Artículo V El Amor y el Cumplimiento de la Ley
A este respecto, nuestros adversarios nos hacen la siguiente objeción: [122] «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos», (Mt. 19:17). Y también: «Los hacedores de la ley serán justificados», (Ro. 2:13), y muchas otras cosas semejantes acerca de la ley y las obras. Pero antes de contestar a estas objeciones, tenemos que aclarar lo que nosotros creemos acerca del amor y del cumplimiento de la ley.
[123] En el profeta Jeremías está escrito (31:33): «Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón». Y en Romanos 3:31, Pablo dice: «¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley». Y Cristo dice (Mt. 19:17): «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Asimismo (1 Co. 13:3): «Si no tengo amor, de nada me sirve». Estos pasajes, y otros semejantes, nos hacen ver la necesidad de que la ley [124] tenga un comienzo en nosotros y se cumpla cada vez mejor. Pero nosotros hablamos, no de ceremonias, sino de la ley que nos da prescripciones acerca de los impulsos de nuestro corazón, esto es, hablamos del Decálogo. Pues [125] como la fe trae hacia nosotros al Espíritu Santo y origina nueva vida en nuestros corazones, necesariamente produce también impulsos espirituales en nuestros corazones. Lo que son estos impulsos nos lo muestra el profeta cuando dice (Jr. 31:33): «Daré mi ley en su mente». Por tanto, después de haber sido justificados por la fe y haber nacido de nuevo en ella, empezamos a temer y amar a Dios, pedir su ayuda y poner nuestra esperanza en ella, darle gracias y alabanzas, y obedecerle en las aflicciones. Empezamos también a amar a nuestro prójimo, porque nuestros corazones tienen impulsos espirituales y santos.
Esto no puede verificarse sino después de que hayamos sido justificados [126] por la fe, y después de que el Espíritu Santo que recibimos nos haya hecho nacer de nuevo. Primero, porque la ley no se puede cumplir sin Cristo, como tampoco se puede cumplir la ley sin el Espíritu Santo. Pero el Espíritu Santo [127] se consigue por la fe, según la sentencia de Pablo en Gálatas 3:14: «A fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu». Por otra parte, ¿cómo [128] puede el corazón humano amar a Dios cuando tiene conciencia de que Dios está terriblemente airado y nos castiga con calamidades temporales y perpetuas? Porque la ley siempre nos acusa, siempre nos presenta a un Dios airado. Por ende no podemos amar a Dios sino cuando por la fe aprehendemos su misericordia. Así es como al fin Dios puede convertirse en objeto de nuestro [129] amor.
Así, pues, aunque las obras de la justicia civil, esto es, las obras exteriores [130] de la ley, se pueden cumplir hasta cierto punto sin Cristo y sin el Espíritu Santo, de lo que acabamos de decir se desprende claramente que las obras que pertenecen propiamente a la ley divina, es decir, los afectos del corazón para con Dios que se nos ordenan en la primera tabla del Decálogo, no se pueden realizar sin el Espíritu Santo. Pero nuestros adversarios son teólogos [131] muy amables: Ponen sus ojos en la segunda tabla del Decálogo y en las obras de una honestidad exterior78 y no se ocupan para nada de la primera, como si de ningún modo viniera al caso, o sólo exigen observancias exteriores. A la ley que es eterna, y que está muy por encima del sentido y del entendimiento de todas las criaturas: «Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón» (Dt. 6:5), no la toman en cuenta en absoluto.
[132] Pero Cristo nos ha sido dado precisamente para que por causa de él consigamos remisión de pecados y recibamos el Espíritu Santo que engendra en nosotros una vida nueva y eterna y eterna justicia. Por esta razón, la ley no se puede cumplir verdaderamente hasta que se haya recibido el Espíritu Santo por medio de la fe. Por eso dice Pablo (Ro. 3:31) que «por la fe no invalidamos la ley, sino que la confirmamos». Porque la ley sólo se puede [133] cumplir cabalmente cuando interviene el Espíritu Santo. De ahí las palabras de Pablo en 2 Corintios 3:15 y sigte., que el velo que cubría la faz de Moisés no puede quitarse sino por la fe en Cristo, por la cual se recibe el Espíritu Santo. Dice así, en efecto: «Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el [134] Espíritu del Señor, allí hay libertad». El «velo» significa para Pablo la opinión humana acerca de toda la ley, el Decálogo y las leyes ceremoniales, esto es, la opinión de los hipócritas de que con las obras exteriores y civiles se satisface a la ley de Dios, y que los sacrificios y cultos «ex opere operato»79 justifican [135] delante de Dios. Este velo es quitado de nuestra faz, es decir, se nos libra de ese error cuando Dios hace ver a nuestros corazones nuestra inmundicia y la magnitud de nuestro pecado. Entonces es que nos damos cuenta por primera vez de cuán lejos estamos del cumplimiento de la ley, y nos damos cuenta también de que la carne, muy confiada y ociosa, no teme a Dios, ni está convencida de que Dios tiene cuidado de nosotros, sino que piensa que los hombres nacen y mueren porque ése es su destino. Entonces experimentamos que no creemos que Dios nos perdona y nos escucha. Una vez que hemos oído el evangelio y cuando mediante la fe somos fortalecidos por la remisión de pecados, recibimos el Espíritu Santo, para que ya podamos tener pensamientos acertados en cuanto a Dios, temerle, creer en él, etc. De aquí se deduce que la ley no se puede cumplir sin Cristo y sin el Espíritu Santo.
[136] Declaramos, por lo tanto que es necesario que la ley comience su obra en nosotros, y que después la vayamos cumpliendo cada vez más. Incluimos a la vez estas dos cosas: Los impulsos espirituales y las buenas obras exteriores. Es falsa, pues, la calumnia de nuestros adversarios de que nuestros partidarios no enseñan las buenas obras; la verdad es que no sólo las exigen, [137] sino que muestran cómo se las puede practicar. El resultado mismo convence a los hipócritas, que tratan de cumplir la ley por sus propias fuerzas, de que [138] no pueden llevar a cabo lo que pretenden. Porque la naturaleza humana es demasiado débil como para resistir por sus fuerzas al diablo, que mantiene cautivos a cuantos no son liberados por la fe. Contra el diablo se necesita el [139] poder de Cristo, es decir: Necesitamos de su poder para que, sabiendo que por causa de Cristo, Dios nos oye y nos da supromesa, pidamos la dirección y el apoyo del Espíritu Santo, a fin de que no erremos, siendo objeto del engaño, ni cedamos al impulso de emprender algo en contra de la voluntad de Dios. Así lo enseña el Salmo 68:18: «Cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres». Porque Cristo venció al diablo, y nos dio la promesa y el Espíritu Santo, para que con el auxilio divino venzamos también nosotros. Y en 1 Juan 3:8 se nos dice: «Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo». Por otra parte, no sólo enseñamos cómo se puede cumplir [140] la ley, sino también cómo le agrada a Dios si hacemos algo,—no porque estamos satisfaciendo a la ley, sino porque estamos en Cristo, como diremos poco después. Consta, pues, que nosotros exigimos buenas obras. Es más: [141] Añadimos también que es imposible separar de la fe el amor de Dios, por pequeño que sea, porque por medio de Cristo se llega al Padre, y una vez aceptado el perdón de pecados, estamos seguros de que Dios es el Dios nuestro, es decir, de que Dios cuida de nosotros. En consecuencia le invocamos, le damos gracias, le tememos y amamos, como nos lo enseña Juan en su primera carta, (4:19): «Nosotros le amamos a él porque él nos amó primero», esto es, porque entregó por nosotros a su Hijo y nos perdonó nuestros pecados. Esto es lo que se quiere indicar con la frase: La fe precede y el amor sigue. Además, la fe de que hablamos existe en el arrepentimiento, [142] es decir, se concibe en los terrores de la conciencia que siente la ira de Dios contra nuestros pecados, busca remisión de pecados y ser liberada del pecado. Y en tales terrores y en las demás aflicciones, esta fe debe crecer y fortalecerse. Por esa razón, no puede existir en quienes viven según la carne, se deleitan [143] en sus malos deseos y les dan curso. Por eso dice Pablo (Ro. 8:1): «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu». Y luego (Ro. 8:12): «Deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis: Mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis». De ahí que la fe que acepta el perdón [144] de pecados con un corazón aterrado, y que huye del pecado, no puede permanecer en quienes siguen sus malos deseos, ni coexiste con el pecado mortal.
De estos efectos de la fe, nuestros adversarios escogen uno, a saber, el [145] amor, y enseñan que el amor justifica.80 Así resulta evidente que sólo enseñan la ley. No enseñan primero que se consigue remisión de pecados por la fe. No hablan de Cristo como mediador, ni de que Dios nos es propicio por causa de Cristo, sino que dicen que lo es por causa de nuestro amor. No explican, [146] sin embargo, de qué amor se trata, ni podrían tampoco explicarlo. Declaran que cumplen la ley, cuando en realidad, esta gloria se debe a Cristo, y al juicio de Dios le oponen la confianza en sus propias obras, pues afirman que de condigno81 merecen gloria y vida eterna. Esta confianza es sencillamente impía y vana. Porque en esta vida no podemos cumplir la ley en forma satisfactoria, pues la naturaleza carnal no cesa de producir malos afectos, aunque a ellos se resista el Espíritu que está en nosotros.
[147] Quizás alguno preguntará: Ya que también nosotros reconocemos que el amor es obra del Espíritu Santo, y reconocemos además que «amor» equivale a «justicia», puesto que es cumplimiento de la ley, ¿por qué no enseñamos que el amor justifica? A esto se ha de responder: Primero, que es cierto que no conseguimos perdón de pecados por medio del amor, ni a causa de nuestro [148] amor, sino a causa de Cristo, por la fe sola. La fe sola, que tiene los ojos puestos en la promesa, y por eso sabe que se debe dar por cierto que Dios perdona, siendo que Cristo no ha muerto en vano, etc.,—esa fe sola vence [149] los terrores del pecado y de la muerte. Si alguno duda de que le son perdonados sus pecados, hace agravio a Cristo, pues imagina que su pecado es más poderoso o eficaz que la muerte y la promesa de Cristo, contrariamente a lo que dice Pablo (Ro. 5:20): «Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la [150] gracia», es decir, la misericordia es más grande que el pecado. Si alguno piensa que consigue perdón de pecados por cuanto tiene amor, igualmente hace agravio a Cristo, y al afrontarse con el juicio de Dios verá que es impía y vana la confianza en su propia justicia. Luego es necesario que la reconciliación y justificación las basemos en la fe. Y así como no conseguimos [151] remisión de pecados por medio de otras virtudes de la ley, o por causa de ellas, a saber, por causa de la paciencia, la castidad, la obediencia a las autoridades, etc., y no obstante es preciso practicarlas, así tampoco conseguimos remisión de pecados por causa de nuestro amor hacia Dios, aun cuando [152] es necesario que lo practiquemos. Por otra parte, es conocida la figura del lenguaje que consiste en que a veces, con la misma palabra comprendemos «por sinécdoque»82 la causa y los efectos. Así, en Lucas 7:47, Cristo dice: «Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho». Y Cristo se explica a sí mismo cuando añade, (v. 50): «Tu fe te ha salvado». Cristo no quería decir, por tanto, que aquella mujer había merecido remisión de pecados por su obra de amor. Por eso dice claramente: «Tu fe te ha salvado». Pero [153] la fe es la que aprehende en forma gratuita la promesa de misericordia por causa de la palabra de Dios. Si alguno dice que esto no es fe, desconoce en absoluto lo que es la fe. El relato mismo que se nos presenta en este pasaje nos muestra a qué se llama amor. La mujer vino con la creencia de que Cristo [154] era la persona junto a la cual había que buscar remisión de pecados. Este es el culto máximo que se puede rendir a Cristo. Ninguna cosa mayor le podría haber atribuido. Esto era en verdad reconocer al Mesías, buscar en él remisión de pecados. Por cierto, pensar así de Cristo, adorarle así, abrazarle así, es creer de verdad. Pero Cristo se sirvió de la palabra amor, no para con la mujer, sino contra el fariseo, porque estaba contrastando todo el acto de adoración del fariseo con todo el acto de adoración de aquella mujer. Recrimina al fariseo, por cuanto éste no había reconocido en él al Mesías, aunque le había prestado todos aquellos servicios de cortesía exterior debidos a un huésped y a un varón importante y santo. En cambio, ensalza a la mujerzuela83 y alaba el culto que ésta le rinde, los ungüentos, las lágrimas, etc., todo lo cual eran señales de fe, y además una especie de confesión, a saber: Que ella buscaba en Cristo remisión de pecados. Sublime ejemplo, por cierto, que no sin motivo impulsó a Cristo a censurar al fariseo, varón sabio y honesto, pero no creyente. Le reprueba su impiedad, y le amonesta con el ejemplo de la mujerzuela, para indicarle lo vergonzoso que era para él, doctor de la ley, no creer, no reconocer al Mesías, no buscar en él remisión de pecados ni salvación, mientras que aquella ignorante mujer cree en Dios. Así pues, Cristo [155] alaba aquí el culto de adoración en su totalidad, como se hace muchas veces en las Escrituras cuando con una palabra se abarcan muchas cosas. Más adelante hablaremos de ella con mayor extensión al tratar pasajes similares, como (Lc. 11:44): «Dad limosna; y entonces todo os será limpio». No es sólo limosna lo que requiere el Señor, sino también justicia de la fe. En este sentido dice aquí: «Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho», esto es, porque me adoró verdaderamente con fe, y con los ejercicios y las señales de la fe; es decir, Cristo abarca aquí el culto entero rendido por aquella mujer. Y a la par, enseña que propiamente el perdón de pecados se consigue por la fe, aunque el amor, la confesión y otros frutos buenos deben seguir a la fe. No quiere, por lo tanto, que los frutos sean el precio, la propiciación por la cual se consigue el perdón de pecados que nos reconcilia con Dios. [156] Estamos tratando un gran asunto de suma importancia: El honor de Cristo, y la pregunta acerca de dónde pueden las buenas almas buscar consuelo seguro [157] y firme: Si deben depositar su confianza en Cristo o en nuestras obras. Porque si la debemos depositar en nuestras obras, quitamos a Cristo su honor de mediador y propiciador. Y más allá de ello veremos, en el juicio de Dios, que esta confianza es vana, y que con ella las conciencias caen en la desesperación. Porque si la remisión de pecados y la reconciliación no se producen gratuitamente, por causa de Cristo, sino por causa de nuestro amor, ninguno conseguirá remisión de pecados a menos que cumpla toda la ley, porque la [158] ley no justifica, sólo puede acusarnos. Por consiguiente: Dado que la justificación es reconciliación por causa de Cristo, resulta patente que somos justificados por la fe, porque está fuera de toda duda que conseguimos perdón de pecados por la fe sola.
Respondamos ahora a la objeción que mencionamos en un párrafo [159] anterior.84 Nuestros adversarios tienen razón al pensar que el amor es el cumplimiento de la ley, y que el acatamiento a la ley ciertamente es justicia, pero se equivocan con su idea de que somos justificados por la ley. En efecto: Como no somos justificados por la ley, sino que conseguimos remisión de pecados y reconciliación por la fe, por causa de Cristo, y no por causa del amor o del cumplimiento de la ley, se sigue necesariamente que somos justificados por la fe en Cristo.
[160] Por otra parte, el cumplimiento de la ley, o acatamiento a la ley, es en verdad justicia cuando es perfecto, pero en nosotros es escaso y defectuoso. [161] Por eso no puede agradar ni ser acepto por sí solo. Pues, si de lo antedicho resulta evidente que la justificación implica no sólo el comienzo de la renovación, sino una reconciliación que trae como consecuencia también la aceptación, no obstante, ahora se podrá ver con mucha mayor claridad que este cumplimiento incipiente de la ley no justifica, porque sólo es acepto por causa de la fe. Ni tampoco se debe confiar en que por nuestra propia perfección y cumplimiento de la ley seamos considerados justos ante Dios en lugar de serlo por causa de Cristo.
[162] En primer lugar, porque aun después de que hemos sido renovados, Cristo no deja de ser el mediador. Y yerran quienes se figuran que él mereció sólo la primera gracia, y que después nosotros agradamos a Dios por nuestro [163] cumplimiento de la ley, y merecemos vida eterna.85 Cristo sigue siendo el mediador, y debemos de creer firmemente que por causa de él tenemos un Dios reconciliado, pese a nuestra indignidad. Esto lo enseña claramente Pablo al decir (1 Co. 4:4): «Aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado». Es que el apóstol sabe que es justificado por la fe por causa de Cristo, según el pasaje: «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada», (Sal. 32:1; Ro. 4:7). Este perdón empero se consigue siempre por la fe. Del mismo modo, la imputación de la justicia del evangelio proviene de la promesa. Por tanto, siempre se recibe por la fe, y siempre se ha de creer firmemente que somos considerados justos por la fe, por causa de Cristo. Si los que han nacido de nuevo luego tuvieran que pensar que serán aceptos [164] por causa del cumplimiento de la ley, ¿cuándo la conciencia podría estar segura de que agrada a Dios, dado que nunca satisfacemos a la ley? Por eso, [165] siempre se ha de recurrir a la promesa, en ella se ha de apoyar nuestra flaqueza, y se ha de creer que somos considerados justos por causa de Cristo, quien está sentado a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Ro. 8:34). A este sumo sacerdote injuria quien se cree ya justo y acepto por causa de su propio cumplimiento de la ley, y no por causa de la promesa de Cristo. Es incomprensible cómo un hombre puede imaginarse ser justo ante Dios, si excluye a Cristo, el mediador y propiciador.
Además, ¿qué necesidad hay de larga discusión? Toda la Escritura, toda [166] la iglesia proclama que no se puede satisfacer a la ley. Por tanto, no puede agradar ese cumplimiento incipiente de la ley por sí mismo, sino sólo por causa de la fe en Cristo. De otro modo, la ley siempre nos acusa. Porque ¿quién ama o teme a Dios en un grado suficiente? ¿Quién lleva con paciencia [167] suficiente las aflicciones impuestas por Dios? ¿Quién no se pregunta a menudo si son los designios de Dios, o si es la casualidad lo que rige el destino de los hombres? ¿Quién no duda frecuentemente de que Dios le oye? ¿Quién no siente muchas veces amargura al ver que los impíos gozan de mejor fortuna que los piadosos, y que los piadosos son oprimidos por los impíos? ¿Quién vive a la altura de su vocación?86 ¿Quién ama al prójimo como a sí mismo? ¿A quién no incita la concupiscencia? Por eso dice Pablo (Ro. 7:19): «No [168] hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago». Y asimismo (en el v. 25): «Con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado». Aquí proclama sin rodeos que sirve a la ley del pecado. Y David dice (Sal. 143:2): «No entres en juicio con tu siervo, porque no se justificará delante de ti ningún ser humano». Aquí, hasta un siervo de Dios ruega que no se haga juicio. Asimismo (Sal. 32:2): «Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad». Por ende, en nuestra flaqueza siempre se halla presente el pecado que podría ser imputado, de lo que se habla poco después (v. 6): «Por eso orará a ti todo santo», lo que demuestra que incluso los santos [169] tienen necesidad de pedir perdón de pecados. Más que ciegos son los que creen que los malos afectos de la carne no son pecado. De ellos dice Pablo (Gá. 5:17): «El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es [170] contra la carne». La carne desconfía de Dios y confía en las cosas presentes, busca auxilios humanos en la calamidad, aun contra la voluntad de Dios, huye de las aflicciones que debiera soportar a causa del mandata divino, duda de la misericordia de Dios, etc. Contra estos afectos lucha el Espíritu Santo en los corazones, para reprimirlos y mortificarlos, y para provocar nuevos [171] impulsos espirituales. Pero más adelante aduciremos otros testimonios más sobre este asunto, aunque están a la vista por doquier, no sólo en las Escrituras, sino también en los escritos de los santos Padres.
[172] Bien dice Agustín: «Todos los mandamientos de Dios se cumplen cuando queda perdonado todo cuanto no se ha hecho».87 Él insiste, pues, en la necesidad de la fe aun en las obras buenas, para que creamos que agradamos a Dios por causa de Cristo, y que las obras de por sí no merecen el agrado [173] de Dios. Y en su escrito contra los pelagianos, Jerónimo dice: «Somos pues justos cuando nos confesamos pecadores, y cuando nuestra justicia se funda [174] no en nuestro mérito, sino en la misericordia de Dios».88 Por consiguiente, es necesario que en ese cumplimiento incipiente de la ley haya fe, que nos da la certeza de que por causa de Cristo tenemos un Dios reconciliado. Porque, como ya hemos dicho repetidas veces, la misericordia no puede ser aprehendida [175] sino por la fe. Por tanto, cuando Pablo dice (Ro. 3:31): «La ley es confirmada por la fe», no sólo es preciso entender que por la fe los que han nacido de nuevo reciben el Espíritu Santo, y tienen impulsos que están de acuerdo con la ley de Dios, sino que importa mucho más añadir además que tenemos que ser conscientes de que estamos muy lejos de la perfección exigida [176] por la ley. No cabe, pues, concluir que somos considerados justos ante Dios por causa de nuestro cumplimiento de la ley, sino que se ha de buscar justificación en otra parte para que la conciencia encuentre sosiego. Porque no somos justos ante Dios entre tanto que, huyendo de su juicio, le provocamos [177] a ira. Lo que debemos creer es, pues, lo siguiente: Reconciliados por la fe, a causa de Cristo, somos considerados justos, no por causa de la ley o de nuestras obras, sino porque este cumplimiento incipiente de la ley es acepto por virtud de la fe, y por esta fe no nos es imputado lo que nos falta en cuanto al cumplimiento de la ley, aunque al pensar en nuestra impureza nos llenemos [178] de terror. Ahora bien: Si la justificación se ha de buscar en otra parte, se sigue que nuestro amor y nuestras obras no nos justifican. Muy por encima de nuestra pureza, e incluso muy por encima de la ley debe colocarse la muerte y la satisfacción de Cristo, que nos han sido dadas, para que creamos firmemente que tenemos un Dios propicio por causa de esa satisfacción, y no por virtud de nuestro cumplimiento de la ley.
Esto lo enseña Pablo en Gálatas 3:13 al decir: «Cristo nos redimió de la [179] maldición de la ley, hecho por nosotros maldición», o sea, la ley condena a todos los hombres, pero Cristo, quien siendo sin pecado sufrió el castigo del pecado y fue hecho víctima por nosotros, quitó a la ley el derecho de acusar y condenar a los que creen en él, porque él hizo propiciación por ellos, a raíz de la cual ellos son ahora considerados justos. Pero una vez considerados justos, la ley no puede acusarlos o condenarlos, aun cuando en realidad no hayan satisfecho a la ley.89 En el mismo sentido, Pablo escribe a los colosenses (2:10): «En Cristo estáis completos», como si dijera: Aunque estáis todavía muy lejos de la perfección exigida por la ley, no os condenan los remanentes del pecado, porque por causa de Cristo tenemos reconciliación cierta y firme, si creéis, aunque el pecado está adherido a vuestra carne.
Siempre debe tenerse presente la promesa de que Dios, en virtud de esta [180] misma promesa, quiere ser propicio y quiere justificar, no por causa de la ley o de nuestras obras, sino por causa de Cristo. En esta promesa, las conciencias temerosas deben buscar reconciliación y justificación, y a esta promesa deben atenerse y creer firmemente que Dios les es propicio por causa de Cristo y de su promesa. Así pues, la conciencia jamás puede ser apaciguada por las obras, sino sólo por la promesa.
Por tanto, si la justificación y la paz de conciencia se deben buscar en [181] otra parte, y no en el amor ni en las obras, el amor y las obras no justifican, aunque son virtudes y «justicias» de la ley, en cuanto que son el cumplimiento de la ley. Pero esta justicia imperfecta de la ley no es acepta a Dios sino en virtud de la fe. Por lo tanto, no justifica, esto es, no reconcilia, ni regenera, ni por sí nos hace aceptos ante Dios.
De todo esto se infiere que ante Dios somos justificados por la fe sola, [182] porque por la fe sola conseguimos perdón de pecados y reconciliación, por causa de Cristo, pues la reconciliación o la justificación es algo que nos ha sido prometido por causa de Cristo, no de la ley. Así, pues, dicha justificación se recibe por la fe sola, aunque después de habernos sido concedido el Espíritu Santo sigue también el cumplimiento de la ley.
RESPUESTA A LOS ARGUMENTOS DE NUESTROS ADVERSARIOS
[183] Conocidos empero los fundamentos de esta discusión, es decir, la diferencia que hay entre la ley, y las promesas o el evangelio, será fácil desvirtuar los argumentos que nuestros adversarios nos oponen. Pues ellos citan pasajes sobre la ley y las obras, pero omiten los pasajes que se refieren a las [184] promesas. Puede responderse globalmente a todos los pasajes referentes a la ley, diciendo que la ley no se puede cumplir sin Cristo, y que si se hacen obras «civiles» exteriores sin Cristo, éstas no agradan a Dios. De ahí que cuando se recomiendan las obras, es preciso añadir que se requiere fe, que estas obras se recomiendan a causa de la fe, y que son frutos y testimonios de la fe. Las causas ambiguas y peligrosas originan numerosas y diversas [185] soluciones. Es muy acertado lo que dice el antiguo poeta:
.90 Pero en las causas buenas y firmes, una o dos explicaciones, extraídas de las fuentes, corrigen todo lo que parece ofensivo. Y esto es lo que ocurre en nuestra causa. Porque la regla que acabo de citar explica todos los pasajes que se aducen sobre la ley y las [186] obras. Reconocemos, en efecto, que la Escritura habla unas veces de la ley, y otras del evangelio o promesa gratuita de remisión de pecados por causa de Cristo. Pero nuestros adversarios lisa y llanamente anulan la promesa gratuita al negar que la fe justifica, y al enseñar que en virtud de nuestro amor y de nuestras obras conseguimos perdón de pecados y reconciliación. [187] Si la remisión de pecados depende de la condición de nuestras obras será [188] absolutamente incierta, y la promesa quedará abolida. Por eso91 remitimos a las mentes piadosas a la consideración de las promesas, y enseñamos lo que se debe saber acerca de la remisión gratuita de pecados, y de la reconciliación que se efectúa mediante la fe en Cristo. Y después añadimos también la doctrina de la ley. Y es preciso aplicar un discernimiento correcto92 al tratar estas materias, como dice Pablo (2 Ti. 2:15). Tenemos que ver bien qué atribuye la Escritura a la ley, y qué atribuye a las promesas. Porque al ensalzar las obras, lo hace de una manera tal que no anula la promesa gratuita.
[189] En efecto: Las obras deben hacerse por causa del mandato de Dios para ejercitar la fe, y a causa de la confesión y la acción de gracias. Por estas razones, necesariamente deben hacerse buenas obras. Y aunque se hacen en la carne, que todavía no está absolutamente regenerada y retarda los impulsos del Espíritu Santo y añade algo de su inmundicia, son no obstante obras santas por causa de la fe, y son divinas, sacrificios y actos que pertenecen al gobierno de Cristo, quien así manifiesta su reino a este mundo. Porque con ellas, él santifica los corazones y reprime al diablo, y a los efectos de mantener el evangelio entre los hombres, opone públicamente al reino del diablo la confesión de los santos, y manifiesta su poder en nuestra flaqueza. Los peligros, [190] trabajos y predicaciones del apóstol Pablo, de Atanasio,93 de Agustín y de otros maestros de la iglesia semejantes a ellos, son obras santas, son verdaderos sacrificios aceptos a Dios, batallas de Cristo con las cuales él rechazó al diablo y le alejó de los que creyeron. Obras santas son también los arduos [191] esfuerzos, trabajos de David en sus guerras y en el gobierno de su país, verdaderos sacrificios, batallas de Dios para defender contra el diablo al pueblo que poseía la palabra de Dios, para que en el mundo no se extinguiese por completo el conocimiento de Dios. Lo mismo pensamos de cada buena obra [192] en particular, así en las vocaciones más humildes como en la vida privada. Por medio de ellas, Cristo vence al diablo como cuando los de Corinto daban limosnas (1 Co. 16:1); aquello era una obra santa, un sacrificio, y una batalla de Cristo contra el diablo, que se empeña en que nada se haga en alabanza de Dios. Vituperar obras como la confesión de la doctrina, las aflicciones, [193] los servicios de caridad, la mortificación de la carne, sería ciertamente vituperar el gobierno exterior de Cristo entre los hombres. Y en lo que a esto [194] se refiere, agregamos también algo respecto de las recompensas y del mérito. Enseñamos que a las obras de los fieles les han sido asignadas y prometidas ciertas recompensas. Enseñamos que las buenas obras son meritorias, no para conseguir remisión de pecados, gracia o justificación (pues éstas tan sólo las conseguimos por la fe), sino para otras recompensas materiales y espirituales, en esta vida y después de ella, porque Pablo dice (1 Co. 3:8): «Cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor». A labores distintas corresponderán [195] recompensas distintas. Pero el perdón de pecados es semejante e igual para todos, del mismo modo que Cristo es uno, y es ofrecido gratuitamente a cuantos creen que les son perdonados sus pecados por causa de él. Así, pues, se consigue la remisión de pecados y la justificación, sólo por la fe y no en virtud de obra alguna, como se ve por los terrores de la conciencia, pues a la ira de Dios no pueden oponerse obras nuestras de ningún género, como Pablo dice claramente (Ro. 5:1): «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo: Por quien también [196] tenemos entrada por la fe», etc. Y como la fe nos hace hijos de Dios, nos hace también coherederos de Cristo. Luego: Como no es por nuestras obras que nos hacemos merecedores de la justificación por la cual somos hechos hijos de Dios y coherederos de Cristo, tampoco merecemos por causa de ellas la vida eterna. Pero la fe sí la consigue, porque la fe justifica reconciliándonos con Dios. De ahí que la vida eterna sea algo a que son acreedores los justificados, según aquel pasaje (Ro. 8:30): «A los que justificó, a éstos también [197] glorificó». Pablo nos recomienda respetar el mandamiento de honrar a nuestros padres con la mención de la recompensa que se añade a dicho mandamiento (Ef. 6:2), pero no quiere decir con ello que la obediencia a los padres nos justifique ante los ojos de Dios; antes bien, una vez que los justificados [198] practiquen esa obediencia, ésta merece otras grandes recompensas. Sin embargo, Dios ejercita a los santos de varias maneras, y a menudo se hace esperar con su recompensa a la justicia practicada mediante las obras, para que aprendan a no confiar en esa justicia propia, y a buscar más la voluntad de Dios que las recompensas, como se ve en Job, en Cristo y en otros santos. Esto nos lo enseñan muchos salmos, que nos consuelan de la felicidad de los impíos, p.ej. el Salmo 37:1: «No tengas envidia». Y Cristo dice (Mt. 5:10): «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque [199] de ellos es el reino de los cielos». Sin duda estas alabanzas de las obras [200] mueven a los fieles a obrar el bien. Al mismo tiempo se proclama la doctrina del arrepentimiento, en contra de los impíos que obran el mal, y se manifiesta [201] la ira con que Dios amenaza a cuantos no se arrepienten. Así pues, ensalzamos y requerimos las buenas obras, y aducimos muchas razones por las cuales deben practicarse.94
Lo mismo enseña Pablo acerca de las obras cuando dice (Ro. 4:9 y sig.) que Abraham recibió la circuncisión, pero no para ser justificado por esa obra, pues por su fe ya había conseguido ser considerado justo. Pero se le añadió la circuncisión, para que tuviese escrita en su cuerpo una señal como advertencia permanente de ejercitar la fe, confesar su fe delante de los demás, y, [202] mediante su testimonio, invitar también a otros a creer. Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio (He. 11:4). Y como era justo por su fe, el sacrificio que hizo agradó a Dios. No en el sentido de que por medio de esta obra haya obtenido remisión de pecados y gracia, sino por cuanto ejercitó su propia fe y la manifestó a los demás, invitándolos a que también ellos creyeran.
[203] Aunque así es como las buenas obras deben seguir a la fe, de un modo muy distinto se sirven de ellas los hombres que no pueden creer ni tener en su corazón la certeza de que son perdonados gratuitamente, por causa de Cristo, que gratuitamente, por causa de Cristo, tienen un Dios que les es propicio. Al ver las obras de los santos, estas personas juzgan muy humanamente que los santos consiguieron la remisión de pecados y la gracia por medio de estas obras. Y por eso las imitan, y piensan que por obras de esta índole consiguen el perdón de pecados y la gracia, y piensan además que con estas obras aplacan la ira de Dios y logran que en virtud de ellas sean considerados justos. Condenamos esta opinión impía acerca de la doctrina de las [204] obras. Primero, porque obscurece la gloria de Cristo, por cuanto los hombres proponen a Dios estas obras como precio y propiciación. Con esto se tributa a nuestras obras un honor que le corresponde únicamente a Cristo. En segundo lugar, las conciencias no encuentran, sin embargo paz en estas obras, sino que, acumulando obras y más obras cuando las asaltan serios temores, terminan por desesperar, porque no hallan ninguna obra que sea suficientemente pura. La ley siempre acusa y produce enojo. Y en tercer lugar, los que confían en sus obras, nunca llegan a conocer de veras a Dios. Pues llenos de ira, huyen del Dios que los juzga y aflige, y jamás creen que son escuchados por él. Pero la fe nos hace ver la presencia de Dios cuando nos da la seguridad [205] de que Dios perdona y escucha gratuitamente.
Pero esta opinión impía acerca de las obras es algo que ha existido siempre [206] en el mundo. Los gentiles tenían sus sacrificios, como legado recibido de los padres. Imitaban las obras de éstos, pero sin tener su fe, sino que pensaban que aquellas obras eran la propiciación y el precio por causa de los cuales Dios se reconciliaría con ellos. El pueblo de Israel imitaba los sacrificios en [207] la creencia de que por causa de ellos aplacarían a Dios «ex opere operato», por así decirlo. Ante esta situación es notable la vehemencia con que los profetas increpan al pueblo. Salmo 50:8: «No te reprenderé por tus sacrificios», y Jeremías 7:22: «Porque no hablé yo con vuestros padres … acerca de holocaustos». Pasajes como éstos, condenan, no ya las obras, por cierto ordenadas por Dios como ejercicios exteriores de aquel pueblo, sino que condenan la impía convicción de aquellos hombres que por medio de aquellas obras podían aplacar la ira de Dios, en prescindencia de la fe. Y como ninguna [208] obra es capaz de apaciguar la conciencia, se inventan obras nuevas, al margen de los mandamientos de Dios. El pueblo de Israel había visto a los profetas presentar sacrificios en lugares altos (1 S. 9:12, 13; 1 R. 18:20 y sigte.). Además, los ejemplos de los santos influyen en gran manera en los ánimos, de modo que la gente abriga la esperanza de que también ellos, con obras similares, alcanzarán la gracia, tal como la alcanzaron aquellos santos. Por eso el pueblo empezó con admirable celo a imitar esta obra del sacrificio, para merecer por medio de ella la remisión de pecados, la gracia y la justicia. Pero si los profetas habían sacrificado en lugares altos, no era para conseguir mediante aquellas obras el perdón de pecados y la gracia, sino porque en aquellos lugares instruían al pueblo, y por tanto daban desde allí testimonio [209] de su fe. El pueblo había oído que Abraham había inmolado a su hijo (Gn. 22). Por eso también ellos sacrificaron a sus hijos (Lv. 20:2 y sigtes.; 2 R. 23:10; Jer. 7:31; 19:5; 23:35) con la intención de aplacar a Dios por medio de una obra por demás cruel y difícil. Pero cuando Abraham inmoló a su hijo, no lo hizo con la idea de que su obra era precio y propiciación en virtud [210] de los cuales sería tenido por justo. Y así fue instituida en la iglesia la cena del Señor, para que por el recuerdo de las promesas de Cristo que esta señal nos trae a la memoria, se confirmase en nosotros la fe, confesásemos públicamente nuestra fe, y proclamásemos los beneficios de Cristo, como dice Pablo (1 Co. 11:26): «Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga». Pero nuestros adversarios insisten en que la Misa es una obra que justifica «ex opere operato», y quita el carácter culposo95 de la culpa y de la pena en aquellos para quienes se celebra. Así, en efecto, escribe Gabriel Biel.96
[211] Antonio,97 Bernardo,98 Domingo,99 Francisco,100 y otros santos Padres, eligieron un determinado género de vida, para dedicarse, ya al estudio, ya a otros ejercicios útiles. Ellos no obstante, creían que eran considerados justos y que Dios les era propicio por la fe, a causa de Cristo, no en virtud de esos ejercicios. Pero después, la multitud imitó no la fe de estos Padres, sino antes bien, sin tener la fe de ellos, imitó sus ejemplos, para merecer por medio de aquellas obras la remisión de pecados, la gracia y la justicia; en cambio no creyó que estos beneficios los recibían gratuitamente, a causa de Cristo, el [212] propiciador. Y esto es lo que el mundo piensa acerca de todas las obras: Que son una propiciación con la que se aplaca a Dios, y el precio en virtud del cual hemos de ser considerados justos. No cree esa multitud que Cristo es el propiciador, no cree que por la fe logramos gratuitamente ser considerados justos por causa de Cristo. Y como las obras no pueden devolver la paz a la conciencia, de tanto en tanto se buscan otras, se crean cultos nuevos, nuevos votos, nuevos monacatos, al margen de lo ordenado por Dios, para encontrar alguna obra lo suficientemente importante como para que se la pueda oponer a la ira y al juicio de Dios. Estas opiniones impías acerca de las obras las [213] defienden nuestros adversarios en abierta oposición a lo que dicen las Escrituras. Pero pensar que nuestras obras sean propiciación, que merezcan la remisión de pecados y la gracia, que por causa de ellas seamos tenidos por justos ante Dios, ¿qué es sino quitar a Cristo su honor de mediador y propiciador? Así pues, aunque creemos y enseñamos que las buenas obras se [214] tienen que hacer necesariamente (pues a la fe le debe seguir el cumplimiento incipiente de la ley), tributamos a Cristo el honor que le corresponde. Creemos y enseñamos que somos considerados justos ante Dios por la fe, por causa de Cristo; que no somos considerados justos por causa de nuestras obras, sin Cristo como mediador; que nuestras obras no nos hacen merecer la remisión de pecados, la gracia y la justicia; que no podemos oponer nuestras obras a la ira y al juicio de Dios; que las obras no pueden vencer los terrores del pecado, sino que por la fe sola logramos vencerlos, y que tan sólo el Cristo mediador debe ser opuesto, por la fe, a la ira y al juicio de Dios. Si alguno [215] piensa de otro modo, no tributa a Cristo el honor que se le debe, porque Cristo ha sido puesto como propiciación para que por él tengamos entrada al Padre. Ahora empero hablamos de la justicia mediante la cual tratamos con [216] Dios, no con los hombres, justicia por la que conseguimos la gracia y la paz de la conciencia. No puede apaciguarse a la conciencia ante Dios sino por la [217] fe sola, que nos da la certeza de que Dios ha sido reconciliado con nosotros por causa de Cristo, según aquella afirmación (Ro. 5:1): «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios», porque la justificación no es otra cosa que un beneficio prometido sólo gratuitamente, por causa de Cristo, y por eso siempre se consigue ante Dios por la fe sola.
Responderemos, pues, ahora a los pasajes citados por nuestros [218] adversarios101 con el propósito de probar que somos justificados por el amor y por las obras. Uno de estos pasajes es 1 Corintios 13:2: «Si tuviese toda la fe, etc., y no tengo amor, nada soy». Con un jactancioso aire de triunfo dicen: [219] Aquí Pablo proclama a toda la iglesia que la fe sola no justifica. Pero la respuesta es fácil, en vista de lo que acabamos de mostrar en cuanto a nuestro parecer respecto del amor y de las obras. Este pasaje de Pablo exige el amor. También nosotros lo exigimos. En efecto, hemos dicho antes que necesariamente debe existir en nosotros una renovación y un cumplimiento incipiente de la ley, según aquello de que «daré mi ley en su mente» (Jer. 31:33). Si alguno rechaza el amor, tampoco puede conservar la fe, por grande que fuese, por cuanto no retiene al Espíritu Santo. Tampoco enseña Pablo en este pasaje [220] el modo cómo se efectúa la justificación, sino que escribe a personas que ya han sido justificadas, y que han de ser exhortadas a que lleven buenos frutos [221] y no pierdan el Espíritu Santo. Por otra parte, nuestros adversarios proceden muy aviesamente: Citan este único texto en que Pablo se expresa acerca de los frutos, pero omiten muchísimos otros pasajes en que habla en forma metódica del modo como se produce la justificación. Además, en otros pasajes que tratan de la fe, los adversarios siempre añaden una corrección, diciendo que hay que interpretarlos como refiriéndose a la fides formata.102 Pero no añaden la corrección de que se necesita una fe que está convencida de que somos tenidos por justos a causa de Cristo el propiciador. Así es como nuestros adversarios excluyen a Cristo de la justificación, y sólo enseñan la justicia de la ley. Pero volvamos a Pablo.
Nada puede deducirse de este texto sino que el amor es necesario. Y [222] esto lo confesamos. Así como que es necesario no robar. Pero no razonará correctamente el que quisiera añadir a esta lo siguiente: «Es necesario no robar, luego no robar justifica». Porque la justificación no es la aprobación de una obra en particular, sino la aprobación de toda la persona. Por consiguiente, ninguna mella nos hace este pasaje de Pablo. Lo que pasa es que nuestros adversarios debieran abstenerse de hacer agregados según les venga en gana. Porque Pablo no dice que el amor justifica, sino que dice: «Nada soy», esto es, que la fe se extingue, por grande que haya sido. No dice que el amor vence los terrores del pecado y de la muerte, ni que podemos oponer nuestro amor al juicio y a la ira de Dios, ni que nuestro amor satisface a la ley de Dios, ni que tenemos entrada a Dios por nuestro amor sin Cristo el propiciador, ni que por medio de nuestro amor conseguimos el prometido perdón de pecados. Nada de esto dice Pablo. No se le ocurre pensar, por tanto, que el amor justifica; al contrario, somos justificados sólo cuando aprehendemos a Cristo el propiciador, y creemos que Dios nos es propicio por causa de Cristo. No se debe soñar con una justificación que deja a un lado a Cristo el propiciador.
[223] Bien pueden nuestros adversarios anular la promesa en cuanto a Cristo y derogar el evangelio, si en verdad no necesitamos a Cristo, si con nuestro amor podemos vencer a la muerte, y si con él tenemos entrada a Dios sin [224] Cristo el propiciador. Nuestros adversarios corrompen muchos pasajes, porque introducen en ellos sus propias opiniones en lugar de extraer de los mismos el verdadero sentido que tienen. ¿Qué inconveniente hay en este texto, si dejamos a un lado la interpretación que en él entretejen nuestros adversarios, sin entender qué es justificación ni cómo se efectúa? Antes de ser justificados, los corintios habían recibido muchos dones excelentes. En los comienzos eran muy fervorosos, como suele suceder. Después empezaron a surgir rivalidades entre ellos, como lo da a entender Pablo, y también empezaron a sentir cierto hastío hacia los buenos maestros. Por eso Pablo los increpa, recordándoles los deberes del amor. Y aunque éstos son necesarios, sería no obstante una tontería soñar con que las obras de la segunda tabla de la ley, que se refieren a nuestros deberes para con los hombres, y no propiamente para con Dios— que estas obras pueden justificarnos ante Dios. Pero en materia de justificación tenemos que habérnoslas directamente con Dios, es cuestión de aplacar su ira, hay que apaciguar la conciencia delante de Dios. Y ninguna de estas cosas se consigue por medio de las obras de la segunda tabla de la ley.
Sin embargo, nos objetan que el amor está puesto por encima de la fe [225] y la esperanza.103 Porque Pablo dice (1 Co. 13:13): «El mayor de ellos es el amor». Es lógico pensar, pues—según ellos—que la máxima y principal virtud justifica. Sin embargo, en este pasaje Pablo habla específicamente del amor al prójimo, y da a entender que el amor es la mayor de las virtudes, porque es la que más frutos lleva. La fe y la esperanza tienen que ver sólo con Dios. [226] El amor en cambio tiene infinitos deberes hacia fuera, hacia los hombres. No obstante, estamos del todo de acuerdo con nuestros adversarios en que el amor a Dios y al prójimo es la virtud máxima, ya que el primero y más grande mandamiento dice (Mt. 22:37): «Amarás al Señor tu Dios». Pero ¿cómo pueden deducir de esto que el amor justifica? La mayor de las virtudes, dicen, [227] justifica. Falso, así como no justifica la ley máxima o primera, así tampoco justifica la máxima virtud de la ley. La que justifica es aquella virtud que aprehende a Cristo, la que nos comunica los méritos de Cristo, la que nos hace partícipes de la gracia y paz de Dios. Y esta virtud es precisamente la fe. Pues, como se ha dicho muchas veces, la fe es no sólo un conocimiento, sino mucho más: Es querer recibir o aprehender los beneficios que se ofrecen en la promesa relacionada con Cristo. Esta obediencia a Dios, es decir, desear [228] recibir la promesa ofrecida, no es menos un servir a Dios, una latría, que el amor. Dios quiere que creamos en él, que recibamos sus bendiciones, y eso es lo que él llama un culto verdadero.
Por otra parte, nuestros adversarios atribuyen la justificación al amor, [229] dado que por doquier enseñan y exigen la justificación de la ley. No podemos negar, en efecto, que el amor es la obra suprema de la ley. Y la sabiduría humana fija su vista en la ley y busca en ella la justicia. Por eso es que también los doctores escolásticos, hombres grandes e ingeniosos, la consideran como la obra mayor de la ley, y atribuyen a esta obra la justificación. Mas engañados por la sabiduría humana, no vieron el rostro descubierto de Moisés sino el velado, (2 Co 3:12 y sigtes.), tal como los fariseos, los filósofos, y los [230] mahometanos. Pero nosotros predicamos la locura del evangelio, en el cual se nos ha revelado otra justificación, a saber, que por causa de Cristo el propiciador somos considerados justos, si creemos que Dios está reconciliado con nosotros por causa de Cristo. Y no ignoramos cómo esta doctrina repugna al sentir de la razón y de la ley. Ni ignoramos que la doctrina de la ley acerca del amor tiene un aspecto mucho más atrayente. Porque es sabiduría. Pero no nos avergonzamos de la locura del evangelio. La defenderemos por causa de la gloria de Cristo, y le pedimos a él que nos ayude con su Espíritu Santo para que podamos poner bien en claro esta verdad y hacerla conocer a todos.
[231] En su Refutación,104 nuestros adversarios citaron en contra de nosotros también el pasaje de Colosenses (3:14): «El amor es el vínculo perfecto». De aquí deducen que el amor justifica, porque hace perfectos a los hombres. Aunque enrespuesta a esto podrían decirse muchas cosas acerca de la perfección, nos limitaremos a exponer simplemente el pensamiento de Pablo. Es cierto que Pablo habló del amor al prójimo. Pero esto no nos debe hacer pensar que Pablo atribuye la justificación o perfección delante de Dios más bien a las obras de la segunda tabla de la ley en vez de atribuirlas a las de la primera. Si el amor hace perfectos a los hombres, ninguna necesidad hay de Cristo el propiciador. Porque la fe aprehende sólo a Cristo el propiciador. Esto empero dista muchísimo del pensar de Pablo, el cual jamás tolera que [232] se excluya a Cristo el propiciador. Se refiere, por tanto, no a la perfección personal, sino a la integridad general de la iglesia. Por eso dice que el amor es vínculo o ligadura, para indicar que está hablando de la necesidad de vincular o ligar entre sí a los numerosos miembros de la iglesia. Porque así como en todas las familias y en todas las comunidades es preciso fomentar la concordia mediante la reciprocidad de los servicios, y no se puede conservar la tranquilidad a menos que los hombres pasen por alto y se perdonen ciertas faltas, así Pablo ordena que haya en la iglesia un amor que mantenga la concordia, que tolere, donde fuere preciso, la conducta un tanto desapacible de los hermanos, y que se disimulen errores leves para que la iglesia no se divida en cismas, y de los cismas surjan odios, facciones y herejías.
[233] Es, en efecto, inevitable que se quebrante la concordia cuando los obispos imponen a su grey cargas demasiado pesadas, y no toman en cuenta la flaqueza de su gente. Y también nacen discordias cuando los fieles juzgan con excesiva severidad la conducta de sus maestros, o les toman aversión por algunas faltas leves; pues entonces se pondrán a buscar otro género de doctrina, y otros [234] maestros. Por el contrario, la perfección, esto es, la integridad de la iglesia se conserva cuando los fuertes toleran a los débiles, cuando los miembros de la grey toman con calma algunas cosas que los incomodan en la conducta de sus maestros, cuando los obispos perdonan algunas faltas debidas a la flaqueza del pueblo cristiano. De estos preceptos de equidad están llenos los libros de [235] todos los sabios, para que en el transcurso de esta vida nos perdonemos muchas faltas en bien de la tranquilidad común. Y de estas cosas habla también Pablo, aquí y en otros pasajes. Por tanto, nuestros adversarios actúan con imprudencia cuando del vocablo «perfección» deducen que el amor justifica,105 cuando de hecho, Pablo habla de la integridad y tranquilidad común. Y tal es como Ambrosio interpreta este pasaje: «Así como se dice que el edificio es perfecto o íntegro, cuando todas sus partes están adecuadamente ensambladas entre sí»106 Vergüenza debiera darles a nuestros adversarios proclamar con tanta [236] insistencia un amor que nunca practican. ¿Qué están haciendo en nuestros días? Arrasan las iglesias, emiten leyes que parecen estar escritas con sangre y las proponen al emperador, nuestro clementísimo príncipe, para que las promulgue, y matan cruelmente a sacerdotes y a otros hombres de bien si éstos dan a entender de buen modo que no aprueban del todo algún abuso manifiesto. Esto no concuerda con sus panegíricos del amor, porque si nuestros adversarios lo tuviesen en cuenta, reinaría la tranquilidad en las iglesias y la paz en la nación. Y esos tumultos se acallarían si nuestros adversarios no insistiesen con tanta acrimonia en tradiciones inútiles para la piedad, muchas de las cuales ni ellos observan, aunque las defienden con tanta vehemencia. A sí mismos se perdonan fácilmente, pero no a los demás, como aquel de quien dijo el poeta: «Yo a mí mismo me perdono, dice Menio».107 Todo esto está muy lejos de los encomios del amor que nos citan aquí de la [237] carta de Pablo, y que ellos entienden tan bien como las paredes entienden las palabras que devuelven.
También citan este pasaje de Pedro (1 P. 4:8): «El amor cubrirá multitud [238] de pecados».108 Es evidente que también Pedro habla del amor al prójimo, porque relaciona este pasaje con el mandamiento que ordena a los hombres amarse mutuamente. Y en verdad, a ningún apóstol se le podría haber ocurrido sostener que nuestro amor vence al pecado y a la muerte, que el amor es propiciación por causa de la cual Dios se reconcilia con nosotros dejando a un lado a Cristo el mediador, ni que el amor es justificación sin Cristo el mediador. Pues de existir un amor de esta índole, sería justicia de la ley, y no del evangelio que nos promete reconciliación y justicia, si creemos que por causa de Cristo el propiciador somos reconciliados con el Padre y recibimos [239] como regalo los méritos de Cristo. Por eso Pedro nos manda poco antes (1 P. 2:4, 5) que nos acerquemos a Cristo, que seamos edificados en Cristo. Y añade (1 P. 2:4, 6): «Y el que creyere en él, no será avergonzado». Nuestro amor no nos libra de la confusión cuando Dios nos juzga y convence del pecado. Pero la fe en Cristo nos liberta de estos temores, porque sabemos que por causa de Cristo somos perdonados.
[240] Por otra parte, este pasaje acerca del amor está tomado de los Proverbios (10:12), donde la antítesis muestra claramente cómo debe entenderse: «El odio despierta rencillas; pero el amor cubrirá todas las faltas». Aquí se enseña exactamente lo mismo que en aquel pasaje de la carta de Pablo a los colosenses, donde dice que si surgen disensiones, deben mitigarse y apaciguarse [241] con equidad y dulzura (Col. 3:13). Las disensiones, dice, acrecientan los odios, y muchas veces vemos que de ofensas insignificantes resultan las más grandes tragedias. Leves disensiones hubo entre César y Pompeyo, y si ambos hubiesen cedido un poco, no habría estallado la guerra civil. Pero como el uno y el otro se dejaron llevar por su odio, una bagatela derivó en gravísimos disturbios. Y muchas herejías surgieron en la iglesia sólo por el odio de los [242] doctores. Por tanto, cuando el apóstol dice: «El amor cubrirá multitud de pecados», se refiere no a delitos propios sino a los ajenos, pecados ajenos, pecados entre un hombre y otro, o sea: Aunque se produzcan ofensas, el amor disimula, perdona, cede, y no procede siempre con el máximo rigor de la ley, por tanto, lo que Pedro quiere decir no es que el amor merece la remisión de pecados ante Dios, lo cual sería propiciación con exclusión de Cristo el mediador, ni que el amor regenera y justifica, sino que el amor no es fastidioso para con los demás, no es áspero, intratable, antes bien disimula algunas faltas de los amigos, y soporta con buen ánimo la conducta de los demás, aun la más grosera, como lo ordena el dicho popular: «La conducta del amigo conocerás, [243] pero no la odiarás».109 Y no fue sin motivo que los apóstoles hablaron tantas veces sobre este deber del amor, que los filósofos llaman ϵριϵίκϵια, es decir, suavidad.110 Porque esta virtud es necesaria para conservar la concordia pública, que no puede durar si los pastores y las iglesias no pasan por alto y se perdonan mutuamente muchas cosas.
[244] Citan además un pasaje de Santiago, (Stg. 2:24): «Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe»,111 y piensan que no hay otro pasaje más opuesto a nuestra afirmación que éste. Pero la respuesta es fácil y llana. Si nuestros adversarios no ponen a este pasaje el remiendo de sus propias opiniones sobre los méritos de las obras, las palabras de Santiago no presentan ninguna dificultad. Pero dondequiera que se mencionan las obras, nuestros adversarios añaden sus opiniones impías, diciendo que por las buenas obras merecemos la remisión de los pecados, que las buenas obras son la propiciación y el precio por causa de los cuales Dios se reconcilia con nosotros, que las buenas obras vencen los terrores del pecado y de la muerte, que las buenas obras son aceptas a Dios a causa de su calidad de buenas, y que no necesitan de la misericordia ni de Cristo el propiciador. Nada de esto tenía en mente Santiago, aunque nuestros adversarios defiendan todo ello amparándose en el pasaje mencionado.
Por consiguiente, lo primero que tenemos que considerar es que este [245] pasaje ataca más la posición de nuestros adversarios que la nuestra. En efecto: Nuestros adversarios declaran que el hombre se justifica por el amor y por las obras. Y nada dicen de la fe por la que aprehendemos a Cristo el propiciador. Es más: La condenan, y no sólo la condenan en sus sentencias y en sus escritos, sino que se empeñan en borrarla de la iglesia por la espada y los tormentos. ¡Cuánto mejor es lo que enseña Santiago, quien no omite la fe, no antepone el amor a la fe, sino que mantiene en plena vigencia a la fe, para que Cristo el propiciador no sea excluido de la justificación! Lo mismo hace Pablo: Cuando nos da la suma de la vida cristiana, incluye la fe y el amor, 1 Timoteo 1:5: «Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida».
En segundo lugar, todo el contexto demuestra que aquí se habla de las [246] obras que siguen a la fe, como manifestación de que la fe no es muerta, sino viva y eficaz en el corazón. Por consiguiente, Santiago no piensa que por las buenas obras merecemos el perdón de pecados y la gracia. Porque habla de las obras de los justificados, que ya están reconciliados, que son aceptos, y que ya han conseguido remisión de pecados. Yerran por tanto nuestros adversarios al inferir que Santiago declara que por las buenas obras merecemos el perdón de pecados y la gracia, y que por nuestras obras tenemos entrada a Dios, sin Cristo el propiciador.
En tercer lugar, cuando Santiago habló poco antes acerca de la regeneración, [247] dijo que ésta se efectúa por el evangelio. Éstas son sus palabras (Stg. 1:18): «Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas». Cuando dice que por el evangelio nacemos de nuevo, infiere que hemos nacido de nuevo y hemos sido justificados por la fe. Porque la promesa de Cristo se aprehende sólo por la fe, cuando a esta fe la oponemos a los terrores del pecado y de la muerte. Por tanto, Santiago no piensa que nacemos de nuevo por nuestras obras.
[248] De esto se desprende claramente que Santiago no nos contradice, pues cuando censuró las mentes perezosas y seguras de sí mismas, que soñaban que tenían fe, no teniéndola, hizo una distinción entre la fe muerta y la fe [249] viva. Dice que es muerta la fe que no produce buenas obras, y dice que es viva la que las produce. Además, nosotros hemos mostrado ya muchas veces a qué llamamos fe. Porque no hablamos del conocimiento inoperante, que [250] posee también el diablo, sino de la fe que resiste a los terrores de la conciencia, y que levanta y consuela a los corazones atemorizados. Y una fe como ésta no es cosa fácil de poseer, como sueñan nuestros adversarios, ni es un poder humano. Antes bien, es un poder divino por el que somos vivificados, y por el que vencemos al diablo y a la muerte. Pablo dice a los colosenses (Col. 2:12) que la fe es eficaz por el poder de Dios, y que vence a la muerte: «Fuisteis resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios». Dado que esta fe es nueva vida, necesariamente produce nuevos impulsos y obras. Por eso Santiago tiene razón al negar que somos justificados por una fe sin obras. [251] Mas cuando dice que somos justificados por la fe y por las obras, por cierto no afirma con ello que nacemos de nuevo por las obras. Ni dice tampoco que en parte, Cristo es el propiciador, y que en parte, nuestras obras son la propiciación. Tampoco describe aquí el modo cómo se produce la justificación, sino que describe cómo son los justos, una vez que han sido justificados [252] y regenerados. Y «ser justificado» no significa aquí «ser transformado de impío en justo», sino ser declarado justo según el uso forense, como lo expresa también este pasaje: «Los hacedores de la ley serán justificados» (Ro. 2:13). Por tanto, así como las palabras: «Los hacedores de la ley serán justificados», no contienen nada de inconveniente tampoco lo contienen, creemos, las palabras de Santiago: «El hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe», porque lo cierto es que son justificados los hombres que tienen fe y buenas obras. Porque, como hemos dicho, las buenas obras de los santos son justicia, y son aceptas por virtud de la fe. Las obras que recomienda Santiago son sólo las que hace la fe, como lo afirma al hablar de Abraham (Stg. 2:22): «La fe actuó juntamente con sus obras». En este sentido se dice: «Los hacedores de la ley son justificados», esto es: Son declarados justos los que de corazón creen en Dios, y después llevan buenos frutos que son aceptos por [253] causa de la fe, y que son, por tanto, cumplimiento de la ley. Estas cosas, dichas así sencillamente, nada tienen de malo, pero nuestros adversarios las tergiversan y les agregan sus propias opiniones impías. Pues de lo que escribe Santiago no se sigue que las obras merecen remisión de pecados, ni que regeneran los corazones, ni que tienen carácter de propiciatorias, ni que son aceptas sin Cristo como propiciador, ni que no necesitan al Cristo propiciador. Santiago no dice nada de esto, y sin embargo, nuestros adversarios desvergonzadamente deducen todo esto de sus palabras.
Se citan contra nosotros también algunos otros pasajes referentes de las [254] obras:112 Lucas 6:37: «Perdonad, y seréis perdonados». Isaías 58:7, 9: «Parte tu pan con el hambriento; entonces invocarás y te oirá Jehová». Daniel 4:27: «Redime tus pecados con limosnas».113 Mateo 5:3: «Bienaventurados los pobres en espíritu: Porque de ellos es el reino de los cielos». Y asimismo el versículo 7: «Bienaventurados los misericordiosos: Porque ellos alcanzarán [255] misericordia». Estos pasajes tampoco ofrecerían dificultad alguna si nuestros adversarios las dejaran tal como están. Porque encierran dos enseñanzas: Una es la predicación de la ley o del arrepentimiento, que acusa a quienes obran mal, y ordena hacer el bien; y la otra es la promesa que se añade. Pero no se añade que los pecados son perdonados sin fe, o que las obras mismas son propiciación. Ahora bien: En la predicación de la ley siempre es preciso que [256] se entiendan estas dos enseñanzas: Que la ley no la podemos cumplir a menos que hayamos nacido de nuevo por la fe en Cristo, como Cristo mismo dice (Jn. 15:5): «Separados de mí nada podéis hacer». Y para que se puedan producir en la mayor medida posible ciertas obras exteriores,114 se ha de tener presente esta sentencia general que sirve de interpretación a la ley entera: «Sin fe es imposible agradar a Dios», y se ha de mantener el evangelio que proclama que por Cristo tenemos entrada al Padre (He. 11:6; Ro. 5:2). Es pues evidente que no somos justificados por la ley. De lo contrario, si la sola [257] predicación de la ley fuese suficiente, ¿qué necesidad tendríamos de Cristo y del evangelio? Igualmente, en la predicación del arrepentimiento no es suficiente la predicación de la ley, o de la palabra que convence de pecado, porque la ley obra la ira, tan sólo acusa, tan sólo atemoriza las conciencias, porque las conciencias nunca hallan paz a menos que oigan la palabra de Dios en la cual se les promete claramente perdón de pecados. Por eso es necesario añadir el evangelio que proclama que por causa de Cristo son perdonados los pecados, y que por la fe en Cristo conseguimos remisión de pecados. Si nuestros adversarios excluyen de la predicación del arrepentimiento el evangelio de Cristo, con razón se les debe tener por blasfemadores contra Cristo.
[258] Así pues, cuando Isaías, en el capítulo 1 (16-18), predica el arrepentimiento: «Dejad de hacer lo malo: Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos», el profeta nos mueve al arrepentimiento, y añade la promesa.
Pero sería una necedad si en este pasaje nos fijásemos en estas dos obras solamente: Restituir al agraviado, y hacer justicia al huérfano. Porque dice al principio: «Dejad de hacer lo malo, con lo que censura la dureza de corazón y muestra la necesidad de tener fe». Tampoco dice el profeta que por aquellas obras de restituir al agraviado y hacer justicia al huérfano, se pueda merecer remisión de pecados ex opere operato, sino que insiste en estas obras como necesarias en la nueva vida. Pero al mismo tiempo deja bien en claro que la remisión de pecados se recibe por la fe, y por eso se añade la promesa. Así [259] es como hay que entender todos los pasajes semejantes. Cristo predica el arrepentimiento cuando dice: «Perdonad», y añade la promesa: «Y seréis perdonados», (Lc. 6:37). Con esto empero no afirma que cuando perdonamos, merecemos remisión de pecados ex opere operato, como dicen, sino que exige una vida nueva, que ciertamente es necesaria. No deja de señalar, sin embargo, que la remisión de pecados se consigue por la fe. Y cuando Isaías dice (Is. 58:7): «Parte tu pan con el hambriento», también exige vida nueva. Tampoco aquí, el profeta se refiere a una obra sola, sino que se refiere al arrepentimiento como un todo; como lo indica el texto; mas al mismo tiempo, quiere decir [260] que la remisión de pecados se obtiene por la fe. Porque hay una verdad segura—todas las puertas del infierno no prevalecerán contra ella—y es que en la predicación del arrepentimiento no basta la predicación de la ley, porque la ley produce ira y siempre acusa. Hay que añadir la predicación del evangelio, que dice que conseguimos remisión de pecados por la fe si creemos que nuestros pecados nos son perdonados por causa de Cristo. De lo contrario, ¿qué necesidad tenemos del evangelio ni de Cristo? Esta verdad siempre se debe tener presente, para oponerla a quienes, habiendo desechado a Cristo y anulado el evangelio, tergiversan maliciosamente las Escrituras con sus ideas humanas de que compramos la remisión de nuestros pecados con nuestras obras.
[261] Asimismo, en el sermón de Daniel (Dn. 4:24, 27), hay que buscar115 la fe. Porque Daniel no quería que el rey tan sólo diese limosna, sino que incluye el arrepentimiento entero cuando dice: «Redime tus pecados con limosnas»,116 esto es, redime tus pecados por medio de un cambio en el corazón y en las obras. Pero con esto también se exige la fe. Y Daniel le da al rey un largo sermón acerca del culto del Dios único de Israel, y lo convierte moviéndole, no sólo a que dé limosnas, sino mucho más a que tenga fe. Tenemos, en efecto, esa excelente confesión del rey acerca del Dios de Israel: «No hay Dios que pueda librar como éste»,(Dn. 3:29). Así, pues, hay dos partes en el sermón de Daniel. Una parte es la que da el mandamiento sobre la nueva vida y las obras de esta nueva vida. En la otra parte, Daniel promete al rey el perdón de los pecados. Y esta promesa de la remisión de pecados no es predicación de la ley, sino una palabra verdaderamente profètica y evangélica, la cual Daniel quería que el rey la recibiese por la fe. Porque Daniel sabía [262] que la remisión de pecados en Cristo había sido prometida no sólo a los israelitas, sino a todas las naciones. De no ser así, no habría podido ofrecer al rey el perdón de los pecados. Es que si el hombre no cuenta con una palabra segura de Dios, no es capaz de pensar—menos aún cuando le aterra su pecado—que Dios tiene la voluntad de dejar de airarse. Y en su propia lengua, las palabras de Daniel se refieren aún más claramente a todo el arrepentimiento, y expresan aún más claramente la promesa: «Redime tus pecados con justicia, y tus iniquidades con misericordias para con los pobres» (Dn. 4:27). Esto es una prescripción en cuanto al arrepentimiento en su totalidad. Se manda al rey que llegue a ser justo, y acto seguido, que obre el bien, defendiendo a los pobres contra injurias y ultrajes como es el deber de un rey. La justicia empero es la fe en el corazón. Y los pecados son redimidos, en efecto, [263] por el arrepentimiento, es decir se quita la obligación o el carácter culposo porque Dios perdona a los que se arrepienten, como está escrito en Ezequiel 18:21, 22. Y tampoco se ha de inferir de esto que Dios perdona a causa de las obras subsecuentes, o a causa de las limosnas, sino que perdona en virtud de su promesa a quienes aprehenden la promesa. Y no la aprehenden sino quienes creen en verdad y vencen por la fe al pecado y a la muerte. Éstos, que han nacido de nuevo, deben llevar frutos dignos de arrepentimiento, como dice Juan Bautista en Mateo 3:8. Por eso se añade la promesa: «He aquí, habrá curación para tus delitos».117 Jerónimo añade aquí una partícula dubitativa [264] improcedente,118 y en sus comentarios119 sostiene, con imprudencia aún mayor que la remisión de pecados es incierta. Pero nosotros recordaremos que el evangelio promete con seguridad la remisión de pecados. Y sería simplemente anular el evangelio negar que la remisión de pecados se debe prometer como algo cierto. Dejamos de lado, pues, lo que dice Jerónimo en este pasaje. El caso es que hasta en la misma palabra «redimir» se manifiesta la promesa. Ella indica que el perdón de pecados es posible, que los pecados se pueden redimir, esto es, que puede ser quitada la obligación o el carácter culposo, y aplacada la ira de Dios. Pero nuestros adversarios, pasando siempre por alto las promesas, se fijan sólo en los preceptos, y añaden la idea humana de que el perdón se consigue por causa de las obras, aunque el texto no dice esto, sino que al contrario exige la fe. Porque dondequiera que hay promesa, se exige la fe. No se puede recibir la promesa sino por la fe.
[265] Es verdad que las obras les entran a los hombres por los ojos. Por naturaleza, la razón humana las admira, y como no alcanza a percibir sino las obras, no entiende ni tiene en cuenta la fe. Por eso sueña que las obras merecen perdón de pecados y justifican. Esta opinión acerca de la ley es inherente a los ánimos de los hombres por naturaleza, y no pueden desecharla [266] hasta que son enseñados desde lo alto. Pero debemos alejar nuestra mente de estas opiniones camales y encaminarla hacia a la palabra de Dios. Vemos que se nos ha ofrecido el evangelio y la promesa de Cristo. Por tanto, cuando se predica la ley, cuando se predican las obras, no debemos rechazar la promesa de Cristo. Al contrario, ésta la debemos aprehender primero, a fin de que podamos obrar el bien, y para que nuestras obras puedan agradar a Dios, como lo dice Cristo (Jn. 15:5): «Separados de mí nada podéis hacer». Por tanto, si Daniel hubiera usado estas palabras: «Redime tus pecados por medio del arrepentimiento», nuestros adversarios habrían pasado por alto este pasaje. Pero como al parecer expresó este mismo pensamiento con otras palabras, nuestros adversarios las tuercen en menoscabo de la doctrina de la gracia y de la fe—y esto que Daniel tenía tanto empeño en incluir la fe. [267] Entonces, nuestra respuesta a la cita de Daniel es la siguiente: Con predicar el arrepentimiento, Daniel da una enseñanza no sólo en cuanto a las obras, sino también en cuanto a la fe, como lo confirma la historia misma en su contexto.
En segundo lugar, como Daniel menciona claramente, la promesa por fuerza require también la fe que cree que los pecados son perdonados gratuitamente por Dios. Por lo tanto, aunque al hablar del arrepentimiento, Daniel menciona las obras, no por eso afirma que con estas obras merecemos la remisión de los pecados. Pues Daniel habla no sólo de la remisión del arrepentimiento—porque en vano se buscará remisión del arrepentimiento, si [268] antes el corazón no aprehende la remisión de la culpa. Por otra parte, si nuestros adversarios tan sólo entienden que Daniel habla de la remisión de la pena, nada hay en contra nuestra en este pasaje, porque ellos tendrán que confesar necesariamente que primero viene la remisión de los pecados y la justificación gratuita. Además, también concedemos que las penas con que se nos castiga se mitigan con nuestras oraciones y buenas obras, y al fin con nuestro arrepentimiento completo, según lo dicho en 1 Corintios 11:31: «Si nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados». Y en Jeremías 15:19: «Si te convirtieres, yo te restauraré». Y en Zacarías 1:3: «Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros». Y además, en el Salmo 50:15: «Invócame en el día de la angustia».
Rentengamos, por tanto, esta regla en todas nuestras alabanzas de las [269] obras, y en la predicación de la ley: Nadie puede cumplir la ley sin Cristo, como él mismo lo dice: «Separados de mí nada podéis hacer» (Jn. 15:5). Y también aquella otra: «Sin fe es imposible agradar a Dios» (He. 11:6). Pues no cabe la menor duda: La doctrina de la ley no pretende anular el evangelio, ni eliminar a Cristo el propiciador. Y malditos sean los fariseos, adversarios nuestros, que con su interpretación de la ley atribuyen la gloria de Cristo a las obras, a saber, que son éstas el factor de propiciación, y que merecen remisión de pecados. Síguese, pues, que al ensalzar las obras, siempre hay que hacerlo con el entendimiento expreso de que son aceptas por causa de la fe, porque sin Cristo el propiciador las obras no son aceptas. Por él tenemos entrada a Dios (Ro. 5:2), y no por las obras, sin él como mediador. Luego, [270] cuando se dice en Mateo 19:7: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos», debemos entender que no se pueden guardar los mandamientos sin Cristo, y que el cumplirlos sin Cristo no agrada a Dios. Así, en el Decálogo mismo, en el primer mandamiento (Éx. 20:6): «Y hago misericordia a millares,120 a los que me aman y guardan mis mandamientos», se añade a la ley una promesa muy grande. Pero a esta ley no se la puede cumplir sin Cristo. Porque siempre acusa a la conciencia, que no satisface a la ley, razón por la cual huye atemorizada del juicio y del castigo de la ley. «Pues la ley produce ira» (Ro. 4:15). En cambio, esa conciencia cumple la ley cuando oye que por causa de Cristo somos reconciliados con Dios, aun cuando no podemos satisfacer a la ley. Cuando por medio de esta fe se aprehende a Cristo el mediador, el corazón se tranquiliza, y empieza a amar a Dios y a cumplir la ley, y sabe que ya agrada a Dios a causa de Cristo el mediador, aun cuando este cumplimiento incipiente de la ley esté muy lejos de la perfección y sea todavía muy impuro. El mismo criterio debe tenerse también [271] en cuanto a la predicación del arrepentimiento. Porque si bien los escolásticos, en su enseñanza del arrepentimiento, no dijeron absolutamente nada acerca de la fe, estimamos sin embargo que ninguno de nuestros adversarios sea tan insensato como para negar que la absolución es una palabra del evangelio. Además, la absolución debe recibirse por fe, para que levante a la conciencia atemorizada.
[272] Por consiguiente: Como la doctrina del arrepentimiento no sólo manda hacer obras nuevas, sino que promete también remisión de pecados, necesariamente require la fe. Porque la remisión de pecados no se consigue sino por la fe. Por tanto, en estos pasajes que hablan del arrepentimiento siempre debe entenderse que se requiren no sólo las obras, sino la fe, como en este texto de Mateo 6:14: «Si perdonáis121 a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial». Aquí se exige la obra y se añade la promesa de remisión de pecados, que no se consigue en virtud de la obra, [273] sino por causa de Cristo, por la fe. Y lo mismo afirma la Escritura en muchos otros pasajes. Hechos 10:43: «De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre». 1 Juan 2:12: «Vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre». Efesios 1:7: «En él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados, según las riquezas de su gracia». Pero, ¿qué necesidad hay de enumerar [274] testimonios? La voz auténtica y propia del evangelio dice que el perdón de los pecados lo conseguimos no en virtud de obras, sino por causa de Cristo, por la fe. Esta es la voz del evangelio que nuestros adversarios tratan de sofocar, tergiversando los pasajes que contienen la doctrina de la ley o de las obras. Es cierto que en la doctrina del arrepetimiento se requieren obras, porque ciertamente se require una vida nueva. Pero aquí, nuestros adversarios añaden, en forma totalmente errada, que por medio de tales obras merecemos [275] perdón de pecados o justificación. Y, sin embargo, Cristo muchas veces conecta la promesa del perdón de pecados con las buenas obras, pero no porque quiera dar a entender que las buenas obras sean propiciación—en realidad, siguen a la reconciliación—sino por dos razones. Una es porque forzosamente deben seguir los buenos frutos. Por eso advierte que si los buenos frutos no siguen, ello es indicio de hipocresía y falso arrepentimiento. La otra razón es porque necesitamos señales exteriores122 de una promesa tan grande, [276] porque una conciencia llena de temor necesita de múltiple consuelo. Así como el bautismo y la santa cena son señales que continuamente amonestan, levantan y fortalecen a las conciencias temerosas, para que con mayor firmeza crean que los pecados les son perdonados, así también está escrita y representada esta misma promesa en las buenas obras, para que estas obras nos amonesten a que creamos con mayor firmeza. Los que no llevan buenos frutos, no se sienten estimulados a creer, sino que desprecian las promesas. Los piadosos empero se aferran a ellas, y se gozan de tener señales y testimonios de una promesa tan grande. Por eso se ejercitan en esas señales y testimonios. Por tanto, así como la cena del Señor no justifica ex opere operato, sin la fe, así tampoco las limosnas justifican ex opere operato sin la fe.
De la misma manera debe interpretarse el discurso de Tobías, capítulo [277] 4:11:123 «La limosna libra de todo pecado y de la muerte». No diremos que es una hipérbole, aunque así debiera entenderse, para no restarle honores a Cristo, pues es prerrogativa suya el librar del pecado y de la muerte. Pero tenemos que volver a la ya mencionada regla de que la doctrina de la ley sin Cristo no aprovecha. De modo que las limosnas que agradan a Dios son las [278] que siguen a la reconciliación y justificación, no las que les preceden. Por esto es que libran del pecado y de la muerte, pero no ex opere operato. Antes bien, así como hemos dicho antes, que es preciso incluir la fe y los frutos al hablar acerca del arrepentimiento, así debemos decir también aquí, al hablar de la limosna, que lo que salva es aquella vida nueva, tomada en conjunto. También las limosnas son ejercicios de la fe que consigue perdón de pecados, que vence a la muerte al ejercitarse más y más y al cobrar fuerzas con esos ejercicios. Concedemos también que las limosnas merecen muchos beneficios de Dios, y que mitigan las penas, puesto que nos hacen acreedores a que seamos defendidos en los peligros del pecado y de la muerte, como hemos dicho antes respecto del arrepentimiento como un todo. Examinando en conjunto [279] el discurso de Tobías, se ve que antes de las limosnas requiere la fe: «Acuérdate del Señor tu Dios todos los días de tu vida» (v. 4). Y después: «En todo tiempo bendice a Dios, y pídele que dirija tus caminos» (v. 20). Pero esto es propio de la fe de que hablamos, la cual cree que Dios le es propicio por causa de su misericordia, y quiere ser justificada, santificada y gobernada por Dios. Pero nuestros adversarios, personas encantadoras, entresacan [280] frases mutiladas para engañar a los ignorantes. Y después les añaden algo de sus propias ideas. Por eso deben exigirse los pasajes íntegros,124 ya que, según el precepto general, sería una arrogancia si, en caso de que se nos propusiese una parte pequeña de la ley, entráramos a juzgar o replicar sin examinar en forma exhaustiva toda la ley. Además, los pasajes citados íntegramente, las más de las veces llevan consigo su propia interpretación.
[281] Se cita también en forma mutilada este pasaje de Lucas (Lc. 11:41): «Dad limosna; y entonces todo os será limpio».125 Nuestros adversarios son unos perfectos sordos. ¡Tantas veces ya hemos dicho que a la predicación de la ley hay que añadirle el evangelio de Cristo, por causa del cual son aceptas las buenas obras! Pero ellos, excluyendo a Cristo, enseñan por doquier que [282] la justificación la merecemos por las obras de la ley. Citado íntegramente, este pasaje demostrará que se requiere la fe. Cristo increpa a los fariseos que se creen purificados ante Dios, esto es, justificados por sus frecuentes abluciones. Tal es el caso de un papa, no sé cuál, que dice que el agua rociada junto con sal santifica al pueblo y lo limpia; y la glosa añade que lo limpia de los pecados veniales.126 De este tipo eran también las opiniones de los fariseos censuradas por Cristo. A este fingido purgamiento, él opone una doble limpieza, una interior y otra exterior. Les manda que sean limpios por dentro, y acerca de la limpieza externa añade: «Dad limosna de lo que tenéis,127 [283] y entonces todo os será limpio». Nuestros adversarios no aplican correctamente la partícula colectiva «todo», porque Cristo añade a uno y otro miembro de la frase esta conclusión: Todo os será limpio si fuereis limpios por dentro, y exteriormente diereis limosna. Con esto da a entender que la limpieza exterior debe consistir en las obras mandadas por Dios, y no en la observancia de tradiciones humanas, como lo eran en aquel entonces las mencionadas abluciones, y como lo son ahora la diaria aspersión con agua, las vestiduras de los frailes, la discriminación en las comidas y otras ostentaciones semejantes. Pero nuestros adversarios desvirtúan el sentido de la frase, trasladando [284] sofísticamente la partícula colectiva a una sola parte: Todo os será limpio si hubiereis dado limosnas. Sin embargo, Pedro dice (Hch. 15:9): «Sus corazones son purificados con la fe». Por tanto, si se examina el pasaje entero, ofrece un sentido acorde con el resto de la Escritura: Si los corazones están limpios, y por añadidura se agregan exteriormente las limosnas, esto es, todas las obras de caridad, estarán limpios los corazones enteros, y no sólo por dentro, sino también por fuera. Al fin de cuentas, ¿por qué no presentan el discurso en forma coherente? Muchas son las partes de la reprensión: En unas hay preceptos en cuanto a la fe, y en otras los hay en cuanto a las obras. Y no es propio de un lector sincero escoger sólo los preceptos acerca de las obras, omitiendo los que se refieren a la fe.
Por último cabe advertir a los lectores que los adversarios aconsejan [285] pésimamente a las conciencias cuando les enseñan que por medio de las obras se merece el perdón de los pecados; porque la conciencia que calcula con la remisión mediante obras, no puede saber con certeza qué obra satisface a Dios. Por eso vive en permanente angustia, y de continuo escoge otras obras, otras formas de culto a Dios, hasta que cae en desesperación total. Este proceso se halla descrito en Romanos 4:14 y sigte., donde Pablo demuestra que la promesa de justicia no se obtiene en virtud de nuestras obras, pues nunca podemos saber a ciencia cierta si tenemos un Dios aplacado. Pues la ley siempre acusa. De esta suerte, la promesa sería vana e incierta. Por lo tanto, el apóstol concluye que aquella promesa de perdón de pecados y justicia se recibe por fe, no a causa de las obras. Este es el sentido verdadero, liso y llano de las palabras de Pablo, que ofrecen un grandísimo consuelo a las conciencias piadosas, y hacen resaltar la gloria de Cristo, quien nos fue dado precisamente para esto: Para que por medio de él tengamos gracia, justicia y paz.
Hasta aquí hemos analizado los pasajes principales que nuestros adversarios [286] citan contra nosotros para demostrar que la fe no justifica y que merecemos la remisión de pecados y la gracia por nuestras obras. Pero esperamos que con esto hemos demostrado a las conciencias piadosas con suficiente claridad que estos pasajes no se oponen a lo que nosotros sostenemos, que nuestros adversarios tuercen las Escrituras para acomodarlas a sus opiniones, que citan la mayor parte de los pasajes en forma mutilada, que omitiendo textos clarísimos acerca de la fe, tan sólo escogen de las Escrituras textos acerca de las obras, incluso alterándolos, que por doquier añaden ciertas opiniones humanas sin relación con las palabras de la Escritura, y que enseñan la ley de una manera tal que dan por tierra con el evangelio acerca de Cristo. En efecto, toda la doctrina de nuestros adversarios fue tomada en parte de la [287] razón humana, y en parte es doctrina de la ley, y no del evangelio. En definitiva, presentan dos maneras de justificación: Una, derivada de la razón, y otra, derivada de la ley, no del evangelio o de la promesa de Cristo.
La primera manera de justificarse consiste para ellos en enseñar que los [288] hombres consiguen la gracia tanto de congruo como de condigno.128 Esto es lo que enseña la razón, porque la razón, al no ver la inmundicia del corazón, piensa que aplaca a Dios si obra bien. Y es por esto que en situaciones de grave peligro, los hombres inventan de continuo otras obras, otros tipos de culto para contrarrestar los terrores de la conciencia. Los gentiles y los israelitas ofrecieron sacrificios humanos y se sometieron a otras obras durísimas para aplacar la ira de Dios. Inventáronse después los monacatos, y éstos rivalizaron entre sí en la crueldad de sus observancias para luchar contra los terrores de la conciencia, y contra la ira de Dios. Como esta manera de justificación se acomoda a la razón humana, y como gira enteramente en torno de obras exteriores, resulta inteligible, y hasta cierto punto también practicable. Y en este sentido tergiversaron los canonistas las ordenanzas eclesiásticas por ellos mal entendidas, que fueron establecidas por los Padres con un propósito muy distinto, a saber, no para que por aquellas obras tratásemos de obtener justicia, sino para que hubiese cierto orden en la iglesia, para tranquilidad entre los hombres. En este sentido tergiversaron también los sacramentos, y principalmente la misa, por medio de la cual buscan justicia, gracia y salvación ex opere operato.
[289] La otra manera de justificarse la trasmitieron los teólogos escolásticos, al enseñar que somos justificados por medio de cierto hábito que nos ha sido infundido por Dios, a saber, el hábito del amor, y que ayudados por este hábito, cumplimos la ley de Dios interior y exteriormente, y que este cumplimiento de la ley es digno de la gracia y la vida eterna.129 A todas luces, esta doctrina es doctrina de la ley. Porque es verdad que la ley dice (Dt. 6:5): «Amarás a Jehová tu Dios, etc.» y (Lv. 19:18): «Amarás a tu prójimo». El amor es, pues, cumplimiento de la ley.
[290] Pero es fácil para el hombre cristiano formarse un juicio acerca de estas dos maneras de justificarse, porque como ambas excluyen a Cristo, ambas deben ser rechazadas. En la primera, que enseña que nuestras obras son propiciación por nuestros pecados, la impiedad salta a la vista. La segunda tiene muchos inconvenientes. No nos enseña que recurramos a los beneficios de Cristo cuando nacemos de nuevo. No enseña que la justificación es el perdón de los pecados. No enseña que obtenemos remisión de pecados antes de amar, sino que se viene con que debemos provocar un acto de amor130 por medio del cual mereceríamos entonces perdón de pecados. Tampoco enseña que por la fe en Cristo se vencen los terrores del pecado y de la muerte. En cambio, inventa una serie de cosas: Que los hombres se acercan a Dios por su propio cumplimiento de la ley, sin Cristo el propiciador; además, que este mismo cumplimiento de la ley, sin Cristo el propiciador, es justicia digna de gracia y de vida eterna, cuando en realidad, aun los santos apenas si alcanzan un defectuoso y débil cumplimiento de la ley.
Pero si alguno se pone a pensar que el evangelio no puede haber sido [291] predicado al mundo en vano, que no puede haber sido en vano que Cristo fuera prometido y presentado, que naciera, padeciera y resucitara, entenderá sin dificultad alguna que no somos justificados por la razón o por la ley. Por tanto, en lo que a la justificación se refiere nos vemos obligados a disentir de nuestros adversarios. Porque el evangelio nos presenta otra manera de justificación. El evangelio nos impele a recurrir a Cristo para obtener la justificación, nos enseña que por él tenemos entrada a Dios, por la fe; nos enseña que a ese Cristo mediador y propiciador debemos oponerlo a la ira de Dios; nos enseña que por la fe en Cristo se consiguen el perdón de pecados y la reconciliación, y se vencen los terrores del pecado y de la muerte. Así lo dice también Pablo. La justicia no proviene de la ley sino de la promesa [292] y en ésta, el Padre ha prometido que quiere perdonamos, que quiere reconciliarse con nosotros por causa de Cristo. Pero esta promesa tan sólo se recibe por la fe, como lo afirma Pablo en Romanos 4:13. Esta fe sola consigue remisión de pecados, justifica y regenera. Y después siguen el amor y los demás frutos buenos. Esto es, por consiguiente, lo que enseñamos, que el hombre es justificado—como ya hemos dicho antes131—cuando la conciencia atemorizada por la predicación del arrepentimiento, es levantada132 y confía en tener un Dios aplacado por causa de Cristo. Tal fe le es contada por justicia ante Dios, Romanos 4:3, 5. Y cuando el corazón es levantado de esta manera, [293] y vivificado por la fe, recibe el Espíritu Santo, que nos renueva de modo que podamos cumplir la ley, amar a Dios y su palabra, obedecer a Dios en nuestras aflicciones, ser castos, amar al prójimo, etc. Y aunque estas obras todavía distan mucho de tener la perfección exigida por la ley, sin embargo agradan por causa de la fe, que hace que seamos considerados justos por cuanto creemos que por causa de Cristo tenemos un Dios propicio. Estas cosas son claras y concuerdan con el evangelio; el que está en su juicio, las entenderá. Partiendo de esta base, fácil es comprender la razón por qué atribuimos la [294] justificación a la fe, y no al amor, aunque el amor sigue a la fe por cuanto el amor es cumplimento de la ley. Pero Pablo enseña que somos justificados no por la ley, sino por la promesa, que sólo por fe se acepta. Y tampoco tenemos entrada a Dios sino mediante Cristo el mediador, ni conseguimos perdón de pecados en virtud de nuestro amor, sino por causa de Cristo. No [295] podemos amar a un Dios airado, y la ley siempre nos acusa, siempre nos muestra a Dios airado. Por tanto, en primer término es necesario que por la fe aprehendamos la promesa de que por causa de Cristo, el Padre está aplacado y nos perdona. Después es cuando empezamos a cumplir la ley. Haciendo [296] caso omiso de lo que diga la razón humana y de lo que dice Moisés, debemos poner nuestros ojos en Cristo, y creer que Cristo nos ha sido dado para que por causa de él seamos considerados justos. Mientras vivamos en la carne, jamás podremos satisfacer a la ley. Por tanto, somos tenidos por justos no en virtud de la ley, sino por causa de Cristo, porque si creemos en él, se nos [297] conceden sus méritos. Por consiguiente, si uno tuvo en cuenta estos fundamentos: Que no somos justificados por la ley—pues la naturaleza humana no puede cumplir la ley de Dios, no puede amar a Dios—sino que somos justificados por la promesa que nos asegura que por causa de Cristo tenemos reconciliación, justicia y vida eterna, el tal no tendrá dificultad en entender que la justificación se ha de atribuir necesariamente a la fe, basta recordar lo siguiente: Que no fue en vano que Cristo haya sido prometido y propuesto, y que haya nacido, padecido y resucitado; que no fue vana la promesa de la gracia en Cristo, hecha ya desde el principio del mundo, sin contar con la ley y fuera de ella; y que esta promesa ha de ser aceptada por la fe, como dice Juan: «El que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y éste es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida: El que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida» (1 Jn. 5:10-12). Y Cristo dice (Jn. 8:36): «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres». Y Pablo afirma (Ro. 5:2): «Por él tenemos entrada a Dios», y añade: «Por la fe». Así pues, por la fe en Cristo se recibe la promesa de remisión de pecados y la justicia. No somos justificados ante Dios ni por la razón ni por la ley.
[298] Estas cosas son tan manifiestas y tan claras, que nos sorprende que sea tanta la manía de nuestros adversarios como para ponerlas en duda. Es una prueba irrefutable: Si somos justificados ante Dios no a base de la ley, sino a base de la promesa, necesariamente se ha de atribuir la justificación a la fe. ¿Qué puede oponerse a esta prueba, a no ser que se quiera anular todo el [299] evangelio y al Cristo entero? La gloria de Cristo brilla más cuando enseñamos que nos valemos de él como mediador y propiciador. Las conciencias piadosas ven que en esta doctrina se les propone abundantísimo consuelo, es decir, que deben creer y estar firmemente convencidas de que tienen un Padre aplacado por causa de Cristo, y no en virtud de nuestras propias obras justas, y que no obstante Cristo nos ayuda a que podamos cumplir también la ley. Estos bienes tan grandes, nuestros adversarios se los quitan a la iglesia cuando [300] se empeñan en condenar y suprimir la justicia de la fe. ¡Cuiden, pues, todos los corazones sinceros, de no asentir a lo que impíamente aconsejan nuestros adversarios! En lo que enseñan acerca de la justificación, no se hace mención de Cristo, ni de cómo debemos escudamos en él contra la ira de Dios, como si de veras pudiésemos vencer la ira de Dios con nuestro propio amor, o amar a un Dios airado. Y además de esto dejan a las conciencias en la incertidumbre. [301] Porque si han de creer que tienen un Dios aplacado porque le aman, porque cumplen la ley, es inevitable que siempre les queden dudas acerca de si Dios realmente está aplacado ya que, o no sienten ese amor que nuestros adversarios dicen tener, o están convencidos de que es un amor demasiado pequeño, y aun mucho más a menudo sienten una verdadera ira contra el juicio de Dios, que oprime a la naturaleza humana con muchos males terribles, con las miserias de esta vida, con los terrores de la ira eterna, etc. ¿Cuándo hallará reposo, cuándo se aquietará la conciencia? ¿Cuándo amará a Dios en medio de estas dudas y temores? ¿Qué es entonces esta doctrina de la ley sino una doctrina de desesperación? ¡Venga cualquiera de entre nuestros adversarios [302] e instrúyanos acerca de este amor, y díganos cómo él mismo ama a Dios! No entienden absolutamente nada de lo que dicen. Tan sólo repiten la palabra «amor» sin comprender su significado, como lo hacen las paredes con el eco. Tan confusa y obscura es su doctrina, que no sólo transfiere la gloria de Cristo a las obras humanas, sino que lleva a las conciencias a la presunción o a la desesperación. En cambio, la enseñanza nuestra—así lo esperamos—las mentes [303] piadosas la entenderán fácilmente, y confiamos en que nuestra doctrina llevará a las conciencias atormentadas un piadoso y saludable consuelo. Pues cuando nuestros adversarios dicen en son de mofa que muchos impíos, y hasta los demonios también creen, volvemos a lo que ya hemos dicho muchas veces, que nos referimos a la fe en Cristo, esto es, a la fe en la remisión de pecados, a la fe que verdaderamente y de corazón asiente a la promesa de la gracia. Y esto no se consigue sino con una ardua lucha en los corazones humanos. Los hombres de entendimiento sano pueden juzgar fácilmente que una fe que está segura de que Dios tiene cuidado de nosotros, que nos perdona, que nos escucha, es cosa sobrenatural, porque el espíritu humano de por sí nada semejante a esto puede pensar referente a Dios. Por tanto, esta fe de que hablamos no puede existir ni en los impíos ni en los demonios.
Por otra parte, si algún sofista piensa que la justicia es cosa que radica [304] en la voluntad, razón por la cual no se la puede atribuir a la fe, puesto que la fe es cosa que radica en el intelecto, la respuesta es fácil, porque en sus escuelas, ellos también reconocen que la voluntad da al intelecto la orden de que reciba la palabra de Dios.133 Nosotros lo decimos con mayor claridad: Así como los terrores del pecado y de la muerte no son meros pensamientos del intelecto, sino también horribles impulsos de la voluntad que huye del juicio de Dios, así también la fe no es un mero conocimiento en el intelecto, sino también confianza en la voluntad, esto es desear y recibir lo que se ofrece [305] en la promesa, a saber, la reconciliación y el perdón de pecados. Así es como la Escritura usa el término «fe» como lo comprueba este pasaje de Pablo (Ro. 5:1): «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios». Pero «justificar», significa, en este pasaje, según el uso forense, absolver al reo y declararlo justo, pero en virtud de una justicia ajena, a saber, la de Cristo; y [306] esta justicia ajena nos es comunicada por la fe. Por consiguiente: Dado que en este pasaje nuestra justicia es la imputación de una justicia ajena, es preciso hablar aquí de la «justicia» de una manera distinta, no como cuando en el terreno de la filosofía o en el foro hacemos indagaciones en cuanto a la justicia de nuestra propia obra. Ésta sí reside en la voluntad. Por eso dice Pablo en 1 Corintios 1:30: «Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación, y redención», y en 2 Corintios 5:21: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, [307] para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». Pero como la justicia de Cristo nos es concedida por la fe, la fe es justicia en nosotros por imputación, quiere decir, es aquello por lo cual somos hechos aceptos ante Dios, por causa de la imputación y disposición de Dios, como lo expresa [308] Pablo (Ro. 4:3, 5): «La fe le es contada por justicia». Pero a causa de ciertas personas tardas en comprender, tendremos que usar un lenguaje tecnológico: La fe es, hablando propiamente, justicia, porque es obediencia al evangelio. Pues es evidente que la obediencia a la orden de un superior es de veras una especie de justicia distributiva. Y esa obediencia al evangelio es imputada como justicia de un modo tal que sólo por ella—ya que por ella aprehendemos a Cristo el propiciador—son aceptas las buenas obras o la obediencia a la ley. Porque tampoco a la ley satisfacemos, pero esto nos es perdonado por causa de Cristo, como dice Pablo (Ro. 8:1): «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, etc.». Esta fe da a Dios su [309] honor, le da lo que es suyo, porque obedece recibiendo las promesas. Así lo dice también Pablo, en Romanos 4:20: «Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios». Y [310] así, el culto y la latría del evangelio es recibir los bienes de Dios; el culto de la ley en cambio es ofrecer y presentar a Dios nuestros propios bienes. Pero nosotros no podemos ofrecer nada a Dios antes de haber sido reconciliados con él, y haber nacido de nuevo. De ahí que este pasaje resulte tan consolador, pues el culto más preciado que conoce el evangelio es desear recibir de Dios el perdón de pecados, la gracia y la justicia. De este culto dice Cristo en Juan 6:40: «Ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna». Y el Padre dice (Mt. 17:5): «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd». Nuestros adversarios [311] hablan de la obediencia a la ley, pero no dicen nada respecto de la obediencia al evangelio; pero la verdad es que no podemos obedecer a la ley si antes no nacemos de nuevo por el evangelio, ya que tampoco podemos amar a Dios sin antes haber recibido la remisión de nuestros pecados. En efecto: Mientras [312] sentimos que Dios está airado contra nosotros, la naturaleza humana huye de la ira y del juicio de Dios. En caso de que alguien use del siguiente sofisma: Si la fe es la que desea lo que se nos ofrece en la promesa, parece que se confunden los hábitos, es decir, la fe y la esperanza, porque la fe es la que espera las cosas prometidas—le responderemos que en realidad, estos dos afectos no pueden separarse de la manera como lo hacen en las escuelas mediante sus vanas especulaciones. Porque también en Hebreos 11:1: Se define a la fe como «la certeza de lo que se espera». Si a pesar de esto, alguno quiere que se hagan distinciones, diremos que el objeto de la esperanza es, propiamente, el acontecimiento futuro, y que la fe se relaciona con las cosas presentes y futuras y recibe en el presente el perdón de pecados que se ofreció en la promesa.
Por todo lo dicho, esperamos que se podrá entender, con suficiente [313] claridad no sólo qué es la fe, sino también que nos vemos constreñidos a creer que por la fe somos justificados, reconciliados, regenerados—si es que de veras queremos enseñar la justicia del evangelio, y no la justicia de la ley. Porque quienes enseñan que somos justificados por el amor, enseñan la justicia de la ley, y no que debemos valemos de Cristo el mediador. Y está a la vista [314] que los terrores del pecado y de la muerte los vencemos no por el amor, sino por la fe, y que a la ira de Dios no le podemos oponer nuestro amor, o nuestro cumplimiento de la ley, porque Pablo dice (Ro. 5:2): «Por Cristo tenemos entrada a Dios por la fe». Si insistimos tanto en este pasaje, lo hacemos en bien de la claridad; porque nos muestra a la perfección dónde está el problema, y examinado con diligencia, puede enseñamos mucho sobre toda esta cuestión, y consolar a los corazones sinceros. Por eso conviene tenerlo siempre a mano y a la vista, no sólo para que lo podamos oponer a la doctrina de nuestros adversarios, que enseñan que se tiene entrada a Dios no por la fe, sino por el amor y por los méritos propios, sin Cristo el mediador, sino también para que podamos cobrar ánimo en nuestros temores y ejercitar nuestra fe. Queda [315] claro también que sin la ayuda de Cristo no podemos cumplir la ley, como él mismo lo dice (en Juan 15:5): «Separados de mí nada podéis hacer». Por tanto, antes de cumplir la ley es necesario que los corazones nazcan de nuevo.
[316] A base de todo esto se podrá entender también la razón por qué rechazamos la doctrina de nuestros adversarios acerca del mérito de condigno.134 Nos resulta muy fácil la decisión: Es porque ellos no hacen mención de la fe, ni de que por la fe somos gratos a Dios, por causa de Cristo, sino que imaginan que las buenas obras, hechas con ayuda de aquel hábito del amor, son una justicia digna que de por sí agrada a Dios, digna también de obtener [317] la vida eterna, sin necesidad de un Cristo mediador. ¿Qué es esto sino transferir la gloria de Cristo a nuestras obras y declarar que somos gratos a Dios por causa de nuestras obras, y no por causa de Cristo? Pero esto también es quitarle a Cristo la gloria de mediador—a él que lo es por siempre, y no sólo al principio de la justificación. Y Pablo dice (en Gá. 2:17), si el que ha sido justificado en Cristo, tiene la necesidad de buscar después justicia en otra parte, da a entender con ello que Cristo es ministro de pecado, es decir, que [318] no justifica plenamente. Es del todo absurdo lo que enseñan nuestros adversarios, a saber, que las buenas obras merecen la gracia de condigno—como si en realidad, una vez comenzada la justificación, y en caso de que la conciencia se aterrorice, como suele acontecer, la gracia se tuviera que buscar por medio de una buena obra, y no por la fe en Cristo.
[319] Segundo: La doctrina de nuestros adversarios deja indecisas a las conciencias indecisas, de manera que nunca pueden llegar a tranquilizarse, porque la ley nos acusa siempre, aun con respecto a las obras buenas. Porque siempre el deseo de la carne es contra el Espíritu (Gá. 5:17). ¿Cómo podrá entonces la conciencia tener paz sin la fe, si piensa que ahora tiene que agradar a Dios no por causa de Cristo, sino en virtud de la obra propia? ¿Qué obra encontrará de la que pueda tener la convicción de que es digna de vida eterna—si es que [320] la esperanza realmente debe basarse en los méritos? Contra estas dudas, Pablo dice (Ro. 5:1): «Justificados pues por la fe, tenemos paz», y por cierto, debemos estar seguros de que por causa de Cristo se nos da justicia y vida eterna. Y con respecto a Abraham, el apóstol dice (Ro. 4:18): «El creyó en esperanza contra esperanza».135 [321] Tercero: ¿Cómo puede saber la conciencia cuándo una obra fue hecha bajo el estímulo de ese hábito, a fin de que pueda estar segura de que merece la gracia de condigno? Pero esa misma distinción de que los hombres se hacen merecedores ya sea de congruo, ya sea de condigno, sólo la inventaron para eludir las Escrituras, porque como hemos dicho antes,136 la intención del que hace la obra no distingue entre géneros de méritos, aunque los hipócritas confían simple y despreocupadamente en que sus obras son dignas y que por causa de ellas se los tiene por justos. Por el contrario, las conciencias atemorizadas dudan de todas las obras, y por esto siempre están buscando otras. Porque merecer de congruo no es sino dudar, y practicar obras sin tener fe, hasta caer en la desesperación. En una palabra: Todo cuanto nuestros adversarios enseñan a este respecto está lleno de errores y de peligros.
Cuarto: Toda la iglesia declara que la vida eterna se consigue por misericordia. [322] En su obra Acerca de la gracia y del libre albedrío, Agustín dice, al mencionar las obras de los santos hechas después de la justificación: «Dios nos guía a la vida eterna, no por nuestros méritos, sino por su misericordia».137 Y en sus Confesiones, lib. IX, exclama: «¡Ay de la vida de los hombres, por digna de alabanza que sea, si al juzgarla se deja de lado la misericordia!»138 Dice también Cipriano, en su tratado acerca del Padrenuestro: «Para que nadie se jacte a sí mismo de inocente, y exaltándose a sí mismo, caiga en perdición más profunda, se instruye y enseña que el hombre peca todos los días, prueba de lo cual es que se le manda orar todos los días por sus pecados».139 Pero [323] el asunto es conocido, y tiene muchos y muy claros testimonios en la Escritura y en los Padres de la iglesia, los cuales nos aseguran a una voz que aunque tengamos buenas obras, necesitamos en ellas de misericordia. Con esta misericordia ante los ojos, la fe nos anima y nos consuela. Por lo tanto, es una [324] enseñanza muy errónea la de nuestros adversarios, cuando al ensalzar los méritos, no añaden nada en cuanto a la fe que aprehende la misericordia. Porque así como dijimos antes que la promesa y la fe son correlativas, y que no se aprehende la promesa sino por la fe, así también decimos ahora que la misericordia prometida requiere correlativamente la fe, y no puede aprehenderse sino por la fe. Con toda razón censuramos, pues, la doctrina del mérito de condigno, pues nada enseña de la fe que justifica, y obscurece la gloria y el oficio de Cristo como mediador. Y no se crea que estamos introduciendo [325] innovaciones en esta materia, pues los Padres han enseñado muy claramente a la iglesia que incluso en las buenas obras necesitamos de misericordia.
Es éste un punto, al que la Escritura se refiere muchas veces. En el Salmo [326] 143:2 dice: «No entres en juicio con tu siervo; porque no será justificado delante de ti ningún ser humano».140 Con estas palabras, David niega terminantemente la gloria de la justicia a todos los hombres, aun a los santos y siervos de Dios, si Dios, en vez de perdonar, juzga y acusa a los corazones. Porque cuando en otros pasajesDavid se gloría de su justicia, es porque habla de su lucha contra los perseguidores de la palabra de Dios, y no de su pureza personal, sino que ruega que se defienda la causa y la gloria de Dios, como en el Salmo 7:8: «Júzgame, oh Jehová, conforme a mi justicia, y conforme a mi integridad». Y asimismo, Salmo 130:3: «Si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?» Con esto quiere decir que nadie puede salir [327] airoso del juicio de Dios, si Dios mira nuestros pecados. En Job 9:28 leemos: «Me turban todos mis dolores», y en el versículo 30: «Aunque me lave con aguas de nieve, y limpie mis manos con la limpieza misma, aun me hundirás en el hoyo». Otros textos son: Proverbios 20:9: «¿Quién podrá decir: Yo he [328] limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?» 1 Juan 1:8: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros». En la Oración del Señor, los santos piden remisión de pecados. Así que hasta los santos tienen pecados. En Números 14:18 se afirma: [329] «El inocente no será inocente».141 Y en Deuteronomio 4:24: «Jehová tu Dios es fuego consumidor». Y Zacarías dice también, 2:13: «Calle toda carne delante de Jehová». E Isaías 40:6: «Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba se seca, y la flor se marchita; porque el viento de Jehová sopló en ella»; es decir, la carne y la justicia de la carne no pueden [330] soportar el juicio de Dios. Y Jonás dice, 2:8: «Siguen vanidades ilusorias los que su misericordia abandonan», esto es, toda confianza es vana, menos la confianza en la misericordia. La misericordia nos libera; nuestros propios [331] méritos, nuestros propios esfuerzos en cambio no nos liberan. Por eso dice también Daniel en su oración, 9:18 y sigtes., «No elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío: Porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo». Así nos enseña Daniel a aprehender la misericordia al hacer nuestra oración, esto es, a confiar en la misericordia de Dios, y no en nuestros propios [332] méritos delante de Dios. Nos preguntamos asombrados, qué hacen nuestros adversarios cuando oran, si es que estos hombres profanos jamás le piden algo a Dios. Si declaran que son dignos por tener amor y buenas obras, y si piden la gracia como algo que se les debe, oran exactamente como el fariseo en Lucas 18:11, que dice: «No soy como los otros hombres». Quien ora de este modo, apoyándose en su propia justicia y no en la misericordia de Dios,142 hace agravio a Cristo, el cual, como sumo sacerdote intercede por nosotros. [333] Y la oración «se apoya en la misericordia de Dios», cuando creemos que por causa de Cristo, nuestro sumo sacerdote, somos escuchados, como él mismo lo dice (en Jn. 14:13): «Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré». «En mi nombre», dice, porque sin este sumo sacerdote no tenemos entrada al Padre.
Aquí también viene al caso la declaración de Cristo, Lucas 17:10: [334] «Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos». Estas palabras dicen claramente que Dios salva por misericordia y por causa de su promesa, y no que debe hacerlo en virtud de la dignidad de nuestras obras. Pero nuestros adversarios juegan aquí en forma extraña con [335] las palabras de Cristo. Primero hacen un antistréphon143 y lo vuelven contra nosotros. Según ellos, con mucha más razón se puede decir: «Si lo creyereis todo, decid: Siervos inútiles somos». Y a renglón seguido añaden que las obras son inútiles para Dios, pero no para nosotros.144 ¡Ved cómo deleita a [336] nuestros adversarios la diversión pueril de la sofistería!145 Aun cuando estas necedades son indignas de refutación, contestaremos con pocas palabras. El antistréphon es vicioso. Primero, porque se engañan nuestros adversarios con [337] respecto a la palabra «fe». Si «fe» significara para nosotros ese conocimiento de la historia que tienen también los impíos, y hasta los demonios, sería correcto el razonamiento de nuestros adversarios en cuanto a la inutilidad de la fe, cuando dicen: «Cuando hayáis creído todo, decid: Siervos inútiles somos». Pero nosotros no hablamos del conocimiento de la historia, sino de la confianza en la promesa y en la misericordia de Dios. Y con esta misma confianza en la promesa reconocemos que somos siervos inútiles. Es más: Esta confesión misma de que nuestras obras son indignas, es la voz misma de la fe, como se deduce del pasaje de Daniel 9:18 que acabamos de citar: «No elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias», etc. [338] Pues la fe salva porque aprehende la misericordia o la promesa de gracia, aunque nuestras obras sean indignas. Y en este sentido, para nada nos perjudica el antistréphon que hacen, diciendo: «Cuando lo hayáis creído todo, decid: Siervos inútiles somos», a saber, porque nuestras obras son indignas. Nosotros enseñamos, como lo hace toda la iglesia, que somos salvos por [339] misericordia. Y si quisieran razonar a base de una comparación: «Cuando hayas hecho todo, no confíes en tus obras», luego: «Cuando hayas creído todo, no confíes en la promesa divina», tendríamos que responder: Esto es incoherente.146 Porque los dos términos no pueden ser más disímiles. Disímiles son las causas, disímiles son también los objetos de la confianza en la proposición anterior y en la posterior. La «confianza» en la proposición anterior es la confianza en nuestras obras, y la «confianza» en la proposición posterior es la confianza en la promesa divina. Pero Cristo condena la confianza en nuestras obras; la confianza en su promesa en cambio no la condena. No quiere que desesperemos de la misericordia y de la gracia de Dios. Rechaza nuestras obras como indignas, pero no rechaza la promesa que ofrece gratuitamente [340] la misericordia. Excelente es lo que dice Ambrosio a este respecto: «Es preciso reconocer la gracia, pero no se debe ignorar la naturaleza».147 Se [341] ha de confiar en la promesa de la gracia, no en nuestra naturaleza. Pero nuestros adversarios siguen su costumbre: Los pasajes que favorecen a la fe las vuelven en contra de la doctrina de la fe. Pero devolvamos a sus escuelas [342] estas sutilezas. Es una puerilidad patente aquella interpretación suya: «Los siervos son inútiles porque sus obras son inútiles para Dios, aunque para nosotros son útiles». Pero—podrá objetarse—148Cristo habla de la utilidad que hace que Dios nos adeude su gracia. No es aquí el lugar para hablar de lo útil o de lo inútil. «Siervos inútiles» significa «siervos cuyo servicio es insuficiente», porque nadie teme a Dios tanto, ni le ama tanto, ni cree tanto en [343] él como debiera. Pero no nos detengamos más en estas estériles cavilaciones de nuestros adversarios, pues los hombres prudentes ya verán lo que hay que pensar de ellas cuando se les saque a relucir. Nuestros adversarios encuentran resquicios aun en las palabras más claras y evidentes. Pero a nadie se le puede escapar que en este pasaje se reprueba la confianza en nuestras obras.
Mantegamos, pues, lo que la iglesia confiesa, a saber, que somos salvos [344] por misericordia. Y para que nadie piense que la esperanza será incierta si hemos de ser salvos por misericordia, y si no hay nada que distinga a quienes consiguen salvación de quienes no se salvan, tenemos que dar una respuesta satisfactoria. Parece que movidos por este argumento, los escolásticos buscaron lo del «mérito de condigno». Porque este razonamiento puede influir [345] mucho en la mente humana. Por tanto responderemos con pocas palabras. Precisamente para que la esperanza sea cierta, y para que haya una diferencia anterior entre los que alcanzan la salvación y los que no la alcanzan, es menester sostener que nos salvamos por misericordia. Esto, dicho así a secas, parece absurdo. Porque en los tribunales y en los juicios humanos, lo cierto es el derecho y la deuda y lo incierto la misericordia. Pero el caso es distinto cuando se trata del juicio de Dios. Porque aquí la misericordia se funda en una promesa cierta y clara, y en un mandamiento de Dios. Porque el evangelio es propiamente el mandamiento que nos ordena creer que Dios nos es propicio por causa de Cristo. «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado», etc. (Jn. 3:17–18). Por tanto, cuantas veces se habla de misericordia, [346] hay que añadir la fe en la promesa. Y esta fe engendra una esperanza cierta, porque se apoya en la palabra y en el mandamiento de Dios. Si la esperanza se apoyase en las obras, entonces sí sería incierta, porque las obras no pueden tranquilizar la conciencia, como en lo que antecede ya se ha dicho muchas veces. Y esta fe es la que establece la diferencia entre los que obtienen [347] la salvación y los que no la obtienen. Es la fe la que establece la diferencia entre los dignos y los indignos, porque la vida eterna ha sido prometida a los justificados, y la fe es la que justifica.
Pero aquí nuestros adversarios volverán a levantar la voz, diciendo que [348] no hay ninguna necesidad de obras buenas, si éstas no merecen la vida eterna. Pero estas calumnias las hemos refutado ya antes. Claro que debemos practicar el bien. Decimos que a los justificados les ha sido prometida la vida eterna. Pero los que andan por los caminos de la carne, no retienen ni la fe ni la justicia. Somos justificados precisamente para esto: Para que, siendo justos, empecemos a obrar el bien y a obedecer la ley de Dios. Somos regenerados [349] y recibimos el Espíritu Santo precisamente para este fin: Para que la nueva vida produzca nuevos frutos, nuevos afectos, temor y amor de Dios, odio a la concupiscencia, etc. Esta fe de que hablamos nace en el arrepentimiento, [350] y debe confirmarse y crecer en las buenas obras, en las tentaciones y en los peligros, a fin de que tengamos en nosotros una certeza siempre mayor de que por causa de Cristo, Dios tiene cuidado de nosotros, nos perdona, nos escucha. Estas cosas no se aprenden sino a fuerza de grandes y frecuentes luchas. ¡Cuántas veces nos sacude la conciencia, cuántas veces nos sume en la desesperación al hacernos ver los pecados, viejos o nuevos, o la inmundicia de nuestra naturaleza! Esta escritura149 no se borra sino con un duro [351] batallar, donde la experiencia nos manifiesta qué cosa más difícil es la fe. Y cuando en medio de nuestros terrores se nos infunde aliento y recibimos consuelo, crecen al mismo tiempo otros impulsos espirituales: El conocimiento de Dios, el temor de Dios, la esperanza, y el amor de Dios, y somos renovados, como dice Pablo, hasta el conocimiento pleno de Dios (Col. 3:10), y, mirando la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen (2 Co. 3:18), es decir, recibimos el verdadero conocimiento de Dios para temerle verdaderamente, creer verdaderamente que él tiene cuidado de [352] nosotros y nos escucha. Esta regeneración es, por decirlo así, el comienzo de la vida eterna, como dice Pablo (Ro. 8:10): «Si Cristo está en vosotros, el [353] cuerpo en verdad está muerto mas el espíritu vive», etc., y «Seremos revestidos, pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos» (2 Co. 5:2, 3). De esto, el lector de buena fe puede deducir que nosotros exigimos con gran insistencia las obras buenas, pues enseñamos que esta fe nace en el arrepentimiento, y continuamente debe crecer en el arrepentimiento. En esto consiste para nosotros la perfección cristiana y espiritual: En que crezcan simultáneamente el arrepentimiento, y en el arrepentimiento, la fe. Esto es para la gente piadosa más fácil de entender que lo que enseñan nuestros [354] adversarios sobre la contemplación o la perfección. Mas así como la justificación es cosa concerniente a la fe, así también es cosa concerniente a la fe la vida eterna. Y Pedro dice en (1 P. 1:9): «Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas». En efecto, nuestros adversarios confiesan que los justificados son hijos de Dios y coherederos de Cristo. [355] Después las obras, por ser agradables a Dios por causa de la fe, merecen otros premios materiales y espirituales. Porque habrá diferencias en la gloria de los santos.
[356] Pero a esto, los adversarios replican en alta voz que la vida eterna es llamada una recompensa, y que por tanto es necesario que se la merezca de condigno, por las buenas obras. Responderemos breve y claramente. En Romanos 6:23, Pablo llama «dádiva» a la vida eterna, pues por la justicia que nos fue dada por causa de Cristo, somos hechos a la vez hijos de Dios y coherederos de Cristo, como dice Juan (3:36): «El que cree en el Hijo, tiene vida eterna». También Agustín dice, y siguiendo en sus pasos, muchos otros dijeron: Dios corona en nosotros sus dones.150 Y en otro pasaje en efecto, está escrito: «Vuestro galardón es grande en los cielos» (Lc. 6:23). Si a nuestros adversarios les parece que estos pasajes se contradicen, explíquenlos como puedan. Sin embargo, son jueces muy poco equitativos, porque omiten [357] la palabra «dádiva», y omiten también las fuentes de toda esta cuestión. Y se lanzan sobre la palabra «dádiva» y la interpretan de un modo pésimo, no sólo en contra de la Escritura, sino en contra del uso idiomàtico. De aquí deducen que, como a la vida eterna se le llamó una «recompensa», nuestras obras son tales que deben ser el precio por el que se nos ha de conceder vida eterna. Son, por consiguiente, dignas de la gracia y de la vida eterna, y no necesitan de misericordia, o de Cristo el mediador, o de la fe. Por cierto, una [358] lógica151 enteramente nueva: Oímos la palabra «recompensa»; luego no hay necesidad alguna de Cristo el mediador, ni de la fe que tiene entrada a Dios por causa de Cristo y no por causa de nuestras obras. ¿Quién no ve que todo [359] esto son anacolutos?152 Nosotros no disputamos acerca de la palabra «recompensa». Disputamos acerca de si las buenas obras son de por sí dignas de obtener la gracia y de la vida eterna, o si son aceptas tan sólo en virtud de la fe que aprehende a Cristo el mediador. Nuestros adversarios no sólo consideran [360] a las obras dignas de la gracia y de la vida eterna, sino que imaginan también poseer méritos de sobra, que pueden conferir a otros y con ellos justificar a estos otros, como cuando los frailes venden a otros los méritos de sus órdenes. Estos portentos los acumulan a la manera de Crisipo,153 con sólo haber escuchado la palabra «recompensa»: ¿«Recompensa» se llama? ¡pues entonces—piensan—tenemos obras que son el precio por el que se nos debe una recompensa! Por consiguiente, nuestras obras son aceptas por sí solas, y no por causa de Cristo el mediador. Y como uno tiene más méritos que otro, alguno los tiene que tener de sobra. Entonces, los que hicieron estos méritos, pueden donárselos a otros. Espera, lector: Aún no hemos llegado al [361] final de este sorites sofístico.154 Es preciso añadir todavía ciertos sacramentos a esta donación: A los muertos se les viste con una cogulla,155 etc. Semejantes acumulaciones hicieron que el beneficio de Cristo y la justicia de la fe quedaran prácticamente obscurecidos.
[362] Pero nuestra intención no es desatar una vana logomaquia156 sobre el término «recompensa». Si nuestros adversarios están dispuestos a admitir que somos considerados justos por la fe, por causa de Cristo, y que las buenas obras son a su vez aceptas a Dios en virtud de la fe, ya no nos pelearemos mucho por el término «recompensa». Nosotros confesamos que la vida eterna es una recompensa, porque es algo que se debe a causa de una promesa, y no en virtud de nuestros méritos. En efecto, la justificación es algo que se ha prometido, y ya hemos demostrado antes que es propiamente un don de Dios. Y a este don va unida la promesa de la vida eterna, según el texto (Ro. [363] 8:30): «A los que justificó, a éstos también glorificó». Aquí viene al caso lo que dice Pablo (2 Ti. 4:8): «Me está guardada la corona de justicia, la cual [364] me dará el Señor, juez justo». Luego: Es en virtud de la promesa que se les debe la corona a los que han sido justificados. Y es menester que los santos conozcan esta promesa, no para que obren en provecho propio, puesto que deben obrar para la gloria de Dios; antes bien, para que no desesperen en las aflicciones, es preciso que conozcan la voluntad de Dios, el cual quiere ayudarlos, libertarlos y guardarlos. Es verdad, sin embargo, que los perfectos oyen la mención de las penas y de los premios de una manera, y los débiles la oyen de otra manera, porque los débiles obran con miras a su propio interés. [365] No obstante, la predicación acerca de los premios y de los castigos es necesaria. En la predicación acerca de los castigos se muestra la ira de Dios, razón por la cual pertenece a la predicación del arrepentimiento. En la predicación acerca de los premios en cambio se manifiesta la gracia de Dios. Y así como la Escritura, al hacer mención de las buenas obras incluye muchas veces la fe—pues quiere unir la justicia del corazón con los frutos—así a veces, junto con otros premios, nos ofrece también la gracia, como en Isaías 58:8 y sigte., y con mucha frecuencia en otros pasajes de los Profetas. Insistimos asimismo en lo que ya hemos afirmado a menudo, a saber, que si bien la justificación y la vida eterna pertenecen al campo de la fe, las buenas obras merecen otras recompensas materiales y espirituales, así como también [366] distintos grados de premios, según aquello de que «cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor». Porque la justicia del evangelio, que gira en tomo de la promesa de la gracia, recibe gratuitamente la justificación y la vivificación. Pero el cumplimiento de la ley, que sigue a la fe, gira en tomo de la ley, en la que se ofrece una recompensa, no gratuitamente, sino por nuestras obras, como algo que se adeuda. Pero los que merecen esto, han sido justificados antes de cumplir la ley. Así, pues, primero han sido trasladados al reino de su amado Hijo, como dice Pablo (Col. 1:13 y Ro. 8:17), y hechos coherederos de Cristo. Pero nuestros adversarios, en cuanto se habla [367] del mérito, inmediatamente trasladan el asunto: De los demás premios pasan a la justificación, cuando en realidad, el evangelio ofrece la justificación en forma gratuita, por causa de los méritos de Cristo, y no por medio de nuestros méritos, y los méritos de Cristo empero se nos comunican por la fe. Por otra parte, las obras y las aflicciones merecen, no la justificación, sino otras recompensas distintas, como se ve en los pasajes en que se ofrece una recompensa a las obras: «El que siembra escasamente, también segará escasamente: Y el que siembra generosamente, generosamente también segará», (2 Co. 9:6). Aquí, la medida de la recompensa resulta claramente proporcional a la medida de la obra. «Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra», (Éx. 20:12). También aquí, la ley ofrece una recompensa a una obra determinada. Por tanto, aunque el cumplimiento de la ley [368] merece recompensa—porque la recompensa corresponde propiamente a la ley—conviene sin embargo, que nos acordemos del evangelio, que ofrece la justificación gratuitamente, por causa de Cristo. No cumplimos ni podemos cumplir la ley sin antes haber sido reconciliados con Dios, justificados y nacidos de nuevo. Ni tampoco, y agradaría a Dios este cumplimiento de la ley, si no fuésemos aceptos en virtud de la fe. Y por cuanto los hombres son aceptos en virtud de la fe, este cumplimiento incipiente de la ley es del agrado de Dios y recibe recompensa en esta vida y después de ella. Respecto del [369] término «recompensa» se podrían decir aquí muchas cosas más, relacionadas con la naturaleza de la ley pero por lo extenso del tema, la explicación quedará para otra oportunidad.
Sin embargo, nuestros adversarios siguen insistiendo157 en que las buenas [370] obras merecen propiamente la vida eterna, pues Pablo dice en Romanos 2:6: «Dios pagará a cada uno conforme a sus obras». Y, asimismo, en el versículo 10: «Pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno». Juan 5:29: «Los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida». Mateo 25:35: «Tuve hambre y me disteis de comer», etc. En estos pasajes, y en todos los pasajes [371] semejantes en que las Escrituras ensalzan las obras, es necesario que entendamos no sólo las obras exteriores, sino también la fe del corazón, porque la Escritura no habla de la hipocresía, sino de la justicia del corazón con sus frutos. Cuantas veces se hace mención de la ley y de las obras, se ha de saber [372] que no debe quedar excluido Cristo el mediador. Porque él es el fin de la ley, y él mismo dice, (en Jn. 15:5): «Separados de mí nada podéis hacer». Esta es la norma, como ya queda dicho,158 según la cual se deben examinar todos los pasajes referentes a las obras. Por tal razón, cuando vida eterna se le concede a las obras, se le concede a los justificados, porque los hombres pueden obrar el bien sólo si están justificados, si son guiados por el Espíritu de Cristo; y las buenas obras son aceptas sólo por mediación de Cristo, y como frutos de la fe, según el pasaje (de He. 11:6): «Sin fe es imposible [373] agradar a Dios». Cuando Pablo dice: «Pagará a cada uno conforme a sus obras» (Ro. 2:6), debe entenderse, no sólo la obra exterior, sino la justicia o injusticia en su totalidad. Lo mismo vale para este otro texto (Ro. 2:10): «Gloria a todo el que hace lo bueno», es decir, al justificado. «Me disteis de comer» (Mt. 25:35) se cita como fruto y testimonio de la justicia del corazón y de la fe, luego, la vida eterna es una recompensa otorgada a la justicia. De [374] este modo, la Escritura combina la justicia del corazón con sus frutos. Y muchas veces nombra los frutos, para que los inexpertos lo entiendan mejor, y para dejar en claro que se exige nueva vida y regeneración, y no hipocresía. La regeneración empero se consigue por la fe, en el arrepentimiento.
[375] Ninguna persona que esté en su juicio cabal puede juzgar de otra manera, ni nosotros buscamos aquí sutilezas inútiles para hacer una separación entre los frutos y la justicia del corazón, si nuestros adversarios admitieran tan sólo que los frutos son aceptos por causa de la fe, y por Cristo el mediador, y que [376] no son de por sí dignos de gracia y de vida eterna. Porque lo que censuramos en la doctrina de nuestros adversarios, es que por medio de estos pasajes de la Escritura, interpretados al modo filosófico o judaico, anulan la justicia de la fe, y excluyen a Cristo el mediador. De estos pasajes, ellos deducen que las obras merecen la gracia, ya sea de congruo o de condigno, a saber cuando interviene nuestro amor, o sea: Que estas obras justifican, y como son justicia, [377] son dignas de vida eterna. Este error manifiestamente anula la justicia de la fe, la cual cree que tenemos entrada a Dios por causa de Cristo, no de las obras nuestras, y que cree que por nuestro sumo sacerdote y mediador Cristo somos llevados al Padre y tenemos un Padre reconciliado, como ya lo hemos dicho y en forma suficientemente detallada. Y esta doctrina de la justicia de la fe jamás debe descuidarla la iglesia de Cristo, porque sin ella no se puede tener una idea clara del oficio de Cristo, y lo que queda de la doctrina de la justificación no será más que doctrina de la ley. Es imperiosamente necesario, pues, que mantengamos el evangelio y la doctrina de la promesa dada por causa de Cristo.
[378] No es, por tanto, cosa deleznable la que nos mueve a pleitear en esta materia con nuestros adversarios. No buscamos vanas sutilezas cuando censuramos a quienes enseñan que la vida eterna se merece por las obras, dejando [379] de lado la fe que aprehende a Cristo el mediador. Porque acerca de esta fe, que cree que el Padre nos es propicio por causa de Cristo, no se encuentra ni una sílaba en los escolásticos. Por doquier tropezamos con su idea de que somos aceptos, justos, en virtud de nuestras obras, hechas a base de la razón, o ciertamente, por inclinación de ese amor de que nos hablan. Y no obstante, [380] tienen algunos dichos, o máximas, por así decirlo, de los doctores antiguos, que al interpretarlos los desfiguran. En sus escuelas, se discute largamente [381] el tema de que las buenas obras son aceptas por causa de la gracia, y que debemos confiar en la gracia de Dios. Pero interpretan la gracia como el hábito que nos hace amar a Dios, como si en verdad los antiguos hubieran dicho que debemos confiar en nuestro amor, cuando sabemos por experiencia lo mezquino e inmundo que es. Y lo extraño es cómo pueden mandar que se confíe en el amor, cuando por otra parte enseñan que no saben si este amor está presente o no.159 ¿Por qué no hablan aquí de la gracia que es la misericordia de Dios para con nosotros? Cuantas veces hablan de ella, debieran añadir la fe. Porque la promesa de misericordia, de reconciliación, de amor de Dios para con nosotros no se aprehende sino por la fe. Y en este sentido tendrían razón al decir que se ha de confiar en la gracia, y que las buenas obras son aceptas por causa de la gracia, puesto que la fe es la que aprehende la gracia. También de esto debaten en sus escuelas: De que nuestras obras buenas tienen [382] valor en virtud de la pasión de Cristo. Muy bien dicho. ¿Pero, por qué no agregan nada en cuanto a la fe? Porque Cristo es propiciación por la fe, como dice Pablo (Ro. 3:25). Cuando por la fe se reaniman las conciencias temerosas, y se dan cuenta de que nuestros pecados han sido borrados por la muerte de Cristo, y de que Dios está reconciliado con nosotros por causa de la pasión de Cristo, entonces es cuando de verdad nos es provechosa la pasión de Cristo. Pero si se omite la doctrina acerca de la fe, en vano se dice que las obras tienen valor en virtud de la pasión de Cristo. Corrompen también muchos [383] otros pasajes en sus escuelas, por no enseñar la justicia de la fe, y por entender la «fe» sólo como un conocimiento de la historia o de los dogmas,160 no como esa virtud que aprehende la promesa de gracia y de justicia y que vivifica los corazones en los terrores del pecado y la muerte. Cuando Pablo dice (Ro. [384] 10:10): «Con el corazón se cree para justicia pero con la boca se confiesa para salvación», nos parece que nuestros adversarios tendrán que reconocer aquí que la confesión no justifica ex opere operato, sino tan sólo por causa de la fe del corazón. Si Pablo dice que la confesión salva, lo hace para mostrar qué clase de fe es la que obtiene la vida eterna, a saber: La fe firme y eficaz. Pero no es firme la fe que no se manifiesta mediante la confesión. Y así, las [385] demás obras buenas son agradables a Dios por causa de la fe, como se expresa también en las oraciones de la iglesia, de que «todas las cosas sean aceptas por causa de Cristo». Así también lo piden todo «por causa de Cristo». Pues es por todos conocido que al final de las oraciones siempre se añade: «Por [386] nuestro Señor Jesucristo». Concluimos, pues, que por fe somos justificados ante Dios, reconciliados con Dios y regenerados—por esa fe que en el arrepentimiento aprehende la promesa de gracia, y vivifica de verdad a la mente aterrorizada, y confía plenamente en que Dios está reconciliado con nosotros, y nos es propicio por causa de Cristo. «Mediante esta fe», dice Pedro (1 P. 1:5), «somos guardados para alcanzar la salvación que está preparada [387] para ser manifestada». El conocimiento de esta fe es necesario a los cristianos, y trae consigo consuelo abundantísimo en todas las aflicciones, y nos hace comprender en forma cabal el oficio de Cristo, porque quienes niegan que los hombres son justificados por la fe, niegan que Cristo es el mediador y propiciador, y niegan también la promesa de la gracia y el evangelio. En lo concerniente a la justificación, sólo enseñan la doctrina de la razón o de [388] la ley. Nosotros mostramos, hasta donde pudimos hacerlo en este lugar, el origen de esta controversia y expusimos las objeciones de nuestros adversarios. Los hombres de bien fácilmente podrán discernir cuál es el estado de las cosas, con sólo recordar, cada vez que se cita un pasaje acerca del amor o de las obras, que la ley no se cumple sin Cristo, y que somos justificados no a base de la ley, sino a base del evangelio, es decir, por la promesa de gracia [389] que se nos hace por causa de Cristo. Y esperamos que esta discusión, aunque breve, sea de utilidad para los hombres de bien, para confirmar su fe, y para dar instrucción y consuelo a su conciencia. Porque sabemos que lo que hemos dicho está en pleno acuerdo con las escrituras proféticas y apostólicas, con los santos Padres, Ambrosio, Agustín y muchos otros, y con toda la iglesia de Cristo, la cual confiesa sin asomo de duda que Cristo es el propiciador y el justificador.
[390] Tampoco se ha de pensar precipitadamente que la Iglesia Romana está de acuerdo con todo lo que el papa, o los cardenales, o los obispos, o algunos teólogos o frailes aprueban. Porque consta que los altos dignatarios de la iglesia se interesan más en su propio poder y dominio que en el evangelio de Cristo. Y es cosa sabida que muchos son manifiestamente epicúreos. Y consta también que los teólogos han mezclado la doctrina de Cristo con una cantidad [391] más que suficiente de elementos filosóficos. La autoridad de estos teólogos no debe considerarse tan grande como para que no sea lícito disentir de sus opiniones en punto alguno, pues se encuentra en ellos un buen número de errores manifiestos, como aquel que por nuestras fuerzas naturales solas podemos amar a Dios sobre todas las cosas.161 Este dogma, aunque es abiertamente falso, ocasionó otros muchos errores.162 En efecto, lo rechazan por [392] doquier las Escrituras, los santos Padres y el juicio de todos los hombres piadosos. Por lo cual, aunque los pontífices o teólogos y frailes enseñaron al pueblo de la iglesia a buscar remisión de pecados, gracia y justicia por medio de nuestras obras, y asimismo cultos nuevos que obscurecieron el oficio de Cristo e hicieron de Cristo un mero legislador, y no un propiciador y justificador—no obstante, siempre perduró entre algunas personas piadosas el conocimiento de Cristo. Además, la Escritura ya anunció que llegaría un [393] tiempo en que la justicia de la fe sería obscurecida de este modo por las tradiciones humanas y la doctrina de las obras. Así, Pablo se lamenta muchas veces de que hasta en su tiempo había quienes en vez de enseñar la justicia de la fe, enseñaban que los hombres se reconciliaban con Dios y eran justificados no por la fe, por causa de Cristo, sino por sus propias obras y cultos propios. Porque por naturaleza, los hombres piensan que Dios debe ser aplacado por las obras. Ni puede la razón ver otra justicia sino la justicia de la ley [394] tal como se la entiende en el ámbito civil. Por eso siempre hubo en el mundo quienes enseñaban sólo esta justicia carnal, con exclusión de la justicia de la fe, y también en lo futuro siempre los habrá. Lo mismo aconteció en el pueblo de Israel. La mayoría del pueblo creía que conseguía perdón de pecados [395] por sus obras, y acumulaba sacrificios y actos cultuales. Contrariamente a ésta, los profetas condenaban esta opinión y enseñaban la justicia de la fe. Y lo que ocurrió en el pueblo de Israel es ejemplo de lo que habría de ocurrir en la iglesia. Ha de advertirse, por tanto, a esa multitud de adversarios [396] que condenan nuestra doctrina, que se abstengan de perturbar a las mentes piadosas. No es difícil formarse un juicio acerca del espíritu que los anima: Han condenado en algunos artículos una verdad tan clara y tan patente, que su impiedad ha quedado a la vista de todo el mundo. Pues también la bula [397] de León X163 condenó un artículo de máxima necesidad, que todos los cristianos debieran mantener y creer, a saber, que debemos confiar en que somos absueltos no en virtud de nuestro arrepentimiento, sino por causa de la palabra de Cristo (Mt. 16:19): «Todo lo que atares», etc.164 Y ahora, en esta [398] asamblea,165 los autores de la Refutación condenaron con palabras muy claras el artículo en que dijimos que la fe es parte del arrepentimiento, y que por ella conseguimos remisión de pecados y vencemos los terrores del pecado, quedando así apaciguada la conciencia.166 ¿Quién no ve, sin embargo, que este artículo, que proclama que por la fe conseguimos remisión de pecados, es la más pura verdad, certísima, y de máxima necesidad para todos los cristianos? ¿Quién de entre la posteridad toda, al enterarse de que esta doctrina fue condenada, podrá pensar que los autores de esta condena tuvieron conocimiento alguno de Cristo?
[399] El espíritu de nuestros adversarios puede juzgarse asimismo por la crueldad inaudita con que, según consta, han procedido hasta el presente contra muchos hombres intachables. Hemos oído en esta asamblea que cierto reverendo padre, cuando se estaban vertiendo opiniones acerca de nuestra Confesión, dijo en pleno Senado del Imperio que a juicio de él, la resolución útil sería que a la Confesión que nosotros habíamos presentado escrita con tinta, se le diese una respuesta escrita con sangre.
¿Qué observación más cruel podría haber hecho Fálaris?167 Por eso, muchos príncipes pensaron que semejante manera de expresarse era indigna de [400] aquella asamblea. Por tal razón, aunque nuestros adversarios reivindican para sí mismos el nombre de iglesia, nosotros sabemos sin embargo que la iglesia de Cristo se halla entre los que enseñan el evangelio de Cristo, y no entre los que defienden opiniones impías en contra del evangelio, como lo dice el Señor (Juan 10:27): «Mis ovejas oyen mi voz». Y Agustín dice: «La cuestión es saber dónde está la iglesia». ¿Qué podemos hacer? ¿Hemos de buscarla en nuestras palabras, o en las palabras de su Cabeza, nuestro Señor Jesucristo? Pienso que debemos buscarla en las palabras de aquel que es la Verdad y que mejor conoce a su cuerpo.168 No nos perturben, por tanto, los juicios de nuestros adversarios, ya que lo que ellos defienden son opiniones humanas, contrarias al evangelio, contrarias a la autoridad de los santos Padres que han dejado sus escritos a la iglesia, y contrarias al testimonio de los corazones piadosos.
78. Politica opera, es decir, las obras exteriores, las obras hechas con relatión al prójimo.
79. Véase Nota 54.
80. Confutatio, CR 27, col. 100: Proinde non admittitur, quod tam saepe fidei tribuunt iustificationem, cum id pertineat ad gratium et caritatem. («Por esto no podemos admitir que [los adversarios] con tanta frecuencia atribuyan la justificación a la fe, y a que pertenece a la gracia y al amor»).
81. BSLK (p. 189, nota 1) remite a Buenaventura, Breviloquium V. 2. (In sent. II d. 27 a 2 q. 3).
82. Del griego Syn. + ekdékhomai, recibir juntamente. Ret.: Tropo consistente en extender, restringir o alterar la significatión de las palabras, tomando el todo por la parte, o viceversa (Dicc. Durvan de la Lengua Española). La retórica antigua hacía una distinción entre esta figura retórica y la metonimia. Según la definitión actual de ésta (Metonimia = Tropo consistente en designar una cosa con el nombre de otra, tomando el efecto por la causa o viceversa, el continente por el contenido, el autor por sus obras, etc., op. cit.), la figura de lenguaje a que se refiere Melanchton es más bien una metonimia.
83. Mulierculam, mujer pequeña; simple mujer; prostituta. El contexto admite cualquiera de las acepciones indicadas.
84. Vid. arriba, Apología IV, 147.
85. Observa Heinrich Bomkamm (BSLK, p. 193, nota 1) que también Tomás de Aquino sostiene que el hombre no puede merecer la prima gratia, Summa Theologiae II, 1. q. 114. a. 5 c); lo que si puede merecer, de condigno, es el augmentum gratiae y la vida etema (a. 8 y 3).
86. Vocationi, en el sentido de «Beruf» tal como lo emplea Melanchton en el texto alemán de la Confesión de Augsburgo, artículos 16, 26 y 27. Justus Jonas: Wer ist, der seinem Beruf recht gnugtut? («¿Quién vive realmente a la altura de su vocatión?»).
87. Retractationes I 19, 3. MSL 32, 615. CSEL 36, p. 90, 1°.
88. Dial. adv. Pelagianos I, 13. MSL 23, 527. D.
89. Esta frase fue omitida a partir de la editión de 1531 de la Confesión de Augsburgo y de la Apología en latín.
90. «La palabra injusta, enferma en sí misma, exige remedios sabios», Eurípides, Phoenissae, v. 474 s.
91. Gerhard Ebeling (Wort und Glaube, vol. 1, Tubinga, 1967, 3° ed., p. 55, nota 22, y p. 58) observa que en forma alusiva («andeutungsweise»), Melanchton enseña también el tertius usus legis en la Apología, y que sería posible demostrar que ya en la Apología toca de paso («streift») la idea de un uso tal. A los efectos de comprobarlo, remite a lo que viene expuesto a partir de IV, 188.
92. Texto alemán: Recht schneiden und teilen, 2 Ti. 2:15.
93. Alr. de 295 d. de C.—373. Nació cerca de Alejandría. En 325 acompañó a su obispo Alejandro al Concilio de Nicea, donde le sirvió de secretario. En 328 sucedió a Alejandro en la sede episcopal de Alejandría. Su vida fue sumamente agitada, como principal defensor de la doctrina nicena que era. Cinco veces lo depusieron de su cargo y lo enviaran al exilio.
94. Cf. artículo XX en la Confesión de Augsburgo y en la Apología.
95. Reatum. Vid. Apología II, 35, nota 26.
96. Expos, canonis missae lect. 26:81.
97. H. de 250–350 d. de C. Nació en Egipto. Se le considera el padre del monasticismo.
98. Bernardo de Claraval, 1090–1153, Doctor Mellifluus, llamado «el segundo fundador de la orden de los cisterciences» y considerado el último de los santos padres. Lutero lo tenía en alta estima.
99. Santo Domingo (Domingo de Guzmán), 1170–1221, español, fundador de la orden monástica que lleva su nombre.
100. San Francisco de Asís, 1181/82–1226, fundador de la orden mendicante de los minoritas o franciscanos, de la segunda orden (la de las clarisas) y de la tercera orden. Es uno de los ascetas y místicos más admirados de todos los tiempos.
101. En la Confutatio Pontificia. Vid. Corpus Reformatorum, 27, col. 100.
102. Confutatio Pontificia en cuanto al art. V de la Confesión de Augsurgo (CR 27, col. 97): Quod autem fidei mentionem hicfaciunt, eatenum admittitur, quatenus de fide non sola (ut aliqui male docent), sed quae per dilectionem operatur (ut apostolus recte docet Gal. V), intelligitur. («Pero el que mencionen aquí la fe, se puede aceptar, siempre que con ello entiendan no la fe solamente [como algunos enseñan en forma errada], sino la fe que obra por medio del amor [conforme a la enseñanza correcta del Apóstol en Gá. 5].)—Respecta de fides formata vid. Apología IV, 109, nota 75.
103. En la Confutatio Pontificia. Cf. CR 27, col. 100.
104. Cf. Confutatio Pontificia, CR 27, col. 100.
105. Cf. Confutatio Pontificia, CR 27, col. 100 y sigte.
106. No es posible verificar la cita. El texto no se halla en el Ambrosiaster.
107. Horacio, Satirae I, 3, 23. En la edición príncipe de la Apología figura erróneamente Maevius en lugar de Maenius.
108. El texto en cuestión no aparece en la Confutatio, sino p.ej. en Herborn, Enchiridion II; Corpus Catholicorum XII, p. 21, 12.
109. Porfirio, sobre Horacio, Satirae I 3, 32. Otto Sprichwaarter der Raamer, p. 22.
110. En español tenemos la palabra epiqueya. Dicc. Durvan de la Lengua Española: «E., (gr. epieikeia, equidad). Interpretación moderada y prudente de la ley». H. G.Pöhlmann, Apología, p. 86: Milde. Cf. Confesión de Augsburgo, XXVI, 14.
111. Cf. Confutatio Pontificia, CR 27, col. 98.
112. Cf. Confutatio Pontificia, CR 27, col. 93 y sigtes.
113. Trad. conforme al original: Peccata tua elemosynis redime (como en la Vulgata Clementina). Texto alemán: Deine Sünde laase mit Gerechtigkeit und deine Ubertretung mit almusen gegen den Armen. («Redime tus pecados con justicia, y tus transgresiones con limosnas al indigente».) Reina–Valera rev. 1960 (Dn. 4:27): «Tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades haciendo misericordias para con oprimidos». Cf. Apología, IV, 262. Hay quienes sugieren como traducción posible: «Expía tus pecados», en vista del hecho de que del verbo veterotestamentario usado en el original se deriva un sustantivo arameo que significa ‘salvación’, ‘redención’».
114. Et ut máxime possint quaedam externa opera fieri. F. Bente y W. H. T. Dau, (Concordia Triglotta, p. 193: «And though some external works can certainly be done». J. Pelikan, en Tappert, p. 144: «Though men can at most do certain outward works». H. G. Pöhlmann, Apologia Confessionis Augustanae, p. 89: «Und damit bestimmte äussere Werke möglichst häufig vollbracht werden können». («Y para que se pueda producir la mayor cantidad posible de ciertas obras exteriormente buenas».) Justus Jonas no traduce estas palabras.
115. Bente y Dau, en Concordia Triglotta, p. 195, y J. Pelikan, en Tappert, p. 145: «faith is required». En el original, fides requirenda est. Gerundio, y requirere en el sentido de «buscar».
116. Vid. Apología IV, 254, nota 113.
117. Dn. 4:24 (27), conforme al texto de Melanchton: Ecce erit sanatio delictorum tuorum. Justus Jonas: Deine Sunde werden geheilet («Tus pecados serán sanados»).
118. Jerónimo traduce en Dn. 4:24 (27): Forsitan ignoscet delictis tuis («Quizás te perdonará tus delitos»).
119. Respecto de su comentario sobre Dn. 4:27 vid. MSL 25, 517A.
120. A millares, i.e. mil generaciones.
121. Lutero observa, en una nota marginal en un ejemplar de la edición príncipe: Non possumus remitiere, nisi pris remissum sit nobis et missus sit nobis spiritus sanctus. Sonst heissts vergeben, aber nit vergessen. («No podemos perdonar a menos que se nos haya perdonado primero, y se nos haya enviado el Espíritu Santo. De otra manera valdrá aquello de ‘perdonar, pero no olvidar’».)
122. Lutero, en una nota marginal en un ejemplar de la edición príncipe que le había enviado Melanchton: Immo interna, cum cor nostrum non coarguit nos, scimus quod filii Dei simus. («En verdad, [más que señales exteriores necesitamos señales] interiores, pues cuando nuestro corazón no nos acusa, sabemos que somos hijos de Dios».)
123. Sic et Tobiae concio cap. 4 accipi debet. Justus Jonas: Auch ziehen sie an ein Spruch aus Tobia. («Citan además un pasaje de Tobías»). Citado en la Confutatio Pontificia respecto del artículo XX de la Confesión de Augsburgo. Cf. CR 27, col. 122. El pasaje en cuestión es Tobías 4:11. El libro de Tobías es uno de los sepharim hitsonim («libros de fuera»), i.e., no pertenecientes al canon hebreo. Entre los protestantes se lo considera apócrifo. Los católicos lo llaman deuterocanónico, lo que significa que sólo fue aceptado después de un período de incertidumbre. El Concilio de Trento reafirmó la canonicidad del libro (cf. sesión cuarta, decreto sobre las Escrituras canónicas). El texto tanto en la Apología como en la Vulgata Clementina reza: Eleemosyna (Vulg.: elemosyna) ab omni peccato et a morte liberat.
124. Integri loci. H. G. Pöhlmann, Apología, p. 95: vorurteilslose Stellen («pasajes exentos de prejuicios»).
125. CR 27, 122.
126. Pseudo–Alejandro I, Decretum Gratianum III, De consecratione, d. III c 20.
127. Lat.: superest, «sobra». Versión Reina–Valera: «Dad limosna de lo que tenéis».
128. Acerca de «mérito de congruo» y «mérito de condigno» vid. Apología IV, 19, nota 40. Tanto como, en lat. tum–tum, puede traducirse también con «ora–ora».
129. Heinrich Bormkamm (BSLK, p. 217, nota 2) remite a Tomás de Aquino, Summa Theologiae II, 1. q. 114a. 3., y observa que de acuerdo con Tomás, el mérito es en ese caso «de congruo»: secundum excellentiam suae [hominis] virtutis y «de condigno»: secundum quod procedit ex grada spiritus sancti («según lo que procede de la gracia del Espíritu Santo») ibid. 3, c.
130. Eliciamus, de e + lacere, «sacar, arrancar, producir, despertar» y otras acepciones afines. En el original: quod eliciamus actum dilectionis. H. G. Pöhlmann, Apología, p. 97: dass wir die Verwirklichung der Liebe herauslocken («que provoquemos en nuestro interior la concreción del amor»). Bente-Dau, Triglotta, p. 203: «that we rouse in ourselves the act of love» («que despertemos en nosotros el acto de amor»). J. Pelikan, en Tappert, p. 151: «that we produce an act of love» («que produzcamos un acto de amor»).
131. Vid. IV, sección 69 y sigtes.
132. Cabe también esta otra traducción: «Cuando la conciencia atemorizada es levantada por la predicación del arrepentimiento, y confía … ». Así, Amaldo Schüler en Livro de Concordia, pág. 158.
133. Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II, 1. q. 56 a 3. C. (cit. en BSLK, p. 219, nota 2): Movetur enim intellectus ad assentiendum iis, quae sunt fidei, ex imperio voluntatis, nullus enim credit nisi volens («Pues el intelecto es impulsado a asentir a las cosas que son de la fe, por imperio de su voluntad; en efecto, nadie cree sino queriendo»).
134. Vid. Apología IV, 146, nota 81, (resp. Buenaventura).
135. Contra spem in spent credidit.
136. Cf. Apología IV, 19, 146 y 288.
137. De gratia el libero arbitrio 9:21.
138. Confessiones IX, 13.
139. De oratione dom. 22, MSL 4, 552 B. CSEL III, 1, p. 283, 18.
140. Lat.: iustificabitur, será justificado. Versión Reina-Valera: «se justificará».
141. Trad. literal del latín: Et innocens non erit innocens. Comp. Versión Reina–Valera: «De ningún modo tendrá por inocente al culpable».
142. El texto latino de 1584 dice: Qui sic petit gratiam, nec nititur misericordia Dei … («Quien así aspira a la gracia, y no se apoya en la misericordia de Dios …»).
143. Antistréphon = argumento que se puede redargüir (Dicc. de la Lengua Latina, por L. Macchi, Pbro. S. (ed. «Apis», Rosario, Arg.).
144. CR 27, col. 101: Nam si factores inutiles dici debent, quanto magis his, qui solum credunt, dicere convenit: Si credideritis omnia, dicite, servi inutiles sumus. Non ergo haec vox Christi extollit fidem sino operibus, sed docet, quod opera nostra nihil utilitatis Deo afferunt, quod operibus nostris nemo potest inflari, quod opera nostra comparata divinis praemiis, nulla sunt et nihil. («Pues si a los que practican [buenas obras] se los ha de llamar inútiles, cuánto más propio será decir a los que solamente creen: Cuando hayáis creído todo, decid: Siervos inútiles somos. Por lo tanto, esta palabra de Cristo no destaca el valor de una fe sin obras, sino que enseña que nuestras obras no le reportan ninguna utilidad a Dios, que ninguno de nosotros puede gloriarse de sus obras, y que nuestras obras comparadas con la recompensa divina, nada son y nada valen».) En la forma más elaborada de la Confutatio (cf. Die Konfutation des Augsburgischen Bekenntnisses, ihre erste Gestalt und ihre geschichte, Johannes Ficker, Leipzig, 1891, p. 31:11) se hallan las palabras: Nihil enim utilitatis Deo afferunt opera nostra, sed nobis; utilia nobis sunt opera. («Pues nuestras obras no le reportan ninguna utilidad a Dios, pero a nosotros sí; para nosotros las obras son útiles».)
145. Videte, quam delectet adversario spuerile studium sophistices. Bente–Dau, (Triglotta, p. 215): «El estudio pueril de la sofística» (the puerile study of sophistry). J. Pelikan (en Tappert, p. 159): «Esta sofística pueril» (this childish sophistry).
146. En su traducción un tanto parafraseante, Justus Jonas añade a esta invectiva erudita del original una explicación muy al estilo de la polémica robusta de aquella época: «Tenemos que dar a estos asnos burdos un ejemplo burdo: No se puede hacer una deducción como ésa: El centavo no vale nada, así que el gulden tampoco vale nada. Del mismo modo, así como el gulden es de valor mucho más elevado y una moneda mucho más fuerte que el centavo, así ha de entenderse también que la fe es mucho más elevada y más fuerte que la obra. No que la fe tenga ese valor a causa de su carácter meritorio; su valor radica en que confía en la promesa y la misericordia de Dios. La fe es fuerte no por meritoria, sino por causa de la promesa divina». (Cf. el original alemán en BSLK, pp. 225–226).
147. Expos. evang. sec. Luc. VIII, 32.
148. Lat. At Christus de ea uilitate loquitur …. Al traducir el at («pero») del original con ‘Pero–podrá’ objetarse seguimos el proceder de A. Schüler en el Livro de Concordia, pág. 167, donde en la Nota 381 figura la acertada observatión (que aquí presentamos traducida al español): «At puede iniciar oraciones en que el autor cita objeciones hechas, o menciona posibles objeciones».
149. Lat. chirographum cf. Col. 2:14.
150. De grada et libero arbitrio VI, 9, 15. MSL 44, 890.
151. En el original: dialectica.
152. Anacoluto = inconsecuencia en el régimen o en la construcción de una cláusula.
153. Filósofo griego del siglo III a. de C., uno de los tres representantes principales del así llamado estoicismo antiguo. Se dice que fue un argumentador brillante (sus controversias le valieron el título de columna de la stoa), pero de estilo intrincado en que se amontonaban indiscriminadamente razones y citas.
154. Sorites—Raciocinio compuesto de muchas proposiciones encadenadas, de modo que el predicado de cada una pasa a ser sujeto de la siguiente, hasta que en la conclusión se une el sujeto de la primera con el predicado de la última (Dicc. Durvan de la Lengua Española).
155. En la Edad Media era frecuente que cuando se sepultaba a una persona, se la vestía con el hábito de alguna orden.
156. Logomaquia = Discusión en que se atiende a la palabra y no al fondo del asunto que se trata (Dicc. Durvan de la Lengua Española).
157. Cf. Confutatio Pontificia, CR 27, col. 100.
158. Cf. Apología IV, 256, 266 y 315.
159. BSLK, p. 232, nota 1, remite a BSLK, p. 184, nota 1, donde se transcribe un texto en el cual Gabriel Biel dice que «el hombre no puede tener la evidencia concreta de que realmente está haciendo ‘lo que hay en él’ (en la medida de sus posibilidades), y que no podemos saber con clara evidencia si amamos a Dios más que a todas las cosas»: Homo non potest evidenter scire, se facere quod in se est … non tamen evidenter scire possumus illam circumstantiam: super onmia. (Gabriel Biel, In sent. II, d. 27 q. un. a. 3 dub 5 Q.)
160. Fides informis en contraste con fides caritate formata. Resp. de «fe informe» y «fe formada por el amor» vid. Apol. IV, 109, nota 75.
161. Cf. BSLK, p. 184, nota 1; p. 74, nota 1; p. 149, nota 1.
162. Otra traducción posible: Este dogma ocasionó muchos otros errores, puesto que es manifiestamente falso. En el original: cum sit manifeste falsum.
163. Errores Lutheri, bula Exsurge Domine, del 15 de junio de 1520.
164. Original (Vulgata Clementina): Quodcumque iigaveris, todo cuanto ligares, o: Cualquier cosa que hayas ligado.
165. En la Dieta de Augsburgo, 1530.
166. Confutatio, respecto del artículo XII. CR 27, 110 y sigte.
167. Tirano de Agrigento, Sicilia, siglo VI a. de C. La posteridad perpetuó su memoria como prototipo del hombre cruel.
168. Ep. ad cath. contra Donatistas (De unitate ecclesiae) VI 15, 2. MSL 43, 392. CSEL 52, 232, 23 y sigtes.