Libro de Concordia
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La Apología de la Confesión de Augsburgo Índice
La Apología de la Confesión de Augsburgo

Artículo XXIV La Misa

Para comenzar, queremos recalcar de nuevo que nosotros no abolimos [1] la misa, sino que la conservamos y defendemos escrupulosamente. Porque entre nosotros se celebran misas todos los domingos y en otros días de fiestas, y se administra en ellas el sacramento a quienes lo desean recibir, después de haber sido examinados y absueltos. Se conservan asimismo las acostumbradas ceremonias públicas, el orden de las lecciones y de las oraciones, las vestiduras y otras cosas semejantes.

Nuestros adversarios se explayan sobre el uso de la lengua latina en la [2] misa, y hacen resaltar con palabras hermosas pero ineptas lo mucho que aprovecha al oyente indocto, si oye siguiendo la fe de la iglesia, una misa que no entiende.404 Es evidente que imaginan que el mero acto de oír ya es un culto, que aprovecha aunque falte el entendimiento. No queremos hacer [3] comentarios odiosos al respecto, sino que dejamos estas cosas al juicio del lector. Tan sólo las mencionamos para advertirle de paso que también entre nosotros se conservan lecciones y oraciones en latín.

Pero como las ceremonias deben observarse tanto para que los hombres aprendan la Escritura, como para que, avisados por la palabra de Dios lleguen a tener fe y temor, y oren también—pues éstos son los fines de las ceremonias—conservamos la lengua latina a causa de los que aprenden y entienden el latín, y entremezclamos himnos en alemán para que también el pueblo cristiano en general tenga algo en qué instruirse, y algo que despierta su fe [4] y su temor de Dios.405 Esta costumbre siempre existió en las iglesias. Pues aunque la frecuencia con que se usaban himnos en alemán era mayor en unas iglesias y menor en otras, sin embargo, el pueblo cantaba en casi todas partes [5] algo en su propia lengua. Pero en ninguna parte está escrito o indicado que aprovecha a los hombres el mero acto de oír lecciones no entendidas o que las ceremonias les son provechosas no porque enseñen o amonesten, sino ex opere operato, por el simple hecho de que se celebran en esta forma, porque se las tiene a la vista. ¡Fuera con estas opiniones farisaicas!

[6] El hecho de que entre nosotros se celebra sólo misa pública o común no implica ningún agravio a la iglesia católica.406 Porque en las parroquias de la iglesia griega407 ni siquiera hoy se celebran misas privadas, sino que se celebra una sola misa pública, y esto tan sólo los domingos o días festivos.408 En sus monasterios se celebra la misa todos los días, pero pública solamente. Estos son vestigios de costumbres antiguas. En efecto: Los escritores antiguos anteriores [7] a Gregorio409 nunca hacen mención de misas privadas. No hablemos por ahora de los orígenes de estas misas. Lo que consta es esto: Una vez que habían empezado a reinar los frailes mendicantes, se produjo una proliferación tal de misas, a raíz de ideas totalmente erradas y por el afán de lucro, que todos los hombres sensatos deseaban ya desde hacía mucho tiempo que se fijara un límite a este asunto. Pero si bien San Francisco410 tuvo la muy correcta intención de poner remedio a esta situación, estableciendo que cada convento se contentase con una misa común por día,411 sin embargo esto se cambió [8] después, por superstición o por lucro. Así, cuando les conviene, ellos mismos cambian las cosas establecidas por los antepasados, y luego se nos vienen con la autoridad de los antepasados. Epifanio escribe que en el Asia Menor se celebraba la comunión tres veces por semana, y que no había misas diarias. Y observa también que esta costumbre viene del tiempo de los apóstoles. Pues dice así: «Los apóstoles dispusieron que se celebrara la comunión el cuarto día, la víspera del sábado, y el día domingo».412

Además, aunque nuestros adversarios acumulan, en este punto, un montón [9] de testimonios para probar que la misa es un sacrificio, todo ese tumulto impresionante de palabras enmudecerá cuando se pronuncie esta única respuesta: Que esta aglomeración de autoridades, de razones, de testimonios, por extensa que sea, no demuestra que la misa confiera la gracia ex opere operato, o que, aplicada en favor de otros, merezca para ellos remisión de los pecados veniales y mortales, de la culpa y de la pena. Esta sola respuesta echa por tierra todo cuanto nuestros adversarios nos objetan, no sólo en esta Refutación, sino en todos los escritos que han publicado acerca de la misa.

Y éste es el punto esencial de la cuestión, acerca del cual hemos de [10] advertir a nuestros lectores, del modo que Esquines413 advertía a los jueces, diciéndoles que así como los púgiles pelean entre sí para defender su posición, así también combatiesen ellos con el adversario sobre el punto en controversia, sin permitir que éste quedara marginado de la discusión. Del mismo modo tenemos que obligar aquí a nuestros adversarios a que hablen sobre el tema propuesto. Conocido el punto esencial de la controversia, será facilísimo juzgar los argumentos de ambas partes.

Porque nosotros hemos demostrado en nuestra Confesión que a nuestro [11] entender, la cena del Señor no confiere gracia ex opere operato, y que, aplicada en favor de otros, vivos o muertos, tampoco merece para ellos ex opere operato la remisión de los pecados, de la culpa o de la pena. Y la [12] prueba clara y firme para esta posición consiste en que es imposible conseguir remisión de pecados en virtud de una obra nuestra ex opere operato, sino que es necesario que por la fe venzamos los terrores del pecado y de la muerte, levantando nuestros corazones con el conocimiento de Cristo, y creyendo que se nos perdona por causa de Cristo, y que se nos conceden los méritos y la justicia de Cristo, según Romanos 5:1: «Justificados por la fe, tenemos paz». Estas cosas son tan ciertas y tan seguras que pueden resistir a pie firme contra todas las puertas del infierno.

Si tan sólo hubiéramos de mencionar lo estrictamente necesario, ya podríamos [13] dar la causa por conclusa. Porque nadie que esté en sus cabales puede aprobar esa idea farisaica y pagana del opus operatum. Sin embargo, esta idea está metida en la cabeza del pueblo, y aumenta hasta el infinito el número de misas. Porque se celebran misas para aplacar la ira de Dios, y con esta obra pretenden conseguir el perdón de la culpa y de la pena, quieren alcanzar todo lo necesario en cualquier ámbito de la vida, y hasta pretenden librar a los muertos. Esta idea farisaica la están enseñando en la iglesia los frailes y los sofistas.

[14] Pero aunque nuestra causa está ya juzgada, añadiremos algunas cosas más sobre ese asunto, ya que nuestros adversarios presentan torpemente tergiversados, una gran cantidad de pasajes de la Escritura para defender sus errores. En su Refutación abundaron en aserciones acerca del sacrificio, aunque nosotros, en nuestra Confesión, evitamos a propósito esta palabra, a causa de su ambigüedad. Expusimos qué entienden ahora con «sacrificio» aquellos cuyos abusos desaprobamos. Y como paso siguiente para enderezar los pasajes de la Escritura que ellos han torcido torpemente, tenemos que empezar explicando [15] qué es sacrificio. Durante todo un decenio, nuestros adversarios publicaron un número casi infinito de volúmenes sobre el sacrificio, y hasta ahora ninguno de ellos nos ha dado una definición del sacrificio. Lo único que hacen es arrancar el vocablo «sacrificio», ya sea del contexto de las Escrituras o de los escritos de los Padres. Y después lo acomodan a sus sueños, como si «sacrificio» tuviese de veras el significado que a ellos se les antoja.

QUÉ ES SACRIFICIO Y CUÁLES SON LAS CLASES DE SACRIFICIO

[16] Dice Sócrates, en el Fedro de Platón, que él es muy amante de las clasificaciones, porque sin ellas nada puede explicarse ni entenderse cuando se hace una exposición; y que si descubre a alguien que sea experto en hacer clasificaciones, lo acompañará y seguirá sus huellas como si fuera un dios.414 Y al que se dedica a la tarea de clasificar, le ordena seccionar los miembros por sus mismas articulaciones, para no hacer pedazos ningún miembro, como le ocurre al mal cocinero. Nuestros adversarios desprecian estos preceptos con asombrosa altivez, y son en verdad, según Platón, malos cocineros,415 que destrozan los miembros del sacrificio, como podrá comprobarse cuando [17] examinemos las clases de sacrificio. Los teólogos suelen distinguir correctamente entre sacramento y sacrificio. En términos generales se podría hablar [18] de ceremonia u obra sagrada. Un sacramento es una ceremonia o una obra en que Dios nos presenta lo que ofrece la promesa que acompaña a dicha ceremonia. Así el bautismo no es una obra que nosotros ofrecemos a Dios, sino una obra en la cual Dios nos bautiza, vale decir, el ministro en representación de Dios, y en la cual Dios nos ofrece y nos muestra el perdón de los pecados, etc., según su promesa (Mr. 16:16): «El que creyere y fuere bautizado, será salvo». Un sacrificio en cambio es una ceremonia o una obra que nosotros tributamos a Dios para honrarle.

Son dos las clases principales416 de sacrificio; más no hay. Una clase es [19] el sacrificio propiciatorio, esto es, una obra que hace satisfacción por la culpa y la pena, es decir, que reconcilia a Dios, que aplaca la ira de Dios, o que merece remisión de pecados en beneficio de otros. La otra clase es el sacrificio de acción de gracias,417 que no está destinado a merecer remisión de pecados o reconciliación; antes bien, lo presentan los ya reconciliados para dar gracias o manifestar gratitud por la remisión de pecados concedida, y por otros beneficios recibidos.

Es de suma importancia, tanto en esta controversia como en muchas otras [20] polémicas, no perder de vista estas dos clases de sacrificios, y se ha de poner especial empeño en que no se confundan. Si el espacio de que disponemos en este libro lo permitiese, añadiríamos las razones de esta clasificación. Porque se funda en un número suficiente de testimonios de la Epístola a los Hebreos y otros pasajes (He. 10:5–16; Éx. 32:6; 2 S. 6:17 y otros). Y todos [21] los sacrificios levíticos los podemos ubicar en estas dos clases como en sus propios «domicilios». Porque en la ley de Moisés, a ciertos sacrificios se les llamaba propiciatorios, por su significado o por similitud, y no porque mereciesen remisión de pecados ante Dios, sino porque la merecían según la justicia de la ley, para que aquellos por quienes se hacían, no fuesen excluidos de la comunidad de Israel. Se llamaban, pues, propiciatorios por el pecado, y holocaustos por el delito. Pero aquellos otros eran sacrificios de acción de gracias: Las ofrendas, las libaciones, las retribuciones, las primicias, los diezmos.

Pero de hecho hubo en el mundo un único sacrificio propiciatorio, a [22] saber, la muerte de Cristo, como lo enseña la Epístola a los Hebreos, que dice (He. 10:4): «La sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados». Y poco después, con respecto a la voluntad de Cristo (v. 10): «En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre». Isaías nos da una interpretación [23] de la ley, para que sepamos que la muerte de Cristo es verdaderamente la satisfacción por nuestros pecados, o la expiación, no las ceremonias de la ley; nos dice, pues (Is. 53:10): «Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días», etc. Porque el vocablo asam418 empleado aquí, quiere decir «una víctima ofrecida por un delito» lo que para los que vivían en los tiempos de la ley significaba que había de venir una víctima para satisfacer por nuestros pecados y reconciliar a Dios, y para que los hombres supieran que Dios quiere reconciliarse con nosotros no en virtud de nuestra justicia, sino por causa de los méritos de otro, a saber, de Cristo. Pablo interpreta esta misma palabra asam como «pecado» (Ro. 8:3): «A causa del pecado, condenó el pecado»,419 esto es, castigó pecado con pecado, vale decir, con una víctima por el pecado. El significado de la palabra puede entenderse con mayor facilidad al partir de las costumbres de los gentiles, las cuales, como se ve, fueron transmitidas a raíz de una interpretación errónea de las expresiones de los Padres. Los latinos llamaban piaculum a la víctima que se ofrecía para aplacar la ira de Dios en ocasión de grandes calamidades, cuando Dios les parecía en extremo airado; a veces hasta sacrificaron víctimas humanas, quizás porque habían oído decir que una víctima humana habría de reconciliar con Dios a todo el género humano. Los griegos hablaban a veces de «inmundicia», y otras veces de «suciedad».420 Así pues, Isaías y Pablo entienden que Cristo fue hecho víctima expiatoria, estos es, «piaculum», para que por sus méritos, y no por los nuestros, Dios fuese reconciliado. Quede pues esto bien claro en nuestro pleito: Sólo la muerte de [24] Cristo es verdaderamente sacrificio propiciatorio. Porque los sacrificios propiciatorios levíticos llevaban este nombre solamente por ser señales de una expiación futura. Eran, pues, por cierta similitud, satisfacciones que redimían la justicia de la ley, para que no fuesen excluidos de la comunidad de Israel quienes habían pecado. Sin embargo, una vez revelado el evangelio tuvieron que cesar; y como tuvieron que cesar una vez revelado el evangelio, no eran verdaderamente propiciaciones, pues el evangelio fue prometido precisamente para revelamos la verdadera propiciación.

[25] Los demás son sacrificios de acción de gracias, llamados sacrificios de alabanza: La predicación del evangelio, la fe, la invocación, la acción de gracias, la confesión, las aflicciones de los santos—en fin, todas las obras buenas de los santos. Estos sacrificios no son satisfacciones en favor de quienes los celebran, ni son aplicables en favor de otros hombres, como algo por lo cual se merecería remisión de pecados o reconciliación ex opere operato. [26] Porque son celebrados por los ya reconciliados. Y de este tipo son los sacrificios del Nuevo Testamento, como lo enseña Pedro (1 P. 2:5): «Sacerdocio santo, para que ofrezcáis sacrificios espirituales». Estos sacrificios espirituales empero están en contraposición no sólo a los sacrificios de animales, sino también a las obras humanas ofrecidas ex opere operato, porque «espiritual» se refiere a los impulsos del Espíritu Santo en nosotros. Y lo mismo enseña Pablo, Romanos 12:1: «Presentad vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional». Pero «culto racional» significa un culto en que se conoce a Dios, se le aprehende con la mente, como acontece en los impulsos de temor y confianza para con Dios. Así, pues, contrasta no sólo con el culto levítico, en el que se sacrificaban animales, sino también con el culto en el que se pretende ofrecer una obra ex opere operato. Lo mismo enseña la epístola a los hebreos, 13:15: «Así que, ofrezcamos siempre a Dios por medio de él, sacrificio de alabanza», a lo que se añade la interpretación: «Fruto de labios que confiesen su nombre». Se manda, entonces, ofrecer alabanzas, esto es, invocación, acción de gracias, confesión y cosas semejantes. Y estos actos tienen su valor no ex opere operato, sino por la fe. A esto es a lo que apunta la frase «ofrezcamos por medio de él», esto es, por la fe en Cristo.

En suma, el culto del Nuevo Testamento es espiritual, es decir, es justicia [27] de la fe en el corazón, y los frutos de la fe. Y por eso abroga los cultos levíticos. Cristo dice en Juan 4:23, 24: «Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es espíritu; y los que adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren». Esta sentencia condena claramente las ideas acerca de los sacrificios que en opinión de algunos, tienen su valor ex opere operato, y enseña que es necesario adorar en espíritu, esto es, con los impulsos del corazón, y con la fe. Por lo cual, también los profetas condenan, en el Antiguo [28] Testamento, la opinión del pueblo acerca del opus operatum, y enseñan la justicia y los sacrificios del espíritu. Jeremías 7:22, 23: «No hablé yo con vuestros padres, ni nada les mandé acerca de holocaustos y de víctimas el día que los saqué de la tierra de Egipto. Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios», etc. ¿Cómo habrán recibido los judíos esta predicación, que parece pugnar abiertamente con Moisés? Porque les constaba que Dios había dado a los padres órdenes precisas acerca de holocaustos y de víctimas. Pero lo que Jeremías condena es la opinión acerca de los sacrificios que no estaba implicada en el mandamiento de Dios, a saber, que aquellos cultos lo aplacarían ex opere operato. Pero con respecto a la fe, el profeta añade que Dios había ordenado esto: Oídme, es decir, creedme que yo soy vuestro Dios, que quiero ser reconocido por tal, cuando me compadezco de vosotros y os concedo mi ayuda, y que no tengo necesidad de vuestras víctimas. Confiad en que yo quiero ser el Dios justificador y salvador, no en virtud de las obras, sino por causa de mi palabra y mi promesa. Pedid y esperad en mí la ayuda en verdad y de corazón.

También el Salmo 50:13, 15, que repudia las víctimas y requiere la [29] invocación, condena la opinión del opus operatum: «¿He de comer yo carne de toros? … Invócame en el día de la angustia: Te libraré y tú me honrarás». Dicho pasaje atestigua que el verdadero culto a Dios, la verdadera honra, consiste en esto: Si le invocamos de corazón. Lo mismo se dice en el Salmo 40:6: «Sacrificio y ofrenda no te agrada; has abierto mis oídos», esto es, me has dado tu palabra para que la oiga, y quieres que crea a tu palabra y a tus promesas de que realmente deseas tener compasión de mí, ayudarme, etc. Y en el Salmo 51:16 leemos: «No te complacerás en los holocaustos. Los sacrificios a Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios». Además, Salmo 4:5: «Ofreced sacrificios de justicia, y confiad en Jehová». Nos manda tener esperanza, y dice que éste es sacrificio justo, con lo que indica que los demás sacrificios no son sacrificios verdaderos y justos. Y Salmo 116:17: «Te ofreceré sacrificio de alabanza, e invocaré el nombre del Señor«. A la invocación se la llama aquí un sacrificio de alabanza.

[30] Pero la Escritura está llena de tales testimonios que demuestran que los sacrificios ex opere operato no reconcilian a Dios. Y por eso nos enseña que en el Nuevo Testamento, abrogados ya los cultos levíticos, habrán de celebrarse sacrificios nuevos y puros, a saber, la fe, la oración, la acción de gracias, la confesión y la predicación del evangelio, las aflicciones por causa del evangelio, y cosas semejantes.

[31] Y de estos sacrificios habla Malaquías (Mal. 1:11): «Desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia». Nuestros adversarios fuerzan este pasaje y lo aplican a la misa, invocando para ello autoridad de los Padres. Pero la respuesta es fácil; pues por más que en el pasaje citado se hablase de la misa, no se seguiría que la misa justifica ex opere operato, o que, aplicada a otros hombres, merece para ellos remisión de pecados, etc. Nada dice el profeta de estas cosas que los frailes y sofistas tienen el descaro [32] de inventar. Además, las mismas palabras del profeta nos muestran cuál es el sentido correcto. Porque primero declaran que el nombre del Señor será grande. Y esto se hace mediante la predicación del evangelio. Porque por esta vía se da a conocer el nombre de Cristo, y se conoce la misericorida del Padre prometida en Cristo. La predicación del evangelio produce fe en quienes lo aceptan. Y éstos invocan a Dios, dan gracias a Dios, sufren las aflicciones relacionadas con la confesión de su fe, practican el bien para gloria de Cristo. Así es como se hace grande el nombre del Señor entre las gentes. Por lo tanto, con «incienso» y «ofrenda limpia» se tiene en vista no una ceremonia ex opere operato, sino todo el conjunto de sacrificios que engrandecen el nombre del Señor, a saber, la fe, la invocación, la predicación del evangelio, la confesión, [33] etc. Y si alguno desea que se incluya aquí la ceremonia de la misa, no tenemos nada en contra, siempre que no piense sólo en la ceremonia en sí, ni enseñe que la ceremonia es útil ex opere operato.Porque así como entre los sacrificios de alabanza, esto es, entre las alabanzas de Dios, incluimos la predicación de la palabra, así también puede ser alabanza o acción de gracias el hecho mismo de participar de la cena del Señor; pero no puede justificar ex opere operato ni debe ser aplicada a otros con el fin de que merezca para ellos remisión de pecados. Pero un poco más adelante explicaremos cómo hasta una ceremonia es un sacrificio. Sin embargo, como Malaquías habla de todos los cultos del Nuevo Testamento, y no sólo de la cena del Señor, y como no avala tampoco la opinión farisaica del opus operatum, sus palabras no afirman nada en contra de nosotros, sino que más bien nos apoyan. Porque él insiste en los cultos del corazón, por los cuales verdaderamente se agrandece el nombre del Señor.

Se cita también otro pasaje de Malaquías (Mal. 3:3): «Limpiará a los [34] hijos de Levi, los afinará como a oro y como a plata, y traerán al Señor ofrenda en justicia». Este pasaje requiere abiertamente sacrificios de los justos, por lo cual no defiende en absoluto la opinión del opus operatum. Mas los sacrificios de los hijos de Levi, esto es, de los que instruyen a los fieles en el tiempo del Nuevo Testamento, son la predicación del evangelio y los buenos frutos de la predicación, como lo dice Pablo en Romanos 15:16: «Ofrezco en sacrificio el evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo», esto es, para que los gentiles sean hechos ofrendas agradables a Dios por la fe, etc. Porque el sacrificio sangriento de las víctimas en tiempos de la ley significaba también la muerte de Cristo y la predicación del evangelio, por la cual debe ser mortificada la vieja carne pecaminosa421 e iniciada en nosotros una vida nueva y eterna.

Pero nuestros adversarios se empecinan por doquier en aplicar la palabra «sacrificio» a la ceremonia sola.422 Lo referente a predicación del evangelio, a la fe, a la invocación y a otras cosas semejantes—todo esto lo omiten, cuando en realidad, la ceremonia fue instituida precisamente por estas cosas, y el Nuevo Testamento requiere sacrificios del corazón, y no ceremoniales por el pecado que haya que hacer al modo del sacerdocio levítico.

Traen a colación también el «sacrifico diario», diciendo que así la misa [35] debe ser el sacrificio diario del Nuevo Testamento.423 Muy bien les irá a nuestros adversarios si permitimos que nos confundan con alegorías. Pero es evidente que las alegorías no constituyen pruebas firmes. Aunque a la verdad, nosotros estamos dispuestos a aceptar que la misa se entienda como un sacrificio diario, siempre que se piense en la misa completa, esto es, la ceremonia junto con la predicación del evangelio, la fe, y la acción de gracias. Porque todas estas cosas, unidas y en conjunto constituyen el sacrificio diario del Nuevo Testamento, ya que la ceremonia ha sido instituida precisamente por causa de estas cosas, y no se la debe separar de ellas. Por eso dice Pablo (1 Co. 11:26): «Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga». Pero de este modelo 424 levítico no se sigue de ningún modo que una ceremonia sea obra que justifica ex opere operato, o que se la tenga que aplicar a otros hombres a fin de [36] que merezca para ellos remisión de pecados, etc.

Y mirado más de cerca, aquel «tipo» del sacrificio diario representa en forma muy apropiada no sólo la ceremonia, sino también la predicación del evangelio. En Números 28:4, 5, se distinguen tres partes en este sacrificio diario: El holocausto del cordero, la libación, y la ofrenda de la harina. La ley tenía cuadros o «sombras» de cosas futuras. Por tanto, en esta escena está representado Cristo y todo el Nuevo Testamento. El holocausto del cordero significa la muerte de Cristo. La libación significa que en todas partes en el mundo entero, los creyentes son rociados con la sangre de aquel cordero, mediante la predicación del evangelio, como dice Pedro: «En santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo» (1 P. 1:2). La oblación de la flor de harina significa la fe, la oración y la acción de [37] gracias en los corazones. Entonces, como en el Antiguo Testamento se nos muestra la «sombra», en el Nuevo Testamento se ha de buscar la realidad misma tipificada por aquella sombra, y no otro tipo considerado suficiente para el sacrificio.

[38] Y así, aunque la ceremonia conmemora la muerte de Cristo, por si sola no es sacrificio diario: La conmemoración misma es el sacrificio diario, esto es, la predicación y la fe que de veras cree que Dios ha sido reconciliado por la muerte de Cristo. Se requiere la libación, esto es, el efecto de la predicación, para que, rociados con la sangre de Cristo por medio del evangelio, seamos santificados, mortificados y vivificados. Se requieren también las oblaciones, esto es, acciones de gracias, confesiones y aflicciones.

Rechazada de este modo de farisaica opinión del opus operatum, entendamos [39] con «sacrificio diario» el culto espiritual y el sacrificio diario del corazón, porque en el tiempo del Nuevo Testamento debe buscarse el cuerpo425 de los bienes que Dios nos da: El Espíritu Santo, la mortificación y la regeneración. De todo esto se infiere claramente que el tipo del sacrificio [40] diario no es ningún argumento en contra de nosotros, sino antes bien a favor nuestro porque nosotros requerimos que permanezcan en vigencia todas las partes significadas por el sacrificio diario. Nuestros adversarios están muy equivocados con su idea de que el significado abarca sólo la ceremonia, y no también la predicación del evangelio, la mortificación y la regeneración del corazón, etc.

A base de lo antes dicho, los hombres de corazón piadoso podrán convencerse [41] ahora fácilmente de que es del todo infundado el reproche que se nos hace de haber abolido el sacrificio diario. La experiencia pone de manifiesto quiénes son esos Antíocos426 que ostentan el poder en la iglesia, quienes pretextando la religión se arrogan el gobierno del mundo, y, con total abandono del cuidado por la religión y la enseñanza del evangelio, ejercen su dominio, guerrean cual reyes del mundo, después de haber implantado nuevos cultos en la iglesia. Porque en la misa, nuestros adversarios [42] retienen sólo la ceremonia, y la manejan abiertamente con fines de un sacrilego lucro. Y después quieren hacer creer que esta obra, aplicada en beneficio de otros, merece para estos beneficiarios la gracia y toda suerte de bienes. En sus sermones no enseñan el evangelio, no consuelan las conciencias, [43] no muestran que los pecados se perdonan gratuitamente, por causa de Cristo, sino que proponen el culto a los santos, satisfacciones humanas, tradiciones humanas, y afirman que por medio de ellas los hombres son justificados ante Dios. Y aun cuando algunas de estas tradiciones son manifiestamente impías, las defienden por la fuerza. Y un predicador que quiere hacer gala de ser más erudito, se explaya sobre temas filosóficos que ni el pueblo ni los mismos que los proclaman logran entender. Por último, los que son más tolerables enseñan la ley, pero nada dicen de la justicia de la fe.

En su Refutación, nuestros adversarios hacen un drama conmovedor [44] con la desolación de los templos, es decir, porque los altares están sin adornos, [45] sin luces, sin estatuas.427 Estas bagatelas constituyen, en opinión de ellos, el ornato de las iglesias. Daniel apunta a una desolación muy distinta (Dn. 11:31; 12:11), a saber, la ignorancia en cuanto al evangelio. Porque el pueblo, abrumado con la multitud y variedad de tradiciones e interpretaciones, no [46] pudo de ningún modo comprender lo esencial de la doctrina cristiana. Y, en efecto, ¿quién de entre el pueblo cristiano comprendió jamás la doctrina del arrepentimiento tal como la enseñaban nuestros adversarios? Sin embargo, es el asunto principal de la doctrina cristiana.428

Se atormentaba a las conciencias con la enumeración de los pecados y con satisfacciones. Acerca de la fe, por la que conseguimos gratuitamente la remisión de pecados, no se hacía ni la mención más mínima por parte de los adversarios. Acerca de los ejercicios de la fe que lucha con la desesperación, y acerca de la remisión gratuita de los pecados por causa de Cristo, todos los libros, todas las predicaciones de los adversarios guardaban un silencio absoluto. [47] Y a todo esto se añadía la terrible profanación de las misas y muchos otros cultos impíos en los templos. Esta es la desolación que describe Daniel.

[48] Entre nosotros en cambio, por la gracia de Dios, los sacerdotes atienden al ministerio de la palabra, enseñan el evangelio que habla de los beneficios de Cristo, y muestran que la remisión de pecados nos llega en forma gratuita, por gracia, por causa de Cristo. Y esta doctrina lleva a las conciencias un firme consuelo. A esto se añade además la doctrina de las buenas obras que Dios nos manda hacer, y la información respecto de la dignidad y del uso de los sacramentos.

[49] Aun suponiendo que el sacrificio diario fuese el uso del sacramento, sería innegable que nosotros nos estamos ateniendo más estrictamente a su significado que los adversarios, porque entre ellos los sacerdotes administran el sacramento movidos por el estipendio que reciben. Entre nosotros se administra con mayor frequencia y piedad. Porque el pueblo hace uso de él, pero no sin antes haber sido instruido y examinado. Se instruye a los hombres acerca del uso correcto del sacramento, que ha sido instituido para ser el sello de garantía y el testimonio de la remisión gratuita de los pecados, y que por tanto debe advertir a las conciencias timoratas que tengan la plena convicción y firme fe de que sus pecados son perdonados gratuitamente. Por consiguiente, dado que retenemos tanto la predicación del evangelio como el uso legítimo de los sacramentos, está visto que perdura entre nosotros el sacrificio diario.

Y en lo que concierne al aspecto exterior, cabe señalar que entre nosotros [50] la concurrencia a los el templos es mayor que entre los adversarios. Pues la gente se mantiene allí donde puede oír sermones útiles y fáciles de entender. Pero ni el pueblo sencillo ni los eruditos han entendido jamás la enseñanza de los adversarios. El verdadero ornato de las iglesias es una enseñanza piadosa, [51] útil y clara, el uso reverente de los sacramentos, la oración fervorosa y otras cosas semejantes. Las velas, los vasos de oro y otros adornos semejantes quedan muy bien, pero no constituyen el ornato propio de la iglesia. Y si los adversarios cifran el culto en estos adornos, y no en la predicación del evangelio, en la fe y en las luchas de la fe, hay que contarlos entre los que, según la descripción de Daniel, adoran a su Dios con oro y plata.

Traen también una cita de la carta a los hebreos (He. 5:1): «Todo sumo [52] sacerdote tomado de entre los hombres, es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados». De ahí deducen lo siguiente: Como en el Nuevo Testamento hay sumos sacerdotes y sacerdotes, se sigue que existe también algún sacrificio por los pecados. Este pasaje hace una muy fuerte impresión especialmente en los inexpertos, sobre todo cuando se despliega ante sus ojos aquella pompa del sacerdocio y de los sacrificios del Antiguo Testamento. Esta similitud engaña a los indoctos y los lleva a pensar que de un modo análogo debe existir entre nosotros algún sacrificio ceremonial a aplicar a los pecados de los demás, tal como en el Antiguo Testamento. Ese culto de las misas empero, y todas las demás prácticas del régimen papal, no son otra cosa que la práctica levítica mal entendida.

Y pese a que nuestra posición se funda en testimonios muy importantes [53] de la carta a los hebreos, los adversarios violentan en contra nuestra ciertos pasajes mutilados de esa carta, como ocurre con este mismo pasaje donde se dice que todo sumo sacerdote es constituido para que presente sacrificios por los pecados. Pero la misma Escritura añade inmediatamente que el sumo sacerdote es Cristo (He. 5:5; 6:10). Las palabras precedentes se refieren al sacerdocio levítico e indican que dicho sacerdocio era la imagen del sacerdocio de Cristo. Porque los sacrificos levíticos por los pecados no merecían remisión de pecados ante Dios; no eran más que la imagen del sacrificio de Cristo, que habría de ser el único sacrificio propiciatorio, como ya hemos dicho antes. Así pues, la carta a los hebreos trata en buena parte de este asunto que el [54] antiguo sacerdocio y los sacrificios antiguos no fueron instituidos para merecer remisión de pecados ante Dios, o reconciliación, sino únicamente para significar el futuro sacrificio del solo Cristo. Pues en el Antiguo Testamento era [55] preciso que los santos fuesen justificados por la fe fundada en la promesa de remisión de pecados que había de ser ofrecida por causa de Cristo, así como son justificados también los santos del Nuevo Testamento. Desde el principio del mundo era necesario que todos los santos creyesen que la ofrenda y la satisfacción por el pecado habría de ser el Cristo prometido, como lo enseña Isaías 53:10: «Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado», etc.

[56] Por consiguiente: Como los sacrificios del Antiguo Testamento no merecían reconciliación sino por cierta similitud, (lo que merecían era la reconciliación en el orden civil), sino que señalaban hacia el sacrificio venidero, se sigue que Cristo es el único sacrificio aplicado en beneficio de los pecados ajenos. Por tanto, en el Nuevo Testamento no ha quedado ningún sacrificio que pueda aplicarse a los pecados ajenos excepto el único sacrifìcio de Cristo en la cruz.

[57] Están completamente equivocados los que sostienen que los sacrificios levíticos merecían remisión de pecados, por lo que, a base de este precedente, requieren que en el tiempo del Nuevo Testamento también haya sacrificios que pueden aplicarse en favor de otros hombres, además de la muerte de Cristo. Esta ficción anula totalmente el mérito de la pasión de Cristo y la justicia de la fe, corrompe la doctrina del Antiguo Testamento y del Nuevo, y en lugar de Cristo hay otros mediadores y propiciadores como sumos sacerdotes y sacerdotes subalternos que a diario venden sus obras en los templos.

[58] Por lo tanto, si alguien argumenta que es preciso que en el Nuevo Testamento exista un sumo sacerdote que haga ofrendas por los pecados, esto no puede aceptarse sino con respecto a Cristo. Toda la Carta a los Hebreos confirma esta solución. Y si además de la muerte de Cristo, requiriésemos otra satisfacción para aplicarla a los pecados ajenos y para reconciliar a Dios, esto no sería ni más ni menos que instituir otros mediadores fuera de Cristo. [59] Además, por cuanto el sacerdocio del Nuevo Testamento es el ministerio del Espíritu, como lo enseña Pablo (2 Co. 3:6), el único sacrificio que es satisfactorio y que puede aplicarse en beneficio de los pecados de otros es el de Cristo. Por otra parte, el Nuevo Testamento no tiene sacrificios similares a los levíticos, que puedan aplicarse en favor de otros ex opere operato, sino que ofrece a esos otros el evangelio y los sacramentos, para que por medio de ellos sean hechos poseedores de la fe y del Espíritu Santo, y sean mortificados y vivificados, porque en el ministerio del Espíritu no hay cabida para una aplicación de un opus operatum. Porque es un ministerio del Espíritu, un ministerio por el cual el Espíritu Santo hace su obra en los corazones. O sea: Este ministerio aprovecha a otros cuando es eficaz en ellos y cuando los regenera y vivifica. Esto no ocurre cuando se aplica a otros la virtud de una obra ajena ex opere operato.

[60] Hemos demostrado así la razón por qué la misa no justifica ex opere operato, y por qué no se la puede aplicar a otros para merecerles perdón, porque tanto lo uno como lo otro está en pugna con la justicia de la fe. Es imposible, en efecto, alcanzar remisión de pecados y vencer los terrores del pecado y de la muerte por obra o cosa alguna que no sea la fe en Cristo, según el pasaje: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz» (Ro. 5:1).

Hemos demostrado además que los pasajes de las Escrituras que se citan [61] contra nosotros, de ningún modo apoyan la opinión impía de los adversarios en cuanto al opus operatum. De esto se pueden dar cuenta todos los hombres juiciosos de entre todos los pueblos. Por tanto, hay que rechazar el error de [62] Tomás, quien escribió: «El cuerpo del Señor, ofrecido una vez en la cruz por la deuda original, es ofrecido continuamente en el altar por los pecados cotidianos, con el fin de que la iglesia tenga en esto un sacrificio para reconciliar a Dios con ella».429 Han de rechazarse también los demás errores comunes: [63] Que la misa confiere la gracia ex opere operato al que la oficia, y también que aplicada a otros, aun a injustos, con tal que no pongan obstáculo, les merece la remisión de los pecados, de la culpa y de la pena. Todas estas cosas son falsas e impías, inventadas poco ha por frailes indoctos, y eclipsan la gloria de la pasión de Cristo y la justicia de la fe.

De estos errores ha nacido toda una serie infinita de otros, como: Que [64] las misas aplicadas simultáneamente a muchos tienen el mismo efecto que la aplicada a un solo individuo. Los sofistas tienen una lista exacta de la graduación de los méritos, como la tienen los plateros430 para la graduación del peso en oro o en plata. Además, venden la misa como precio para conseguir lo que cada uno desea: A los mercaderes para que tengan suerte en su negocio, a los cazadores para que sea abundante la caza, y un sinfín de cosas más. Por último, la transfieren también a los muertos. Mediante la aplicación del sacramento libran a las almas de las penas del purgatorio, cuando en realidad, sin la fe la misa no aprovecha ni a los vivos. De las Escrituras, los adversarios [65] no pueden aducir ni una sílaba en defensa de estas fábulas que con tanta autoridad enseñan en la iglesia; y tampoco cuentan con testimonios de la iglesia antigua ni de los Padres.

QUÉ PENSABAN LOS SANTOS PADRES EN CUANTO AL SACRIFICIO

Ya que hemos explicado los pasajes de la Escritura que se citan en contra [66] de nosotros, tenemos que responder también respecto de lo que opinaban los Padres. No ignoramos que los Padres llaman a la misa un sacrificio, pero no quieren decir con ello que la misa confiera la gracia ex opere operato, ni que aplicada a otros, merezca para ellos la remisión de los pecados, de la culpa y de la pena. ¿En qué escritos de los Padres se leen semejantes monstruosidades? Lo que sí atestiguan abiertamente es que están hablando de la acción [67] de gracias. Y por eso dan a la santa cena el nombre de «eucaristía». Pero ya hemos dicho antes que un sacrificio de acción de gracias no merece remisión de pecados, sino que este sacrificio lo presentan quienes ya están reconciliados, del mismo modo que las aflicciones no merecen la reconciliación, sino que son sacrificios de acción de gracias cuando los que han sido reconciliados las sufren con paciencia.

Y esta respuesta general en cuanto a la opinión de los Padres es para nosotros defensa suficiente contra los adversarios. Porque es bien cierto que esas fantasías respecto del mérito ex opere operato no se hallan en ninguna parte de los escritos de los Padres. Pero para que se entienda mejor todo este asunto, también nosotros diremos, concerniente al uso del Sacramento, lo que concuerda a la vez con los Padres y con la Escritura.

EL USO DEL SACRAMENTO Y EL SACRIFICIO

[68] Algunos buenos señores431 imaginan que la cena del Señor fue instutuida por dos razones. Primero, para ser una señal y testimonio de la profesión, así como una determinada forma de la cogulla es señal de cierta profesión. Además piensan que tal señal fue de especial agrado de Cristo, a saber, ese convite, para significar la mutua unión y amistad entre los cristianos, porque los convites son señales de alianzas y de amistad. Pero esta opinión refleja una costumbre social, y no muestra el objetivo principal de las dádivas que Dios nos concede. Habla tan sólo de la caridad que se ha de ejercer, cosa que de algún modo entienden también los hombres profanos y seculares. Pero no habla de la fe, cuya naturaleza entienden muy pocos.

[69] Los sacramentos son señales de la voluntad de Dios para con nosotros, y no sólo señales de los hombres entre sí. Están en lo correcto, pues, los que dicen que en el Nuevo Testamento, los sacramentos son señales de gracia. Y como en un sacramento hay dos cosas, la señal y la palabra, la palabra en el Nuevo Testamento es la promesa de gracia añadida a la señal. La promesa del Nuevo Testamento es promesa de remisión de pecados, como lo dice este pasaje (Lc. 22:19–20): «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado. Esta [70] copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama». Por lo tanto la palabra ofrece remisión de pecados. Y la ceremonia es, por decirlo así, una pintura de la palabra, o un sello, como la llama Pablo (Ro. 4:11), que nos muestra la promesa. Luego, así como la promesa es inútil si no es recibida por la fe, así también es inútil la ceremonia si no se le agrega la fe que de veras cree que allí se ofrece remisión de pecados. Y esta fe anima a los corazones contritos. Y así como nos fue dada la palabra para despertar esta fe, así también fue instituido el sacramento, para que esa imagen que entra por los ojos mueva los corazones a que crean. Porque por medio de estas dos cosas: La palabra y el sacramento obra el Espíritu Santo.

Y este uso del sacramento, cuando la fe vivifica los corazones aterrorizados, [71] es un culto del Nuevo Testamento, porque en el Nuevo Testamento hay impulsos espirituales, mortificación y vivificación. Y para este uso, Cristo [72] lo instituyó, pues ordena que se haga en memoria de él. Porque acordarse de Cristo no es la intrascendente celebración de un espectáculo, ni algo instituido para dar un ejemplo, como en las tragedias se celebra la memoria de Hércules o de Ulises, sino que es recordar los beneficios de Cristo y recibirlos por la fe, para ser vivificados por ella. Por eso dice el Salmo (Sal. 111:4–5): «Ha hecho memorables sus maravillas. Clemente y misericordioso es el Señor. Ha dado alimento a los que le temen». Significa, pues, que en esa ceremonia deben ser reconocidas la voluntad y la misericordia de Dios. Esta fe empero: La que reconoce la misericordia, ésta es la fe que vivifica. Y éste es el uso [73] principal del sacramento, en el que se muestra, por una parte, quiénes son idóneos para recibirlo, a saber, las conciencias aterrorizadas, y por otra parte, cómo deben usarlo.

A esto se añade también el sacrificio. Pues una y la misma cosa tiene [74] una diversidad de fines. Cuando la conciencia, animada por la fe, se da cuenta de qué terrores ha sido librada, entonces de veras da gracias verdaderamente por el beneficio y la pasión de Cristo, y hace uso de la ceremonia misma para alabanza de Dios, a fin de mostrar con esta obediencia su gratitud, y declarar que tiene en alta estima los dones de Dios. Así es como la ceremonia se convierte en un sacrificio de alabanza.

Además, los Padres hablan de un doble efecto:432 del consuelo que da a [75] las conciencias, y del estímulo a la acción de gracias o alabanza. El primero de estos efectos pertenece a la naturaleza misma del sacramento; el segundo al sacrificio. De la consolación dice Ambrosio: «Acercaos a él y sed perdonados, porque él es el perdón de los pecados. ¿Preguntáis quién es? Oíd lo que dice él mismo (Jn. 6:35): ‘Yo soy el pan de vida: El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás’».433 Este pasaje atestigua que en el sacramento se ofrece perdón de pecados. Y atestigua también que este perdón debe recibirse por fe. Los escritos de los Padres están llenos de testimonios en tal sentido; pero todos ellos son mal usados por los adversarios para apoyar su idea del opus operatum y de la aplicación en beneficio de otros, pese a que los Padres requieren claramente la fe, y hablan de la consolación propia de cada uno, y no de una aplicación a otros.

[76] Además de estos testimonios, se leen también expresiones acerca de la acción de gracias, como aquella frase tan hermosa de Cipriano respecto de los que comulgan de una manera piadosa: «La piedad», dice, «contempla por una parte lo dado, y por otra parte lo perdonado, y da gracias al dador de tan rico beneficio».434 Esto es, la piedad compara entre sí la magnitud de los beneficios de Dios y la magnitud de nuestros males, de la muerte y del pecado, y da gracias, etc. Y de ahí vino el nombre de «eucaristía» que se usa en la [77] iglesia. Sin embargo, la ceremonia de la santa cena no es en sí misma una acción de gracias que se pueda aplicar ex opere operato, en favor de otros, para merecerles remisión de pecados, etc., a fin de liberar las almas de los difuntos. Tal opinión está en pugna con la justicia de la fe, como si una mera ceremonia, sin fe, aprovechara al que la practica o a los demás.

LOS TÉRMINOS QUE SE USAN PARA DESIGNAR LA MISA

[78] Los adversarios nos remiten también a la filología. De los diferentes nombres usados para la misa sacan unos argumentos que no hace falta discutir largamente. Pues si bien a la misa se la llama sacrificio, no se sigue de ello que sea una obra que confiere la gracia ex opere operato, o que, aplicada en [79] favor de otros, les merezca remisión de pecados, etc. Dicen que liturgia significa sacrificio, y que los griegos llaman a la misa «liturgia».435 ¿Por qué omiten en este contexto el vocablo antiguo «synaxis»,436 que muestra que [80] antiguamente, la misa fue la comunión de muchos? Pero hablemos del término «liturgia». Esta palabra no significa propiamente sacrificio, sino más bien ministerio público, y cuadra muy bien con lo que nosotros sostenemos a saber, que un solo ministro oficiante ofrece el cuerpo y la sangre del Señor al resto del pueblo, así como, un solo ministro que enseña, presenta al pueblo el evangelio, como dice Pablo, (en 1 Co. 4:1): «Téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios», esto es, del evangelio y de los sacramentos. Y 2 Corintios 5:20: «Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio nuestro; [81] os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos», etc. «Liturgia» es por lo tanto una designación muy apropiada para el ministerio. Porque es una palabra antigua, usada en la administración pública estatal, con que los griegos designaban las cargas públicas, como el tributo, o los gastos para el equipamiento de una flota o cosas similares, como lo atestigua el discurso de Demóstenes «A Leptines»,437 que gira enteramente en tomo de los deberes y las inmunidades de los funcionarios públicos: , esto es, «se dirá que algunos hombres indignos, habiendo alcanzado la inmunidad, recusan las cargas públicas». De modo similar hablaban en tiempos de los romanos, como lo muestra el escrito de Pertinax, de lure Immunitatis, 1. Semper: Etsi non libérât parentes omnibus oneribus publicis numerus natorum: «Aunque el número de hijos no libra a los padres de todas las cargas públicas». Y en el comentario sobre Demóstenes está escrito que leiturgia era un tipo de tributo que incluía los impuestos para la organización de los juegos, la construcción de la flota, el mantenimiento de gimnasio, y otras prestaciones públicas similares.438 Pablo emplea el vocablo en conexión con una colecta, en 2 Corintios [82] 9:12: «La ministración de este servicio439 no solamente suple lo que a los santos falta, sino que también abunda en muchas acciones degracias a Dios», etc. En Filipenses 2:25, Pablo llama a Epafrodito leitourgós «ministrador de sus necesidades», lo que de ningún modo se puede interpretar como «sacrificador subalterno». Pero no hay ninguna necesidad de acumular más [83] testimonios, puesto que quienes leen a los escritores griegos, encuentran a cada paso ejemplos claros en los cuales se emplea la palabra leitourgía para designar cargas o servicios públicos. A causa del diptongo, los gramáticos no derivan el término de lite, que significa «raciones», sino de los bienes públicos, que llaman leita, de modo que leitourgéo significa «yo cuido, yo administro los bienes públicos».

Del todo ridicula es aquella deducción que hacen: En las Sagradas Escrituras [84] se menciona el altar, por tanto, la misa necesariamente es un sacrificio. En realidad, Pablo se refiere al «altar» tan sólo por comparación. Ellos empero [85] inventan que la misa se llama así, a partir del hebreo misbeach, altar. ¿Qué necesidad tenían de recurrir a una etimología tan remota, a menos que hayan querido hacer alarde de sus conocimientos de la lengua hebrea? ¿Por qué ir tan lejos a buscar una etimología, dado que la palabra «misa» está en Deuteronomio 16:10, donde se refiere a las colectas o dádivas del pueblo, no a la oblación del sacerdote?440 Porque las personas que venían a celebrar la Pascua debían traer cada una alguna dádiva como retribución por el hospedaje. Al principio también los cristianos observaron esta costumbre. Al reunirse, [86] traían consigo pan, vino y otras cosas, como lo atestiguan los Cánones de los Apóstoles. Parte de esto se consagraba a la cena del Señor, y el resto se distribuía entre los pobres. Y junto con la costumbre se conservó también el nombre de «misa»441 para designar las contribuciones. Y es evidente que a causa de estas contribuciones, la misa era llamada a menudo agápe, a no ser que se prefiera que la llamaban así a causa del convite común. Pero dejemos [87] a un lado bagatelas. Pues es ridículo que en un asunto de tanto peso, los adversarios aduzcan conjeturas tan poco consistentes. Porque si bien a la misa se la llama oblación, ¿qué tiene que ver este vocablo con aquellos sueños del opus operatum, y de la aplicación en favor de otros que, según imaginan, merece para éstos la remisión de pecados? Se la puede llamar también «Oblación» por cuanto en ella se ofrecen oraciones, acciones de gracias y todo aquel culto, así como se la llama «eucaristía».442 Pero ni las ceremonias ni las oraciones aprovechan ex opere operato, sin la fe. Por otra parte, aquí no discutimos acerca de las oraciones, sino en particular acerca de la cena del Señor.

[88] El canon griego también dice muchas cosas en cuanto a la oblación, pero deja bien en claro que no habla propiamente del cuerpo y de la sangre del Señor, sino del culto entero, de las oraciones y acciones de gracias. Porque dice así: «Y haz que seamos dignos de ofrecerte oraciones, y súplicas y sacrificios incruentos por todo el pueblo».443

Bien entendido, no hay nada de ofensivo en esto, ya que aquí se ora pidiendo que «seamos dignos de ofrecer oraciones, súplicas y sacrificios incruentos en favor del pueblo». En efecto, hasta a las oraciones las llama «sacrificios incruentos». Asimismo, un poco después prosigue diciendo: «Te ofrecemos este culto racional e incruento».444 Pecan, pues, de ineptos quienes prefieren interpretar éste como sacrificio racional y transferirlo al propio cuerpo de Cristo, no obstante el hecho de que el canon habla del culto entero, y a pesar de que la logiké latreía445 de Pablo se dirige contra el opus operatum y se refiere al culto de la mente, al temor, a la fe, a la invocación, a la acción de gracias, etc.

MISA POR LOS DIFUNTOS

La defensa que nuestros adversarios hacen de la aplicación de la ceremonia [89] de la misa en pro de la liberación de las almas de los difuntos, cosa que les produce pingües ganancias, no cuenta con testimonio ni mandamiento alguno de las Escrituras. Y no es pecado leve instituir en la iglesia semejantes cultos sin mandato de Dios, sin ejemplo de la Escritura, y aplicar a los muertos la cena del Señor, instituida para ser recordada y predicada entre los vivos. Esto es abusar del nombre de Dios, en contra del segundo mandamiento.

Primero, es hacer agravio al evangelio creer que una ceremonia sea, sin fe, ex opere operato, un sacrificio que reconcilia a Dios y satisface por los pecados. Es horrible la afirmación que se atribuye a la obra de un sacerdote lo mismo que a la muerte de Cristo. Además, el pecado y la muerte no pueden ser vencidos sino por la fe en Cristo, como lo enseña Pablo (Ro. 5:1): «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz», y por tanto no se puede vencer la pena del purgatorio mediante la aplicación de una obra de otro persona.

No queremos investigar por ahora qué clase de testimonios tienen los [90] adversarios acerca del purgatorio, qué piensan respecto de las penas del purgatorio, ni en qué basan la doctrina de las satisfacciones, enteramente fútil, como lo hemos mostrado antes.446 Tan sólo les respondemos esto: La verdad es que la cena del Señor fue instituida por causa de la remisión de la culpa. Porque ofrece remisión de pecados, cosa que hace necesario que se tenga un entendimiento correcto respecto de «culpa». Y sin embargo, no satisface por la culpa, porque de otro modo la misa sería igual a la muerte de Cristo. Ni tampoco se puede conseguir el perdón de la culpa sino por la fe. Por ende, la misa no es satisfacción, sino promesa y sacramento que requiere fe.

Y por cierto, toda persona piadosa forzosamente tiene que sentir un dolor [91] muy amargo al pensar que la misa fue aplicada en gran parte a los muertos y a las satisfacciones por las penas. Esto es quitar de la iglesia el sacrificio diario. Es la tiranía de Antíoco,447 que trasladó las tan salutíferas promesas acerca de la remisión de la culpa y acerca de la fe, a las opiniones tan vanas acerca de las satisfacciones. Esto es contaminar el evangelio y desvirtuar el uso de los sacramentos. Éstas son las personas de las cuales Pablo dijo que «serán culpados del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Co. 11:27), que han anulado la doctrina de la fe, y que so pretexto de las satisfacciones han convertido la remisión de la culpa y el cuerpo y la sangre del Señor en un lucro sacrilego. Algún día sufrirán el castigo por este sacrilegio. Por eso debemos nosotros, y cuantos tengan una conciencia piadosa, poner mucho cuidado, a fin de no aprobar los abusos de los adversarios.

[92] Pero volvamos al tema. Por cuanto la misa no es satisfacción ni por la pena ni por la culpa, ex opere operato, sin fe, síguese que su aplicación en favor de los muertos es inútil. Y no hay necesidad de entrar en largas discusiones al respecto. Pues consta que esas aplicaciones en pro de los muertos no cuentan con testimonio alguno en las Escrituras. Y es cosa muy arriesgada instituir en la iglesia, cultos no autorizados por las Escrituras. Y si alguna vez fuere necesario, hablaremos con más detalle de toda esta cuestión. ¿A qué pelear ahora con los adversarios, que no saben qué es un sacrificio, ni qué es un sacramento, ni qué es el perdón de pecados, ni qué es la fe?

[93] Y tampoco el canon griego aplica la oblación448 como una satisfacción, en bien de los muertos porque la aplica por igual a todos los bienaventurados patriarcas, profetas y apóstoles. Así, pues, está claro que los griegos ofrecen esa oblación como una acción de gracias, y no la aplican como satisfacción por las penas, aunque hablan también no sólo de la ofrenda del cuerpo y de la sangre del Señor, sino de las demás partes de la misa, a saber, de las oraciones y acciones de gracias. Porque piden, después de la consagración, que sea de provecho para los comulgantes. De los otros no hablan. Y entonces añaden: «Además, te ofrecemos ese culto razonable por los que han muerto en la fe, los antepasados, los padres, los patriarcas, los profetas, los apóstoles», etc.449 Pero «culto razonable» no significa la ofrenda misma, sino las [94] oraciones y todo lo demás que allí se hace. En cuanto a lo que los adversarios, citando a los Padres, alegan sobre la oblación por los muertos, sabemos que los antiguos en efecto hablan de la oración por los muertos, cosa que nosotros no prohibimos. Lo que sí desaprobamos es la aplicación ex opere operato de la cena del Señor en favor de los muertos. Y por más que traigan testimonios, sobre todo de Gregorio Magno y de autores más recientes, nosotros les oponemos [95] pasajes clarísimos y certísimos de las Escrituras. Además, existe gran disparidad de opinión entre los Padres. Eran hombres, y podían errar y ser engañados. Si resucitasen hoy y viesen que sus sentencias sirvieron de pretexto para esas soberanas mentiras que los adversarios enseñan acerca del opus operatum, se interpretarían a sí mismos de un modo muy distinto.

[96] Los adversarios también citan en contra de nosotros, falsamente, el caso de Aerio,450 de quien cuentan que fue condenado porque había negado que en la misa se hace oblación por los vivos y los muertos. Es una triquiñuela de que se sirven a menudo: Sacan a colación herejías antiguas, y las relacionan en forma improcedente con nuestra causa, a fin de aplastamos con el peso de tal comparación. Epifanio atestigua que a juicio de Aerio, las oraciones por los muertos son inútiles.451 Y se lo reprocha. Nosotros tampoco apoyamos a Aerio, pero nos oponemos a vosotros, porque defendéis de un modo criminal una herejía que a todas luces pugna con los profetas, los apóstoles y los santos Padres, a saber, que la misa justifica ex opere operato, y que merece remisión de culpa y pena, aun para los injustos en cuyo favor se la aplica, con tal que no pongan obstáculo. Censuramos estos errores perniciosos que menoscaban la gloria de la pasión de Cristo, y dan completamente por tierra con la doctrina de la justicia de la fe. En tiempos de la ley hubo una convicción semejante [97] entre los impíos: Pensaban que merecían la remisión de pecados, no gratuitamente, por la fe, sino por medio de sacrificios ex opere operato. Y así, agregaron más y más cultos y sacrificios, instituyeron en Israel el culto a Baal, y en Judá hasta ofrecían sacrificios en los bosques. Por eso los profetas condenan esa impía creencia, y luchan no sólo con los adoradores de Baal, sino con otros sacerdotes que, con la misma idea impía, celebraban los sacrificios ordenados por Dios.452 Pero esa idea de que los cultos y los sacrificios tienen carácter propiciatorio, siempre está arraigada en el mundo, y siempre lo estará. Los hombres carnales no pueden tolerar que se atribuya al solo sacrificio de Cristo la honra de ser propiciación, porque no entienden qué es la justicia de la fe, y por eso otorgan igual honra a los demás cultos y sacrificios. Por tanto, así como en Judá se mantuvo entre los sacerdotes impíos [98] la falsa creencia respecto de los sacrificios, y así como perduraron en Israel los cultos de Baal, aunque allí estaba la iglesia de Dios que desaprobaba estos cultos impíos: Así también perdura en el reino pontificio el culto de Baal, esto es, el abuso de la misa, que aplican con la intención de que merezca para los injustos la remisión de la culpa y de la pena. Y parece que este culto de Baal habrá de durar lo que dure el reino pontificio, hasta que Cristo venga para hacer juicio, y destruya con la gloria de su venida el reino del Anticristo. Mientras tanto, todos los que de veras creen el evangelio, deben rechazar esos cultos impíos, inventados en abierta oposición al mandamiento de Dios, para obscurecer la gloria de Cristo y la justicia de la fe.

Hemos dado esta breve información en cuanto a la misa, para que los [99] hombres de buena fe de entre todos los pueblos comprendan que nosotros defendemos la dignidad de la misa con el mayor celo y enseñamos su uso correcto, y que tenemos razones justísimas para disentir de nuestros adversarios. Y deseamos que todos los hombres piadosos estén sobre aviso, a fin de que no apoyen a los adversarios que defienden la profanación de la misa, y eviten ei peligro de hacerse cómplices del pecado ajeno. Magna es la causa, e importante el asunto, no inferior al del profeta Elias, que condenaba el culto de Baal (1 R. 18:17 y sigtes.). Nosotros hemos presentado este asunto tan importante con la mayor moderación, y ahora hemos contestado sin incurrir en reproches. Pero si los adversarios nos obligan a enumerar todos los tipos y géneros de abusos de la misa, el caso no se habrá de tratar con tanta clemencia.

404. Confutatio, CR 27, 147 y sigte.: Neque necessarium est, ut omnia verba missae audiat vel intelligat et etiam intelligens semper attendat. Praestant enim intelligere et attendere finem, quia missa celebratur, ut offeratur eucharistia in memoriam passionis Christi. … At modo catholici ab incunabulis imbibunt mores consuetudinesque ecclesiae; unde facile norunt, quid quolibet tempore in ecclesia agendum sit («Tampoco es necesario que oiga o entienda todas las palabras de la misa, ni que, entendiéndolas, siempre preste atención. Pues lo que más importa es que dirija el entendimiento y la atención al fin para el cual se celebra la misa, a saber, para que en ella se ofrezca la eucaristía en memoria de la pasión de Cristo … Pero al presente, los católicos se empapan ya desde su más tierna infancia de las prácticas y costumbres de la iglesia, de modo que les resulta fácil saber qué se debe hacer en la iglesia en cualquier momento dado»).

405. Vid. Lutero, Deutsche Messe (Misa alemana), 1526, WA XIX 80 y sigtes.; Unterricht der Visitatoren (instrucción a los visitadores), 1528, CR 26, 83; WA XXVI, 230.

406. I.e. iglesia cristiana, universal. J. Jonas: die gemeine christliche Kirchen (la iglesia cristiana).

407. Griega = oriental, ortodoxa.

408. Herzog–Hauck, Realencyklopädie für protestantische Theologie und Kirche, 3a ed., XIV, 460 y sigte.

409. Gregorio Magno, 540 604.

410. Vid. Apología IV, 211, nota 100.

411. Ep. ad capitulum generale 3, Böhmer, Analakten, 2a ed., 40, 26: Moneo praeterea et exhortor in Domino, ut in locis in quibus fratres morantur, una tantum missa celebretur in die secundum formam sanctae ecclesiae («Amonesto además, y exhorto en el Señor, que en los lugares en que moran los hermanos, se celebre una sola misa por día según la forma de la santa iglesia»).

412. Haer. tom. III. De fide 22. III 52, 26 Holl.

413. Orador ateniense del siglo IV a. de C. (hacia 389–314), rival de Demóstenes.

414. Platón, Fedro, 50, 266 B.

415. Platón, Fedro, 49, 265 E.

416. Proximae. Justus Jonas: fürnehmlich (especialmente). H. G. Pöhlmann, Apología p. 210: vor allem (ante todo). J. Pelikan, Tappert, p. 252: basic (básicas).

417. En el original: sacrificium eukharistikón.

418. Expiación por el pecado. Justus Jonas: Schuldopfer («expiación por la culpa»).

419. De peccato damnavit peccatum.

420. Kathármata peripsēmata, en el original. Katharma, sing. = inmundicia; plur. kathármata = hombres viles y despreciables, dignos de castigo; lat. piaculares. Peripsema (sing.) = suciedad, lat. sordes. (Dicc. Griego–Latino–Español de los Padres Esculapios, Buenos Aires.)

421. En el original: vetustatem carnis («la vetustez de la came»). Justus Jonas: der alte Adam («el viejo Adán, o viejo hombre»).

422. Texto en alemán: allein auf die Ceremonien der Mess (sólo a las ceremonias de la misa).

423. De Dn. 12:11 y Mt. 24:15, la Confutatio (cf. CR 27, 152) infiere: Juge ergo sacrificium Christianorum in adventu abominationis, id est Antichristi, cessabit universaliter, sicut iam in aliquibus ecclesiis cessat particulariter. Et sic sedebit in loco desolationis, quando videlicet ecclesiae erunt desalatae, in quibus non canuntur horae canonicae, missae non celebrantur, nulla dispensabuntur sacramenta, nulla erunt altaria, nullae sanctorum imagines, nullae candelae, nullus ornatus («Por lo tanto, con el advenimiento de la abominación, esto es, del anticristo, el sacrificio diario presentado por los cristianos cesará en todas partes, como ya cesa en algunas iglesias en particular. Y así quedará detenido (o: se sentará, lat. sedebit) en el lugar de la desolación, a saber, cuando fueren desoladas las iglesias, en las cuales ya no se cantan las horas canónicas, no se celebran misas, no se administrarán sacramentos, no habrá altares ni imágenes de santos ni velas ni ornamentos»).

424. En el original typus tipo, molde, forma, figura, imagen (Dicc. de la Lengua Latina, L. Maschi, Pbro. S., Edit. APIS, Rosario, Arg.).

425. I.e. el «cuerpo» en contraste con la «sombra», cf. Col. 2:17.

426. Antíoco IV Epífanes, de Siria (siglo II a. de C.) saqueó el templo de Jerusalén e intenté introducir el culto a Zeus en lugar del culto judaico. Cf. 1 Macabeos 1:57 y sigtes.

427. Vid. texto de la Confutatio, Apología XXIV 35, nota 423. Justus Jonas agrega: Wiewohl es nicht wahr ist, dass wir solche äusserlich Ornament alle weg tun («Aunque no es cierto que nosotros eliminamos todos estos ornamentos exteriores»)—Respecto de ornamentos cf. también Apología XXIV, 51.

428. Et hic praecipuus locus est doctrinae Christianae. Justus Jonas: Und das ist doch das nötigest Stück der ganzen christlichen Lehre («Y éste es, sin embargo, el punto más necesario en toda la doctrina cristiana»). Acerca de la relación entre el artículo de la justificación y el del arrepentimiento vid. Apología XII, 59.

429. Vid. BSLK, p. 367, nota 1 y p. 93, nota 1.

430. Argentarii. Argentarius significa «banquero», «cambista», «platero».

431. P. ej. Zuinglio. Vid. Confesión de Augsburgo XIII, 1.

432. I.e. doble efecto de la santa cena.

433. Expositio in Psalmum 118, c. 18, 28.MSL 15, 1462 C. CSEL 62, 411.

434. Pseudo–Cipriano, De coena Domini et prima institutione. El texto es de Arnaldo de Bonneval, De card operibus Christi 6. MSL 189, 1647 C.

435. Confutatio, CR 27, coi. 153.

436. Súnaxis se usa también para «eucaristía», p. ej. Pseudo–Dionisio Areopagita, De eccl. hier. Ill, 1. MSG 3, 424 B. Más frecuentemente: Reunión.

437. Ad. Leptinem 1. 457, 7.

438. Ulpiano, Comm. in Demosth., ad Lept. 494, 26.

439. El vocablo traducido aquí con «servicio» es en el original griego leitourgía.

440. «Ofrendas voluntarias». Vulgata: Oblatio spontanea.

441. Respecto de la palabra missa vid. p.ej. J. A. Jungmann, «Zur Bedeutungsgeschichte des Wortes missa», en Zeitschrift für katholische Theologie, 64, 1940, pp. 26–37; Christine Mohrmann, «Missa», en Vigiliae Christianae, 12, 1958, pp. 67–92.

442. La designación «eucaristía» ya se usaba a fines del siglo I. Cf. Ignacio de Antioquia, Ad Smyrn. 8, 1; Ad Philad. 4 (J. A. Jungmann SJ, «Von der Eucharistia zur Messe», en Zeitschrift für katholische Theologie, vol. 89, 1967, p. 29).

443. Súplica al comienzo de la missa fidelium en la liturgia de Crisòstomo.

444. Una invocación en la liturgia de Crisόstomo. En el original, ambas citas de la liturgia de Crisόstomo figuran en griego, con traducción al latín.

445. «Culto racional», Ro. 12:1

446. Cf. XII, 113–130.

447. Vid. Apología XXIV, 41, nota 426 respecto de Antíoco.

448. Oblatio. El texto alemán tiene Messe (misa).

449. Una intercesión en la liturgia de Crisóstomo.

450. Aerio, presbítero de Sebaste, en el Ponto (Asia Menor), siglo IV.

451. Panarion haer. 75, 2.3.7. III 333 y sigtes.; 338 y sigte.

452. Jer. 2:8; 2:26 y sigtes.; 17:1 y sigtes.