Artículo XV Las Tradiciones Humanas en la Iglesia
Del artículo quince, aceptan la primera parte, en la que decimos que [1] deben observarse los ritos eclesiásticos que pueden observarse sin pecado, y que son útiles para mantener la tranquilidad y el buen orden en la iglesia. En cambio, condenan de plano la segunda parte, en la que decimos que las tradiciones humanas instituidas para aplacar a Dios, para merecer la gracia y satisfacer por los pecados, son contrarias al evangelio.289 Aunque en la Confesión [2] misma,290 al tratar de la distinción de las comidas, hayamos dicho lo suficiente sobre las tradiciones, debemos repitir aquí brevemente algunas cosas.
Aunque suponíamos que nuestros adversarios defenderían las tradiciones [3] humanas por otras razones, no esperábamos que condenaran este artículo, es decir, que no merecemos perdón de pecados o la gracia por la observancia de las tradiciones humanas. Pero como han condenado este artículo, estamos ante un caso fácil y sencillo. Aquí, nuestros adversarios aplican abiertamente [4] prácticas judaicas y simplemente anulan el evangelio con doctrinas de demonios. Porque la Escritura llama a las tradiciones «doctrinas de demonios», (1 Ti. 4:1, 3) cuando se enseña que son ritos útiles para merecer remisión de pecados y gracia. Porque entonces obscurecen el evangelio, el beneficio de [5] Cristo y la justicia de la fe. El Evangelio enseña que conseguimos perdón de pecados y que somos reconciliados con Dios, gratuitamente por la fe, por causa de Cristo. Nuestros adversarios, por el contrario, establecen otro mediador, a saber, las tradiciones. En virtud de ellas quieren conseguir perdón de pecados, y por medio de ellas quieren aplacar la ira de Dios. Pero Cristo dice abiertamente (Mt. 15:9): «En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres».
[6] Ya hemos discutido largamente el tema de que los hombres son justificados por la fe, cuando creen que tienen un Dios aplacado, no en virtud de nuestras obras, sino gratuitamente, por causa de Cristo. Esta es, sin duda alguna, la doctrina del evangelio, porque Pablo dice claramente, en Efesios 2:8: «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues [7] es don de Dios: No las obras». Y ahora dice esa gente que los hombres merecen remisión de pecados por medio de aquellas observancias humanas. ¿Qué es esto sino reemplazar a Cristo con otro mediador y justificador? Pablo [8] dice a los gálatas (Gá. 5:4): «De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis», esto es, si creéis que por la ley merecéis ser considerados justos ante Dios, nada os aprovechará Cristo; pues, ¿qué necesidad tienen de Cristo [9] quienes piensan que son justos por la observancia de la ley? Dios envió a Cristo porque nos quiere ser propicio a causa de este mediador, y no en virtud de nuestras propias obras justas. Pero ellos creen que Dios puede ser aplacado y nos es propicio en virtud de las tradiciones, y no por causa de Cristo. [10] Arrebatan, pues, a Cristo la honra de ser mediador. Y no hay diferencia entre nuestras tradiciones y las ceremonias mosaicas en lo que a este asunto se refiere. Por consiguiente, Pablo condena tanto las ceremonias mosaicas como las tradiciones, porque se pensaba que eran obras que merecían justicia ante Dios, con lo que quedaban obscurecidos el oficio de Cristo y la justicia de la fe. Por esta razón, rechazada la ley y rechazadas también las tradiciones, Pablo insiste en que el perdón de pecados nos ha sido prometido gratuitamente, no en virtud de nuestras obras, sino por causa de Cristo, siempre que lo [11] recibamos por la fe. Porque la promesa no se recibe sino por la fe. Por tanto, ya que por la fe conseguimos perdón de pecados, y por la fe tenemos un Dios propicio por causa de Cristo, es un error y una impiedad afirmar que por [12] medio de estas observancias merecemos remisión de pecados. Si aquí se le ocurre a alguien decir que no es la remisión de pecados lo que merecemos, sino que, ya justificados, por medio de esas tradiciones merecemos la gracia, Pablo vuelve a protestar y le dice (en Gá. 2:17), que Cristo sería ministro de pecado si aún después de la justificación fuese preciso creer que no somos reputados justos por medio de Cristo, sino que primero tenemos que merecer ser considerados justos por medio de otras observancias. Además (Gá. 3:15): «Al testamento de una persona no se le debe añadir nada». Luego, al testamento de Dios, que promete que por causa de Cristo quiere sernos propicio, tampoco se le debe añadir que primero tenemos que merecer, mediante esas observancias, ser aceptos y justos.
Pero, ¿qué necesidad hay de una larga discusión? No hay ninguna tradición [13] que haya sido instituida por los santos Padres con el propósito de que con ella se merezca perdón de pecados o justicia, sino que fueron instituidas a causa del buen orden de la iglesia y a causa de la tranquilidad. Y si alguno [14] quiere instituir ciertas obras para merecer remisión de pecados o justicia, ¿cómo sabrá que esas obras agradan a Dios, dado que no tiene el testimonio de la palabra de Dios? ¿Cómo dirá a los hombres acerca de la voluntad de Dios sin el mandamiento y sin la palabra de Dios? ¿Acaso en los libros de los profetas no abundan por doquier prohibiciones de Dios de instituir establecer cultos especiales sin su mandamiento? En Ezequiel 20:18-19 está escrito: «No andéis en los estatuos de vuestros padres, ni guardéis sus leyes, ni os contaminéis con sus ídolos. Yo soy el Señor vuestro Dios; andad en mis estatutos, y guardad mis preceptos, y ponedlos por obra». Si es lícito a [15] los hombres instituir formas de culto y merecer por este medio la gracia de Dios, debieran ser aprobados los cultos de todos los gentiles, los cultos establecidos por Jeroboam, (1 R. 12:28 y sigte.), así como los instituidos por otros, fuera de la ley. ¿Qué diferencia hay? Si a nosotros se nos permitió instituir cultos que son útiles para merecer la gracia y la justicia, ¿por qué no se lo tendría que haber permitido también a los gentiles y a los israelitas? Precisamente por eso fueron desaprobados los cultos de los gentiles y los de [16] los israelitas: Porque pensaban que por medio de ellos merecían perdón de pecados y justicia, y de la justicia de la fe no sabían nada. Por último, ¿cómo [17] estar seguros de que los cultos instituidos por los hombres, sin mandamiento de Dios, otorgan justicia, dado que acerca de la voluntad de Dios nada puede afirmarse sino a base de la palabra de Dios? ¿Qué sucederá si Dios no aprueba estos cultos? Entonces,¿cómo es que nuestros adversarios afirman que justifican? Sin la palabra y el testimonio de Dios no se puede hacer tal afirmación. Y Pablo dice (Ro. 14:23): «Todo lo que no proviene de fe, es pecado». Mas como para estos cultos no hay testimonio alguno de la palabra de Dios, la conciencia forzosamente tiene que estar en dudas acerca de si agradan a Dios.
¿Qué necesidad hay de palabras en un asunto tan claro? Si nuestros [18] adversarios defienden estos cultos humanos pensando que son merecedores de la justificación, la gracia, el perdón de pecados, simplemente implantan el reino del anticristo. Porque el reino del anticristo es un nuevo culto a Dios, inventado por la prepotencia humana, con rechazo de Cristo, así como el reino de Mahoma tiene sus cultos y obras con que pretende ser justificado ante Dios, y no cree que los hombres son justificados ante Dios en forma gratuita, por la fe, por causa de Cristo. De este modo, también el papado formará parte del reino del anticristo si defiende cultos humanos como presunto semidiós para lograr ser justificado. En efecto: Significa despojar a Cristo de su honor cuando enseñan que somos justificados no por causa de Cristo, gratuitamente, por la fe, sino por tales cultos, y mayormente cuando enseñan que éstos no sólo son útiles para la justificación, sino hasta necesarios, como lo declaran en el artículo octavo,291 (Art. VII), donde nos condenan porque dijimos que para la verdadera unidad de la iglesia no es necesario que [19] en todas partes sean idénticos los ritos instituidos por los hombres. Daniel indica en el capítulo 11:38 de su libro que los nuevos cultos humanos habrán de ser la forma misma y la política292 del reino del anticristo. Porque dice así: «Mas honrará en su lugar al dios de las fortalezas, dios que sus padres no conocieron; lo honrará con oro y plata, y con piedras preciosas». Con esto describe cultos nuevos, porque dice que se adorará a un dios que los padres [20] no conocieron. Pues si bien los santos Padres también tenían cultos y tradiciones, ellos no creían que tales cosas fuesen útiles o necesarias para la justificación; ni tampoco obscurecían la gloria y el oficio de Cristo, sino que enseñaban que somos justificados por la fe, por causa de Cristo, y no en virtud de aquellos cultos humanos. Por lo demás observaban aquellos cultos humanos por su utilidad en el aspecto formal, para que el pueblo supiese cuándo tenía que congregarse, para que en los templos todas las cosas se hiciesen decentemente y con orden, para dar un buen ejemplo, y finalmente, para que también el pueblo común recibiera alguna educación. Porque el discernimiento de los tiempos y la variedad de los cultos son de valor para [21] aleccionar al pueblo. Estas eran las razones que los padres tenían para conservar los cultos, y por estas razones también nosotros pensamos que las tradiciones bien pueden conservarse. Nos sorprende sobremanera que nuestros adversarios defiendan en las tradiciones un motivo distinto, a saber, que con ellas se merece remisión de pecados y justificación. ¿Qué es esto, sino adorar a Dios con oro y plata y cosas de gran precio (Dn. 11:38), es decir, pensar que a Dios se lo puede aplacar mediante la variedad en el vestir, en los ornamentos y en ritos semejantes, como los hay en cantidades innumerables [22] en las tradiciones humanas? Pablo escribe en su carta a los colosenses (Co. 2:23) que las tradiciones «tienen reputación de sabiduría». Y la tienen en verdad. Porque este buen orden es de mucha utilidad para la iglesia, y por eso es muy necesario. Pero como la razón humana no entiende qué es la justicia de la fe, es natural que imagine que semejantes obras justifican a los [23] hombres, que los reconcilian con Dios, etc. Así lo creía la gente común entre los israelitas, y a raíz de esta opinión aumentaban las ceremonias, de la manera como entre nosotros aumentaron los monasterios. Lo mismo piensa la razón [24] humana de las ejercitaciones del cuerpo, y de los ayunos. Aunque su objeto es dominar la carne, la razón les añade la finalidad de ser ritos que justifican. Tomás lo expresa así: «El ayuno vale para borrar y suprimir la culpa».293 Son palabras textuales de Tomás. Y así, la reputación de sabiduría y de justicia que llevan estas obras engaña a los hombres. Agréganse a esto los ejemplos de los santos. Y cuando los hombres se esfuerzan en imitarlos, con frecuencia imitan sus ejercicios exteriores, pero no imitan su fe.
Y una vez que los hombres quedaron engañados por esta reputación de [25] sabiduría y justicia, surge un sinfín de males; se obscurece el evangelio de la justicia de la fe en Cristo, y la consecuencia es una confianza vana en las obras. Después se obscurecen los preceptos de Dios. Estas obras se arrogan el título de vida perfecta y espiritual, y se les da preferencia, y por mucho, a las obras indicadas en los mandamientos de Dios, como p. ej. las obras propias de la vocación de cada uno, el gobierno del estado, la administración de la familia, la vida conyugal, la educación de los hijos. Comparadas con [26] aquellas ceremonias, estas obras se consideran profanas, de modo que muchos las cumplen con alguna duda en su conciencia. Consta, en efecto, que muchos han abandonado la administración de la república y la vida matrimonial para abrazar esas observancias, que juzgan mejores y más santas.
Y esto no es todo. Cuando se apodera de los ánimos la convicción de [27] que esas observancias son necesarias para la justificación, las conciencias caen en angustiosa ansiedad, porque no pueden cumplir con exactitud todas esas observancias. Porque, ¿quién puede enumerarlas todas? Hay una inmensidad de libros, y hasta bibliotecas enteras, que no contienen ni una sílaba de Cristo, de la fe en Cristo, de las buenas obras propias de la vocación de cada cual, sino que tan sólo presentan una colección de tradiciones con sus respectivas interpretaciones, que a veces las hacen más rigurosas, y otras veces más relajadas. ¡Cómo se atormenta Gerson, un hombre tan bueno, [28] cuando investiga los grados y el alcance de los preceptos! Y, sin embargo, es incapaz de encontrar una explicación equitativa y confiable.294 Entre tanto lamenta profundamente los peligros que corren las conciencias piadosas con esta rígida interpretación de las tradiciones.295
Protejámonos, pues, con la palabra de Dios contra esa reputación de [29] sabiduría y de justicia de los cultos humanos que engaña a los hombres; y sepamos en primer lugar que ante Dios, dichos cultos no merecen remisión de pecados ni justificación, ni tampoco son necesarios para la justificación. [30] Ya hemos citado algunos testimonios.296 Pablo abunda en ellos. En Colosenses 2:16-17 dice claramente: «Nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, nueva luna o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo». Aquí incluye a la vez la ley de Moisés y las tradiciones humanas, para que nuestros adversarios no puedan pasar por alto estos testimonios, como acostumbran hacerlo, diciendo que Pablo habla sólo de la ley de Moisés. Porque aquí afirma en forma inequívoca que está hablando de las tradiciones humanas. Nuestros adversarios no se dan cuenta de lo que dicen: Si el evangelio proclama que las ceremonias de Moisés, instituidas por Dios, no justifican, ¡cuánto menos justificarán las tradiciones humanas!
[31] Tampoco los obispos tienen potestad para instituir cultos como presuntos medios que otorgan justicia o que son necesarios para la justificación. Es más: Los apóstoles dicen, Hechos 15:10:«¿Por qué tentáis a Dios, poniendo un yugo?» etc., y en esa misma ocasión Pedro considera un gran pecado el intentar imponer cargas a la iglesia. Y Pablo, en su carta a los gálatas (Gá. [32] 5:1), prohíbe a éstos sujetarse otra vez al yugo de esclavitud. Los apóstoles quieren, pues, que perdure en la iglesia esta libertad, que no se considere necesario ningún culto basado en la ley o en las tradiciones—así como en la época de la ley hubo ceremonias necesarias por cierto tiempo—para que no quede obscurecida la justicia de la fe; pues esto ocurrirá inevitablemente si los hombres piensan que estos cultos merecen justificación o son necesarios [33] para la justificación. Muchos buscan diversas moderaciones en las tradiciones para llevar alivio a las conciencias, y sin embargo no encuentran la [34] forma apropiada para liberar a las conciencias de estas cadenas. Pero así como Alejandro, al no poder desatar el nudo gordiano, lo cortó de un tajo con su espada,297 así también los apóstoles libertan a las conciencias de un solo golpe cortando las tradiciones, sobre todo si éstas son presentadas como medios para merecer justificación. Los apóstoles nos obligan a oponernos a esta doctrina con nuestra enseñanza y nuestros ejemplos. Nos obligan a enseñar que las tradiciones no justifican, que no son necesarias para la justificación, que nadie debe fabricar o aceptar tradiciones con la opinión de que [35] merecen justificación. Por tanto, si alguno las observa, obsérvelas sin superstición, como costumbres civiles, así como sin superstición, los soldados se [36] visten de una manera y los estudiantes de otra. Los apóstoles quebrantan las tradiciones, y Cristo los excusa. Pues había que demostrar a los fariseos mediante [37] un ejemplo que aquellos cultos suyos eran inútiles. Y si los nuestros omiten algunas tradiciones poco provechosas, bastante disculpados están, ahora que para esas tradiciones se reclama la virtud de merecer justificación. Porque semejante opinión acerca de las tradiciones es impía.
Por lo demas, mantenemos gustosos las tradiciones antiguas instituidas [38] en la iglesia por su utilidad y en bien de la tranquilidad; y las interpretamos con moderación,298 rechazando la opinión de que justifican. Es falsa, por lo [39] tanto, la acusación de nuestros enemigos de que nosotros abolimos las ordenanzas saludables y la disciplina eclesiástica. Pues sin faltar a la verdad, podemos afirmar que la forma pública de las iglesias es entre nosotros más digna que entre nuestros adversarios. Y si alguno quiere examinarlo correctamente, verá que observamos los cánones con más fidelidad que nuestros adversarios. Entre nuestros adversarios ocurre que la misa es oficiada por [40] sacerdotes que lo hacen con desgano y movidos por la remuneración, y muchas veces sólo por la remuneración. Cantan salmos, pero no para aprender o para orar, sino porque así lo requiere el culto, como si semejante obra fuera un culto, o—lo que no puede negarse—por la paga. Entre nosotros, muchos toman la cena del Señor todos los domingos, pero no sin antes haber sido instruidos, examinados y absueltos. Los niños cantan salmos para aprenderlos. Canta también el pueblo para aprender o para orar. Entre nuestros adversarios [41] no existe en absoluto la catequesis de los niños, aunque hasta los cánones la ordenan. Entre nosotros, los pastores y ministros de las iglesias están obligados a instruir públicamente a los jóvenes y a escucharlos299 y esta ceremonia produce óptimos frutos. Entre nuestros adversarios, en muchas regiones,300 [42] no hay predicación alguna en todo el año, excepto en la Cuaresma.301 Pero el principal culto a Dios es enseñar el evangelio.
Cuando nuestros adversarios predican, hablan de las tradiciones humanas, del culto a los santos302 y de otras bagatelas que con razón fastidian al pueblo, con el resultado de que se quedan solos en cuanto se ha leído el texto del evangelio.303 Algunos, los mejores, empiezan ahora a hablar de las buenas obras, pero nada dicen de la justicia de la fe, de la fe en Cristo, del consuelo de las conciencias. Es más: Esta parte salubérrima del evangelio la [43] desacreditan con palabras ultrajantes.304 Por el contrario, en nuestras iglesias todos los sermones están centrados en estos temas: Arrepentimiento, temor de Dios, fe en Cristo, justicia de la fe, consuelo de las conciencias por medio de la fe, ejercitación de la fe, la oración, cómo debe ser, y que debemos tener la certeza de que es eficaz, que la oración es escuchada; además se habla de la cruz, la dignidad de los gobernantes y de todas las ordenanzas civiles, de la distinción entre el reino de Cristo o reino espiritual, y los asuntos civiles, del matrimonio, de la educación e instrucción de los niños, de la castidad, y de [44] todos los deberes del amor. A base de este estado de cosas en nuestras iglesias, cualquiera puede darse cuenta de que nosotros conservamos con diligencia las ceremonias piadosas, la disciplina y las buenas costumbres eclesiásticas.
[45] Sobre la mortificación de la carne y la disciplina del cuerpo enseñamos, como lo declara nuestra Confesión,305 que la mortificación verdadera y no fingida se verifica por la cruz,306 y por las aflicciones con que Dios nos ejercita. En ellas se ha de acatar la voluntad de Dios, como dice Pablo (Ro. 12:1): «Presentad vuestros cuerpos en sacrificio», etc. Éstos son los ejercicios espirituales [46] del temor y de la fe. Pero además de esta mortificación que se hace por medio de la cruz, es también necesario cierto género de ejercicio voluntario, del que Cristo dice (Lc. 21:34): «Mirad por vosotros, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez». Y Pablo (1 Co. 9:27): [47] «Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre», etc. Estos ejercicios empero han de considerarse no como cultos que justifican, sino como prácticas tendientes a someter la carne, para que no se apodere de nosotros la saciedad y nos haga seguros y ociosos, de lo que resulta que los hombres ceden a las inclinaciones de la carne y les obedecen. Y esta diligencia debe [48] ser perpetua, porque tiene un mandamiento perpetuo de Dios. Pero aquellas prescripciones detalladas en cuanto a alimentos y tiempos no contribuyen en nada al sometimiento de la carne. Pues el atenerse a ellas causa más afeminamiento y es más costoso que cualquier otro convite.307 Y ni siquiera nuestros adversarios observan la forma prescrita en los cánones.
[49] Esta cuestión de las tradiciones encierra muchas y difíciles controversias, y nosotros hemos experimentado en carne propia que las tradiciones son en verdad lazos para las conciencias. Cuando se las exige como necesarias, se convierten en un indecible tormento para las conciencias que incurren en la omisión de algún detalle de las observancias. Y también la abrogación tiene sus inconvenientes y sus problemas. Pero para nosotros, el caso es fácil y [50] sencillo, pues nuestros adversarios nos condenan porque enseñamos que las tradiciones humanas no merecen remisión de pecados, y al mismo tiempo insisten en la observancia de lo que ellos llaman tradiciones universales, que consideran necesarias para la justificación. Aquí tenemos como patrono constante a Pablo, quien declara por doquier que estas observancias ni justifican ni son necesarias como agregado a la justicia y de la fe. No obstante, enseñamos [51] que en estas cosas se debe hacer uso de la libertad de una manera tal que los inexpertos no se escandalicen y no lleguen a hacerse más hostiles a la verdadera doctrina evangélica por causa de un abuso de la libertad. Tal uso moderado de la libertad lo enseñamos también para que en los ritos usuales no se cambie nada sin causa razonable, sino que, para fomentar la concordia, se guarden las costumbres antiguas que pueden conservarse sin pecado o sin inconveniente grave. Y en esta misma asamblea,308 nosotros hemos demostrado [52] suficientemente que por causa del amor, estamos dispuestos a observar junto con ellos los ritos que no afecten puntos de la doctrina del evangelio, aunque tengan algún inconveniente. Porque pensamos que más que otra ventaja cualquiera, nos debe interesar la concordia pública, si es que puede conseguirse sin ofensa de las conciencias. Pero de todo este asunto hablaremos más adelante, cuando discutamos el tema de los votos y del poder eclesiástico.309
289. Confutatio, CR 27, col. 115 y sigte. La condenación (col. 116): Appendix tamen illius articuli omnino tollenda est, cum falsum sit, constitutiones humanas, ad placandum Deut et satisfaciendum pro peccatis institutas, adversari evangelio, uti de votis, de deluctu ciborum, et similibus, posterius latius declarabitur («Pero el apéndice a aquel artículo debe ser eliminado totalmente, puesto que no es verdad que las disposiciones humanas para aplacar la ira de Dios y para dar satisfacción por los pecados sean contrarias al evangelio, como en párrafos posteriores se expondrá en forma más amplia, con respecto a votos, elección de comidas y cosas semejantes»). El apéndice a que se refiere la Confutatio es la segunda parte de CA XV.
290. En el art. XXVI de la Confesión de Augsburgo.
291. Confutatio ad artic. VII.
292. En el original politeia, «política» en el sentido de «forma de manejarse».
293. Summa Theologiae II, 2 q. 147, a. 3. c.
294. En el original: epieikéian. Vid. CA XXVI, 14.
295. De vita spirituali, lectio 2, III, 16.
296. Vid. Apología XV, 4 y sigtes.
297. Según la leyenda, un oráculo declaró que quien lograse desatar un intrincado nudo que había en el carro del rey frigio Gordio, reinaría sobre toda Asia. Cuéntase que Alejandro Magno cortó el nudo con un golpe de espada.
298. En el original: pròs tó euphemóteron’. BSLK, p. 304, nota 1: im besten Sinne («en el mejor sentido»).
299. I.e. hacerlos recitar lo que han aprendido.
300. Justus Jonas: «En muchos países, como por ejemplo, en Italia y en España, etc.».
301. BSLK, p. 305, nota 1 dice que esto vale sólo para las zonas rurales. Para referencias bibliográficas remite a Schian, RE, 3a ed., XV, 652. XXIII, 338 y sigte.
302. Justus Jonas añade: «De agua bendita».
303. Agregado de Justus Jonas: «Esto [de que el pueblo abandonaba la iglesia después de la lectura del evangelio] tal vez se haya originado en el hecho de que la gente no quería escuchar las otras mentiras».
304. Justus Jonas: «A esta bendita doctrina, el caro y santo evangelio, la llaman luterana».
305. Confesión de Augsburgo XXVI, 33 y sigtes.
306. «Cruz» en el sentido de «dolor agudo, terribles angustias».
307. Justus Jonas: Denn man hat mit Fischen und allerlei Fastelspeise mehr Unkost und Quasserei getrieben, denn ausser der Fasten («Pues con pescado y otras comidas de vigilia se han tenido más gastos y se han cometido más abusos que fuera del tiempo de cuaresma [o: Días de ayuno»]).
308. La Dieta de Augsburgo.
309. Artículos XXVII y XXVIII.