IV. Las Buenas Obras
[1] También ha habido disidencia entre los teólogos de la Confesión de Augsburgo respecto a las buenas obras. Al referirse a las buenas obras cierta facción176 se ha expresado de este modo: «Las buenas obras son necesarias para la salvación; es imposible salvarse sin las buenas obras»; porque, según esa facción, se requiere de los verdaderos creyentes que hagan buenas obras como fruto de la fe, y que la fe sin el amor es una fe muerta, aunque tal amor no es causa de la salvación.
Por el contrario, la otra facción177 sostenía que las buenas obras son por [2] cierto necesarias, pero no para la salvación, sino por otros motivos; y por lo tanto, las anteriores expresiones (puesto que no concuerdan con la forma de la sana doctrina ni con la palabra de Dios, y siempre han sido aducidas y aún lo son por los papistas para combatir la doctrina de nuestra fe cristiana, doctrina mediante la cual confesamos que la fe sola justifica y salva) no deben ser toleradas en la iglesia, a fin de no extenuar los méritos de Cristo, nuestro Redentor, y a fin de que la promesa de la salvación pueda ser siempre firme y segura para los creyentes.
En el curso de la discusión muy pocos178 emplearon la siguiente expresión [3] controvertible:179 Las buenas obras son perjudiciales a la salvación.180 Algunos han sostenido, además, que las buenas obras no son necesarias, sino que son voluntarias (libres y espontáneas) porque no son hechas bajo los efectos del miedo o del castigo de la ley sino que han de salir de un espíritu voluntario y un corazón gozoso. A fin de combatir esta aserción, la otra facción sostenía que las buenas obras son necesarias.
Originalmente, dio ocasión a esta última controversia181 el uso de las [4] palabras «necesarias» y «libres»,182 porque la palabra «necesarias»,183 en particular, significa no sólo el orden eterno e inmutable según el cual todos los hombres tienen la obligación y el deber de obedecer a Dios, sino que también significa a veces cierta coerción, por la cual la ley fuerza al hombre a hacer buenas obras.
Con el tiempo la disputa ya no se limitaba a esas palabras, sino que [5] también la doctrina misma era atacada con implacable violencia, y se sostenía que la nueva obediencia no era necesaria en los regenerados, por causa del orden divino ya citado.184 A fin de aclarar este desacuerdo de una manera [6] cristiana y según la guía de la palabra de Dios y por la gracia divina resolverlo por completo, presentamos a continuación nuestra doctrina, fe y confesión:
[7] En primer lugar, no existe controversia alguna entre nuestros teólogos respecto a los siguientes puntos de este artículo, a saber: Que Dios desea, ordena y manda que los creyentes anden en buenas obras; y que las verdaderas buenas obras no son aquellas que alguien inventa estimulado por la buena intención ni las que se hacen según las tradiciones humanas, sino aquellas que Dios mismo ha prescrito y ordenado en su palabra; y que las verdaderas buenas obras no son fruto de nuestro propio poder espiritual, sino que hace obras agradables a Dios aquella persona que mediante la fe se ha reconciliado con Dios y ha sido renovada por el Espíritu Santo, o como dice San Pablo, «es creada de nuevo en Cristo Jesús para buenas obras» (Ef. 2:10).
[8] Ni tampoco existe controversia alguna en cuanto a cómo y por qué las buenas obras de los creyentes, aunque en esta vida son impuras e incompletas, son agradables y aceptables a Dios; pues lo son por causa de Cristo, por medio de la fe, porque la persona es agradable a Dios. Pues las obras que se hacen para preservar la disciplina externa (obras de las cuales son capaces también los incrédulos y los no convertidos y de quienes son exigidas) aunque loables delante del mundo y recompensadas por Dios en esta vida son beneficios temporales, sin embargo, ya que no proceden de la verdadera fe, son pecados delante de Dios, esto es, tienen la mancha del pecado, y son consideradas por Dios como pecados e impuras, por causa de la corrupción de la naturaleza humana y porque el que las hace no se ha reconciliado aún con Dios. «No puede el árbol malo dar buenos frutos» (Mt. 7:18), y según leemos en Romanos 14:23: «Todo lo que no proviene de la fe, es pecado». Pues la persona tiene primeramente que ser aceptable a Dios, y esto sólo por causa de Cristo, si es que las obras de esa persona han de ser agradables a Dios.
[9] Por lo tanto, de las obras que son verdaderamente buenas y agradables a Dios y que Dios recompensará en este mundo y en el venidero, la fe tiene que ser la madre y la fuente. Es por esta razón que San Pablo las llama verdaderos [10] frutos de la fe, como también del Espíritu. Pues, como el Dr. Lutero escribe en su Prefacio a la Epístola de San Pablo a los Romanos:185 «Así la fe es una obra divina en nosotros, que nos cambia, nos regenera de parte de Dios y da muerte al viejo Adán, nos hace personas enteramente diferentes en el corazón, espíritu, mente y todas las facultades, y nos confiere el Espíritu Santo. ¡Oh! la fe es una cosa tan viva, fecunda, activa y poderosa [11] que le es imposible no hacer continuamente lo bueno. Ni tampoco pregunta si se deben hacer buenas obras, sino que antes de hacer la pregunta, ya ha hecho las buenas obras y está siempre ocupada en hacerlas. Pero al que no hace tales obras le falta la fe, y anda a tientas buscando ciegamente la fe y las buenas obras, y no sabe ni en qué consiste la fe o las buenas obras, y sin embargo, habla mucho y sin substancia acerca de la fe y las buenas obras. La [12] fe que justifica es una confianza viva e intrépida en la gracia de Dios, tan cierta que uno moriría mil veces por ella. Tal confianza y conocimiento de la gracia divina le infunde gozo, valor y ánimo en su relación con Dios y todas las criaturas, todo lo cual obra el Espíritu Santo mediante la fe. Y por esta razón, el hombre está gozosamente dispuesto, sin que sea obligado, a hacer bien a todo el mundo, a servir a todo el mundo y a sufrirlo todo por amor y alabanza a Dios, quien le ha conferido esta gracia, de manera que es imposible separar las obras de la fe, así como es imposible separar del fuego la luz y el calor».
Pero ya que entre nuestros teólogos no existe controversia alguna sobre [13] estos puntos, no trataremos éstos aquí extensamente, sino que sólo explicaremos de una manera simple y sencilla los puntos controvertibles.
En primer lugar, en lo que respecta a la necesidad o voluntariedad de [14] las buenas obras, es evidente que en la Confesión de Augsburgo y en su Apología se usan y se repiten con frecuencia las expresiones que las buenas obras son necesarias; igualmente, que es necesario hacer buenas obras, las cuales han de seguir por necesidad a la fe y la reconciliación; igualmente, que por necesidad tenemos que hacer cualesquiera obras que Dios nos ordene.186 Similarmente, se usan en las Escrituras mismas las palabras «necesidad» y «necesarias», así como hemos y debemos con respecto a lo que nos exigen la ordenanza, el mandato y la voluntad de Dios, según se evidencia en Romanos 13:5, 6, 9; 1 Corintios 9:9; Hechos 5:29; Juan 15:12; 1 Juan 4:11. Por [15] lo tanto, los que han censurado y rechazado tales expresiones o proposiciones en este verdadero sentido cristiano, las han censurado y rechazado injustamente; pues se emplean y se usan propiamente para contrarrestar y rechazar el engaño vanidoso y epicúreo por el cual muchos inventan para sí una fe muerta o ilusión, la cual es sin fe y sin buenas obras, como si pudiese existir en el corazón la verdadera fe y al mismo tiempo la malvada intención de perseverar y continuar en pecado, lo cual es imposible; y como si uno pudiese por cierto tener y retener la verdadera fe, la justicia y la salvación, aunque fuese y permaneciese un árbol corrupto e infructífero, que no produce jamás buenos frutos, o aunque persistiese en cometer pecados contra la conciencia o intencionalmente reincidiese en estos pecados, todo lo cual es incorrecto y falso.
Mas en todo esto también es necesario observar la siguiente distinción, [16] esto es, que el significado tiene que ser: Una necesidad de la ordenanza, el mandato y la voluntad de Cristo, y de nuestra obligación, pero no una necesidad de coerción. O lo que es lo mismo: Cuando se emplea esta palabra «necesidad», no debe entenderse en el sentido de coerción, sino sólo como algo que ordena la inmutable voluntad de Dios, de la cual somos nosotros deudores; pues su mandamiento también demuestra que la criatura debe [17] obedecer a su Creador. En otros pasajes, como en 2 Corintios 9:7, y en la Epístola de San Pablo a Filemón, v. 14, y también en 1 Pedro 5:2, el término «por necesidad» se usa para designar lo que se obtiene de alguien en contra de su voluntad, por la fuerza u otros medios, de modo que lo que la persona hace, lo hace externamente, por apariencia, pero no obstante sin su voluntad y en contra de ella. Dios no aprueba esas obras hipócritas, sino que desea que el pueblo del Nuevo Testamento sea un pueblo de buena voluntad (Sal. 110:3), que sacrifique voluntariamente (Sal. 54:8), no con tristeza o por necesidad, sino obedeciendo de corazón (2 Co. 9:7; Ro. 6:17). Porque Dios [18] ama al dador alegre (2 Co. 9:7). Sólo así es correcto decir y enseñar que las obras verdaderamente buenas deben ser hechas voluntariamente por aquellos a quienes el Hijo de Dios ha hecho libres; pues particularmente para confirmar esta declaración fue que algunos participaron en la controversia respecto a la voluntariedad de las buenas obras.
[19] Aquí empero, conviene observar la distinción de que habla San Pablo (Ro. 7:22-23): «Según el hombre interior, me deleito (estoy dispuesto a hacer el bien) en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros». Y en cuanto a la carne desinclinada y rebelde dice San Pablo (1 Co. 9:27): «Hiero mi cuerpo y lo pongo en servidumbre», y (en Gá. 5:24; Ro. 8:13): «Los que son de Cristo han crucificado, aun más, han matado, [20] la carne con sus pasiones y deseos». Pero es falso y reprensible enseñar que las buenas obras se dejan a la discreción del cristiano en el sentido de que se dé a los creyentes la alternativa de hacer u omitir las buenas obras o de que puedan obrar en contra de la ley de Dios y no obstante retener la fe, el favor y la gracia de Dios.
[21] En segundo lugar, si se enseña que las buenas obras son necesarias también hay que explicar por qué son necesarias y qué razones hay para que lo [22] sean, como lo hacen la Confesión de Augsburgo y su Apología. Aquí, empero, debemos tener cuidado para que no se introduzcan y se mezclen las obras en el artículo de la justificación y la salvación. Por lo tanto, se rechazan las proposiciones de que las buenas obras son necesarias para la salvación del creyente, de modo que sea imposible ser salvo sin las buenas obras. Tales proposiciones están diametralmente opuestas a las partículas excluyentes en el artículo de la justificación y la salvación, esto es, se oponen a las palabras por las cuales San Pablo ha excluido por completo nuestras obras y méritos del artículo de la justificación y la salvación y ha atribuido todo a la gracia de Dios y al mérito de Cristo únicamente, según quedó explicado en el artículo anterior. Además, tales proposiciones quitan a las conciencias afligidas y [23] atribuladas el consuelo del evangelio, dan ocasión a la duda, son de varios modos peligrosas y acrecientan la presunción de que uno puede salvarse mediante su propia justicia y la confianza en sus propias obras; y además de esto, son aceptadas por los papistas, quienes las aducen para atacar la doctrina pura de que el hombre es salvo sólo por la fe.187 Por último, son contrarias [24] a las sanas palabras que nos hablan de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia aparte de las obras (Rom. 4:6). Y en el capítulo sexto de la Confesión de Augsburgo se nos dice que somos salvos sin las obras, por la fe sola. Por esta razón, el Dr. Martín Lutero ha rechazado y condenado las siguientes proposiciones:
1. La de los falsos profetas que hacían errar a los gálatas. [25]
2. La de los papistas en numerosos lugares. [26]
3. La de los anabaptistas, quienes dan la siguiente interpretación: No [27] debemos poner el mérito de las obras como fundamento de la fe, pero sí debemos considerarlas como necesarias para la salvación.
4. La de aquellos que, aunque son partidarios de él, interpretan el asunto [28] de la necesidad de las obras del modo siguiente: Si bien es verdad que exigimos las buenas obras como necesarias para la salvación, sin embargo no enseñamos que debemos confiar en las buenas obras. (Esto lo expone en su comentario sobre Génesis, capítulo 22.)188
Por consiguiente, y por las razones que ahora se citan, es menester fijar [29] la siguiente regla en nuestras iglesias: Las expresiones anteriores no deben ser enseñadas, defendidas o excusadas, sino que deben ser excluidas por completo de nuestras iglesias y repudiadas como falsas e incorrectas, y como expresiones que, por haber sido renovadas como consecuencia del Ínterin,189 se originaron en tiempos de persecución, cuando existía una necesidad especial de presentar una confesión clara y correcta para combatir todas las diferentes corrupciones y adulteraciones de que fue víctima el artículo de la justificación, por todo lo cual volvieron a ser objeto de argumento.
En tercer lugar, se ha suscitado el argumento si las buenas obras conservan [30] la salvación, o si son necesarias para conservar la fe, la justicia y la salvación. Esto es de suma y gran importancia, pues el que persevere hasta el fin, éste será salvo, Mateo 24:13 y Hebreos 3:14: «Somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra esperanza del principio». Debemos explicar, además, con diligencia y exactitud cómo se conservan en nosotros la justicia y la salvación, si es que no hemos de perderlas otra vez.
[31] Ante todo, debe censurarse y rechazarse vigorosamente la falsa ilusión epicúrea, según la cual algunos se imaginan que la fe, la justicia y la salvación que han recibido no pueden perderse mediante pecados u obras impías, ni aun cuando esos pecados u obras impías fuesen hechos a sabiendas y con toda intención, y aseveran que el cristiano retiene la fe, la gracia de Dios, la justicia y la salvación, aunque se entregue a los malos deseos sin temor y vergüenza, resista al Espíritu Santo e intencionalmente cometa pecados contra su conciencia.
[32] Para contrarrestar esta ilusión perniciosa, es necesario repetirles a los cristianos frecuentemente que son salvos por la fe, y fijar en su ánimo las siguientes amenazas verdaderas, inmutables y divinas y los siguientes severos castigos y advertencias: «No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, etc., heredarán el reino de Dios» (1 Co. 6:9). Los que hacen tales cosas «no tienen herencia en el reino de Dios» (Gá. 5:21; Ef. 5:5). «Si vivís conforme a la carne, moriréis» (Ro. 8:13). «Por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de rebelión» (Col. 3:6).190
[33] Pero respecto de cuándo, y de qué modo, partiendo del antedicho fun damento, han de recalcarse las exhortaciones a hacer buenas obras sin que con ello se obscurezca la doctrina acerca de la fe y del artículo de la justificación, recurrimos al ejemplo que nos presenta la Apología cuando, en el Artículo XX191 y refiriéndose al pasaje en 2 Pedro 1:10: «Procurad hacer firme vuestra vocación y elección», dice lo siguiente: «San Pedro enseña por qué deben hacerse las buenas obras, esto es, para que hagamos firme nuestra vocación, es decir, que no caigamos de nuestra vocación en caso de que volvamos a pecar. Haced buenas obras, dice él, para que perseveréis en vuestra vocación celestial a fin de que no volváis a caer y perdáis el Espíritu Santo y sus dones, los cuales recibís, no por causa de obras subsiguientes, sino por la gracia, por medio de Cristo, dones que ahora son retenidos mediante la fe. Mas la fe no permanece en aquellos que llevan una vida pecaminosa, pierden el Espíritu Santo y se niegan a arrepentirse». Fin de la cita de la Apología.
Esto, en cambio, no quiere decir que la fe sola al principio se apodera [34] de la justicia y la salvación y más tarde entrega su oficio a las obras como si éstas en lo sucesivo tuviesen que conservar la fe, la justicia recibida y la salvación. Pero a fin de que la promesa, no sólo de recibir, sino también de retener la justicia y la salvación, nos pueda ser firme y segura, San Pablo, en Romanos 5:2, atribuye a la fe no sólo la entrada en la gracia, sino también que perseveremos en esa gracia y nos gloriemos en la bienaventuranza futura; o expresado en otras palabras, atribuye a la fe sola, el comienzo, el medio y el fin. Lo mismo se expresa en los siguientes pasajes. «Por su incredulidad fueron quebradas, mas tú por la fe estás en pie» (Ro. 11:20). «Para presentarnos santos y sin mancha e irreprensibles delante de él, si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe» (Col. 1:22, 23). «Sois guardados por el poder de Dios mediante la fe; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas» (1 P. 1:5, 9).
Ya que por la palabra de Dios es evidente que la fe es en realidad el [35] único medio por el cual la justicia y la salvación no sólo son recibidas de Dios, sino también conservadas por él, es propio rechazar el decreto del Concilio de Trento192 y todo lo que se inclina a la misma opinión, esto es, que nuestras buenas obras conservan la salvación, o que la justicia de la fe que ha sido recibida, o aun la fe misma, es entera o parcialmente guardada y conservada por medio de nuestras obras.
Pues, aunque es verdad que antes de esta controversia muchos193 teólogos [36] ortodoxos emplearon expresiones tales y similares en la explicación de la Sagrada Escritura, pero sin la menor intención de confirmar los ya mencionados errores papistas, sin embargo, ya que más tarde surgió una controversia sobre tales expresiones, la cual produjo diferentes debates, ofensas y disensiones, es de suma importancia, según la advertencia de San Pablo en 2 Timoteo 1:13, retener firmemente no sólo la forma de las sanas palabras, sino también la doctrina pura misma, pues así se prevendrán muchas contiendas innecesarias y la iglesia cristiana será librada de muchas ofensas.
En cuarto lugar, la explicación correcta de la proposición de que las [37] buenas obras son perjudiciales a la salvación,194 es la siguiente: Si alguien desease introducir las buenas obras en el artículo de la justificación, o basar en ellas su justicia o confianza para la salvación con el propósito de merecer la gracia de Dios y ser salvo por ellas, a éste no le decimos nosotros, sino San Pablo mismo, por tres veces repetidas (Fil. 3:7 y sigte.), que a tal hombre sus obras no sólo le son inútiles y un obstáculo, sino también perjudiciales. Pero esto no es la culpa de las buenas obras mismas, sino de la falsa confianza que se deposita en ellas, en contra de la clara palabra de Dios.
[38] Sin embargo, de ningún modo se infiere de esto que podemos decir sencilla y rotundamente que las buenas obras son perjudiciales a los creyentes en lo que se refiere a su salvación; pues en los creyentes las buenas obras, hechas por causas verdaderas y para fines verdaderos, son testimonios de la salvación, siempre que sean hechas en el sentido en que Dios las exige de los regenerados (Fil. 1:28); porque es la voluntad de Dios y su expreso mandato que los creyentes hagan buenas obras, producidas en ellos por el Espíritu Santo. Estas obras son agradables a Dios por causa de Cristo, y por ellas él les promete una gloriosa recompensa en esta vida y en la venidera.
[39] En virtud de esto, esta proposición es censurada y rechazada en nuestras iglesias porque, como declaración rotunda, es falsa y ofensiva y puede perjudicar la disciplina y la decencia e introducir y fortalecer una vida torpe, disoluta, vanidosa y epicúrea. Pues lo que uno considere como perjudicial a su salvación, debe evitarlo con la mayor diligencia.
[40] Pero ya que los cristianos no deben ser desanimados a hacer buenas obras, sino que con la mayor diligencia deben ser estimulados a hacerlas, aseverar rotundamente que las buenas obras son perjudiciales a la salvación es algo que no puede ni debe ser tolerado, usado o defendido en la iglesia cristiana.
176. Felipe Melanchton, Jorge Major y Justus Menius.
177. Nicolaus von Amsdorf, Matías Flacius, Nicolaus Gallus, Joh. Wigand.
178. Nicolaus von Amsdorf. Cf. lo que dice E. Wolf en BSLK, p. 938, nota 2.
179. Streitige. Texto lat.: hanc propositionem (quae et ipsa controversiae occasionem dedit) = «esta expresión (que a su vez ocasionó una controversia)».
180. Nicolaus von Amsdorf.
181. Solcher Streit. Texto lat.: haec posterior controversia.
182. En alemán: notwendig und frei.
183. Traducción del alemán: nötig.
184. La construcción del original alemán es ambigua. Según el texto latino, algunos argumentaban «que la nueva obediencia en los regenerados (requerida por la antes mencionada orden divina) no es necesaria». (novam obedientiam in renatis (quam supra commemoratus ordo divinus requirit) non esse necessariam). Se trata de la así llamada Segunda Controversia Antinomista, principalmente entre Andrés Musculus y Obadías Praetorius. Vid. Decl. Sól. artículos Vy VI.
185. Edición de Erlangen, LXIII, 124 sigtes.
186. Vid. Confesión de Augsburgo VI, XX; Apología IV, 141, 189, 200, 214.
187. En el original: die reine Lehre von dem alleinseligmachenden Glauben («la doctrina pura de la fe solisalvante»).
188. Equivocación de la FC. En todo el comentario de Lutero sobre Génesis 22 (cf. WA XL; Walch, Ed. de St. Louis I) no se halla ningún pasaje en que Lutero condena esta proposición auch an etlichen andern unter den Seinen («también en algunos otros de entre sus partidarios»). Texto latino: in quibusdam aliis, suis hominibus.
189. El «Ínterin» de Leipzig, 1548. Vid. CR VIII, 60–63.
190. En Col. 3:6 la FC dice: über die Ungehorsamen. Texto lat.: super filios incredulitatis. Este agregado lo tienen también algunos códices antiguos: epì toùs uioùs tês apeitheías. Nestle lo omite, pero sí lo trae en Ef. 5:6. (Versión Dios habla hoy, Col. 3:6: «Estas cosas, por las que viene el terrible castigo de Dios sobre aquellos que no le obedecen»).
191. Apología XX, 13. BSLK (p. 948, nota 2) indica, erróneamente, Art. XXI.
192. E. Wolf (BSLK, p. 949, nota 2) indica: Concilio de Trento, Sesión VI, cánones 24 y 32. Decl. Sól. IV, 35 es el único lugar en que la Fórmula de Concordia menciona el Concilio de Trento.
193. Etliche viel. Vid. IV, 2, nota 177.
194. Vid. IV, 3, nota 180.