Artículo XXI La Invocación a los Santos
[1] El artículo veintiuno lo condenan lisa y llanamente, porque no requerimos la invocación a los santos.331 Y de ningún asunto discurren más prolijamente que de éste. Con todo, el único argumento que aportan es que a los santos hay que orarlos, y que los santos que aún viven oran por los demás hombres332—como si de ello se siguiese que sea necesario invocar a los santos [2] que ya murieron. Alegan a Cipriano, porque éste pidió a Cornelio, que todavía estaba en vida, que rogase por los hermanos cuando muriese.333 Este ejemplo es para ellos una prueba en favor de la invocación a los muertos. Citan también el litigio entre Jerónimo y Vigilando. En esta arena, dicen, hace mil cien años que Jerónimo venció a Vigilancio.334 Y lo dicen en son de triunfo, como si ya hubiesen obtenido la victoria en esta guerra. No ven estos asnos que en el escrito de Jerónimo contra Vigilancio no hay ni una sílaba que hable de la invocación. Allí se discute acerca del honrar a los santos, no del invocarlos.335 [3] Tampoco los demás escritores antiguos anteriores a Gregorio336 hacen mención de tal invocación. Consta, pues, que esta invocación, y todo lo que nuestros adversarios enseñan ahora en cuanto a la aplicación de los méritos, no tiene ningún fundamento en los testimonios de los escritores antiguos.
[4] Nuestra Confesión aprueba que se honre a los santos. Y en efecto: Esta honra que merece nuestra aprobación tiene tres aspectos. El primero es la acción de gracias. Debemos dar gracias a Dios porque nos ha mostrado ejemplos de su misericordia, porque nos ha manifestado que quiere salvar a los hombres, y porque ha dado a la iglesia fieles maestros y otros dones. Y todos estos dones, como son los más grandes, debemos ensalzarlos, y debemos alabar a los santos mismos que usaron de estos dones con fidelidad, así como Cristo alaba a los siervos que hicieron un buen uso de los talentos recibidos [5] (Mt. 25:21, 23). El segundo aspecto337 es la confirmación de nuestra fe. Cuando vemos que a Pedro se le perdona el haber negado a Cristo, nos sentimos estimulados también nosotros a creer con más ahínco que la gracia [6] de veras sobrepasa con mucho al pecado (Ro. 5:20). El tercer aspecto de esta honra es la imitación, primero de la fe, y después de las demás virtudes de [7] los santos, las cuales cada uno debe emular de acuerdo con su vocación. Estas honras verdaderas no las requieren nuestros adversarios. Tan sólo disputan acerca de la invocación, y aun cuando ésta no encerrara peligro alguno,338 es completamente innecesaria.
Además, también admitimos lo que dicen los adversarios: Que los ángeles [8] oran por nosotros. Porque ahí está el testimonio de Zacarías, cap. 1:12, donde un ángel ora diciendo: «Oh, Señor de los ejércitos, ¿hasta cuándo no tendrás piedad de Jerusalén?» etc. Pero distinto es el caso con los santos: Si bien [9] concedemos que, así como en vida oran por la iglesia en general, así también en los cielos oran por la iglesia en general, lo cierto es que no hay ningún testimonio en la Escritura acerca de muertos que oren,excepto el sueño que figura en el segundo libro de los Macabeos, 15:14.339
Pero aun suponiendo que los santos oren muchísimo por la iglesia, no [10] se sigue que deban ser invocados. Por otra parte, nuestra Confesión no afirma más que esto: Que la Escritura no enseña que haya que invocar a los santos, ni que les debamos pedir ayuda. Y como no puede aducirse mandamiento, ni promesa, ni ejemplo en las Escrituras sobre la invocación a los santos, se sigue que la conciencia no puede tener ninguna certeza referente a esta invocación. Pero como la oración debe provenir de la fe, ¿cómo sabremos que Dios aprueba esa invocación? ¿De dónde sacamos, sin el testimonio de la Escritura, que las oraciones de cada cual realmente llegan a los oídos de los santos? Hay quienes directamente les atribuyen divinidad a los santos, es [11] decir, creen que los santos perciben los ocultos pensamientos de nuestras mentes. Disputan acerca de la cognición matutina o vespertina,340 acaso porque se preguntan si nos oyen por la mañana o por la tarde. Inventan estas cosas no para honrar a los santos, sino para defender cultos lucrativos. Nada pueden [12] aducir nuestros adversarios contra el siguiente argumento: Por cuanto la invocación a los santos no cuenta con testimonio alguno en la palabra de Dios, no es posible afirmar que los santos entienden nuestra invocación, y aun en el caso de que la entiendan perfectamente, que Dios la apruebe. Por esta [13] razón, nuestros adversarios no debieran instamos a considerar obligatoria una cosa tan incierta, porque una oración sin fe no es oración. Y en cuanto a eso de alegar el ejemplo de la iglesia: Es evidente que se trata de una costumbre nueva en la iglesia, pues las oraciones antiguas, si bien mencionan a los santos, no los invocan; e incluso esta nueva invocación en la iglesia es otra cosa que la invocación individual.
[14] Además, en el culto de los santos, nuestros adversarios no sólo requieren la invocación, sino que también transfieren los méritos de los santos a otras personas, y hacen de los santos no sólo intercesores sino propiciadores. Y esto no puede tolerarse de ningún modo, porque significaría un traslado total a los santos de una honra que tan sólo pertenece a Cristo. Pues los hacen mediadores y propiciadores, y aunque distinguen entre mediadores de intercesión y mediadores de redención, salta a la vista que convierten a los santos [15] en mediadores de redención. E incluso esto, que son mediadores de intercesión, lo dicen sin el testimonio de la Escritura; lo cual, aun cuando se lo diga con la mayor delicadeza, obscurece sin embargo el oficio de Cristo, y transfiere a los santos la confianza que se le debe a la misericordia de Cristo. Porque de esta suerte, los hombres imaginan que Cristo es más severo, los santos, en cambio, más fáciles de aplacar, y confían más en la misericordia de los santos que en la de Cristo, y huyendo de Cristo buscan a los santos. De esta manera hacen de ellos en realidad mediadores de redención.
[16] Pasaremos a demostrar, por tanto, que realmente hacen de los santos no sólo intercesores, sino propiciadores, esto es, mediadores de redención. Y no nos referimos aquí todavía a los abusos que comete el vulgo. Hablamos de las opiniones de los doctores. Lo demás, hasta los inexpertos pueden comprenderlo.
[17] Concurren en un propiciador estas dos características. Primero, es necesario que exista una palabra de Dios por la que sepamos con certeza que a los que le invocan por medio de este propiciador, Dios quiere mostrarles su misericordia y quiere escucharlos. Una promesa en este sentido existe respecto de Cristo (Jn. 16:23): «Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dará». Pero acerca de los santos no existe tal promesa. De modo que las conciencias no pueden estar seguras de que somos escuchados por medio de la invocación a los santos. Por tanto, esa invocación no proviene de la fe. [18] Además, tenemos también mandamiento de invocar a Cristo, según el texto (Mt. 11:28): «Venid a mí todos los que estáis trabajados», etc. y esto ciertamente va dirigido también a nosotros. Isaías dice, en el cap. 11:10: «Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada de las gentes». Y Salmo 45:12: «Implorarán tu favor los ricos del pueblo». Y Salmo 72:11, 15: «Todos los reyes se postrarán delante de él», y poco después, «y se orará por él continuamente». Y en Juan 5:23, Cristo dice: «Para que todos honren al Hijo como honran al Padre». Y Pablo (2 Ts. 2:16-17) dice en su oración: «Y el mismo Señor nuestro Jesucristo, y Dios nuestro Padre,… conforte vuestros corazones, y os confirme», etc. Pero de la invocación a los santos, ¿qué mandamiento, qué ejemplo de las Escrituras pueden aducir nuestros adversarios? La otra característica de [19] un propiciador es que sus méritos son presentados como méritos que satisfacen por otras personas, y son concedidos a éstas por imputación divina, para que por ellos, dichas personas sean consideradas justas, como si los méritos fuesen los suyos propios. Es como cuando un amigo paga una deuda por otro amigo: El deudor se libra de esa deuda por el mérito ajeno, como si fuera el suyo propio. Del mismo modo, nos son dados los méritos de Cristo, para que seamos considerados justos por nuestra confianza en sus méritos, cuando creemos en él, como si tuviéramos méritos propios.
Y de estas dos características, a saber, la promesa y la donación de los [20] méritos, nace nuestra confianza en la misericordia. Esta confianza en la promesa divina y en los méritos de Cristo debe ser parte integrante de nuestra oración. Porque debemos estar absolutamente seguros de que por causa de Cristo se nos escucha cuando oramos, y de que por sus méritos tenemos un Padre reconciliado.
Y bien, en primer término, nuestros adversarios ordenan que se invoque [21] a los santos, a pesar de que no tienen para ello ni promesa de Dios, ni mandamiento, ni ejemplo en la Escritura. Y sin embargo hacen que se tenga más confianza en la misericordia de los santos que en la de Cristo, a pesar de que Cristo nos ordenó venir a él, y no a los santos (Mt. 11:28). En segundo [22] lugar, aplican los méritos de los santos a otros hombres, al igual que los méritos de Cristo, y mandan que se confíe en los méritos de los santos como si fuésemos considerados justos en virtud de los méritos de ellos, así comolo somos por los méritos de Cristo. Y estos no son inventos nuestros. Al [23] otorgar indulgencias dicen que están distribuyendo los méritos de los santos. Y Gabriel, el intérprete del canon de la misa, declara muy confiadamente: «De acuerdo con el orden establecido por Dios, debemos acogemos a los auxilios de los santos, para que seamos salvos por sus méritos y votos.341 Estas son palabras de Gabriel. Y, sin embargo, en los libros y sermones de nuestros adversarios se leen aquí y allá cosas aún más absurdas. ¿Qué es «hacerlos propiciadores», si esto no lo es? Si hemos de creer que somos salvos por los méritos de los santos éstos ya resultan del todo iguales a Cristo.
Pero ¿dónde instituyó Dios el orden a que se refiere Gabriel, de que [24] debemos acogernos a los auxilios de los santos? ¡Que nos muestre un ejemplo o un mandamiento en la Escritura! Acaso se han inspirado en el orden que rige en las cortes de los reyes, donde es menester recurrir de amigos intercesores. ¿Pero qué si un rey nombra a un intercesor determinado, y quiere que sólo éste, y ningún otro, le presente los casos en litigio? Entonces, ya que Cristo ha sido instituido intercesor y sacerdote, ¿por qué buscamos a otros?
[25] Se usa en todas partes342 esta fórmula de intercesión: «La pasión de nuestro Señor Jesucristo, y los méritos de la santísima virgen María y de todos los santos sean para ti remisión de pecados». Aquí se pronuncia una absolución según la cual somos reconciliados y considerados justos no sólo [26] por los méritos de Cristo, sino por los méritos de otros santos. Algunos de los nuestros vieron una vez a un doctor en teología, moribundo, al cual le habían enviado un fraile teólogo para que lo confortara. Y este hombre no le repetía al moribundo más que esta fórmula deprecatoria: «Madre de gracia, protégenos del enemigo, recíbenos en la hora de la muerte».
[27] Aun suponiendo que la bienaventurada virgen María ore por la iglesia, ¿acaso ella recibe a las almas en la muerte, acaso vence a la muerte, acaso nos concede la vida? ¿Qué hace Cristo, si estas cosas las hace la bienaventurada María? Aunque es digna de los más grandes honores, de ninguna manera quiere ser igual a Cristo; lo que quiere es que nosotros consideremos [28] y sigamos los ejemplos que ella nos dio. Pero la realidad misma nos muestra que en la opinión pública, la bienaventurada virgen ha suplantado por completo a Cristo. A ella invocaron los hombres, en la misericordia de ella confiaron, y por medio de ella quisieron reconciliarse con Cristo, como si Cristo [29] no fuese un propiciador, sino tan sólo un juez temible y vengador. Pero nosotros creemos que no se debe confiar en que los méritos de los santos nos sean aplicados a nosotros, ni que por causa de ellos Dios se reconcilie con nosotros, nos considere justos o nos salve. Pues sólo por los méritos de Cristo conseguimos remisión de pecados, cuando creemos en él. De los otros santos se dice (en 1 Co. 3:8): «Cada uno recibirá su recompensa según su labor», es decir, ellos no pueden comunicarse sus méritos el uno al otro, a la manera [30] como los frailes venden los méritos de sus respectivas órdenes. Hilario dice de las vírgenes fatuas: «Como no pueden las fatuas salir al encuentro del esposo por cuanto sus lámparas están apagadas, suplican a las prudentes que les presten aceite, a lo que éstas respondieron que no podían dárselo, porque quizás no habría aceite suficiente para todas, lo que quiere decir que nadie puede ser auxiliado por obras y méritos de otros, porque es necesario que cada uno compre aceite para su propia lámpara».343
[31] Por tanto, como nuestros adversarios enseñan que hay que poner la confianza en la invocación a los santos, aunque ésta no tiene palabra de Dios ni ejemplo en la Escritura; como aplican los méritos de los santos del mismo modo como aplican los méritos de Cristo en beneficio de otros hombres, y como transfieren a los santos una honra que pertenece tan sólo a Cristo, no podemos aceptar sus opiniones sobre el culto que rinden a los santos, ni su costumbre de invocarlos. Pues sabemos que la confianza se ha de depositar en la intercesión de Cristo, porque sólo ésta tiene promesa de Dios. Sabemos que solamente los méritos de Cristo son propiciación por nosotros. Por causa de los méritos de Cristo somos considerados justos cuando creemos en él, como dice el texto, (Ro. 9:33; cf. 1 P. 2:6, Is. 28:16): «El que creyere en él, no será avergonzado». Y no debemos confiar en ser tenidos por justos por los méritos de la bienaventurada virgen o de los otros santos.
Está arraigado además entre la gente instruida el error de que a cada [32] santo se le han encomendado determinadas funciones: Ana344 otorga riquezas, Sebastián345 ahuyenta la peste, Valentín346 cura la epilepsia, Jorge347 protege a los caballeros. Y estas creencias evidentemente tienen sus raíces en los ejemplos paganos. Porque del mismo modo se creía entre los romanos que Juno enriquecía, Febris alejaba la fiebre, Cástor y Pólux protegían a los caballeros, etc. Y aun suponiendo que la invocación a los santos se enseñase [33] con la mayor cautela, ¿para qué defendarla, si es un ejemplo muy peligroso, que no tiene mandamiento ni testimonio en la palabra de Dios? Es más: Ni siquiera tiene el testimonio de los escritores antiguos. Primero, porque, como [34] ya dije, cuando la gente busca otros mediadores además de Cristo, coloca su confianza en éstos, y el conocimiento de Cristo queda totalmente borrado de su mente. Y esto lo demuestra la realidad. Parece que al principio, la mención de los santos, tal como la encontramos en las antiguas oraciones, se admitió con un propósito aceptable. Siguió después la invocación, y a la invocación siguieron abusos portentosos y más que paganos. De la invocación se pasó a las imágenes. También a éstas se les rendía culto, y se creía que había en ellas cierta virtud, tal como los magos suponen que inhieren cierta virtud a los signos zodiacales grabados en metal en un momento determinado. Hemos visto en cierto monasterio una estatua de la bienaventura da virgen, que se movía automáticamente348 por medio de un artificio, para que pareciese que apartaba el rostro de quienes le hacían peticiones, o les daba señales de asentimiento.
[35] Sin embargo, los portentos de todas esas estatuas e imágenes son superados por las historias fabulosas acerca de los santos, que se enseñaban públicamente con grande autoridad. En medio de sus tormentos, Bárbara349 pide como premio que ninguno de los que la invocaren, tenga que morir sin haber sido confortado por la eucaristía. Otro recitó cada día el salterio completo manteniéndose sobre un solo pie. Un hombre ingenioso pintó un cuadro de Cristóbal, para dar a entender alegóricamente que los que llevan a Cristo, es decir, los que enseñan o confiesan el evangelio, necesitan tener gran fortaleza de ánimo pues han de arrostrar serios peligros. Entonces los estúpidos frailes enseñaron al pueblo a invocar a Cristóbal, como si semejante Polifemo [36] hubiera existido alguna vez.350 Y aunque en realidad, los santos hicieron cosas importantísimas, útiles para el bien común, o cosas que pueden servir de ejemplos para la vida privada, cuyo recuerdo contribuiría mucho a la confirmación de la fe o para imitación en el manejo de los asuntos públicos, nadie se puso a investigar estos ejemplos en las historias verídicas. Y sin embargo, es muy útil oír cómo los santos varones gobernaron estados, por qué calamidades y peligros pasaron, cómo sirvieron de apoyo a los reyes circunstancias de grave peligro, cómo enseñaron el evangelio, y qué combates libraron contra los herejes. Son útiles también los ejemplos de misericordia, como cuando vemos que a Pedro se le perdona su negación, cuando vemos que a Cipriano se le perdona el haber sido mago, cuando vemos que Agustín, probado en la enfermedad, no se cansa en declarar lo poderosa que es la fe, afirmando que Dios efectivamente escucha las oraciones de los creyentes. Ejemplos de esta índole, que tienen que ver con la fe, o con el temor, o con la administración [37] de la cosa pública—éstos eran los que convenía citar. En vez de esto, ciertos histriones, desprovistos de todo conocimiento con respecto a la fe o al arte de gobernar un estado, inventaron fábulas a imitación de los poemas paganos, tan sólo hay ejemplos supersticiosos sobre determinadas oraciones, determinados ayunos, y algunas otras cosas que añadieron con el propósito de obtener ganancias por este medio. De esta clase son los milagros inventados en cuanto a los rosarios y otras ceremonias semejantes. Y no es necesario citar aquí ejemplos. Porque ahí están las «leyendas», como las llaman, y los «espejos de ejemplos», y los «rosarios» en que se hallan muchas cosas parecidas a las «Narraciones verídicas» de Luciano.351
Estas fábulas portentosas e impías reciben el aplauso de los obispos, [38] teólogos y frailes, porque les ayudan a ganarse el pan de cada día. Pero a nosotros, que para hacer más visible la honra y el oficio de Cristo, no requerimos la invocación a los santos y censuramos los abusos en el culto de los santos—a nosotros no nos toleran. Y aunque por todas partes los hombres [39] de bien apelaban a la autoridad de los obispos o a la diligencia de los predicadores para corregir estos abusos, nuestros adversarios en su Refutación pasan totalmente por alto incluso vicios manifiestos, como si quisieran obligarnos, al aprobar su Refutación, a aprobar aun los abusos más notorios.
Y esa insidia en la composición de la Refutación, se manifiesta no sólo en este asunto, sino en casi todos los demás. En ningún lugar han hecho distinción entre sus abusos manifiestos y sus dogmas. Y sin embargo, los más juiciosos de entre ellos confiesan que en la doctrina de los escolásticos y de los canonistas se hallan muchas creencias falsas, y que además, la iglesia se ha visto invadida por muchos abusos a causa de la gran ignorancia y negligencia de sus pastores. Pues no fue Lutero el primero en quejarse de estos [41] abusos públicos. Numerosos hombres doctos y excelentes habían deplorado mucho antes los abusos de la misa, la confianza en las observancias monásticas, los cultos lucrativos de los santos, la confusión en cuanto a la doctrina del arrepentimiento, acerca de la cual la iglesia debería tener la mayor claridad posible. Nosotros mismos hemos oído que teólogos eminentes deseaban que se guardara cierta moderación en la doctrina escolástica, que contiene mucho más material para discusiones filosóficas que para la piedad. En esto, sin embargo, los más antiguos todavía están más cerca de la Escritura que los más modernos. Y así, la teología de éstos ha ido degenerando cada vez más. Este y ningún otro fue el motivo por qué al principio mucha gente sincera empezó a simpatizar con Lutero: Veían que él estaba liberando las mentes de los hombres del laberinto de aquellas tan confusas y tan interminables controversias que existen entre los teólogos escolásticos y canonistas, enseñando cosas que promovían a la piedad.
Por lo tanto, nuestros adversarios no han procedido, de buena fe cuando, al solicitar nuestro asentimiento a la Refutación, pasaron en silencio estos abusos. Y si deseaban el bien de la iglesia, sobre todo en este asunto y en esta ocasión, debían aconsejar a nuestro excelentísimo emperador a que tome la determinación de corregir estos abusos, pues nos consta que tiene el más sincero deseo de ver a la iglesia bien constituida y sana. Pero a nuestros adversarios no les interesa ayudar a la santísima y honestísima voluntad del [43] emperador, sino oprimimos a nosotros todo cuanto puedan. Hay muchas señales evidentes de que se cuidan poco del estado de la iglesia. No se toman la molestia de dar al pueblo un resumen confiable de los dogmas de la iglesia. Defienden abusos manifiestos con inusitada e inaudita crueldad. No toleran en las iglesias a ningún maestro idóneo. Cualquier persona sensata puede ver fácilmente adonde nos lleva todo esto. Pero por este camino no le hacen un bien a su propia autoridad, ni a la iglesia. Porque muertos los buenos doctores, y sofocada la sana doctrina, vendrán después espíritus fanáticos352 que nuestros adversarios no lograrán dominar, y que perturbarán a la iglesia con dogmas impíos, y trastornarán todo el régimen eclesiástico que nosotros tratamos de conservar con tanto empeño.
[44] Por lo cual te pedimos, oh excelentísimo Emperador Carlos, por causa de la gloria de Cristo, la cual—de esto estamos seguros—deseas honrar y aumentar, que no asientas a los violentos propósitos de nuestros adversarios, sino que busques otros caminos honestos para establecer la concordia, de modo que no se creen cargos de conciencia a las personas piadosas ni se ejerza crueldad alguna contra hombres inocentes, como vemos que se está haciendo hasta ahora, ni se suprima en la iglesia la sana doctrina. Este servicio debes a Dios ante todo: Conservar y transmitir a la posteridad la sana doctrina y defender a los que enseñan lo correcto. Pues esto es lo que Dios exige de ti cuando honra a los reyes con su nombre, y los llama dioses, diciendo (Sal. 82:6): «Yo dije: Vosotros sois dioses», a fin de que procuren que sean conservadas y propagados en la tierra las cosas divinas, esto es, el evangelio de Cristo, y para que defiendan, como vicarios de Dios, la vida y la salud de los inocentes.
331. Confutatio, CR 27, 123–128.
332. Lat.: pro aliis. Justus Jonas: einer für den andern («el uno por el otro»).
333. Confutatio, CR 27, 126. Cipriano a Comelio, Ep. 60, 5. MSL 3, 863 A.
334. Confutatio, CR 27, 124. A comienzos del siglo V, Vigilancio, presbítero en Aquitania, atacó el culto a los mártires y a sus reliquias.
335. Contra Vigilandum 5, 7. MSL 23, 343. 345.
336. Gregorio I, o Magno (540–604), papa desde 590.
337. Lat. cultus. Justus Jonas: Ehre (honra).
338. Lat. etiamsi nihil haberet periculi. J. Jonas: wenn es auch ohne Fährlichkeit der Gewissen wäre («aun cuando no representara ningún peligro para las conciencias»).
339. 2 Macabeos 15:14. Según la terminología católica romana, un libro deuterocanónico. Vid. nota en Apología IV, 277 (nota 123). En una visión Judas Macabeo ve a Onías junto con otra figura, respecto de la cual dice Onías: Hic est fratrum amator et populi Israel, hic est, qui multum orat pro populo et universa sancta civitate, Ieremias propheta Dei («Este es un hombre que ama a los hermanos y al pueblo de Israel; éste es el que ora mucho por el pueblo y por toda la santa ciudad: Jeremías, el profeta de Dios»).
340. P. ej. Gabriel Biel, Sacri canonis missae expositio (1488), Lect. 31 CD.
341. Gabriel Biel, Sacri canones missae expositio, lectio 30. Vid. texto citado en BSLK, p. 321, nota 2.
342. Passim. Puede tener también el significado de «aquí y allá». Bente–Dau (Concordia Triglotta, p. 349): here and there. J. Pelikan (Tappert, p. 232): in some places. Justus Jonas: Es ist eine gemeine Form der Absolution bis anher gebraucht («Es una forma común de absolución, en uso hasta ahora»).
343. Comm. in evang. sec. Matthaeum c. 27, 5. MSL 9, 1060 C. Mt. 25:8, 9.
344. Madre de la virgen María. Venerada como patrona de los pobres.
345. Según la leyenda, oficial de la guardia pretoriana que sufrió el martirio bajo Diocleciano.
346. Mártir romano del siglo III.
347. Guerrero capadocio, martirizado bajo Diocleciano; patrono de los Caballeros, y de Inglaterra.
348. En el original: quasi autómaton. H. G. Pöhlmann, Apología, p. 191: das sich gleichsam von selbst durch einen Trick bewegte («que se movía por sí misma como en forma truculenta»).
349. Virgen mártir (fines del siglo II—principios del siglo III), de Nicomedia. Patrona de los artilleros y bomberos.
350. San Cristóbal es uno de los santos más populares en Oriente y en Occidente. Probablemente, un mártir del siglo III, en Asia Menor. En torno de su persona se ha tejido toda una serie de leyendas. Una de ellas explica que su nombre (Christóphoros = portador de Cristo) se debe al hecho de haber llevado a través de un río sin puente a una criatura que, llegados ambos a la otra orilla, se le reveló como el Niño Jesús. Polifemo: Según la mitología griega, un cíclope que aprisionó a Ulises y sus compañeros, y se comió a dos de ellos cada día hasta que Ulises lo cegó.
351. Luciano de Samosata, sofista y poeta satírico griego del siglo II. Sus dos libros de la Historia Verídica constituyen una novela de aventuras fantásticas (terrícolas y lunícolas trabados en lucha con los habitantes del Sol, disputándose la colonización del Lucero del Alba, etc.). Al comienzo de la obra, el autor advierte a sus lectores diciéndoles que relatará cosas que no vio, ni experimentó, ni oyó de otros, cosas que no existen ni nunca podrían haber existido, y que por lo tanto, el lector de ninguna manera deberá tomar por verídicas.
352. Fanatici spiritus. Texto alemán: Rottengeister und Schwärmergeister (= gente de espíritu faccioso y entusiasta).