Libro de Concordia
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La Confesión de Augsburgo Artículos en Controversia, donde se Detallan los Abusos que Han Sido Corregidos Índice
La Confesión de Augsburgo
Artículos en Controversia, donde se Detallan los Abusos que Han Sido Corregidos

Artículo XXIII El Matrimonio de los Sacerdotes

Se ha hecho oír en todo el mundo, entre toda clase de personas, ya de [1] posición elevada, ya humilde, una muy fuerte queja con respecto a la gran inmoralidad y la vida desenfrenada de los sacerdotes que no podían permanecer continentes y que con sus vicios tan abominables habían llegado al colmo. Para evitar tanto y tan terrible escándalo, adulterio y otras formas de [2] lascivia, algunos de nuestros sacerdotes han contraído matrimonio. Estos aducen como motivo que los impulsó la gran angustia de su conciencia, ya que la Escritura afirma claramente que el matrimonio fue ordenado por Dios el [3] Señor para evitar la impureza, como dice Pablo: «A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer» (1 Co. 7:2); asimismo, «Mejor es casarse que estarse quemando» (1 Co. 7:9). Y al decir Cristo en Mateo 19:11: «No [4] todos son capaces de recibir esto», el mismo Cristo (y seguramente conocía la naturaleza humana) indica que pocos tienen el don de la continencia. «Varón y hembra [Dios] los creó» (Gn. 1:27). La experiencia ha demostrado con [5] sobrada claridad si el hombre, por sus propias fuerzas y facultades, sin don y gracia especiales de Dios, por propio empeño y voto, puede mejorar o cambiar la creación de Dios, quien es la suprema majestad. ¿Qué clase de vida buena, honesta y casta, qué conducta cristiana, honrosa y recta ha resultado de ello? Ha quedado de manifiesto que en la hora de la muerte muchos han sufrido en su conciencia horrible y espantosa inquietud y tormento, cosa que muchos han admitido ellos mismos. Ya que la palabra y el mandamiento [6] de Dios no pueden ser alterados por ningún voto o ley humana, los sacerdotes [7] y otros clérigos se han casado movidos por estos y otros motivos y razones.

También se puede comprobar por los relatos y por los escritos de los [8] Padres que en la iglesia cristiana de antaño los sacerdotes y diáconos acostumbraban casarse. Por eso dice Pablo en 1 Timoteo 3:3: «Es necesario que [9] el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer». Y no fue sino hace [10] apenas cuatrocientos años que los sacerdotes en tierras germánicas fueron despojados con violencia del matrimonio y obligados a tomar el voto de castidad.49 Y fue tan generalizada y vehemente la oposición que un arzobispo de Maguncia,50 el cual había promulgado el nuevo edicto papal al respecto, por poco fue muerto en una insurrección de todo el sacerdocio. La misma prohibición desde el principio fue puesta en práctica tan precipitada y desmañadamente que el papa no sólo prohibió a los sacerdotes el matrimonio [11] futuro, sino que disolvió los matrimonios de quienes habían estado casados por mucho tiempo, lo cual no sólo es contrario a todo derecho divino, natural y secular, sino que también es diametralmente opuesto a los cánones que los mismos papas habían formulado y a los concilios más célebres.51

Asimismo muchas personas encumbradas, piadosas y entendidas han exteriorizado la opinión de que este celibato forzado y el despojamiento del matrimonio, que Dios mismo instituyó y dejó al arbitrio de cada uno, jamás ocasionó nada bueno, sino al contrario ha dado origen a muchos vicios graves y mucho escándalo. También uno de los mismos papas, Pío XII, como lo demuestra su biografía, dijo repetidas veces e hizo escribir que quizás haya razones que veden el matrimonio a los clérigos, pero hay muchas razones más poderosas, importantes y categóricas para permitirles nuevamente la libertad de casarse. No cabe duda de que el papa Pío, como hombre inteligente y sabio, hizo esta aseveración tras mucha reflexión.

[12] Por lo tanto, en sumisión a Vuestra Majestad Imperial, estamos confiados de que Vuestra Majestad, como emperador cristiano e ilustre, se dignará tener presente que en estos días postreros de los cuales habla la Escritura, el mundo se vuelve peor y los hombres se hacen siempre más débiles y frágiles.

Por consiguiente, es muy necesario, provechoso y cristiano comprender este hecho para que la prohibición del matrimonio no ocasione la introducción [13] en tierras alemanas de inmoralidad y vicios más vergonzosos. Nadie puede disponer ni modificar tales cosas con más sapiencia o mejor que Dios mismo, quien instituyó el matrimonio para prestar auxilio a la debilidad humana y evitar la inmoralidad.

[14] También los antiguos cánones dicen que a veces es necesario suavizar y disminuir la dureza y el rigor, a causa de la debilidad humana para precaver y evitar el escándalo.52

Esto sería por cierto cristiano y necesario. ¿Cómo puede ser una desventaja para toda la iglesia cristiana el matrimonio de los sacerdotes y religiosos, especialmente el matrimonio de los pastores y otros que deben servir [15] a la iglesia? En lo futuro habrá escasez de sacerdotes y pastores si esta dura prohibición del matrimonio permanece en pie.

[16] El matrimonio de los sacerdotes y clérigos está fundamentado en la palabra y el mandato divinos. Además, la historia demuestra que los sacerdotes contrajeron matrimonio y que el voto de castidad ha ocasionado tanto escándalo espantoso y anticristiano, tanto adulterio, inmoralidad horrible y vicio abominable que hasta algunos hombres honrados entre el clero de catedral y algunos cortesanos de Roma lo han admitido con frecuencia y han aseverado quejosamente que el predominio abominable de tal vicio entre el clero provocaría la cólera de Dios. En vista de esto, es lamentable que el matrimonio cristiano no sólo haya sido prohibido, sino que en algunos lugares se le haya castigado muy precipitadamente, como si se tratara de un gran crimen, y todo [17] esto a pesar de que en la Sagrada Escritura Dios ordenó tener en gran estima el matrimonio. El matrimonio también se ensalza en el derecho imperial y [18] en todas las monarquías donde ha habido leyes y justicia. Sólo en nuestra [19] época se empieza a martirizar a la gente inocente únicamente a causa del matrimonio, especialmente a los sacerdotes, con los cuales debiera guardarse más consideración que con otros. Esto acontece no sólo contrariamente al derecho divino sino también al derecho canónigo. En 1 Timoteo 4:13 el apóstol [20] Pablo llama doctrina de demonios a la enseñanza que prohíbe el matrimonio. Cristo mismo dice en Juan 8:44 que el diablo fue asesino desde el principio. Estos dos textos concuerdan bien, porque necesariamente es doctrina de demonios [21] lo que prohíbe el matrimonio y se atreve a mantener tal doctrina mediante el derramamiento de sangre. Pero así como ninguna ley humana [22] puede abolir o alterar el mandamiento de Dios, tampoco ningún voto lo puede alterar. Por lo tanto, San Cipriano aconseja que se casen las mujeres que no guardan la castidad prometida; así dice en su epístola undécima: «Pero si no [23] quieren o no pueden conservar la castidad, es mejor casarse que caer en el fuego por causa de sus deseos, cuidándose muy bien de no hacer tropezar a los hermanos y hermanas».53

Además, todos los cánones usan de mucha lenidad y equidad para con [24] aquellos que en su juventud hicieron voto, y lo cierto es que la mayor parte de los sacerdotes y los monjes en su juventud ingresaron en ese estado por ignorancia.54

49. Si bien la necesidad del celibato clerical se recalcó y se practicó en siglos anteriores, no fue sino hasta fines del siglo XI que se hizo cumplir en general bajo el papa Gregorio VII. Todavía en el siglo XII la mayor parte de los sacerdotes de alemania vivían en matrimonio.

50. Sigfrido de Maguncia en los sínodos de Erfurt y Maguncia en 1075, según los anales de Lambert von Hersfeld.

51. Decr. Grat., parte I, dist. 82, caps. 2–5; también dist. 84, cap. 4. El Concilio de Nicea se negó a exigir el celibato. Sócrates, Historia ecclesiastica, I, 11.

52. Decr. Grat., parte I, dist. 34, cap. 7; parte II, cap. 1, q. 7, c. 5.

53. Cipriano, Epístolas, 62, 2 (Migne). De acuerdo con la enumeración de Erasmo, Ep. lib. I, 11.

54. Decr. Grat., parte II, cap. 20, q. 1, c. 5, 7, 9, 10, 14, 15.