Libro de Concordia
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La Fórmula de Concordia, Declaración Sólida Índice
La Fórmula de Concordia, Declaración Sólida

VII. La Santa Cena

[1] Aunque, según opinan algunos, la exposición de este artículo no debe ser insertada en este documento, porque en éste deseamos explicar los artículos sobre los cuales ha habido controversia entre los teólogos de la Confesión de Augsburgo (de la cual los sacramentarios, ya al principio, cuando esta Confesión se preparó por primera vez y en 1530 fue presentada al emperador en Augsburgo, se apartaron y separaron por completo y presentaron su propia confesión),216 sin embargo, aunque triste es decirlo, ya que durante los últimos años algunos teólogos y otros217 que decían adherirse a la Confesión de Augsburgo han asentido al error de los sacramentarios respecto a este artículo, y no ya en secreto, sino que parcialmente en público y contra su propia conciencia, han tratado de citar con violencia y pervertir la Confesión de Augsburgo, declarando que en lo que respecta a este artículo ella está en completa armonía con la doctrina de los sacramentarios, no podemos menos en este documento que emitir nuestro testimonio mediante nuestra confesión de la verdad divina y repetir el verdadero sentido y entendimiento de las palabras de Cristo y de la Confesión de Augsburgo en lo que respecta a este artículo. Pues reconocemos la obligación de hacer lo que esté a nuestro alcance, con la ayuda de Dios, por preservar pura esta doctrina también para nuestra posteridad y amonestar a nuestros oyentes, juntamente con otros cristianos piadosos, respecto a este error pernicioso, que es del todo contrario a la palabra de Dios y la Confesión de Augsburgo y que ha sido condenado con frecuencia.

LA CONTROVERSIA PRINCIPAL ENTRE NUESTRA DOCTRINA Y LA DE LOS SACRAMENTARIOS RESPECTO A ESTE ARTÍCULO

Algunos sacramintarios se esfuerzan por emplear palabras que se asemejan [2] mucho a las de la Confesión de Augsburgo y a la forma en que se expresan nuestras iglesias, y confiesan que en la santa cena los creyentes reciben realmente el cuerpo de Cristo. Pero cuando nosotros insistimos en que ofrezcan una explicación exacta, sincera y clara, todos ellos declaran a una lo siguiente:218 El verdadero y esencial cuerpo y sangre de Cristo están tan ausentes del pan y vino consagrados como lo está de la tierra el punto más alto del cielo. Pues así rezan sus propias palabras: Decimos que el cuerpo y la sangre de Cristo están tan lejos de los elementos terrenales como lo está la tierra del altísimo cielo. Por lo tanto, cuando hablan de la presencia del [3] cuerpo y la sangre de Cristo en la santa cena, no quieren decir que están presentes aquí en la tierra, sino sólo con respecto a la fe, esto es, que nuestra fe, avisada y estimulada por los elementos visibles, así como la palabra predicada, se eleva a sí misma y asciende a lo más alto del cielo y recibe el cuerpo de Cristo que está presente en el cielo y disfruta de ese cuerpo, aún más, de Cristo mismo con todos sus beneficios de una manera real y esencial, pero no obstante únicamente espiritual. Pues sostienen que como el pan y el vino están aquí en la tierra y no en el cielo, así el cuerpo de Cristo está actualmente en el cielo y no en la tierra, y por consiguiente, en la santa cena no se recibe más que pan y vino con la boca.

[4] Originalmente alegaban que la santa cena es sólo un símbolo externo por el cual son conocidos los cristianos, y que en este sacramento no se ofrece otra cosa que mero pan y vino (los cuales simplemente son símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo). Cuando esta invención no pudo soportar la prueba, empezaron a confesar que el Señor Jesucristo está verdaderamente presente en su cena, pero esto mediante la comunicación de los atributos,219 esto es, según su naturaleza divina únicamente, pero no con su cuerpo y sangre.

[5] Más tarde cuando fueron obligados por las palabras de Cristo a confesar que el cuerpo de Cristo está presente en la santa cena, aún seguían entendiendo y declarando que no era más que un modo de presencia espiritual, esto es, que por la fe el creyente participa del poder, la eficacia y los beneficios de Cristo; porque, dicen ellos, mediante el Espíritu, que es omnipresente, nuestros cuerpos, en los cuales mora aquí en la tierra el Espíritu de Cristo, están ligados con el cuerpo de Cristo, que se halla en el cielo.

[6] Sucedió, pues, que muchos hombres prominentes fueron engañados por estas palabras aparentemente admisibles y correctas,220 esto es, cuando (los sacramentarios) afirmaban y alegaban con jactancia que no enseñaban otra cosa sino que el cuerpo del Señor Jesucristo está presente en la santa cena de una manera real, esencial y viva; pero por esto quieren decir que es una presencia según la naturaleza divina únicamente y no según el cuerpo y la sangre de Cristo.

[7] Según ellos, el cuerpo y la sangre de Cristo no están realmente en ningún otro lugar, sino en el cielo, y que él nos da a comer y beber con el pan y el vino su verdadero cuerpo y sangre, para que nosotros participemos de ellos espiritualmente por medio de la fe, pero no corporalmente con la boca.

Pues ellos interpretan las siguientes palabras de la santa cena: «Tomad, comed, esto es mi cuerpo», no en un sentido propio literal sino en un sentido figurado, de manera que comer el cuerpo de Cristo no significa otra cosa que creer, y la palabra «cuerpo» equivale a símbolo, esto es, una señal o figura del cuerpo de Cristo, el cual no está presente en la tierra ni en la santa cena, sino únicamente en el cielo. Interpretan la palabra «es» sacramentalmente de un modo representativo, a fin de que nadie considere la cosa unida a las señales como que también la carne de Cristo está realmente presente en la tierra de una manera invisible e incomprensible;221 es decir, que el cuerpo de [8] Cristo está unido con el pan de un modo sacramental o representativo, de modo que cuando los cristianos creyentes y piadosos participan del pan con la boca, no hay duda de que participan espiritualmente del cuerpo de Cristo, el cual está en el cielo. En cambio (los sacramintarios) acostumbran condenar y execrar como horrible blasfemia la doctrina que enseña que el cuerpo de Cristo está presente esencialmente aquí en la tierra en la santa cena, aunque de manera invisible e incomprensible, y es recibido con la boca juntamente con el pan consagrado, aun por los hipócritas o cristianos de nombre.222

Para combatir estos errores, la Confesión de Augsburgo,223 de acuerdo [9] con la palabra de Dios, enseña lo siguiente respecto a la santa cena: El verdadero cuerpo y sangre de Cristo están realmente presentes, se distribuyen y reciben en la santa cena bajo la forma de pan y vino; y se rechaza la doctrina contraria, esto es, la de los sacramintarios, quienes presentaron su propia Confesión de Augsburgo al mismo tiempo en que fue presentada la nuestra. En esa Confesión enseñan que el cuerpo de Cristo, puesto que ha subido a los cielos, no está verdadera y esencialmente presente en el sacramento de la santa cena administrado aquí en la tierra. Y esto a pesar de que la doctrina [10] correcta está expuesta con tanta claridad en el Catecismo Menor224 del Dr. Lutero, en las siguientes palabras: La santa cena, instituida por Cristo mismo, es el verdadero cuerpo y sangre de Nuestro Señor Jesucristo, con el pan y el vino, para que los cristianos comamos y bebamos. Y en la Apología no sólo [11] se explica esto aún con mayor claridad, sino que también se establece definitivamente mediante las palabras de San Pablo en 1 Corintios 10:16 y por el Testimonio de Cirilo, en las siguientes palabras: Ha quedado aprobado el Artículo Décimo, en el cual enseñamos que en la santa cena el cuerpo y la sangre de Cristo están verdadera y esencialmente presentes, y son ofrecidos realmente con los elementos visibles, el pan y el vino, a los que reciben el sacramento. Pues ya que San Pablo declara: «El pan que partimos … es la comunión del cuerpo de Cristo», etc, síguese que si el cuerpo de Cristo no estuviese realmente presente, sino únicamente el Espíritu Santo, el pan no sería la comunión del cuerpo de Cristo, sino la del Espíritu Santo. Además, sabemos que no sólo la Iglesia Romana, sino también la Iglesia Griega ha enseñado la presencia del cuerpo de Cristo en la santa cena. Y se aduce el testimonio de Cirilo de que Cristo mora también corporalmente en nosotros en la santa cena mediante la comunicación de su carne.

[12] Más tarde, cuando los que en Augsburgo habían presentado su propia confesión respecto a este artículo se aliaron a la Confesión de nuestras iglesias, fue compuesta y firmada en Wittenberg225 en 1536 por el Dr. Martín Lutero y otros teólogos de ambos lados, la siguiente Fórmula de la Concordia, esto es, los artículos en que había conformidad cristiana entre los teólogos de Sajonia y los de la parte superior226 de Alemania.

[13] Hemos oído cómo Martín Bucer, al referirse al sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo, expresó del modo siguiente su propia opinión y la de los otros teólogos que vinieron con él de las ciudades:

[14] Ellos confiesan, según las palabras de Ireneo,227 que en este sacramento hay dos cosas, una celestial y otra terrenal. Por consiguiente, sostienen y enseñan que con el pan y el vino, de un modo verdadero y esencial, están presentes, se ofrecen y se reciben el cuerpo y la sangre de Cristo. Y aunque no creen en la transubstanciación, esto es, en la transformación esencial del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo ni tampoco mantienen que están incluidos localmente228 o unidos permanentemente con ellos fuera del uso229 del sacramento, no obstante enseñan que por medio de la unión sacramental [15] el pan es el cuerpo de Cristo y el vino es la sangre de Cristo. Pues fuera del uso, cuando el pan es puesto en la píxide para ser guardado o es llevado en la procesión para ser exhibido, como acostumbran hacerlo los papistas, no enseñan que el cuerpo de Cristo está presente.

[16] En segundo lugar, sostienen que la institución de este sacramento, hecho por Cristo, es eficaz en la iglesia, y que su eficacia no depende de la dignidad o indignidad del ministro que distribuye230 el sacramento o del que lo recibe. Por lo tanto, ya que San Pablo enseña que aun los indignos participan del sacramento, ellos enseñan que también a los indignos se les ofrece realmente el cuerpo y la sangre de Cristo, y que los indignos realmente los reciben, siempre que se observen la institución y el mandato de Cristo. Sin embargo, tales personas los reciben para su condenación, como declara San Pablo; pues abusan el santo sacramento porque lo reciben sin verdadero arrepentimiento y sin fe. Pues fue instituido a fin de testificar que a los que verdaderamente se arrepienten y se consuelan mediante la fe en Cristo, se les aplican la gracia y los beneficios de Cristo y forman parte del cuerpo de Cristo y son lavados por su sangre.

El año siguiente, cuando los teólogos principales de la Confesión de [17] Augsburgo vinieron de diferentes partes de Alemania para reunirse en Esmalcalda y deliberaron sobre qué debían presentar en el concilio231 respecto a esta doctrina de la iglesia, por común acuerdo los Artículos de Esmalcalda fueron redactados por el Dr. Martín Lutero y firmados por todos los teólogos, colectiva e individualmente. En estos artículos se explica el significado verdadero y correcto en palabras claras y breves que concuerdan exactamente con las palabras de Cristo, y se excluye todo subterfugio y evasión de los [18] sacramentarios. Pues éstos, para su propio provecho, habían pervertido la Fórmula de Concordia, esto es, los ya mencionados artículos de unión,232 redactados el año anterior, declarando que con el pan se ofrece el cuerpo de Cristo, juntamente con todos sus beneficios, pero no de una manera diferente de como se ofrece por medio de la palabra del evangelio, y que por la unión sacramental no se puede entender otra cosa que la presencia espiritual del Señor Jesucristo mediante la fe. Por lo tanto, estos artículos declaran: «El [19] pan y el vino en la santa cena son el verdadero cuerpo y sangre de Jesucristo, los cuales se ofrecen y son recibidos no sólo por los verdaderos creyentes, sino también por aquellos que nada tienen de cristianos excepto el nombre».233

El Dr. Martín Lutero también ha explicado esta doctrina más detalladamente [20] en su Catecismo Mayor.234 Allí se nos dice: «¿En qué consiste, pues, el sacramento del altar? Respuesta: El sacramento del altar es el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro Señor Jesucristo, con el pan y el vino, que Cristo, por su palabra, nos ha ordenado a todos los cristianos comer [21] y beber». Y poco más adelante: «Digo que la palabra hace y caracteriza este sacramento, de modo que no se trata ya de un pan y un vino cualquiera, sino [22] de la carne y sangre de Cristo». Y: «Con la palabra podrás, asimismo, fortalecer tu conciencia y decir: Aunque cien mil demonios y todos los entusiastas exaltados del mundo vengan a poner en duda que el pan y el vino son el cuerpo de Cristo y la sangre de Cristo, yo, por mi parte, sé que todos los espíritus y todos los sabios eruditos juntos poseen menos sabiduría que la que la Majestad divina tiene en su dedo meñique. He aquí las palabras de Cristo: ‘Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Bebed todos del cáliz; esto es el nuevo pacto en mi sangre …’Ya esto nos atenemos nosotros; y ya veremos lo que hacen quienes pretenden corregir a Cristo y no obran conforme a sus [23] palabras». Ahora bien: No es menos cierto que si retiras la palabra o consideras al sacramento desligado de ella, el pan y el vino quedarán reducidos sencillamente a pan y vino corrientes. Pero si por el contrario, permanecen unidos a la palabra (¡como debe ser!) son, en virtud de la misma, el cuerpo y la sangre de Cristo, toda vez que ha de suceder lo que Cristo ha dicho; y Cristo ni engaña ni miente.

[24] «Sabido esto, no es difícil replicar a las diversas preguntas hoy en boga: Por ejemplo, aquella acerca de si un sacerdote indigno puede tener en sus manos el sacramento y repartirlo. En respuesta a esta pregunta asentaremos lo siguiente: Aunque sea un malvado quien tome o dé el sacramento, no dejará de tomar o repartir el verdadero sacramento, esto es, el cuerpo y la sangre de Cristo, lo mismo que quien con la mayor dignidad posible use del sacramento. Porque el sacramento no se funda en la santidad humana, sino en la palabra de Dios. Y así como no existe santo alguno en la tierra o en los cielos capaz de hacer del pan y del vino el cuerpo y la sangre de Cristo, tampoco podrá nadie alterar o transformar el sacramento, aunque fuera usado indignamente. [25] La palabra, en virtud de la cual se administra el sacramento (y que con este fin ha sido instituida), no dejará de ser verdadera por razón de la [26] persona o de incredulidad. Cristo no ha dicho: ‘Si creéis y sois dignos tendréis mi carne y mi sangre’. Antes, bien, dice Cristo: ‘Tomad, comed … , bebed … ; esto es mi cuerpo … ; esto es mi sangre … ’. Además, añade: ‘Haced esto … ’. Es decir, lo que ahora estoy haciendo yo mismo, lo que instituyo en este momento, lo que os doy y os ordeno, esto haced. ¿Y no es como si dijera: ‘Seáis dignos o indignos, he aquí su cuerpo y su sangre según el poder y virtud de las palabras que van ligadas al pan y al vino’? Ten esto muy en cuenta y no lo olvides; pues dichas palabras son toda nuestra base, protección y defensa contra las doctrinas erróneas y las seducciones presentes y venideras».

[27] Hasta aquí el Catecismo Mayor en el cual se establece mediante la palabra de Dios la verdadera presencia del cuerpo y la sangre de Cristo en la santa cena. De esta presencia participan no sólo los creyentes y dignos, sino también los incrédulos e indignos.

Pero por cuanto el ilustre Dr. Lutero, a quien el Espíritu Santo iluminó [28] con singulares y excelentísimos dones, bajo la dirección del Espíritu previo que después de su muerte algunos tratarían de que se le sospechara de haberse apartado de la doctrina que se acaba de mencionar y de otros artículos de la fe cristiana, anadió al fin de su Confesión Mayor235 la siguiente declaración solemne:

«Ya que veo que a medida que pase el tiempo aumentarán las sectas y [29] los errores y que el furor y la furia de Satanás son interminables, a fin de que en lo sucesivo bien durante mi vida o después de mi muerte algunos de ellos no tomen mi nombre para defender suposición ni citen falsamente mis escritos para respaldar sus errores como ya lo están haciendo los sacramintarios y los anabaptistas, es mi intención mediante este artículo confesar mi fe respecto a todos los artículos de nuestra religión ante Dios y todo el mundo; pues en esta fe deseo permanecer hasta la muerte, y asido a ella (¡que Dios me ayude!) salir de este mundo y comparecer ante el tribunal del Señor Jesucristo. Y si después de mi muerte alguien dijere: Si el Dr. Lutero estuviese [30] vivo, enseñaría y confesaría de un modo diferente tal o cual doctrina, pues no la había considerado detenidamente—para combatir tal concepto—digo ahora lo que ya he dicho antes, y lo que ya he dicho antes ahora lo repito, que por la gracia de Dios, con la mayor diligencia he comparado repetidas veces todos estos artículos con las Escrituras, y con frecuencia he vuelto a revisarlos, y los defenderé con la misma confianza con que ahora defiendo la doctrina acerca del sacramento del altar. No estoy ebrio ni hablo sin pensar; [31] sé lo que digo; y bien comprendo qué cuentas he de dar cuando Jesucristo vuelva a juzgar a los vivos y a los muertos. Por lo tanto, no quiero que nadie considere esto como broma o palabras vanas; para mí es un asunto serio; pues por la gracia de Dios conozco bastante a Satanás. Si él puede pervertir o confundir la palabra de Dios, ¿qué no hará con mis palabras o las de otro?»

Después de esta declaración solemne, el venerable Dr. Lutero, entre [32] otros artículos, presenta también el siguiente:236 «De este mismo modo yo también hablo y confieso respecto al sacramento del altar: En él realmente se comen y se beben con la boca el cuerpo y la sangre de Cristo, aunque los ministros que administran la santa cena o los que reciben no crean en ella o la abusen. Pues ella no depende de la fe o incredulidad de los hombres, sino de la palabra y ordenanza de Dios, a menos que primero se cambie la palabra y ordenanza de Dios y se interprete de otro modo, como lo hacen los adversarios actuales del sacramento, quienes, por supuesto, no tienen más que pan y vino; pues no tienen las palabras ni la ordenanza estipuladas por Dios, sino que las han pervertido y cambiado de acuerdo con su arrogante opinión propia».

[33] El Dr. Lutero, quien mejor que los demás, entendió muy bien el verdadero y singular significado de la Confesión de Augsburgo, y quien hasta el fin de su vida permaneció constantemente fiel a ella y la defendió, poco antes de su muerte reiteró con el mayor celo su fe respecto a este artículo, declarando lo siguiente:237 «Pongo en la misma categoría de sacramintarios y fanáticos (pues en efecto lo son) a todos los que no creen que en la santa cena el pan del Señor es su verdadero cuerpo natural, el cual es recibido con la boca por los incrédulos o por Judas mismo igual que por San Pedro y todos los demás santos. El que no cree esto, repito, debe dejarme en paz y no esperar tener comunión conmigo. Persisto en esta opinión de la que no he de cambiar».

[34] De estas explicaciones y en particular de la del Dr. Lutero, como el teólogo principal de la Confesión de Augsburgo, toda persona de inteligencia normal y amante de la verdad y la paz, sin duda puede percibir cuál ha sido siempre el verdadero significado y entendimiento de la Confesión de Augsburgo en lo que respecta a este artículo.

[35] La razón por la cual se emplean también las siguientes expresiones de Cristo y de San Pablo: «Bajo el pan, con el pan, en el pan» (Mt. 26:26; Lc. 22:19; Mr. 14:22; 1 Co. 11:24; 10:16),238 además de las usadas por Cristo y San Pablo (el pan en la santa cena es el cuerpo de Cristo o la comunión del cuerpo de Cristo), lo explica el hecho de que por medio de ellas se rechaza la transubstanciación papista y se indica la unión sacramental de la esencia inmutable del pan y del cuerpo de Cristo. La Escritura menciona otros casos [36] en que cierta expresión se repite y se explica por medio de otras expresiones equivalentes. Por ejemplo: «Aquel Verbo fue hecho carne» (Jn. 1:14), se explica por medio de las siguientes expresiones: El Verbo «habitó entre nosotros» (Jn. 1 :14b); «En él habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente» (Col. 2:9); «Dios estaba con él» (Hch. 10:38); «Dios estaba en Cristo» (2 Co. 5:19); y otras similares. Estas expresiones repiten y explican la declaración de Juan 1:14, a saber que mediante la encarnación la esencia divina no se ha cambiado en la naturaleza humana, sino que las dos naturalezas, [37] sin que se hayan mezclado, están unidas personalmente. De igual modo, muchos eminentes teólogos antiguos, como Justino, Cipriano, Agustín, León, Gelasio, Crisostomo y otros, usan esta comparación respecto a las palabras del Testamento de Cristo: «Esto es mi cuerpo» para enseñar que así como en Cristo están inseparablemente unidas dos naturalezas distintas e inmutables, asimismo en la santa cena las dos substancias, el pan natural y el verdadero cuerpo natural de Cristo, están presentes juntamente aquí en la tierra en la administración establecida del sacramento. Esta unión [38] del cuerpo y la sangre de Cristo con el pan y el vino no es una unión personal, como la de las dos naturalezas en Cristo, sino una unión sacramental, según la declaración del Dr. Lutero y nuestros teólogos en la Fórmula de Concordia239 del año 1536 y en otros escritos. Por esta unión sacramental dan a entender que, aunque también emplean las siguientes expresiones: «En el pan, bajo el pan, con el pan», sin embargo han recibido las palabras de Cristo en un sentido propio y tal como rezan y han entendido las palabras del testamento de Cristo: «Esto es mi cuerpo» no como una expresión figurada, sino como una expresión inusitada. Pues sobre este asunto Justino se expresa así: «Recibimos [39] esto no como pan común y bebida común sino que así como Jesucristo, nuestro Salvador, mediante la palabra de Dios, se hizo carne y por causa de nuestra salvación también tuvo carne y sangre, asimismo creemos que la comida que él bendijo mediante la palabra y la oración es el cuerpo y la sangre de nuestro [40] Señor Jesucristo». De igual modo, también el Dr. Lutero en su Confesión Mayor y especialmente en su Última, al escribir sobre la santa cena,240 defiende con el mayor celo la declaración misma que Cristo hizo al celebrar la primera cena.

[41] Ya que al Dr. Lutero se le considera como el teólogo más eminente de las iglesias que aceptan la Confesión de Augsburgo, y toda la doctrina de él en suma y substancia está comprendida en la muy conocida Confesión de Augsburgo y fue presentada al emperador Carlos V, es, pues, natural que el verdadero significado y sentido de la muy citada Confesión de Augsburgo no puede ni debe ser extraído de ninguna otra fuente que de los escritos doctrinales y polémicos del Dr. Lutero.

[42] Y es verdad innegable que lo que acabamos de declarar está fundado en la única roca, firme, inmovible e indudable de la verdad (las palabras divinas de la institución de la santa cena) y de que esa verdad fue así entendida, enseñada y propagada por los evangelistas y apóstoles, y sus discípulos y oyentes.

[43] Por cuanto, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, respecto a quien, como nuestro único Maestro, se ha dado, desde los cielos, el siguiente mandato solemne a los hombres: «A él oíd» (Mt. 17:5; Le.3:22), y quien no es un mero hombre o ángel, ni únicamente verdadero, sabio y poderoso, sino la eterna Verdad y Sabiduría misma y el Dios todopoderoso, y quien sabe muy bien qué y cómo debe hablar, y además puede realizar y ejecutar poderosamente todo lo que dice y promete, según su misma declaración: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Lc. 21:33). Y en Mateo 28:18: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra».

[44] Y por cuanto este verdadero y todopoderoso Señor, nuestro Creador y Redentor, después de la última Pascua, al principio de su amarga pasión y muerte por nuestros pecados, en esos últimos y tristes momentos, después de haber considerado el asunto con la mayor solemnidad en la institución de este muy importante sacramento, el cual sería usado hasta el fin del mundo con la mayor reverencia y humildad como memoria perpetua de su amarga pasión y muerte y de todos sus beneficios, como sello y confirmación del nuevo pacto, como consuelo para todo corazón atribulado y como unión firme de los cristianos con Cristo, su Cabeza, y de los unos con los otros, al ordenar e instituir él la santa cena, pronunció las siguientes palabras respecto al pan que bendijo y dio a sus discípulos: «Tomad, comed: Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado» (Mt. 26:26; Lc. 22:19), y respecto a la copa, o el vino: «Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por vosotros es derramada para remisión de los pecados» (Mr. 14:24; Lc. 22:20; Mt. 26:28).

Por lo tanto, es nuestro deber no interpretar y explicar estas palabras [45] del eterno, verdadero y todopoderoso Hijo de Dios, nuestro Señor, Creador, y Redentor, de un modo diferente, esto es, de un modo alegórico, figurado o metafórico, según parezca agradable a nuestra razón, sino con fe sencilla y debida obediencia aceptar las palabras tal como rezan, en su sentido propio y claro, y no permitir que seamos desviados del Testamento expreso de Cristo por objeciones y contradicciones humanas, extraídas de la razón humana, no importa cuán atractivas parezcan a la razón.

El ejemplo de Abraham ilustra lo antedicho. Cuando Abraham oyó que Dios le dijo que [46] sacrificara a su hijo, suficiente razón tuvo para argüir si las palabras de Dios debían ser entendidas literalmente o en un sentido más tolerable y cómodo, ya que las palabras del Señor reñían abiertamente no sólo con la razón humana y con la ley divina y natural, sino también con el artículo principal de la fe respecto a la Simiente prometida, Cristo, que nacería de Isaac. Sin embargo, procedió así como había procedido antes, cuando se le hizo la promesa, y otorgó a Dios el honor de la verdad, y con la mayor confianza concluyó y creyó que Dios podía cumplir lo que había prometido, aunque le parecía imposible a su razón. Asimismo en el caso de Isaac, Abraham entiende y cree con toda sencillez y claridad las palabras y el mandato de Dios, aceptando todo literalmente, y encomienda el asunto a la omnipotencia y sabiduría de Dios, quien tiene muchas más maneras de cumplir la promesa respecto a la Simiente procedente de Isaac que las que él puede comprender con su ciega razón.

De igual modo, también nosotros simplemente debemos creer con toda [47] humildad y obediencia las palabras perspicuas, firmes, claras y solemnes y el mandato de nuestro Creador y Redentor, sin abrigar duda o entablar argumento respecto a si cuadran con nuestra razón o si son posibles. Pues estas palabras fueron pronunciadas por aquel Señor que es la Sabiduría y la Verdad misma y que puede cumplir y otorgar todo lo que promete.

Todas las circunstancias de la institución de la santa cena testifican que [48] estas palabras de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, las cuales son de por sí sencillas, claras e indubitables, no pueden ni deben ser entendidas en un significado diferente del significado acostumbrado, propio y común que ellas poseen. Pues ya que Cristo dio este mandamiento (de que su cuerpo sea comido, etc.), en tanto que él y sus discípulos estaban sentados a la mesa y participaban de la cena, no hay duda pues, de que él habla del pan real y natural y del vino natural; asimismo del comer y beber con la boca, de modo que no puede haber metáfora, esto es, cambio de significado en la palabra «pan», como si el cuerpo de Cristo fuese un pan espiritual o un alimento [49] espiritual para el alma. De igual modo, Cristo mismo se cuida de no expresar metonimia alguna, esto es, de que no haya cambio de significado en la palabra «cuerpo», y de no hablar respecto a una señal de su cuerpo, o respecto a un cuerpo simbólico o figurado, o respecto a la virtud de su cuerpo o los beneficios que él nos ha conseguido por medio del sacrificio de su cuerpo, sino que él habla de su cuerpo verdadero y esencial, que entregó mediante su muerte por nosotros, y de su sangre verdadera y esencial, que él derramó por nosotros en el madero del Calvario para la remisión de los pecados.

[50] Por supuesto, respecto a las palabras de Jesucristo, no hay intérprete más fiel y seguro que Cristo el Señor mismo, pues él entiende mejor que nadie sus propias palabras y opinión y posee la suprema sabiduría e inteligencia para explicarlas. Tanto aquí, cuando hace su último testamento y su perpetuo pacto y unión, como en otros lugares en que presenta y confirma todos los artículos de la fe y en la institución de todas las demás señales del pacto y de la gracia o sacramentos, por ejemplo, la circuncisión, los varios sacrificios estipulados en el Antiguo Testamento, y el santo bautismo, utiliza, no palabras alegóricas, sino enteramente propias, sencillas, indubitables y claras. Y a fin de que no haya lugar para ambigüedad alguna, las explica con la mayor claridad mediante las siguientes expresiones: «Dado por vosotros; derramada [51] por vosotros». Y también deja que sus discípulos acepten ese significado sencillo y propio, y les ordena que así deben enseñar a todas las naciones a guardar todas las cosas que él ha mandado a ellos los apóstoles (Mt. 28:19–20).

[52] También por esta razón, los tres evangelistas (Mt. 26:26; Mr. 14:22; Lc. 22:19; 1 Co. 11:25), y el apóstol San Pablo, quien después de la ascensión de Cristo recibió de Cristo mismo la misma institución de la santa cena (1 Co. 11:23–25), unánimemente y con las mismas palabras y sílabas repiten respecto al pan consagrado y distribuido estas palabras exactas, claras inmovibles y verdaderas de Cristo: «Esto es mi cuerpo», de una sola manera, [53] sin ninguna interpretación o variación. Por lo tanto, no hay duda de que también respecto a la otra parte del sacramento las siguientes palabras de Lucas y Pablo:241 «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre» no pueden tener otro significado que el que dan San Mateo y San Marcos:242 «Esto (es decir, lo que con la boca tomáis de la copa) es mi sangre del nuevo pacto, por el cual yo establezco, garantizo y confirmo con vosotros los hombres éste mi testamento y nuevo pacto, es decir, la remisión de los pecados».

[54] Asimismo deben considerarse con la mayor diligencia y precisión, como un testimonio especialmente claro de la presencia y distribución verdadera y esencial del cuerpo y la sangre de Cristo en la santa cena, la repetición, confirmación y explicación que de las palabras de Cristo hace San Pablo en 1 Corintios 10:16: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?» De esto aprendemos con la mayor claridad que no sólo la copa que Cristo bendijo en la primera santa cena y no sólo el pan que Cristo partió y distribuyó, sino también que lo que nosotros partimos y bendecimos es la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo, de manera que todos los que comen este pan y beben esta copa reciben realmente el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo y participan de ese cuerpo y esa sangre. Pues si el cuerpo de Cristo no estuviera presente de un modo real [55] y esencial y no se participara de él de ese mismo modo, sino únicamente según su poder y eficacia, el pan tendría que ser llamado, no una comunión del cuerpo, sino del Espíritu, del poder y de los beneficios de Cristo, según arguye y deduce la Apología.243 Y si Pablo estuviera hablando únicamente de [56] la comunión espiritual del cuerpo de Cristo mediante la fe, según pervierten este texto los sacramintarios, no diría que el pan es la comunión del cuerpo de Cristo, sino que lo es el espíritu o la fe. Pero como él dice que el pan es la comunión del cuerpo de Cristo y que todos los que participan del pan consagrado también participan del cuerpo de Cristo, no hay duda de que está refiriéndose no a una participación espiritual del cuerpo de Cristo, sino a una participación sacramental o con la boca, que es común a cristianos sinceros y a cristianos insinceros.244

Comprueban también esto las razones y circunstancias que motivaron [57] toda esta exposición de San Pablo (1 Co. 10:18–33). El apóstol se dirige a los que comían de lo sacrificado a los ídolos y participaban en el culto que los paganos hacían a los demonios y no obstante iban también a la mesa del Señor, y les advierte que se abstengan de esas prácticas a fin de que no reciban para juicio y condenación el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues ya que todos los que participan del pan consagrado y partido en la santa cena también tienen comunión con el cuerpo de Cristo, es evidente que San Pablo no puede estar refiriéndose a la comunión espiritual con Cristo, la cual nadie puede abusar ni en cuanto a la cual tampoco se amonesta a nadie.

Por consiguiente, nuestros queridos padres y antecesores, tales como [58] Lutero y otros fieles maestros de la Confesión de Augsburgo, explican esta declaración de San Pablo de manera tal que concuerda por completo con las palabras de Cristo. Declaran ellos: «El pan que partimos es el cuerpo de Cristo que se distribuye, o el cuerpo de Cristo que se comunica, dado a los que reciben el pan partido».

[59] A esta exposición sencilla y bien fundamentada de este glorioso testimonio (1 Co. 10:16), nos atenemos unánimemente, y con justicia nos sorprende que algunos, para establecer su error, osen citar ahora este texto, con el cual ellos mismos combatían antes a los sacramentarios, alegando que en la santa cena se participa del cuerpo de Cristo de una manera espiritual únicamente.245 Pues declaran lo siguiente: «El pan es la comunión del cuerpo de Cristo, es decir, es el medio por el cual tenemos comunión con el cuerpo de Cristo, que es la iglesia, o es el medio por el cual nosotros los creyentes estamos unidos con Cristo, del mismo modo como la palabra del evangelio, asida por la fe, es un medio por el cual estamos unidos espiritualmente a Cristo e incorporados al cuerpo de Cristo, que es la iglesia».

[60] San Pablo enseña expresamente que no sólo los cristianos piadosos y sinceros, sino también los hipócritas indignos e impíos, como Judas y sus semejantes, que no tienen comunión espiritual con Cristo y se acercan a la mesa del Señor sin haberse arrepentido de sus pecados y convertido a Dios, también reciben con la boca, en el sacramento, el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo, y a causa de su indigno comer y beber pecan gravemente contra el cuerpo y la sangre de Cristo. He aquí lo que declara San Pablo: «Cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente» (1 Co. 11:27), peca no meramente contra el pan y el vino, no meramente contra las señales y los símbolos y las figuras del cuerpo y la sangre, sino que también «será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor», al que, puesto que está presente en la santa cena, deshonra, abusa y difama, tal como hicieron los judíos, que de hecho profanaron el cuerpo de Cristo y lo mataron. Así han entendido y explicado unánimemente este pasaje los santos padres y doctores de la iglesia.

[61] Existen, pues, dos maneras de comer la carne de Cristo. Una es espiritual, de la cual habla Cristo especialmente en Juan 6:48–58. Ésta se realiza únicamente mediante el Espíritu y la fe en la predicación y meditación del evangelio e igualmente en la santa cena y de por sí es útil y saludable, y necesaria en todo tiempo para salvación a los creyentes. Sin esta participación espiritual el comer sacramental o con la boca no sólo no es saludable, sino que también es perjudicial y condenador.246

[62] Pero este comer espiritual no es otra cosa que la fe, esto es, oír la palabra de Dios (en la cual se nos ofrece a Cristo, verdadero Dios y hombre, juntamente con todos los beneficios que él nos consiguió mediante su carne, ofrecida en sacrificio, por nosotros, y por la sangre que derramó por nosotros, es decir, la gracia de Dios, el perdón de los pecados, la justicia y la vida eterna), recibirla por la fe y apropiárnosla, y en todas las tribulaciones y tentaciones creer y permanecer con la mayor confianza en el consuelo de que tenemos un Dios misericordioso y la salvación eterna por los méritos de nuestro Señor Jesucristo.

El segundo comer del cuerpo de Cristo es el comer con la boca o el [63] comer sacramental. Este comer ocurre cuando en la santa cena todos los que comen y beben el pan y el vino consagrados reciben también con la boca el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo y participan del uno y la otra. Los creyentes los reciben como promesa y seguridad de que sus pecados les son verdaderamente perdonados y de que Cristo mora en ellos y es eficaz en ellos; en cambio, los incrédulos los reciben para su juicio y condenación. Esto lo declaran expresamente las palabras de Cristo en la institución, cuando [64] en la mesa y durante la cena ofrece a sus discípulos el pan natural y el vino natural, a los cuales llama su verdadero cuerpo y su verdadera sangre, en tanto que dice: «Comed, y bebed». Pues en vista de las circunstancias este mandato evidentemente no puede entenderse de otro modo que comer y beber con la boca; pero no de una manera grosera, camal, capemaítica,247 sino de una manera sobrenatural, incomprensible. A esto, el otro mandato añade [65] después aún otro comer espiritual, cuando el Señor sigue diciendo: «Haced esto en memoria de mí» (Lc. 22:19; 1 Co. 11:24). Con estas palabras el Señor exige la fe, que es participar espiritualmente del cuerpo de Cristo.

Por consiguiente, todos los antiguos maestros cristianos enseñan expresemente [66] y en completo acuerdo con toda la santa iglesia cristiana, ateniéndose a estas palabras de la institución de Cristo y la explicación de San Pablo, que el cuerpo de Cristo no sólo es recibido espiritualmente mediante la fe, cosa que también ocurre sin que se use el sacramento, sino también con la boca, no sólo por cristianos piadosos y sinceros, sino también por cristianos indignos, incrédulos, falsos e impíos. Ya que esto sería muy extenso como para ser narrado aquí,248 desearíamos, en obsequio de la brevedad, dirigir el lector a los copiosos escritos de nuestros teólogos.

Es evidente, pues, la manera tan injusta y maliciosa con que los [67] sacramentarios249 fanáticos, por ejemplo Teodoro Beza, insultan al Señor Jesucristo, a San Pablo y a toda la iglesia, al referirse a la participación con la boca y a la de los indignos y asimismo a la doctrina acerca de la majestad de Cristo en términos tan horribles que el cristiano sincero se avergonzaría de traducirlos.250

[68] Hay que explicar empero con el mayor cuidado quiénes son los participantes indignos de la santa cena. Son participantes indignos los que se acercan a este sacramento sin verdadero arrepentimiento y contrición a causa de sus pecados, y sin verdadera fe y la sincera intención de enmendar sus vidas. Al comer indignamente el cuerpo de Cristo se cargan de condenación, esto es, del castigo temporal y eterno y son culpables del cuerpo y la sangre de Cristo.

[69] En cambio, son comulgantes verdaderamente dignos los cristianos que son débiles en la fe, tímidos y que sienten inquietud y terror a causa de la grandeza y la cantidad de sus pecados y piensan que por razón de su gran impureza no son dignos de este precioso tesoro y de estos beneficios de Cristo, y que sienten y lamentan la debilidad de su fe y de todo corazón desearían [70] servir a Dios con una fe más firme y gozosa y con obediencia pura. Es para éstos, especialmente, que se ha instituido este santísimo sacramento. Sobre éstos dice Cristo en Mateo 11:28: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». Y en Mateo 9:12: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos». Y en 2 Corintios 12:9: «Mi poder se perfecciona en la debilidad». Y en Romanos 14:1, 3: «Recibid al débil en la fe; … porque Dios le ha recibido». Y en Juan 3:16: «… Todo aquel que en él cree», (ya sea con una fe firme o con una fe débil), «tiene vida eterna».

[71] La dignidad no depende de una debilidad grande o pequeña o del poder de la fe, sino de los méritos de Cristo. En estos méritos se gozó aquel padre que tenía poca fe (Mr. 9:24), así como se gozaron de ellos Abraham, Pablo y otros que poseían una fe gozosa y firme.

[72] Lo anterior se dice respecto a la verdadera presencia y a las dos maneras de participar251 del cuerpo y la sangre de Cristo. La participación se realiza bien por la fe, espiritualmente, o con la boca; el comer con la boca es común a los dignos y a los indignos.252

Ya que también ha habido mala inteligencia y disensión entre los teólogos [73] de la Confesión de Augsburgo respecto a la consagración y la regla común, es decir, que nada es sacramental sin el acto instituido por Dios, [74] hemos hecho mutuamente una declaración fraternal y unánime también acerca de este asunto. El tenor de la declaración es el siguiente: No es la palabra u obra de ninguna persona lo que produce la verdadera presencia del cuerpo y la sangre de Cristo en la santa cena, es decir, no es el mérito o recitación del ministro, ni el comer y beber ni la fe de los comulgantes; sino que la verdadera presencia debe atribuirse únicamente al poder del todopoderoso Dios y a la palabra, institución y ordenanza de nuestro Señor Jesucristo.

Pues las palabras verdaderas y todopoderosas de Jesucristo, pronunciadas [75] cuando instituyó el sacramento, fueron eficaces no sólo en la primera cena, sino que también siguen siendo eficaces, permanentes, válidas y activas, de manera que en todo lugar donde se celebra la santa cena según la institución de Cristo y se usan sus palabras, el cuerpo y la sangre de Cristo están verdaderamente presentes, se distribuyen y se reciben por causa del poder y la eficacia de las palabras que Cristo pronunció en la primera cena. Pues donde se observa su institución y se pronuncian sus palabras sobre el pan y el vino y se distribuyen el pan y el vino consagrados, Cristo mismo, mediante las palabras pronunciadas, sigue siendo activo por virtud de la primera institución, mediante sus palabras que él desea que se repitan en el acto. Como dice Crisòstomo en su «Sermón sobre la Pasión»:253 «Cristo [76] mismo prepara esta mesa y la bendice; pues nadie hace del pan y vino que se nos dan el cuerpo y la sangre de Cristo, sino Cristo mismo, que fue crucificado por nosotros. Las palabras son pronunciadas por boca del ministro, pero los elementos que se ofrecen en la cena son consagrados mediante el poder y la gracia de Dios, por la siguiente palabra de Cristo: ‘Esto es mi cuerpo’. Así como la declaración en Génesis 1:28: ‘Fructificad y multiplicad; llenad la tierra;’ fue pronunciada una sola vez, pero sigue siendo siempre eficaz en esencia, pues continúa la fecundidad y la multiplicación, así también esta declaración (‘Esto es mi cuerpo; esto es mi sangre’) fue pronunciada una sola vez, pero sigue siendo siempre eficaz y activa y seguirá siéndolo hasta el advenimiento de Cristo,254 de manera que en la cena de la iglesia están presentes el verdadero cuerpo y sangre de Cristo».

[77] También Lutero escribe de la misma manera respecto a este asunto: «El mandato y la institución de Cristo tienen este poder y efecto de que administremos no meramente pan y vino, sino su cuerpo y sangre, como lo declaran sus palabras: ‘Esto es mi cuerpo’, etc.; ‘Esto es mi sangre’, etc., de manera que no es lo que nosotros hacemos o decimos, sino lo que Cristo manda y ordena lo que hace del pan el cuerpo y del vino la sangre desde que se celebró la primera cena hasta el fin del mundo, y que mediante nuestro servicio y oficio ellos se distribuyen diariamente».255

[78] Y en otro lugar escribe Lutero: «Aunque yo pronunciase sobre todo el pan que existe las palabras: ‘Esto es el cuerpo de Cristo’, nada, por supuesto, resultaría de ello. Pero cuando en la santa cena decimos, según la institución y el mandato de Cristo, ‘Esto es mi cuerpo’, esto sí es su cuerpo, no por virtud de lo que nosotros decimos o expresamos,256 sino por virtud de su mandato, en que él nos ha ordenado hablar y obrar de ese modo y ha unido su mandato y acto con nuestro hablar».257

[79] Pues bien, en la administración de la santa cena las palabras de la institución deben pronunciarse públicamente o cantarse clara e inteligiblemente [80] y de ningún modo deben omitirse. Y esto por muchísimas e importantísimas razones. En primer lugar, para que se rinda obediencia al mandato de Cristo: Haced esto, sin que por lo tanto se omita lo que Cristo mismo hizo en la [81] santa cena; en segundo lugar, para que la fe de los oyentes respecto a la naturaleza y el fruto de este sacramento (respecto a la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo, respecto al perdón de los pecados y todos los beneficios que nos consiguieron la muerte de Cristo y el derramamiento de su sangre y se nos conceden en el testamento de Cristo), sea estimulada, fortalecida y [82] confirmada por la palabra de Cristo; y en tercer lugar, para que los elementos, el pan y el vino, sean consagrados o bendecidos para este santo uso, a fin de que con ellos se distribuyan el cuerpo y la sangre de Cristo, para comer y beber, según dice San Pablo: «La copa de bendición que bendecimos» (1 Co. 10:16), lo que por cierto no puede suceder de ningún otro modo sino mediante la repetición y recitación de las palabras de la institución.

[83] Sin embargo, el solo bendecir o recitar las palabras de la institución de Cristo no constituye el sacramento si no se observa todo el acto de la cena según fue instituido por Cristo (como cuando no se distribuye y no se recibe el pan consagrado y no se participa de él, mas se encierra, se ofrece en sacrificio o se lleva de aquí para allá), sino que el mandato de Cristo: «Haced [84] esto» (que encierra todo el acto o administración en este sacramento, en que en una asamblea de cristianos, el pan y el vino se toman, consagran, distribuyen, reciben, comen y beben, y al mismo tiempo se anuncia la muerte del Señor) debe observarse inseparable e inviolable, como lo hace San Pablo al poner delante de nuestros ojos todo el acto de partir el pan o la distribución y recepción (1 Co. 10:16).

Volvamos ahora al segundo punto, del cual se hizo mención hace poco. [85] Para conservar esta verdadera doctrina cristiana acerca de la santa cena y para evitar y anular numerosos abusos y perversiones idólatras de este testamento, se ha extraído de las palabras de la institución la siguiente regla258 y norma: «Nada tiene la naturaleza de un sacramento si no es administrado según la institución de Cristo» o «aparte del acto instituido por Dios».259 Esto quiere decir lo siguiente: Si la institución de Cristo no se observa según él la ordenó, no hay sacramento. Esta regla de ningún modo debe ser rechazada, sino que puede y debe ser estimulada y sostenida con provecho en la Iglesia de Dios. Y el «uso», o «acto», no abarca aquí principalmente la fe, ni únicamente [86] el participar del sacramento con la boca, sino todo el acto externo y visible de la santa cena instituido por Cristo, la consagración, las palabras de la institución, la distribución y recepción, o el participar con la boca del pan y del vino consagrados, como también el participar del cuerpo y la sangre de Cristo. Fuera de este uso, como por ejemplo, cuando en la misa papista el [87] pan no es distribuido sino levantado en alto, o encerrado, o llevado de aquí para allá y expuesto para ser adorado, no existe el sacramento; así como no es sacramento o bautismo el agua del bautismo cuando ésta se usa para consagrar campanas o sanar la lepra, o se exhibe de cualquier otro modo para adoración. Precisamente para combatir estos abusos papistas se estableció al principio, cuando se revivió el evangelio, esta regla, la que ha sido explicada por el Dr. Lutero mismo.260

Debemos, además, llamar la atención al hecho de que los sacramintarios [88] pervierten dolosa y maliciosamente esa regla tan útil y necesaria, a los efectos de negar la verdadera presencia real y esencial como también el comer oral del cuerpo de Cristo, que aquí en la tierra se hace tanto por parte de los dignos como de los indignos. En cambio, ellos interpretan esta regla como referente al usum fidei, es decir, al uso espiritual e interno de la fe, alegando que para los indignos el tomar la santa cena no es sacramento, y que el comer el cuerpo de Cristo se efectúa sólo de una manera espiritual, mediante la fe; o, en otras palabras, que la fe es lo que hace presente al cuerpo de Jesús en la santa cena, de modo que los hipócritas indignos e incrédulos no reciben el cuerpo de Cristo como algo presente.

[89] Ahora bien, lo que hace a la cena del Señor un sacramento, no es la fe nuestra, sino sola y exclusivamente la fiel palabra e institución de nuestro omnipotente Dios y Salvador Jesucristo, la cual siempre es y será eficaz en la iglesia cristiana, y que no es anulada o invalidada por la dignidad o indignidad del que administra el sacramento ni por la incredulidad del que lo recibe. El evangelio es y permanecerá verdadero evangelio, pese a que los oyentes impíos no lo creen, sólo que no obra la salvación en quienes no creen; así también, crean o no crean los que reciben el sacramento, Cristo siempre permanece veraz en las palabras que dice: «Tomad, comed, esto es mi cuerpo», y su presencia él la efectúa no por nuestra fe, sino por su omnipotencia.

[90] Por tanto, los que pervirtiendo astutamente la conocida regla, ponen a nuestra fe (que en opinión de ellos es el único factor que hace presente el cuerpo de Cristo y participa de él) por encima de la omnipotencia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, incurren en un pernicioso y desvergonzado error.

[91] Por otra parte, los sacramentarios presentan gran variedad de razones imaginarias y fútiles argumentos respecto de las cualidades esenciales y naturales del cuerpo humano, respecto de la ascensión de Cristo, de su partida de esta tierra y cosas por el estilo. Todo ello ha sido refutado amplia y detalladamente, a base de las Sagradas Escrituras, en los escritos polémicos del Dr. Lutero: «Contra los Profetas Celestiales», «Que estas palabras: ‘Esto es mi cuerpo’» aún están en pie, en su «Confesión Mayor y Menor Acerca de la Santa Cena» y en otros de sus escritos.261 Además, después de la muerte de Lutero, estos espíritus facciosos no han presentado nada nuevo. Por lo tanto y para mayor brevedad, remitimos al lector cristiano a los mencionados escritos.

[92] No queremos ni podemos ni debemos consentir en que ningún agudo pensamiento humano, por más peso y autoridad que aparente tener, nos aparte del sentido llano, explícito y claro de la palabra y testamento de Cristo y nos haga seguir una opinión extraña, distinta de las palabras de Jesús; sino que queremos entender y creer estas palabras tal como las oímos, con toda sencillez. [93] Por tanto, nuestras razones sobre las cuales nos fundamos desde que se originó la disensión respecto de este artículo, son las que concretó Lutero desde un principio (en 1528) contra los sacramintarios en los siguientes términos:262

Mis razones en que me baso respecto de esta cuestión son las siguientes:

1. La primera es este artículo de fe: Jesucristo es Dios y Hombre esencial, [94] natural, verdadero, perfecto, en una sola persona, indiviso e inseparable.

2. La segunda es que la diestra de Dios es ubicua. [95]

3. La tercera es que la palabra de Dios no es falsa ni engañosa. [96]

4. La cuarta es que Dios tiene y conoce diversas maneras de estar en un [97] cierto lugar, no sólo la única manera de que hablan los fanáticos en su impertinencia y que los filósofos llaman local o especial.

Además, el cuerpo de Cristo, que es uno solo, tiene una triple manera, o tres diversos modos, [98] de estar en un lugar:

1. El modo inteligible, corporal, tal como Cristo andaba sobre esta tierra [99] corporalmente, cediendo y ocupando espacio (circunscrito por un determinado espacio) de acuerdo con su estatura.263 Este modo lo puede usar aún ahora, si así le place, como lo hizo después de la resurrección y lo hará nuevamente en el Postrer Día, como dice San Pablo en 1 Timoteo 6:15:264 «La cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores», y en Colosenses 3:4: «Cuando Cristo vuestra vida, se manifieste». En modo tal él no está en Dios ni con el Padre ni en los cielos, como sueñan aquellos espíritus insanos, puesto que Dios no es un espacio o lugar corporal. Y a este modo de ser corporal aluden los textos bíblicos que hablan de cómo Cristo deja el mundo y va al Padre, y a que hacen referencia los fanáticos.265

2. El modo ininteligible, espiritual, en que no ocupa o cede espacio, sino [100] que penetra a través de toda cosa creada, a su entera voluntad, así como mi vista—para usar un ejemplo aproximado—penetra y está en el aire, en la luz o en el agua, sin ocupar ni ceder espacio; o así como el sonido atraviesa el aire o el agua o una tabla o un muro; y está en ellos, sin ocupar ni ceder espacio; o como la luz y el calor atraviesan el aire, el agua, vidrio, cristal, y están en ellos, sin que tampoco ocupen ni cedan espacio; y así podríamos citar muchísimos ejemplos más. Ese modo de ser lo usó Jesús al salir del sepulcro cerrado y sellado, al ir a sus discípulos estando las puertas cerradas, así está en el pan y vino en la santa cena, y así creen que nació de su madre, la santísima virgen María, etc.266

3. El modo divino, celestial, en el cual Cristo es una sola persona con Dios. Según [101] ese su divino y celestial modo de ser, todas las criaturas le han de resultar, sin duda alguna, mucho más penetrables y presentes que según el segundo modo; porque si según el segundo modo, él puede estar en y con las criaturas de manera tal que ellas no lo sienten, tocan, circunscriben ni comprenden, ¡cuánto más maravillosamente ha de estar en todas las criaturas según ese sublime modo tercero, de manera tal que ellas no le circunscriben ni comprenden, sino que antes bien, él las tiene presentes delante de sí, las circunscribe y comprende. Pues este modo de ser de Cristo, según el cual él es una persona con Dios267 (esa forma de presencia que él tiene a raíz de su unión personal con Dios) es menester que lo pongas fuera, muy fuera de las criaturas, tan fuera como está Dios, y por otra parte debes ponerlo tan profunda e íntimamente en las criaturas como Dios está en ellas. Porque él es una persona inseparable con Dios; donde está Dios, allí necesariamente tiene que estar también él; de lo contrario, [102] nuestra fe es falsa. ¿Quién podrá explicar empero, o imaginarse cómo sucede esto? Sabemos muy bien que es así, que él está en Dios, fuera de todas las criaturas, y que es una sola persona con Dios; mas como sucede, no lo podemos saber. Es un misterio que sobrepasa todo lo natural y todo entendimiento, también el entendimiento de los ángeles en el cielo; sólo Dios lo conoce y comprende. Y como es incomprensible para nosotros y sin embargo del todo cierto, no nos cuadra negar estas palabras de Jesús, a menos que podamos comprobar de manera fehaciente que el cuerpo de Cristo no puede estar en absoluto allí donde está Dios,268 y que tal modo de ser (tal presencia) es una ficción. ¡Incumbiría a los fanáticos comprobarlo! Pero se abstendrán de hacerlo.

[103] Con esto no quiero negar que Dios tenga y conozca otros modos más cómo el cuerpo de Cristo está en un lugar. Sólo quiero indicar cuán estúpidos son nuestros fanáticos al no conceder al cuerpo de Cristo más que el modo de ser primero, inteligible. Pero ni siquiera pueden comprobar que este primer modo está en pugna con nuestro entendimiento. Yo por mi parte no abrigo la menor duda de que Dios en su poder ilimitado puede hacer que un cuerpo esté simultáneamente en distintos lugares, aun en forma corporal y comprensible. ¿Quién querrá demostrar que Dios es incapaz de ello? ¿Quién vio jamás un límite en su poder? Verdad es que los fanáticos tienen un concepto tan bajo de Dios; pero ¿quién dará crédito al pensamiento de estos hombres, y con qué argumentos confirmarán ellos su opinión?

Esto es lo que expresa Lutero.

[104] De las palabras de Lutero que acabamos de mencionar se desprende también qué sentido se da en nuestras iglesias al término «espiritualmente» cuando se usa en este contexto. Pues los sacramintarios entienden por «espiritual» nada más que la comunión espiritual que resulta cuando los verdaderos creyentes son incorporados por fe, mediante el Espíritu, en Cristo el Señor, llegando a ser verdaderos miembros espirituales de su cuerpo.

[105] Pero cuando Lutero o nosotros usamos la palabra «espiritual» en esa materia, entendemos con ella la manera espiritual, sobrenatural, celestial en que Cristo está presente en la santa cena, obrando no sólo consuelo y vida en los creyentes, sino también juicio en los incrédulos; y rechazamos con ella (con la palabra «espiritual») el concepto capemaítico269 de una presencia grosera y camal que los sacramentados atribuyen tan tercamente a nuestras iglesias, pese a nuestras repetidas protestas públicas.

Y en ese sentido decimos también (y en ese sentido queremos también que se entienda la palabra «espiritualmente» cuando decimos) que el cuerpo y la sangre de Cristo se reciben, se comen y se beben en la santa cena espiritualmente; porque si bien tal participación se hace con la boca, el modo es espiritual.

Así es que nuestra fe, en este artículo de la presencia real del cuerpo y [106] de la sangre de Cristo en la santa cena, se basa en la verdad y omnipotencia270 del Dios verdadero y omnipotente, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Estos fundamentos son suficientemente fuertes y firmes para robustecer y confirmar nuestra fe en todas las tentaciones que surjan en relación con este artículo y para desvirtuar y refutar, por otra parte, todos los contraargumentos y objeciones de los sacramentarios, por aceptables y plausibles que parezcan a la razón; y en estos fundamentos el corazón cristiano puede apoyarse con entera confianza.

Por lo tanto, de boca y corazón rechazamos y condenamos como absolutamente [107] falsos y engañosos todos los errores que divergen de la doctrina antes mencionada, basada en la palabra de Dios, o se oponen a ella, tales como:

Primero, la transubstanciación papista, cuando se enseña que el pan y [108] el vino consagrados en la santa cena pierden totalmente su substancia y esencia y son cambiados en la substancia del cuerpo y de la sangre de Cristo, de modo tal que queda no más que la mera forma externa del pan y vino, o accidentia sine subiecto (accidentes sin el sujeto);271 en la cual forma de pan—que sin embargo ya no es pan, puesto que en opinión de los papistas perdió su esencia natural–el cuerpo de Cristo está presente también aparte de la administración de la santa cena, a saber, cuando el pan es encerrado en la píxide o llevado en procesión para ser adorado. Esto lo rechazamos, por cuanto nada puede ser sacramento sin el mandato divino y sin el uso para el cual fue instituido en la palabra de Dios, como ya se indicó antes.

[109] Segundo, asimismo rechazamos y condenamos todos los demás abusos papistas de este sacramento, ante todo la abominación del sacrificio de la misa para los vivos y muertos.

[110] Tercero, condenamos también aquella práctica de administrar a los laicos sólo una especie del sacramento–el pan–contra el expreso mandato y la clara institución de Cristo. Estos abusos papistas ya han sido refutados detalladamente, mediante la palabra de Dios y los testimonios de la iglesia primitiva, en la Confesión Común272 y en la Apología273 de nuestras iglesias, en los Artículos de Esmalcalda274 y en otros escritos de nuestros teólogos.

[111] Pero como en el presente escrito nos hemos propuesto, ante todo y exclusivamente, manifestar nuestra confesión y explicación referente a la presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo frente a los sacramintarios– algunos de los cuales se introducen en nuestras iglesias cobijándose desvergonzadamente con el nombre de la Confesión de Augsburgo—citaremos también y enumeraremos aquí especialmente los errores de los sacramintarios, como advertencia a nuestros oyentes, a fin de que éstos puedan cuidarse de tales errores.

[112] Por lo tanto, de boca y corazón rechazamos y condenamos como absolutamente falsas y engañosas todas las opiniones y doctrinas de los sacramintarios que divergen de la doctrina antes mencionada, basada en la palabra de Dios, o que se oponen a ella.

[113] 1. Es falso enseñar que las palabras de la institución no deben ser entendidas sencillamente, en su sentido propio, así como suenan, indicando la presencia real y esencial del cuerpo y la sangre de Cristo en la santa cena, sino que debe dárseles un significado nuevo, distinto, mediante una interpretación metafórica;275 con lo que rechazamos todos los demás errores y las opiniones, a menudo contradictorias, que los sacramintarios tienen a ese respecto en rica y variada abundancia.

2. Es falso negar la participación oral (el comer y beber con la boca) [114] del cuerpo y la sangre de Cristo en la santa cena, y enseñar que en la santa cena se recibe el cuerpo de Cristo sólo espiritualmente, por medio de la fe, de modo que nuestra boca recibe en la santa cena nada más que pan y vino.

3. Es también falso enseñar que el pan y el vino en la santa cena no son [115] más que distintivos mediante los cuales los cristianos han de reconocerse unos a otros, o

4. que son meras figuras, símbolos o representaciones del muy distante cuerpo de Cristo, lo que significaría que el cuerpo ausente de Cristo con sus méritos viene a ser el alimento espiritual de nuestra alma, así como pan y vino son alimentos materiales, externos, de nuestro cuerpo.

5. Es falso, además, enseñar que el pan y el vino son meros símbolos [116] o señales conmemorativas del ausente cuerpo de Cristo, que cual prendas visibles, externas, nos dan la seguridad de que la fe, al desprenderse de la santa cena y elevarse por sobre todos los cielos, participa allá del cuerpo y la sangre de Cristo tan verdaderamente como aquí en la santa cena recibimos con la boca las señales externas; y que la confirmación y el robustecimiento de nuestra fe se efectúa en la santa cena no por el cuerpo y la sangre de Cristo, realmente presentes y entregados a nosotros, sino exclusivamente por las señales externas.

6. Es falso enseñar que en la santa cena se comunica y distribuye el [117] poder, efecto y mérito del cuerpo muy ausente de Cristo a la fe sola, y que de esta manera participamos de su cuerpo ausente; y que, del modo recién mencionado, por la «unión sacramental» debe entenderse una analogía entre la señal y la cosa señalada,276 a la manera como hay cierta analogía o similitud entre el pan y el vino (por una parte) y el cuerpo y la sangre de Cristo (por la otra).

[118] 7. Es falso enseñar que el cuerpo y la sangre de Cristo se reciben exclusivamente de una manera espiritual, por la fe.

[119] 8. Es falso enseñar que a raíz de su ascensión a los cielos, Cristo (con su cuerpo) está encerrado y circunscrito en un determinado lugar en los cielos de manera tal que no puede ni quiere estar real y esencialmente presente con su cuerpo en la santa cena, que según la institución de Cristo se celebra aquí en la tierra, sino que él está tan alejado y distante de ella (la santa cena) como dista el cielo de la tierra.277 En efecto, esto lo sostienen algunos de los sacramintarios, quienes para corroborar su error tergiversaron deliberada y maliciosamente las palabras de Hechos 3:21: «Oportet Christum coelum accipere», quiere decir, «es preciso que Cristo ocupe el cielo», poniendo en su lugar: «Oportet Christum coelo capi», quiere decir, «es preciso que Cristo sea encerrado y circunscrito en el cielo» de manera tal que en modo alguno puede o quiere estar con nosotros aquí en la tiena con su naturaleza humana (Hch. 3:21).278

[120] 9. Es falso enseñar que Cristo no quiso ni pudo prometer y llevar a efecto la presencia real y esencial de su cuerpo y sangre en la santa cena, por cuanto (según dicen) la manera de ser y las propiedades de la naturaleza humana que Cristo asumió no toleran ni admiten tal cosa.

[121] 10. Es falso enseñar que lo que hace presente al cuerpo de Cristo en la santa cena es no sólo la palabra y omnipotencia de Cristo, sino la fe. A raíz de esta falsa enseñanza, algunos hasta omiten las palabras de la institución en la administración de la santa cena. Pero si bien se censura y rechaza fundadamente la consagración papista, en la cual se atribuye a la palabra del sacerdote el poder de hacer el sacramento, por otra parte no pueden ni deben omitirse por ningún motivo las palabras de la institución al administrarse la santa cena, como se desprende de lo anteriormente dicho.279

[122] 11. Es falso enseñar que los creyentes no deben buscar (según la institución de Cristo) el cuerpo del Señor en el pan y el vino de la santa cena, sino que del pan de la santa cena deben ser dirigidos con su fe hacia el cielo, al lugar donde está Cristo con su cuerpo, para que allí participen de él.280

12. Rechazamos también la falsa enseñanza de que los cristianos incrédulos, [123] impenitentes y malos, que llevan el nombre de Cristo, pero que carecen de la fe verdadera, viva y salvadora, reciben en la santa cena no el cuerpo y la sangre de Cristo, sino solamente pan y vino. Y como en este banquete celestial hay sólo dos clases de huéspedes, dignos e indignos, rechazamos también la diferenciación entre los indignos que algunos hacen, afirmando que los epicúreos impíos y blasfemadores de la palabra de Dios que se hallan en la comunión externa de la iglesia (en la iglesia visible) no reciben el cuerpo y la sangre de Cristo para juicio al tomar la santa cena, sino que reciben solamente pan y vino.281

13. Rechazamos como falsa la enseñanza de que la dignidad consiste no [124] sólo en la verdadera fe, sino también en la preparación personal de la persona.282

14. Rechazamos también como falsa la enseñanza de que pueden recibir [125] el sacramento para su juicio, como huéspedes indignos, aun aquellos fieles que poseen y conservan la fe genuina, verdadera y viva, pero que carecen de la antes mencionada preparación personal y adecuada.283

[126] 15. Asimismo rechazamos como falsa la enseñanza284 de que deben ser adorados285 los elementos, vale decir, las especies286 o formas visibles del pan y vino consagrados. En cambio, ninguno que no sea un hereje arriano podrá y querrá negar que Cristo mismo, verdadero Dios y hombre, presente en la santa cena real y esencialmente, debe ser adorado en espíritu y en verdad, tanto en el correcto uso de la santa cena como también en todo lugar, y especialmente en la congregación de los fieles.

[127] 16. Rechazamos y condenamos también todas las cuestiones y expre siones impertinentes, frívolas y blasfemas que hablan de los sobrenaturales y celestiales misterios de la santa cena de un modo grosero, camal y capemaítico.287

[128] En la precedente declaración se reprueban y rechazan otras antítesis o enseñanzas falsas más, que para mayor brevedad no serán repetidas aquí; y si hay otras opiniones condenables y erróneas, además de las antes mencionadas, ellas podrán ser discernidas y enumeradas fácilmente a base de la exposición que antecede; pues rechazamos y condenamos todo lo que no concuerda con la doctrina antes mencionada, bien fundada en la palabra de Dios, o que se opone a ella.

216. La Confessio Tetrapolitana = Confesión de las Cuatro Ciudades (las ciudades imperiales de Estrasburgo, Constanza, Memmingen y Lindau, todas en el sur de Alemania). La Conf. Tetr. fue preparada por Martín Bucer, en colaboración con Wolfgang Capito y Caspar Hedio, y presentada al Emperador el día 11 de julio de 1530. Pocos días antes, Zuinglio había presentado a Carlos V. su F idei Ratio, que tiene el carácter de confesión personal.

217. Los profesores criptocalvinistas de Teología, Derecho y Medicina de las universidades de Wittenberg y Leipzig, responsables por los siguientes escritos, rechazados en la Fórmula de Concordia: Catechisis Wittebergica, Grundfest, Dresdner Abschied y Exegesis perspicua. BSLK cita los nombres que siguen: Caspar Cruciger, Christoph Pezel, H. Möller, F. Widenbram, Caspar Peucer, Wolfgang Crell, Erasmus Rüdinger, Gg. Krakow, Joachim Eger, Hieronimus Schaller, Christian Schütz (Sagittarius), Johannes Stössel, Johannes Hermann. Algunos de ellos aparecen en los siguientes versos (Hutter, Concordia concors, 121, cit. en G. Frank, Geschichte der protestantischen Theologie, 141, nota ff):

218. Cf. Consensus Tigurinus («Consenso de Zurich», de 1549, redactado por Bullinger, y cuyo título completo es: Consensio mutua in re sacramentaria ministrorum Tigurinae ecclesiae et D. Ioannis Calvini ministri Genevensis ecclesiae, «Consenso mutuo, en materia del sacramento (de la santa cena), de los ministros de la iglesia de Zurich y del Venerable Juan Calvino, ministro de la iglesia de Ginebra)», art. XXV; (texto latino en E. F. K. Müller, Die Bekenntnisschriften der reformierten Kirche, p. 163—BSLK tiene erróneamente: p. 162): Ac ne qua ambiguitas restet, quum in coelo quae rendum Christum esse dicimus, haec loquutio locurum distantiam nobis sonat et exprimit. Tametsi enim philosophice loquendo supra coelos locus non est: quia tamen corpus Christi, ut fert humani corporis natura et modua, finitum est, et coelo, ut loco, continetur: necesse est a nobis tanto locurum intervallo distare, quantum coelum abest a terra («Y para que no quede ambigüedad alguna: Cuando decimos que a Cristo hay que buscarlo en el cielo, lo que queremos significar y expresar con esta locución es la distancia entre los lugares. Pues a pesar de que, hablando en términos de la filosofía, no hay lugar más allá del cielo; no obstante, ya que el cuerpo de Cristo, tal como lo requiere la naturaleza y el modo de ser del cuerpo humano, es finito y está contenido en el cielo como en su lugar,—por esta razón, decimos, es necesario que diste de nosotros tanto como dista el cielo de la tierra»).

219. El original alemán usa aquí la expresión latina per communicationem idiomatum (por la comunicación de los atributos o las propiedades).

220. Herrliche, scheinliche. Scheinlich puede ser «reluciente, deslumbrante», pero también «engañoso» (A. Götze, Glossar). Texto lat.: splendidis et magnifìcis. Concordia Triglota y ed. Tappert: plausible.

221. El texto alemán traduce el incomprehensibili con unbegreiflich. Tanto el término latino como el alemán pueden significar «incomprensible» y también «intangible».

222. Consensus Tigurinus XXVI (texto lat. en E. F. K. Müller, BSRK, p. 163): Quod si imaginatione nostra Christum pani et vino affigere fas non est, multo minus licet in pane eum adorare. Quanquam enim panis in symbolum et pignus, eius quam habemus cum Christo communionis, nobis porrigitur: quia tamen signum est, non res ipsa, neque rem in se habet inclusam aut afflxam, idolum ex eo faciunt, qui mentem suam in eum convertunt, Christum Adoraturi. («Si no está permitido que con nuestra imaginación fijemos a Cristo al pan y al vino, mucho menos permitido está adorarlo en el pan. Pues si bien el pan se nos ofrece como símbolo y prenda de la comunión que tenemos con Cristo, la verdad es que, ya que [el pan] es la señal, no la cosa misma, y ya que no lleva incluida o fijada la cosa in se, resulta que quienes dirigen su mente a él [i.e. al pan] con la intención de adorar a Cristo, lo transforman [al pan] en un ídolo»).

223. Vid. Confesión de Augsburgo, X.

224. Vid. Catecismo Menor, Sacramento del Altar, (VI), sección 2.

225. La Forma concordiae Anno 36. zu Wittenberg geschrieben. Cf. BSLK, p. 97, nota 1.

226. Oberländischen, i.e. de la Alemania del Sur.

227. Ireneo, Elenchos IV 18,5 MSG VII 1028/29.

228. O: circunscriptivamente. Vid. Epítome VII, 14, nota 42.

229. Ausser der Niessung. Texto lat.: extra usum. El original latino de la Concordia Wittenberguense tiene usus donde la traducción alemana del documento incluida en el Libro de Concordia alemán de 1580 tiene Niessung, (del verbo niessen [el alemán moderno gemessen] = «comer», y también «beber».

230. Niessen. Texto lat.: manducare.

231. Vid. Artículos de Esmalcalda, Prefacio, 1, notas.

232. La Concordia Wittenberguense de 1536.

233. Artículos de Esmalcalda, Parte III, Artículo VI, 1. La traducción latina describe los böse Christen del texto alemán de la siguiente manera: qui praeter nomen nihil habent Christianum (que de cristianos no tienen nada más que el nombre). En los Artículos de Esmalcalda, texto cit., Nicolaus Selneccer traduce: a malis christianis et impiius. Vid. también Decl. Sól., VII, 56, nota 244.

234. Vid. Catecismo Mayor, Sacramento del Altar, 8, 10, 12–19.

235. WA XXVI, 499–500.

236. WA XXVI, 506.

237. Última Confesión Acerca del Sacramento del Altar, de 1544. WA LIV, 155 y sigtes.

238. Respecto de esta «Fórmula de la Teoría de la Consubstanciación», BSLK señala como referencia (p. 983, nota 2) a Hesshus, en Schmid, Kampf um die Lehre vom Abendmahl, 209, nota 1. Cf. también Rudolf Hospinianus, Historia sacramentaria, Zurich, 1598, p. 359 (cit. en Hartmut Hilgenfeld, Mittelalterlichtraditionelle Elemente in Luthers Abendmahlsschriften, Zurich, 1971, p. 467 y sigtes.). El teólogo reformado piensa que la formula luterana «cum, in, sub pane» (con, en y bajo el pan) no difiere de la Coexistentia substantiae panis et corporis (coexistencia de la sustancia de pan y cuerpo) de Guillermo Occam. Según Hospinianus, la construcción nominalista queda expresada en el concepto consubstantiatio e impanatio. Acerca del rechazo, por parte de los luteranos de la consubstanciación (y de la transubstanciación, la impanación, la invinación y del modo descenso-ascenso) vid. p. ej. Abrahán Calov, Systema Locurum Theologicorum, vol. IX, 307 (cit. en Heinrich Schmid, Die Dogmatik der evangelischlutherischen Kirche, 4. ed., Francfort del Meno y Erlangen, 1858, p. 423): Corpus et sanguinem Christi in coena adesse non quidem per metousian vel transmutationem substantialem ut Pontificii volunt, nec per sinousian vel consubstantialem, quam nobis calumniose Calviniani affingunt, nec per inclusionem localem, puta inpanationem, uti caro est in artocreate et invinationem, ut criminari consueverunt: nec por modum descensus e coelis, et de dextra Dei, quem sequitur deinde iterum in coelum et ad dextram patris ascensus statiumus («Sostenemos que el cuerpo y la sangre de Cristo están presentes en la cena no por metousía o transmutación substancial, como quieren los papistas; ni por sinousía o consubstanciación, idea ésta que nos atribuyen calumniosamente los calvinistas; ni por inclusión local, esto es, impanación, como la carne en un pastel, o invinación, como solían recriminar(nos); ni tampoco por un cierto modo de descenso desde los cielos y desde la diestra del Padre, seguido luego de un ascenso a los cielos y a la diestra del Padre»). A. Gräbner (Theological Quarterly, enero de 1901) rechaza el término «consubstanciación» por entender que indica una unión de dos substancias de la cual resulta una tercera. Esa confusión de pan y cuerpo en una nueva substancia, el autor la llama un «eutiquianismo sacramental» (según la herejía mofisita de Eutiques, las dos naturalezas de Cristo no coexisten sin mezclarse la una con la otra, sino que se confunden en una sola). El término no aparece en Lutero ni en las Confesiones Luteranas. Sin embargo, hoy día se ha generalizado su uso para designar la manera cómo Lutero habla de la relación entre los elementos terrenos y celestes en la santa cena. Respecto del origen del término vid. la digresión de H. Hilgenfeld, op. cit., 467–470.

239. Texto lat.: in illa concordiae formula. La Concordia Wittenberguense. Vid. secc. 12.

240. WA XXVI, 271 y sigtes., 379 y sigtes., LIV, 149 y sigtes.

241. Lc. 22:20; 1 Co. 11:25. (Cf. Versión Dios Habla Hoy: «Esta copa es el nuevo pacto confirmado con mi sangre» [1 Co. 11:25]; «Esta copa es el nuevo pacto confirmado con mi sangre» [Lc. 22:20]).

242. Mt. 26:28 (Versión DHH: «Esto es mi sangre, con la que se confirma el pacto»); Mr. 14:24.

243. Apología X, 1.

244. El texto latino traduce el gottlose Christen del original con impiis, y los describe con las palabras: titulo duntaxat Christianis («que sólo llevan el rótulo de cristianos»). Cf. Decl. Sól. VII, 19, nota 233.

245. El texto latino introduce la cita con las palabras: Sic enim loquuntur («Pues así dicen»).

246. Condenador = que acarrea condenación. En el original: verdammlich. Cf. texto lat.: damnationis causa.

247. Cf. Jn. 6:52 y sigtes., y Epítome VII, 15, nota 43.

248. I.e., aportar los testimonios de la antigüedad. Texto lat.: quae antiquitatis testimonia recitare hoc loco nimis esset prolixum.

249. En el original: Sakramentschwärmer. Texto lat.: Sacramentarii.

250. En el original alemán, estos insultos figuran en latín, sin traducción: (… Los sacramentarios llaman el comer oral y por parte de los indignos) duos pilos caudae equinae et commentum, cuius vel ipsum Satanam pudeat = «dos pelos de cola de caballo e invención de la cual el propio Satanás se avergonzaría». Además: (a la doctrina acerca de la majestad de Cristo la llaman) excrementum Satanae, que diabolus sibi ipsi et hominibus illidat = «excremento de Satanás, con que el diablo se divierte a sí mismo y a los hombres». Son palabras de Teodoro Beza, sucesor de Calvino y adversario de la doctrina luterana acerca de la eucaristía y la persona de Cristo, y de Pietro Martire Vermigli, conocido generalmente como Pedro Mártir, 1500–1562, de Floriencia, monje agustino, luego calvinista, profesor en Oxford, Zurich, Estrasburgo, amigo de Bucer y de Cranmer.

251. Zweierlei Niessung.

252. Texto lat.: quae posterior (i.e., la que se da oralmente) dignis et indignis communis est («la mencionada en segundo lugar es común a dignos e indignos»).

253. Juan Crisostomo, De proditione Iudae, 1, 6. Hay ciertas diferencias entre el texto alemán y el latino de BSLK (p. 998–999) y entre éstos y los textos latino y griego de Migne (Series Graeca XLIX, col. 380).

254. Texto lat.: Hoc est corpus meum, hic est sanguis meus.

255. WA XXXVIII 240.

256. Thetelwort. Cf. WA XXVI: ein Machtwort, das da schaffet, was es lautet (palabra de poder, que efectúa lo que dice).

257. WA XXVI, 285.

258. Melanchton, Cf. CR IX, 409, 472 y 448; también IX, 156, 371.

259. En el original alemán, esta «regla y norma» figura en latín: «Nihil habet rationem sacramenti extra usum a Christo institutum», oder «extra actionem divinitus institutam». Das ist: wann man die Stiftung Christi nicht hält, wie er’s geordnet hat, ist es kein Sakrament.

260. WA XXX2, 254 sigtes. Cf. Artículos de Esmalcalda, Parte III, Artículo XV, 4.

261. WA XVII, 62–214; XXXVI, 261–509; LIV, 11–167; XIX, 482–523; XXX2, 595- 626. (Cf. Obras de Martin Lutero, vol. V Contra los profetas celestiales', ibid. «Confesión Acerca de la Santa Cena de Cristo».

262. WA XXVI, 326, 327, 335, 336.

263. Texto lat.: cum certo loco secundum quantitatem suam circumscriberetur («cuando estaba circunscrito en determinado lugar según su tamaño»).

264. En el texto original alemán del Libro de Concordia: «welchen» («al cual», referido a Cristo). Reina-Valera traduce, correctamente, «la cual», porque el pronombre relativo hèn se refiere a epiphaneías, no a 'lesoû Christoû. Así lo entiende también la Biblia de Jerusalén, que repite: «… manifestación que …». Nácar-Colunga, en cambio: «a quien». El quem de la Vulgata puede referirse tanto a adventum como a Jesu Christi. J. T. Müller (Die symbolischen Bücher der ev.-luth. Kirche, 825 y 830) sugiere sustituir el quem por quam.

265. En el original: Geistier.

266. El texto lat. agrega: sanctissima virgine Maria.

267. Texto lat.: Hunc enim praesentiae Christi modum, quem ex unione personali cum Deo habet («Pues ese modo de presencia de Cristo, que él tiene a raíz de la unión personal con Dios»).

268. La edición crítica del texto alemán adoptó la lección wo Geist ist («donde hay espíritu», que de acuerdo con el contexto podría significar: «Donde hay sólo un cuerpo espiritual»). Vid. BSLK, p. 1008, aparato crítico y texto lat.: ubi Deus est.

269. Vid. Epítome VII, 15, nota 43.

270. BSLK acota (p. 1009, nota 5) que la presencia real no se basa aquí primordialmente en el per modum ubiquitatis württemberguense-brenziano, sino en la ubivolipresenda chem- nitziana (i.e., la afirmación de que también según la naturaleza humana por él asumida, y con ella, Cristo puede estar presente, y en efecto está presente, donde él quiera; cf Decl. Sól. VIII, 78: ut videlicet etiam secundum illam suam assumptam naturam et cum ea praesens esse possit et quidem praesens sit, ubicunque velit. Cf. también Decl. Sól. VIII, 92). Cf. Epítome VIII, 16: … dass er jetzt nicht allein als Gott, sondern auch als Mensch alles weiss, alles vermag, allen Kreaturen gegenwärtig ist …. Respecto de la cuestión de la ubicuidad y de la ubivoli- presencia o multivolipresencia vid. Hermann Sasse, This Is My Body, Augsburg Publishing House, Minneapolis, Minnesota, 1959, pp. 152 sigtes., 283, 341 sigtes.; E. Bizer, artículo Ubiquität en evangelische Kirchenlexikon 3 (1959), pp. 1530–1532; Susi Hausammann, «Realpräsenz in Luthers Abendmahlslehre», en Studien zur Geschichte und Theologie der Reformation, Festschrift für Ernst Bizer, ed. de Luise Abramowski y J. F. Gerhard Goeters, Neukirchener Verlag, 1969, pp. 167–168, y 173, nota 79; Theodor Mahlmann, Das neue Dogma der lutherischen Christologie, Gütersloh, 1969 (vid. en las pp. 222 y 223 la discusión sobre el término «multivolipresencia», acuñado por los reformados, y del cual Ritschl—Dogmengeschichte IV, Göttingen, 1927, p.8, nota 27—afirma que no se halla en la literatura de los siglos 16 y 17, cuando, sin embargo, aparece en Hutter, Concordia concors, Hospinianus, Concordia discors, Beza, Tractationes theologicae, Chemnitz, Epistoal de coena Domini edTimotheum Kirch- nerum … in tertiam Apologiam Bezae, como lo demuestra Mahlmann.

271. Accidentia sine subiecto (así también en el original alemán). Quiere decir: Si las especies «quedan» después de la transubstanciación, tenemos un caso de subsistencia de accidentes separados de la substancia.

272. Confesión de Augsburgo XXII.

273. Apología XXII.

274. Artículos de Esmalcalda, Parte III, Artículo IV, 2 y sigtes.

275. Cf. Consensus Tigurinus XXII (texto latino en BSRK, ed. por E. F. K. Müller, p. 162): Proinde, qui in solennibus coenae verbis: Hoc est corpus meum, hic est sanguis meus, praecise literalem, ut loquuntur, sensum urgent, eos tanquam praeposteros interpretes repudia- mus. Nam extra controversiam ponimus, figurate accipienda esse, ut esse panis et vinum dicantur id quod significant. Neque vero novum hoc aut insolens videri debet, ut per metonymiam ad signum transferatur rei signatae nomen: quum passim in scripturis eiusmodi loquutiones ocurrant, et nos, sic loquendo, nihil afferimus, quod non apud vetustissimos quosque et probatissimos ecclesiae scriptores exstet («Repudiamos, por lo tanto, como a intérpretes torpes, a quienes con respecto a las solemnes palabras de la cena: ‘Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre’, insisten en el sentido exactamente literal, como dicen. Pues para nosotros está fuera de controversia que estas palabras deben ser entendidas en sentido figurado, de modo que se llama ‘pan’ y ‘vino’ aquello que significan. Y no se ha de considerar novedoso o inusitado el hecho de que se recurra a la metonimia de transferir al signo el nombre de la cosa significada. En efecto, tales locuciones ocurren no pocas veces en las Escrituras. Y si nosotros hablamos de esta manera, no aportamos nada que no se halle también en los más antiguos y aprobados escritores de la iglesia»).

276. De analogia signi et signati, en el original alemán. Cf. Confessio Helvetica Posterior (E. F. K. Müller, BSRK, p. 210, 23): Signum et res signata («la señal y la cosa señalada»).

277. Vid. texto del Consensus Tigurinus, Decl. Sól. VII, 2, nota 218.

278. hòn dei ouranòn mèn déxasthai, «al cual, por cierto, debe recibir el cielo», o: «Al cual es necesario que el cielo guarde». Vulgata Clementina: quem oportet quidem caelum suscipere. Reina–Valera: «A quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta …» Dios Habla Hoy: «Aunque por ahora Jesucristo debe permanecer en el cielo hasta que …». La gran mayoría difiere de la traducción devendida en la FC. Habrá que distinguir, sin embargo, entre la traducción del texto y la inferencia de los sacramentanos. Vid. en BSLK, p. 1014, nota 1, la literatura de la violenta controversia entre Beza y Selneccer.

279. Decl. Sól., VIII, secc. 79–82.

280. Cf. Confessio Helvetica Posterior XXI (texto latino de la ed. de E. F. K. Müller, BSRK, p. 212, 20–26: Corpus Christi in coelis est ad dextram Patris. Sursam erga elevanda sunt corda, et non defigenda in panem, nec adorandus dominus in pane. Et tamen non est absens ecclesiae suae celebranti coenam dominus. Sol absens a nobis in coelo, nihilominus efficaciter praesens est nobis: quanto magis sol iustitiae Christus, sorpore in coelis absens nobis, praesens est nobis, non corporaliter quidem, sed spiritualiter per vivifìcam operationem …. («El cuerpo de Cristo está en los cielos, a la diestra de Padre. Por lo tanto es preciso elevar los corazones hacia lo alto, y no fijarlos en el pan, ni tampoco debe adorarse al Señor en el pan. Y sin embargo, el Señor no está ausente cuando su iglesia celebra la santa cena. El sol está ausente de nosotros, en el cielo, y no obstante está presente con nosotros de una manera eficaz. ¡Cuánto más el sol de justicia, Cristo, ausente de nosotros, en los cielos, en cuanto a su cuerpo, está presente con nosotros, si bien no corporalmente, pero sí espiritualmente, mediante su acción vivificadora … !). La Confessio Helvetica Posterior es la más extensa de las confesiones reformadas. Elaborada originalmente (1562) como confesión personal de Enrique Bullinger, reformador de Zurich y sucesor de Zuinglio, se convirtió en pública ya en 1566. Cf. Paul Jacobs, Theologie Reformierter Bekenntnisschriften, Neukirchen, Freis Moers, 1959, pp. 51–52.

281. Contra P. Eber, Vom heiligen Sacramente des Leibs und Bluts … Vnterricht …, p. 328 y sigtes., especialmente 347.

282. BSLK, p. 1015, nota 5, remite al Concilio de Trento, Sesión XIII, capítulo VII y canon 11. En el capítulo indicado, el Concilio dice que cuanto más conocida es para el hombre cristiano la santidad y divinidad de este sacramento celestial, tanto mayor ha de ser el cuidado que pone al aproximarse al mismo, no sea que reciba el sacramento sin la debida reverencia y santidad (quo magis sanctitas, et divinitas caelistis huius sacramenti viro christiano comperta est, eo diligentius cavere ille debet, ne absque magna reverentia, et sanctitate ea id percipiendum accedat). Después de citar 1 Co. 11:29 y 28, el Concilio dice que la costumbre eclesiástica declara necesario el mencionado examen de conciencia, de modo que ninguno que sea consciente de un pecado mortal, por más contrito que se considere él mismo, debe acercarse a la sagrada eucaristía sin previa confesión sacramental (Ecclesiastica autem consuetudo declarat, eam probationem necessariam esse, ut nullus sibi conscius peccati mortalis, quantumvis sibi contritus videatur, absque praemissa sacramentali confessione ad sacram eucharistiam accedere debeat).

283. También aquí BSLK (p. 1016, nota 1) remite al Concilio de Trento, Sesión XIII, capítulo VII y canon 11. Vid. secc. 214, nota 642.

284. Concilio de Trento, Sesión XIII, capítulo V, cánones 6 y 7. El capítulo dice que sin duda alguna, todos los fieles deben prestar «culto de latría» al santísimo sacramento (Nullus itaque dubitandi locus relinquitur, quin omnes Christi fideleslatriae cultumhuic sanctissimo sacramentoexhibeant).

285. La así llamada «artolatría», adoración del pan.

286. Vid. Confesión de Augsburgo, X, 1, traducción del texto alemán.

287. Vid. Epítome VII, 15, nota 43.