Artículo XIII El Número y Uso de los Sacramentos
En el artículo trece, los adversarios aprueban nuestra afirmación de que [1] los sacramentos no son sólo señales con las cuales los hombres se reconocen entre ellos, como sostienen algunos, sino más bien señales y testimonios de la voluntad de Dios para con nosotros, por los cuales Dios mueve los corazones a creer en él. Pero, añaden, es preciso que también nosotros contemos siete [2] sacramentos.272 Nosotros creemos que se debe insistir en que no se descuiden las cosas y ceremonias instituidas en la Escritura, cualquiera que sea su número. Y no damos mucha importancia a que otros, quizás por razones didácticas, cuenten de otro modo, con tal que se atengan correctamente a lo que se manda en la Escritura. Tampoco los antiguos contaron del mismo modo.273
[3] Si llamamos «sacramentos» a los ritos basados en un mandamiento de Dios y a los que se ha añadido la promesa de gracia, es fácil determinar qué es propiamente un sacramento. Porque los ritos establecidos por los hombres no serán, de este modo, sacramentos propiamente dichos. En efecto: No le incumbe a la autoridad humana prometer la gracia. Por tanto, las señales establecidas sin mandamiento de Dios no son señales seguras de gracia, aun cuando tal vez sirvan para instruir a los inexpertos y representen para ellos [4] una advertencia acerca de algo.274 Así, pues, los verdaderos sacramentos son el bautismo, la cena del Señor y la absolución, que es el sacramento del arrepentimiento.275 Estos ritos sí tienen mandamiento de Dios y la promesa de gracia que es propia del Nuevo Testamento. Porque cuando somos bautizados, cuando comemos el cuerpo del Señor, cuando somos absueltos, debemos estar firmemente convencidos en nuestro corazón de que Dios de veras [5] nos perdona por causa de Cristo. Y Dios mueve los corazones a un mismo tiempo por la palabra y por el rito a que crean y tengan fe, como dice Pablo (Ro. 10:17): «La fe es por el oír». Y así como la palabra entra por los oídos para tocar los corazones, así también el rito entra por los ojos para mover los corazones. El efecto de la palabra y el del rito es el mismo, como lo dijo muy acertadamente Agustín: «El sacramento es palabra visible»,276 porque el rito se recibe por los ojos, y es como una representación gráfica de la palabra, y significa lo mismo que la palabra. Por eso, el efecto de ambos es el mismo.
La confirmación y la extrema unción son ritos provenientes de los Padres, [6] pero ni siquiera la iglesia los considera necesarios para la salvación, pues no tienen mandamiento de Dios.277 Por tanto, no es inútil distinguir estos ritos de los que se acaban de mencionar, que tienen mandamiento expreso de Dios y una clara promesa de gracia.
El sacerdocio es considerado por nuestros adversarios no como ministerio [7] de la palabra y administración de los sacramentos a los demás, sino que lo entienden como sacrificio, como si en el Nuevo Testamento fuera necesario que hubiese un sacerdocio semejante al levítico, que presente sacrificios por el pueblo y consiga para los demás remisión de pecados. 278Nosotros enseñamos [8] que el sacrificio presentado por Cristo al morir en la cruz fue suficiente para los pecados de todo el mundo, y que no hay necesidad de otros sacrificios, como si aquél no hubiera bastado para nuestros pecados. Por lo tanto, los hombres son justificados, no en virtud de cualesquiera otros sacrificios, sino por causa de este único sacrificio de Cristo, con tal que crean que por este sacrificio han sido redimidos. Los sacerdotes, por tanto, son llamados no para [9] hacer sacrificios por el pueblo, como en tiempos de la ley, a fin de merecer mediante estos sacrificios remisión de pecados para el pueblo, sino que son llamados para enseñar el evangelio y administrar los sacramentos al pueblo. Tampoco tenemos ningún otro sacerdocio, semejante al levítico, como lo [10] enseña con suficiente claridad la carta a los hebreos (He. 7-9). Mas si quieren [11] que la ordenación se entienda como refiriéndose al ministerio de la palabra, no nos opondremos a que se la llame ‘sacramento de la ordenación’. Porque el ministerio de la palabra tiene mandamiento de Dios y tiene también magníficas promesas. Romanos 1:16: «El evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree». Y asimismo Isaías 55:11: «Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero». [12] Si la ordenación se entiende de este modo, tampoco tenemos inconveniente en que se llame sacramento a la imposición de las manos. Porque la iglesia tiene el mandamiento de ordenar ministros, lo que debe ser de máximo agrado para nosotros, pues sabemos que Dios aprueba este ministerio y se manifiesta [13] en el ministerio. Y es útil ensalzar el ministerio de la palabra lo más posible y con todo género de honores, en contra de los hombres fanáticos que sueñan que el Espíritu Santo nos es dado no por la palabra, sino en virtud de ciertos preparativos de ellos, como cuando se sientan ociosos, callados, en lugares obscuros, esperando la iluminación, tal como lo enseñaban [14] los entusiastas279 de antaño, y lo enseñan los anabaptistas de hoy día.
El matrimonio no se instituyó por primera vez en el Nuevo Testamento, sino inmediatamente después de creado el género humano. Esto sí: Tiene mandamiento de Dios, y tiene también promesas; pero éstas no son una particularidad del Nuevo Testamento, sino que más bien pertenecen a la vida corporal. Por tanto, si alguno quiere llamar sacramento al matrimonio, debe distinguirlo de los primeros dos sacramentos, que son propiamente señales del Nuevo Testamento y testimonios de la gracia y del perdón de los [15] pecados. Porque si al matrimonio se le califica de sacramento por tener mandamiento de Dios, también podrán llamarse sacramentos otros estados u oficios que tienen mandamiento de Dios, como por ejemplo el gobierno civil.
[16] Por último: Si hay que contar entre los sacramentos todo cuanto tiene mandamiento de Dios y lleva agregada una promesa, ¿por qué no incluimos también la oración, que con muchísima razón se puede llamar un sacramento? Tiene, en efecto, mandamiento de Dios, y numerosas promesas; y si la colocamos entre los sacramentos, como en un lugar más destacado, invitará [17] a los hombres a hacer uso de ella. Podrían incluirse aquí también las limosnas, así como las aflicciones, que también son señales a las cuales Dios añadió promesas. Pero no nos detengamos por más tiempo en tales cosas. Ninguna persona juiciosa se pondrá a discutir largamente acerca de la cantidad de sacramentos o el nombre de los mismos, siempre que se guardan las cosas que tienen el mandamiento de Dios y sus promesas.
[18] Mucho más necesario es entender cómo se han de usar los sacramentos. Y aquí condenamos a toda la compañía de los doctores escolásticos que enseñan que los sacramentos confieren al que no pone obstáculos, gracia ex opere operato, aun sin buena disposición de parte del que los usa.280 Es una opinión absolutamente judaica pensar que somos justificados por una ceremonia, sin la buena disposición del corazón, esto es, sin la fe. Y, no obstante, esta opinión impía y perniciosa se enseña con gran autoridad por todo el reino pontificio. Pablo levanta su voz en contra de ello, diciendo que [19] Abraham no fue justificado por la circuncisión, sino que la circuncisión era una señal dispuesta para ejercitar la fe (Ro. 4:9 y sigtes.). Y así, nosotros enseñamos que en el uso de los sacramentos debe intervenir la fe que cree las promesas, y que recibe las cosas prometidas que se ofrecen en el sacramentó. La razón es clara e incontestable. La promesa carece de utilidad, a menos que se la acepte por la fe. Pero los sacramentos son las señales de las promesas. Por eso, en el uso debe estar presente la fe: Si alguno usa de la cena del Señor, debe hacerlo de esta manera. Y por ser la cena del Señor un sacramento del Nuevo Testamento, como Cristo lo dice claramente (Lc. 22:20), el que usa de ella debe creer que se le concede lo prometido en el Nuevo Testamento, a saber, el perdón gratuito de los pecados. Reciba, pues, este beneficio con fe, levante su conciencia pávida, y crea que estos testimonios no son falaces, sino tan ciertos como si Dios, mediante un nuevo milagro, le declarase desde el cielo que quiere perdonar. Mas ¿qué aprovecharían [21] estos milagros y promesas a quien no cree? Hablamos aquí de una fe especial, que cree en la promesa presente; no de la que sólo cree de un modo general en la existencia de Dios, sino de la que cree que se ofrece perdón de pecados. Este uso del sacramento consuela los corazones piadosos y timoratos. [22]
Por otra parte, nadie podría expresar con palabras cuántos abusos oríginó [23] en la iglesia aquella idea insana del opus operatum, según la cual no es necesaria una buena disposición en quien recibe los sacramentos. De aquí viene esa infinita profanación de las misas; pero de esto hablaremos más adelante.281 De los escritores antiguos no se puede citar una sola letra que favorezca a los escolásticos en este asunto. Al contrario, Agustín dice: Lo que nos confiere justicia es la fe en el sacramento, no el sacramento en sí.282 Y es conocida la declaración de Pablo (Ro. 10:10): «Con el corazón se cree para justicia».
272. Confutatio, CR 27, col. 114: Petendum tamen ab eis erit, ut, quod hic in genere de sacramentis perhibent, speciadm quoque de septem sacramends ecclesia fateantur, et a subditis suis observari procurent. («Habrá que’solicitarles, sin embargo, que lo que declaran aquí de los sacramentos en forma general, lo confiesen también en forma específica respecto de los siete sacramentos de la iglesia, y que traten de que sus súbditos los observen en este sentido».)
273. Pedro Lombardo (1095–1169) fue uno de los primeros en insistir en que los sacramentos son siete. Cf. Sententiarum Libri Quatuor IV, d. 1, 2, donde el Magister Sententiarum dice: «Los sacramentos de la Nueva Ley son: El bautismo, la confirmación, la eucaristía, la penitencia, la extremaunción, la ordenación y el matrimonio».
274. Justus Jonas agrega: «ais eirt gemalet kreuz» («como p.ej. la imagen de una cruz»).
275. Cf. a la luz de esto, el orden de sucesión de los artículos IX a XIII en la Confesión de Augsburgo: IX—De baptismo; X—De coena domini; XI—De confessione; XII—De poenitentia; XIII—De usu sacramentorum. (Cf. al respecto p. ej. Ernst Kinder, Beichte und Absolution nach del lutherischen Bekenntnisschriften, en Theologische Literaturzeitung, 1952/9). El tercer sacramento de la edición príncipe en latín fue eliminado en la traducción al alemán de Justus Jonas, que transformó absolutio en aposición de coena Domini y omitió la frase explicativa quae est sacramentum poenitentiae. (So sind nu recht Sakrament die Taufe und das Nachtmahl des Herrn, die Absolutio—«Los verdaderos sacramentos son, pues, el bautismo y la cena del Señor, la absolución»). Esta modificación lo llevó a suprimir incluso una frase del período siguiente: cum absolvimur. En la primera formulación latina, (cf. BSLK, p. 292, aparato crítico), Melanchton escribió en el artículo XIII: Nemo enim unquam in ecclesia sensit, quod necesse sit septem sacramenta numerare, si sacramenta vocamus ceremonias, quas Christus observan praecepit, et quibus addidit promissionem gratiae. Constat tales ceremonias duas esse, baptismum et coenam Domini. Interim posse et absolutionem vocari sacramentum libenter assentimur (»En efecto, nunca jamás se sintió en la iglesia la necesidad de contar con siete sacramentos, si es que llamamos sacramentos a las ceremonias que Cristo nos mandó observar, y a las cuales añadió la promesa de otorgamos la gracia. Consta que tales ceremonias son dos, el bautismo y la cena del Señor. Entre tanto, no tenemos nada en contra de que se llame sacramento también a la absolución»). Igualmente, Melanchton se declara dispuesto a llamar sacramento también al ministerio de la palabra. Cf. Apología XIII, 11 y 12. Otro tanto ocurre en la primera formulación (BSLK, loe. cit.) donde agrega aún que no se opondría a que se llamase sacramento al matrimonio, observando, sin embargo: Sed hoc non pertinet tantum ad novum testamentum («Pero esto [el matrimonio] pertenece no sólo al pacto nuevo»). Sorprende que el único documento luterano a que remite Gerhard Bellinger al afirmar que los reformadores «rechazaron expresamente» los restantes cinco sacramentos (Der Catechismus Romanus und die Reformation, p. 165) sea precisamente el art. XIII de la Apología. (Además de esto hace referencia a tres documentos reformados: Confessio Helvetica II, Confessio Gallicana y Confessio Belgica. Cf. Catecismo Mayor, Bautismo, secciones 74 a 79, donde el tercer sacramento es eliminado por Lutero.
276. Tract. 80 in Joh. 3 MSL 35, 1840. De cataclysmo MSL 40, 694.
277. En cuanto a la confirmación cf. Código del Derecho Canónico, can. 787: Aunque la confirmación no es un sacramento necesario «por necesidad de medio», no se debe descuidar el recibirla si existe la posibilidad para ello. Tampoco la extremaunción es considerada por la doctrina católica romana como necesaria «por necesidad de medio». Sin embargo, el Concilio de Trento (sesión XIV, canon 1o, sobre la extremaunción) pronuncia el anatema sobre quienes dicen que la extremaunción no es, verdadera y propiamente, un sacramento, instituido por Cristo y promulgado por Santiago, sino solamente un rito que proviene de los Padres o que fue inventado por los hombres. (Necesidad de medio: Teol.: Precisión absoluta de una cosa, sin la cual no se puede conseguir. Dicc. Durvan de la Lengua Española.)
278. Pedro Lombardo, Sent. IV, d. 24, 9.
279. El original usa la palabra griega enthousiastái. Vid. Holl, Entusiasmus und Bussgewalt beim griechischen Mönchtum (1898); J. Meyendorff, St. Grégoire Palamas et la mystique orthodoxe (1959). El entusiasmo antiguo a que se refiere Melanchton alcanzó uno de sus puntos culminantes en el siglo XIV, con el movimiento de los «hesicastas» (del vocablo griego hesukhía, sosiego, silencio).
280. Respecto de non ponere obicem, ex opere operato y sine bono motu utentis vid. CA XXIV, 22, texto en latín.
281. Artículo XXIV.
282. Tract. 80 in Joh. 3. MSL 35, 1840.