios sólo aquellos que [16] reciben esta promesa del Espíritu. Además, esta iglesia es el reino de Cristo, a diferencia del reino del diablo. Pues la verdad es que los impíos están bajo la potestad del diablo, y son miembros de su reino, como lo enseña Pablo en Efesios 2:2, cuando dice que el diablo «ahora obra en los hijos de desobediencia». Y Cristo dice a los fariseos, que por cierto estaban unidos exte-riormente a la iglesia, es decir, a los santos del pueblo de la ley, pues desempeñaban funciones gubernamentales, sacrificaban y enseñaban: Vosotros—dice—sois de vuestro padre el diablo, (Jn. 8:44). Por tanto, la iglesia que en verdad es el reino de Cristo, es propiamente la congregación de los santos. Porque los impíos son gobernados por el diablo, son cautivos suyos, y no son gobernados por el Espíritu de Cristo.

Pero, ¿qué necesidad hay de palabras en cosa tan manifiesta? Si la iglesia, [17] que en verdad es el reino de Cristo, se distingue del reino del diablo, se sigue necesariamente que los impíos, como que están en el reino del diablo, no son la iglesia, aunque en esta vida, por no haberse manifestado aún el reino de Cristo, estén mezclados a la iglesia y desempeñen cargos en la misma. Ni [18] tampoco son los impíos el reino de Cristo por no haberse producido aún la manifestación de este reino.177 Porque el reino de Cristo siempre es aquel al cual él vivifica con su Espíritu, ora sea un reino revelado, ora esté cubierto por la cruz—así como el Cristo glorificado de ahora es el mismo que el Cristo [19] afligido de antes. Con esto concuerdan las parábolas de Cristo: Él dice claramente en Mateo 13:38: «La buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo». El campo, dice, es el mundo, y no la iglesia. Así también Juan el Bautista, hablando de toda aquella gente de raza judía, dice que la verdadera iglesia será separada de ese pueblo. Por tanto, este pasaje va más en contra de nuestros adversarios que en su favor, porque pone de manifiesto que el pueblo verdadero y espiritual debe ser separado del pueblo camal. Y Cristo habla de la apariencia exterior de la iglesia cuando dice (Mt. 13:47): «El reino de los cielos es semejante a una red, y también a diez vírgenes», y enseña en tono de advertencia que la iglesia está cubierta de una multitud de malos, a fin de que este escándalo no ofenda a los piadosos, y además para que sepamos que la palabra y los sacramentos son eficaces aunque sean administrados por los malos. Pero con ello también nos enseña que aquellos impíos, a pesar de tener participación en las señales exteriores, no [20] son el verdadero reino de Cristo, ni miembros de Cristo. Porque son miembros del reino del diablo. Y no es que nosotros soñemos con una república platónica, como algunos nos calumnian impíamente, sino que decimos que esta iglesia existe, y que la constituyen los verdaderos creyentes y justos esparcidos por todo el orbe. Y añadimos sus señales: La doctrina pura del evangelio y los sacramentos. Y esta iglesia es propiamente «columna de la verdad», (1 Ti. 3:15). Guarda, en efecto, el evangelio puro y, como Pablo dice (1 Co. 3:12), el «fundamento», esto es, el verdadero conocimiento de Cristo y la fe. Es verdad que entre ellos hay muchos débiles que sobre el fundamento edifican hojarasca perecedera, esto es, opiniones inútiles: Sin embargo, como éstas [21] no derriban el fundamento, ora se les perdona, ora se les enmienda. Y los escritos de los santos Padres dan testimonio de que a veces, aun ellos mismos edificaron hojarasca sobre el fundamento—hojarasca que, sin embargo, no destruyó del todo su fe. Pero las más de las opiniones que nuestros adversarios defienden, dan por tierra con la fe, como cuando condenan el artículo sobre el perdón de pecados, en el cual decimos que este perdón se recibe por medio de la fe. Asimismo cometen un error manifiesto y pernicioso al enseñar que los hombres merecen perdón de pecados por amor hacia Dios, antes de haber obtenido la gracia. Porque también esto es quitar el fundamento, que es Cristo. Además, ¿qué necesidad hay de la fe, si los sacramentos justifican ex opere operato, sin impulso bueno de parte de quien los recibe? Mas así como la [22] iglesia tiene la promesa de que siempre tendrá en su medio al Espíritu Santo, así también tiene las advertencias de que siempre habrá doctores impíos y lobos. La iglesia verdadera empero es la que tiene al Espíritu Santo. Los lobos en cambio y los malos doctores, aunque causen estragos en la iglesia, no son el reino de Cristo propiamente dicho. Así lo afirma también Lira cuando dice: «La iglesia no consiste en los hombres que son miembros de la misma por razón de la potestad eclesiástica o secular, pues está visto que muchos príncipes y sumos pontífices y otros de rango inferior apostataron de la fe. Por consiguiente, la iglesia consiste en aquellas personas que conocen y confiesan correctamente la fe y la verdad».178 ¿Hemos dicho nosotros en nuestra Confesión algo distinto de lo que aquí dice Lira?

Pero tal vez desean nuestros adversarios que se defina a la iglesia de [23] esta manera: La monarquía exterior suprema de todo el orbe, en la cual es preciso que el pontífice romano tenga un poder irrestricto, que nadie debe discutir o juzgar, de establecer artículos de fe, suprimir de las Escrituras lo que se le antoje, instituir cultos y sacrificios, promulgar las leyes que quisiere, otorgar dispensa y liberación a su entera discreción, de cualquier tipo de leyes, ya sean divinas, canónicas o civiles—un poder, al fin, del cual el emperador y todos los reyes reciben su autoridad y el derecho de ejercer su reinado según el mandato de Cristo. Porque como el Padre ha sujetado a Cristo todas las cosas, forzosamente debe entenderse que este derecho se ha transferido al papa. Por consiguiente, es necesario que el papa sea señor de todo el orbe, de todos los reinos del mundo, de todo lo que existe en el orden privado y público, y que tenga pleno poder tanto en el ámbito espiritual como en el temporal, y además, ambas espadas, la espiritual y la temporal. Y esta definición, [24] no de la iglesia de Cristo, sino del reino del papa, tiene por autores, no sólo a los canonistas, sino también a Daniel, en el capítulo 11:36-39.

Si definiéramos a la iglesia de este modo, tal vez tendríamos jueces más [25] equitativos. Porque hay muchas cosas escritas en forma inmoderada e impía, acerca de la potestad del pontífice romano, cosas por causa de las cuales jamás se declaró culpable a nadie. Sólo a nosotros se nos fustiga, porque predicamos acerca del beneficio que nos llega de Cristo, y declaramos que por la fe en Cristo conseguimos perdón de pecados, y no por los ritos inventados por el [26] papa. Además, Cristo, los profetas y los apóstoles definen a la iglesia de Cristo de un modo que difiere muchísimo de lo que acaba de decirse respecto [27] del reino del papa. Y no se debe transferir a los pontífices romanos lo que sólo es aplicable a la iglesia verdadera, a saber, que son columnas de la verdad y que no yerran. Pues ¿cuántos de entre ellos tienen cuidado del evangelio o lo juzgan digno de ser leído? Muchos incluso se mofan abiertamente de todas las religiones, o si aprueban algo, aprueban aquello que se acomoda a la razón humana, y piensan que lo demás son fábulas y cosas semejantes a las tragedias [28] de los poetas. Por eso nosotros consideramos, de acuerdo con las Escrituras, que la iglesia propiamente dicha es la congregación de los santos, que de veras creen el evangelio de Cristo y tienen el Espíritu Santo. Pero reconocemos también que en esta vida, junto con los santos se hallan mezclados hipócritas y malos, asociados a las señales exteriores, que igualmente son miembros de la iglesia a raíz de dicha asociación, y por ello ocupan cargos en la iglesia. Y no pierden eficacia los sacramentos al ser administrados por indignos, pues éstos, por haber sido llamados por la iglesia, no representan a su propia persona sino a la persona de Cristo, tal como él mismo lo dice: «El que a vosotros oye, a mí me oye» (Lc. 10:16). Por tanto, cuando administran la palabra de Cristo y los sacramentos, lo hacen como representantes de Cristo y en su lugar. Esto es lo que nos enseñan aquellas palabras de Cristo, para que no nos escandalicemos por la indignidad de los ministros.

[29] Pero sobre este asunto ya hablamos con suficiente claridad en la Confesión cuando condenamos a los donatistas179 y wiclefistas,180 quienes pensaban que cometían un pecado las personas que recibían los sacramentos de manos de hombres que eran miembros indignos de la iglesia. Por el momento, lo dicho en aquella ocasión nos parecía defensa suficiente de la definición de la iglesia que acabamos de presentar. Y como a la iglesia propiamente dicha se le llama cuerpo de Cristo, no vemos cómo se podría hacer de ella una definición diferente de la que hemos hecho nosotros. Porque consta que los impíos pertenecen al reino y al cuerpo del diablo, pues el diablo impele a los impíos y los tiene cautivos. Estas cosas son de claridad más que meridiana, pero si nuestros adversarios persisten en sus críticas calumniosas al respecto, no vacilaremos en contestar con más argumentos.

También condenan nuestros adversarios la parte del artículo séptimo en [30] que dijimos que para la verdadera unidad de la iglesia es suficiente con que haya un consenso en cuanto a la doctrina del evangelio y la administración de los sacramentos, y que no es necesario que en todas partes se tengan las mismas tradiciones humanas, o ritos, o ceremonias instituidas por los hombres. A este respecto hacen una distinción entre los ritos de uso general y los particulares, y aprueban nuestro artículo con el entendimiento de que se refiere a los ritos particulares; no lo aceptan, en cambio, en lo relativo a ritos de uso [31] general.181 No llegamos a entender suficientemente qué quieren decir nuestros adversarios. Nosotros hablamos de la unidad verdadera, es decir, de la unidad espiritual, sin la cual no puede haber fe en el corazón o justicia del corazón ante Dios. Y respecto de esta unidad decimos que no es necesaria la uniformidad en cuanto a ritos humanos, ya sea de uso general o particulares, porque la justicia de la fe no es una justicia supeditada a ciertas tradiciones, como lo era la justicia de la ley que estaba supeditada a las ceremonias mosaicas, porque la justicia del corazón es algo que vivifica los corazones. A esta vivificación nada aportan las tradiciones humanas, generales o particulares, que por su parte tampoco son efectos del Espíritu Santo, como lo son en cambio la castidad, la paciencia, el temor de Dios, el amor al prójimo y las obras de caridad.

Y tampoco fueron causas fútiles las que nos indujeron a incluir este [32] artículo. Porque consta que se han deslizado en la iglesia muchas opiniones necias en cuanto a las tradiciones. Hubo quienes pensaban que las tradiciones humanas eran formas de culto necesarias para merecer la justificación. Y después se pusieron a discutir acerca del por qué de esa gran variedad de ritos con que se adora a Dios, como si esas observancias fuesen en realidad formas de adoración, y no tan sólo ordenanzas exteriores relacionadas con el régimen civil, que nada tienen que ver con la justicia del corazón o culto a Dios, y que además suelen sufrir cambios, a veces por casualidad, y otras veces por ciertas razones probables. Por causa de estas tradiciones ocurrió también que unas iglesias excomulgaron a otras, como por causa de la observancia de la Pascua, los íconos y otras cosas semejantes,182 lo cual indujo a los inexpertos a pensar que la fe o la justicia del corazón ante Dios no podían existir sin estas observancias. Andan por ahí muchos escritos ineptos de los sumistas183 y de otros sobre esta materia.

[33] Pero así como la distinta duración de los días y las noches no atenta contra la unidad de la iglesia, así también creemos que la verdadera unidad de la iglesia no sufre daño alguno por los ritos dispares establecidos por los hombres—lo cual no quita que nos agrade que por causa de la tranquilidad se observen los ritos que cuentan con la aprobación universal. Así también en las iglesias nuestras observamos de buena voluntad el orden de la misa, el día del Señor y las demás fiestas solemnes. Y de muy buen grado incluimos las útiles ordenanzas de tiempos antiguos, sobre todo cuando contienen material que se puede aprovechar para disciplinar e instruir al pueblo y a los [34] jóvenes inexpertos. Pero no discutimos aquí acerca de si conviene guardar estas prácticas en bien de la tranquilidad o de la utilidad material. Se trata de otra cosa. En efecto, se trata de saber si la observancia de las tradiciones humanas es un culto necesario para alcanzar la justicia ante Dios. Esto es lo que tenemos que decidir en nuestra controversia. Y una vez que lo hayamos decidido, podremos juzgar si para la verdadera unidad de la iglesia es necesario que en todas partes haya tradiciones humanas iguales. Porque si las tradiciones humanas no son un culto necesario para conseguir la justicia ante Dios, se sigue que pueden ser justos e hijos de Dios aun aquellos que no tienen las tradiciones aceptadas en otro lugar. Si por ejemplo el vestirse al estilo alemán no es un culto divino necesario para la justicia ante Dios, se sigue de ello que pueden ser hombres justos e hijos de Dios e iglesia de Cristo, aun aquellos que se visten no al estilo alemán sino al estilo francés.

[35] Esto lo enseña Pablo claramente en su carta a los colosenses donde dice (cap. 2:16, 17): «Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo». Asimismo (versículos 20, 23): «Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques, (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres) cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, [36] y humildad». Con esto se quiere decir: Considerando que la justicia del corazón es algo espiritual que vivifica los corazones; considerando que es un hecho cierto que las tradiciones humanas no vivifican los corazones, ni son efectos del Espíritu Santo, como los son el amor al prójimo, la castidad, etc., ni tampoco instrumentos por medio de los cuales Dios impulsa a los corazones a creer, como lo son la palabra y los sacramentos divinamente establecidos, sino al contrario, usanzas que nada tienen que ver con el corazón, y que se destruyen con el uso: Considerando todo esto, no se debe pensar que tales cosas sean necesarias para la justicia ante Dios. Igual significado tiene lo que se dice en Romanos 14:17: «El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo». Pero no hay necesidad de multiplicar [37] testimonios pues se les encuentra por doquier en la Escritura, y en los últimos artículos de nuestra Confesión hemos reunido un buen número de ellos. Además, el punto decisivo de esta controversia pronto lo tendremos que repetir más adelante, a saber, si las tradiciones humanas son un culto necesario para la justicia ante Dios. Entonces entraremos en más detalles respecto de esta materia.

Nuestros adversarios dicen que las tradiciones universales deben guardarse [38] porque se las supone transmitidas por los apóstoles.184 ¡Oh hombres religiosos! ¡Quieren conservar los ritos tomados de los apóstoles, pero la doctrina de los apóstoles no la quieren guardar! Nuestro juicio acerca de estos [39] ritos debe ser el mismo que expresaron los apóstoles mismos en sus escritos. Porque los apóstoles no querían que nosotros pensáramos que somos justificados por esos ritos, ni que esos ritos son necesarios para la justicia ante Dios. Los apóstoles no quisieron imponer semejante carga a las conciencias. No quisieron relacionar la justicia y el pecado con la observancia de prescripciones en cuanto a días, comidas y otras cosas semejantes. Es más: Tales [40] opiniones, Pablo las califica de «doctrinas de demonios» (1 Ti. 4:1). Es preciso, pues recurrir a los mismos escritos de los apóstoles para conocer su voluntad y su consejo; no es suficiente alegar su ejemplo. Observaban ciertos días, pero no porque esta observancia fuera necesaria para la justificación, sino para que el pueblo supiera cuándo había que reunirse. Observaban también algunos otros ritos, como el orden de las lecciones bíblicas en sus reuniones públicas. Como suele suceder, el pueblo conservaba también algunas cosas de las costumbres de sus padres, cosas que los apóstoles acomodaron, con ligeras modificaciones, a la historia del evangelio, como la Pascua y Pentecostés, para transmitir a la posteridad el recuerdo de aquellos hechos de máxima importancia no sólo mediante la enseñanza, sino también con estos ejemplos. Mas si estas cosas fueron transmitidas como necesarias para la [41] justificación, ¿por qué más tarde los obispos introdujeron en ellas tantos cambios? Si eran de derecho divino, no era lícito cambiarlas por autoridad [42] humana. Antes del Concilio de Nicea, algunos celebraban la Pascua en una fecha, otros en otra fecha distinta, sin que esta falta de uniformidad dañara a la fe. Después, se hizo un cómputo para evitar que la Pascua nuestra coincidiera con la Pascua judía. Y sin embargo, los apóstoles habían ordenado que las iglesias observaran la Pascua junto con los hermanos convertidos del judaísmo. Por eso, después del Concilio de Nicea, algunos pueblos siguieron conservando pertinazmente la costumbre de quedarse con la fecha judaica. Pero con aquel mandato, los apóstoles no quisieron imponer a las iglesias una obligación, como lo acreditan las mismas palabras del decreto. Lo que se ordena en dicho decreto es que nadie se preocupe si los hermanos, en su observación de la Pascua, se equivocan en la computación de la fecha. Las palabras del decreto se encuentran en Epifanio: «No os pongáis a hacer cálculos, sino celebradla cuando lo hagan vuestros hermanos de la circuncisión; celebradla a un mismo tiempo con ellos, y aunque pudieran haberse equivocado, no sea ello un motivo de preocupación para vosotros».185 Epifanio escribe que éstas son palabras de los apóstoles en un decreto acerca de la Pascua. Por dichas palabras, el lector avisado fácilmente se convencerá de que al prohibir que alguno se preocupe por posibles errores de cálculo, los apóstoles quisieron sacar de la mente del pueblo esa tonta idea acerca de la necesidad de un tiempo determinado para la celebración de la Pascua. Por [43] otra parte, en Oriente hubo algunos llamados audianos,186 según el nombre del autor del dogma, que interpretaron este decreto de los apóstoles en el sentido de que la Pascua debía celebrarse con los judíos. Al refutarlos, Epifanio187 alaba el decreto, y dice que no contiene nada que difiera de la fe o la regla eclesiástica; y además reprende a los audianos por su entendimiento equivocado del decreto, y lo interpreta tal como lo interpretamos nosotros, o sea que los apóstoles no quisieron imponer la fecha en que debía observarse la Pascua; antes bien, en vista de que algunos hermanos renombrados de entre los judíos se habían convertido y guardaban su costumbre, los apóstoles [44] desearon que los demás siguieran su ejemplo en bien de la concordia. Y con su agregado de que un posible error en el cálculo no debía ser motivo para preocuparse, advirtieron sabiamente al lector que ellos no anulaban la libertad evangélica ni imponían una obligación a las conciencias.

Se pueden reunir muchos otros datos históricos de la misma índole, que [45] ponen de manifiesto que la disparidad de observancias no daña a la unidad de la fe. Pero, ¿para qué seguir discutiendo? Nuestros adversarios no entienden en absoluto qué es la justicia de la fe ni qué es el reino de Cristo, si piensan que es necesaria la igualdad de las observancias en las comidas, los días, la vestimenta y cosas semejantes para las cuales no hay ningún mandamiento de Dios. Pero ¡ved a estos hombres religiosos, nuestros adversarios! Exigen, [46] para la unidad de la iglesia, igualdad en las tradiciones humanas, cuando ellos mismos han cambiado lo que Cristo ordenó en cuanto al uso de la santa cena, que antes ciertamente fue una ordenación universal. Si las ordenaciones universales son necesarias, ¿por qué cambian ellos la ordenación de la cena de Cristo, que no es una ordenación humana, sino divina? Pero más adelante habremos de volver algunas veces más sobre toda esta controversia.188

Fue aprobado todo el artículo octavo,189 en el que declaramos que los [47] hipócritas y los malos están mezclados en la iglesia, y que los sacramentos son eficaces aunque sean administrados por ministros indignos, dado que los ministros actúan en lugar de Cristo, y no a título personal, según aquello de que «El que a vosotros oye, a mí me oye» (Lc. 10:16). Es preciso apartarse [48] de los maestros impíos, pues éstos ya no actúan en lugar de Cristo, sino que son anticristos. Y Cristo dice (Mt. 7:15): «Guardaos de los falsos profetas». Y Pablo (Gá. 1:9): «Si alguno os predica un evangelio diferente, sea anatema».

Por otra parte, en sus parábolas sobre la iglesia Cristo nos advirtió que, [49] al ser escandalizados por los vicios privados ya sea de los sacerdotes o del pueblo, no provocáramos cismas,190 como lo hicieron en forma criminal los donatistas.191 A aquellos empero que originaron cismas, con su negación de [50] que a los sacerdotes les es lícito tener posesiones o propiedades, directamente los tenemos por sediciosos. Porque tener propiedad es una disposición civil. Y es lícito a los cristianos usar de las disposiciones civiles, así como usan del aire, de la luz, de la comida y de la bebida. Porque así como las cosas de la naturaleza y los movimientos inmutables de los astros son verdaderamente disposiciones de Dios, y son conservadas por Dios, así también los gobiernos legítimos son verdaderamente disposiciones de Dios, y son defendidos y conservados por Dios contra el diablo.

169. Confutatio (CR 27, 102 y sigte.): Septimus confessionis articulus, quo affirmatur, ecclesiam congregationem esse sanctorum, non potest citra fidei praeiudicium admitti, si per hoc segregentur ab ecclesia mali et peccatores. («El artículo séptimo de la Confesión, en el cual se afirma que la iglesia es la congregación de los santos, no puede aceptarse sin perjuicio para la fe, si es que mediante esta definición se quiere dar por marginados de la iglesia a los malos y pecadores».)

170. De la Confesión de Augsburgo.

171. La Confutatio (CR 27, col. 103) dice que los malos son la ‘paja’ en aquel dicho de Juan el Bautista (Mt. 3:12): Quid autem paleae significant, nisi malos, sicut triticum bonos? («¿Qué significa empero la ‘paja’ sino ‘los hombres malos’, así como el ‘trigo’ significa ‘los hombres buenos’?»)

172. El símbolo (Credo) Apostólico.

173. El artículo «una santa iglesia católica» (= universal) en el Credo Apostólico.

174. Decretum Gratiani II C. 33. q. 3. D. 1. de poenitencia, c. 70. Vid. glosa en BSLK, p. 236, nota 1.

175. Pseudo-Jerónimo, In ep. ad Eph. 5, 24. MSL 26, 531 C.

176. El pueblo de Israel.

177. Nec propterea impii sunt regnum Christi, quia revelatio nondum facta est («No por el hecho de que la revelación todavía no se haya concretado, los impíos son el reino de Cristo [o: Parte del reino de Cristo]».) Justus Jonas: Und die Gottlosen sind darum mittler Zeit nicht ein Stück des Reiches Christi, weil es noch nicht offenbart ist («No por el hecho de que el reino de Cristo todavía no haya sido revelado, los impíos son entre tanto parte del mismo»).

178. Nicolás de Lira, Postilla super Matth. 16:10. Nicolás de Lira, Doctor planus et utilis, nació en 1265 (?) y murió en 1340; franciscano, autor de comentarios bíblicos y de otras obras. Lutero lo elogió repetidas veces por la claridad con que presentó el sentido literal de las Escrituras en su obra Postillae perpetuae in Vetus et Novum Testamentum (Postilla litteralis). En otro comentario, Moralitates (Postilla mystica seu moralis), Nicolás de Lira sigue el sentido místico, o típico.

179. Secta rigorista del siglo IV fundada por Donato, obispo de Cartago. Se denominaban a sí mismos ‘la iglesia de los santos’ y únicos herederos de los apóstoles, y hacían depender la validez de los sacramentos, y funciones como la ordenación al sacerdocio, de la santidad de quien los administrase.

180. En el artículo VIII no se menciona a los wiclefistas. La Confutatio (CR 27, col. 105) dice: Quam haeresin [la de los donatistas y de los antiguos origenistas] postea waldenses et pauperes de Lugduno resuscitarunt: quod deinde Johannes Wickleff in Anglia et Johannes Huss in Bohemia secuti sunt. («Herejía ésta que más tarde resucitaron los valdenses y los Pobres Lugdunenses. Después la siguieron Juan Wiclif en Inglaterra y Juan Huss en Bohemia».)

181. Confutatio, CR 27, col. 104: Laudantur [los príncipes luteranos] et in eo, quod existimant, rituum varietatem non dissecare fidei unitatem, si de specialibus ritibus loquantur. Nam sic unaquaeque provincia insuo sensu abundat, ait Hieronymus. Quod si hanc confessionis partem ad universales ecclesiae ritus extenderent: et hoc prorsus reiiceretur … («Merecen aprobación también al juzgar que la variedad de los ritos no destruye la unidad de la fe, siempre que hablen de ritos especiales. Pues de esta manera, cada provincia se enriquece en su propio sentido. Pero si esta parte de la Confesión la hacen extensiva a los ritos de uso general en la iglesia, hay que rechazarlos de plano también en esto …»).

182. Cf. la controversia pascual a fines de siglo II, en que la iglesia de Roma excomulgó a los cristianos de Asia Menor; la controversia iconoclasta, en que el Sínodo Laterano (769) condenó al Sínodo de Constantinopla (754); el cisma de Focio (863–900), y ante todo, la excomunión definitiva de la iglesia griega mediante la bula de León IX, en 1054.

183. Autores de los manuales casuísticos de confesión, a partir de la Summa de casibus conscientiae de Raimundo de Pennaforte, a mediados del siglo XIII.

184. Confutatio, CR 27, col. 104: Ab omnibus enim fidelibus universales ritus observandos esse, pulchre S. Augustinus ad Januarium, cuius testimonio et ipsi utuntur, docet. Praesumendum enim sit, illos ritus ab apostolis dimanasse. («Pues los ritos universales deben ser observados por todos los fieles, como bien lo expresó Agustín—de cuyo testimonio ellos mismos hacen uso—en su instrucción a Januario. Pues ha de suponerse que dichos ritos emanaron de los propios apóstoles».)

185. Panarion haer. 70, 10. III.

186. Audianos se llamó a los seguidores de Audi, diácono ascético del siglo IV en las vecindades de Edesa, Macedonia occidental. Audi censuró el espíritu mundanal de la iglesia y del clero. Maltratado por sus adversarios, se apartó de la iglesia de Edesa y se constituyó en obispo de comunidades monásticas en suburbios y lugares desiertos, desde Antioquía a Arabia y Mesopotamia. Fue exiliado por Constantino.

187. Panarion haer. 70, 10.

188. Vid. art. XXII.

189. Confutatio, CR 27, col. 105: Octavus vero articulus confessionis de ministris ecclesiae malis et hypocritis, quod eorum malitia sacramentis et verbo non obsit, acceptatur cum sancta romana ecclesia. («El octavo artículo de la Confesión empero, que trata de los ministros eclesiásticos malos e hipócritas, diciendo que la maldad de los tales no afecta la validez de los sacramentos y de la palabra, lo aceptamos junto con la Iglesia Romana».)

190. Mt. 13:24–30; 36–43; 47–50.

191. Respecto de los donatistas vid. nota 179.